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Mi hija me mira y confía en mí

Por Omar Pérez Santiago
http://omarperezsantiago.blogspot.com/

Me desperté abruptamente. Prendí la lámpara del velador. Iba a ponerme los zapatos cuando se cortó la luz. Me levanté y di la vuelta hasta llegar a la cama lindante donde dormía mi hija Antonia, de 7 años.

-¡Antonia!

Mi hija seguía durmiendo y la cama se empezó a mover fuertemente. Agarré a mi hija en brazos y la alcé  en brazos. Y salí de la pieza. Al llegar al pasillo el bamboleo me tiraba para un lado y otro de la muralla. Llegué a la sala de estar con esfuerzo y de allí salí afuera.

Corrí con Antonia en brazos y en medio del  campo iluminado por una luna llena, me detuve. Sentí la tierra que ondeaba bajo mis pies desnudos y pensé que me iría a caer. Pensé que quizás debería tirarme al suelo. El pasto estaba algo húmedo por el rocío de la noche.

En eso vi al Chapete, el perro que de modo valiente y silencioso nos hizo compañía.

Allí estábamos solos los tres, Antonia, el Chapete y yo, en el campo abierto, mientras la casa bullía en ruidos y movimientos.

-¿Qué pasa, pa?, mi hija me pregunta.

-Es un temblor, ya va a pasar.

Mi hija me mira y confía en mí.

A pesar que mi hija confía en mí y me abraza aún más fuerte, yo pensé que todo sería un cataclismo, una hecatombe en que la casa se caería y que la tierra se abriría. Que todo se pondría peor y que este relato sería trágico.

¿Qué hago? ¿Arranco hacia  un árbol?  A unos 50 metros estaba el árbol más cerca. No llegaría allí. Me caería. Además el árbol también bailaba.

¿Me siento en el suelo?

¿No se abrirá la tierra?

El terremoto era largo y era fuerte. Tan prolongado que tuve tiempo de pensar y de mirar el campo, y sentir el silencio de los animales, de los pájaros, de las vacas, de los caballos. Mirar el cielo estrellado me hace inútil, me hace pequeño.

Silencio.

Sólo la tierra y la casa que bailaba un chachachá rápido y violento.

De pronto termina.

Escuché un llamado a lo lejos.

-¡Omaaaar!

Era Graciela que vivía allí  a unos 100 metros , con sus padres y su hermano, en una casa grande de campo.

-Yaaa- contesté yo.

Le dije a Antonia:

-Mi amor, no te muevas de aquí, voy a buscar ropa para abrigarnos.

Entré a la casa abriendo las cortinas para iluminarme con la luz de la luna llena.

La casa había resistido bien. En la pieza tomé la ropa que encontré, las zapatillas de mi hija y mis zapatos. Salí. Nos vestimos allí y los tres con el Chapete  nos fuimos caminando a la casa de Graciela.

En la sala de estar de la casa de Graciela se habían caído los libros. En su pieza se cayó el librero sobre su cama. Pero ella no estaba allí, felizmente. Segundos antes, había escuchado que su padre la había llamado desde su pieza. Héctor estaba convaleciente de una operación de un edema cerebral. Graciela sobrevivió en la pieza de sus padres, con Héctor y  Chela. La casa también resistió muy bien.

Iluminados con velas, nos abrigamos con sacos de dormir en la sala de estar. Antonia se acostó en mis faldas. Con renacido espíritu gregario, allí vivimos las réplicas que se repetían constantemente. La Chelita reza el rosario en su pieza acompañando a su viejo y amado Héctor. Su murmullo creyente suena apaciguador, pacificador.

¿Cuántos sufren en este momento?

¿Cuántas víctimas?

Vimos las luces de un auto que entró en la parcela. Salimos a la puerta y era una pareja de vecinos que venían a saber como estábamos. Los solidarios nos dieron las primeras noticias de los otros vecinos. En general, estaban bien. Luego siguieron su camino de cristianos valientes.

El computador, los celulares, los ipod, nada servía. Con una vieja y olvidada radio a pilas escuchamos una radio argentina y escuchamos a la presidenta Bachelet. La radio Paloma de Talca comenzó a transmitir y a recibir informaciones parciales. Nos dimos cuenta que en el centro de Talca la situación era un pandemonio, a 20 minutos de allí. Se informa que Iloca sufrió un Tsunami y la gente está en los cerros.

Al amanecer fuimos caminando a Pelarco, con mi hija Antonia y Graciela. Fuimos constatando que los vecinos estaban sanos. Sorprendidos como nosotros, pero sanos. En Pelarco, la gente estaba en las calles alrededor de fogatas, muchos andaban comprando pan, sin encontrarlo. El pueblo había resistido bien. Muchas tejas caídas y algunas murallas. La Iglesia sufrió duramente, las paredes interiores estaban en el suelo. La gente está asustada y escucha la radio Paloma de Talca.

Estamos consternados.

Estamos vivos.

 

 

 

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