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Fin de siglo: Pragmatismo encéfalo craneano

Pía Barros
Escritora

Publicado en "Chile: Los desafíos éticos del presente"
Andrés Opazo (Editor). PNUD, Proyecto Etica Cívica y Cultura Democrática, 1999, 478 páginas



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«Te levantas sabiendo mi nombre
cada noche tengo uno distinto»


Una vez más, nos reunimos en congresos, foros, agrupándonos de todas latitudes, tocándonos casi, sólo para comprobar que aún existimos, que pase lo que pase, a escondidas o en público, seguimos escribiendo.

Las glorias de los 60, cuando la escritura y escritores y escritoras importaban, aún resuenan en nuestros oídos. Pero en los 60 todo tenía sentido, se iba a salvar el mundo, la imaginación subiría al poder, y el consumismo era un vicio arrogante, propio de un primer mundo lejano e inalcanzable.

Han pasado treinta años, y aunque por entonces era una niña, soñaba con ser escritora como en las películas, de casa con perro persiguiendo palito al borde de una playa desierta. Y para cuando escribí, no se podía publicar sin censura previa, debido a fuerza mayor, o fuerza militar para ser exactos.

Nunca hubo casa en la playa, ni glamour, ni nadie me detuvo como a un oráculo para inquirir acerca de cómo detener el armamentismo nuclear, o cual debería ser el tipo de gobierno adecuado para el próximo milenio.

Aún así, empecinada, conjuré todo susurrando «habíaunavez», como si fuera un mantra.

Sólo que todo cambió y siento que no fuimos avisados.

Pues bien asumámoslo: somos los parientes pobres de la cultura en el neoliberalismo. Fuimos algo alguna vez y creíamos que un libro era importante y hacía la diferencia. Pues no, tengámoslo claro de una vez: no somos los «tangibles» que esta sociedad de consumo necesita. Si al menos hubiésemos sido pintores, o escultores, aún mereceríamos algo, pero...¡escritores! Aún así, el sistema nos puede perdonar la vida, y también a los editores de libros de ficción, (tamaña estupidez no se acomete ahora que son imprescindibles los libros de autoayuda, «como cortarse las uñas de los pies con papel mantequilla,» «aprenda a ser cesante dignamente», «sepa cómo comer caviar con palitos chinos sobre suchi japonés»), sí, como lo oye, se nos puede perdonar siempre y cuando arremetamos con una novela «light». De ésas que se pueden leer mientras se hace aeróbica, usando el celular, o haciendo un alto en la navegación por el internet. Las novelas livianas son bellas, nos hacen estar al tanto de lo que pasa en los últimos rankings de ventas, nos transforman en multiculturalistas (se leen en todas partes) y hasta tienen, algunas, el poder de conmovernos o involucranos en problemáticas sociales que jamás, óigalo bien, deben ser las del propio país, porque eso atenta contra el buen gusto, divide las opiniones a la hora de la cena y obliga a ese vicio tan pasado de moda como es el tener memoria. Las novelas livianas sirven, no le quepa duda, para volver a esas estructuras conocidas y dicotómicas de bueno-malo, rico-pobre, clase-ordinariez. Y sabemos que la cultura moderna no pasa por los márgenes, ahora que somos democráticos, que algunos de nosotros, los elegidos, entramos al Fast-track, al Mercosur, al Nafta y a todo lo que la moda económica mande.

¿Y la literatura? Bueno, ése es un escozor en el alma que sólo pueden permitirse los profesores, los escritores, las academias, los insensatos, los soñadores, los estudiantes, las mujeres que creen que son un nuevo aporte, los jóvenes, los idiotas, los que sueñan cosas tontas, los poetas, los marginales, en fin, toda esa tropa de inadaptados que sobran en este baile al que nadie los invitó.

Por fin las cosas están en su lugar: los ricos son ricos y los pobres, pobres. La provincia jamás será la capital, los marginales no podrán salir de sus reductos, porque la educación es para el que la merece, o sea, el que pueda pagarla.

Además, a qué preocuparse, si los escritores/as todavía están discutiendo que si su generación salió al exilio, que las mujeres venden libros sólo por curiosidad masculina, que la generación del 70 es una generación nostálgica, que la del ochenta es política y fracasada además, que la de los noventa está pegada en Salinger y los norteamericanos, que la que está por venir es irredenta y sólo conoce la traición y el traicionarse como tema. Dejémoslos como están porque así, en estas rencillas, no molestan a nadie, aunque crean que un par de desautorizaciones de los unos a los otros en la prensa significan haber ganado espacio.

«Yo quiero ser una chica Almodóvar
un poco lista un poquitín boba»

Algunos, le hacen trampas a los nuevos tiempos, democratizan la escritura a través de los talleres literarios, de las tertulias, de los congresos para buscar nuevos lectores, de reuniones para ver los nuevos desafíos de la sociedad chilena. No hay que preocuparse, porque inmediatamente saltan otros, que echan por tierra la premisa hablando en contra de las «academias» de literatura, que si hay más escritores que lectores, que no pueden ser buenos si no lo hacen solos, que a qué tanta charla y discusión, que cúando se ha visto tamaña ordinariez, etc. Por eso, no hay que preocuparse: el sistema está a salvo y gozando de una salud envidiable, significativamente los espacios en la prensa para la cultura cada vez son menores y sólo dan cuenta de los «eventos», es decir, de lo masivo, lo eventual, lo que no debería dejar huella.

Se recomienda no hacer caso de aquellos alarmistas que hablan de un incremento en las ventas de los libros de poesía, de los clásicos, de los llamados autores «densos»: una golondrina no hace verano.

No hay que preocuparse, insistimos, porque para que no chillen, se les mantendrá la palabra escrita a través de novelitas y cuentos livianos, y así, se irá poco a poco matando esa otra peste canalla, esa droga de locos, llamada literatura. En la cultura actual, lo válido es el movimiento, lo rápido, no el sentido: la sacralización de las formas nuevas, pero sin detenerse en los por qués de esas nuevas formas.

«Soy del color de tu porvenir
me dijo el hombre del traje gris
No soy tu tipo le contesté
y aquella tarde aprendí a correr»

Sí, lamento comunicarles que pese a todo lo anterior, este modo que pretendíamos agónico y, contra todo pronóstico, aún respira. Hay quienes escriben porque no conciben otro modo de vivir, hay quienes cuentan cuentos porque la vida mejora un poco y crece el corazón cuando los escuchamos, hay quienes escriben novelas y se desgarran en ellas y buscan un lenguaje que marque y los marque, hay quienes no conocen más lucro que el de ser la mirada de su tiempo.


HAY QUIENES NUNCA SUPIERON TRAICIONAR LO QUE AMABAN

En nuestros países está lleno de esos/as sujetos/as. Soñadores/as, desencantados/as, herejes, luchadores/as, creadores/as. No han recapacitado en las ventajas del sistema, porque no hay sistema que les calce.

No se rinden, porque no hay una bandera ante la que valga la pena rendirse, salvo a las banderas blancas que anuncian el pan amasado. Creen en el lenguaje y en la invención de nuevos códigos. Piensan que vale la pena intentar la escritura, ya sea por un lector o por muchos. Creen en la vida como en un desenfreno y no como en un consumo. Piensan que un café compartido vale más que cien de sus fotografías en tapas de revistas, que la calle se abre para que la miren, que no hay gestos inocentes, que nadie está salvo, que una palabra puede serlo todo, que a miles de kilómetros hay alguien o puede haberlo, a quien una línea de lo que escribe podrá remecerlo.

Son seres extraños, obsesivos, intensos, voyeristas, desenfrenados, luchadores. No quieren ser redimidos, no quieren reglas, no quieren. Leen como si fueran posesos, a sus congéneres, a los que mató el tiempo, o el olvido. Mantienen viva la llama de la literatura. Eso sí, hay que cuidarlos, porque aunque no tengan sociedad protectora que los conserve, son una especie en extinción.

En extinción, sí, porque no somos de plástico. Somos biodegradables, materia orgánica que deberá ser reciclada en el próximo siglo, cuando otros náufragos recojan las botellas que lanzamos al mar. Y serán botellas y papeles de otro milenio, porque estamos...


A POCOS DÍAS DE SER LOS VIEJOS DE MIERDA DEL SIGLO PASADO

En unos meses más, seremos todos y todas, escritores, críticos, autoras, intelectuales del siglo pasado. No importarán las viejas discusiones acerca de las barreras generacionales, la crítica literaria, la función o no función del escritor frente a los medios de comunicación masiva, el marketing o no de nuestros textos, si las mujeres venden libros sólo por curiosidad o actitud perdonavidas de los hombres, los microespacios para la cultura en la prensa, la reducción presupuestaria, las feministas o antifeministas, los indígenas y su supervivencia cultural, el Nafta, el Mercosur, o lo que sea.

Sospechosamente nos mirarán las nuevas generaciones, olerán a nuestro paso por si traemos el mal de la muerte. Caminaremos como museos vivientes de un siglo que lo tuvo todo y todo lo perdió en un abrir y cerrar de muros o pestañas a control remoto. Se nos invitará a foros y conferencias para dar «testimonio» del pasado, para contarle a los niños cómo fue. Los viejos y viejas de mierda del siglo que pasó.

Nuestros textos se habrán escrito en el siglo que se fue, nuestro pensamiento habrá quedado enredado en algún pubis adolescente cuando el galán susurre con voz de antiguo «como dijo X en el siglo pasado...». Nuestro dolor será parte de poleras alusivas en el pecho de algún estudiante que nostalgia lo desconocido. Nuestros libros, nuestros artículos en los diarios, nuestras publicaciones sesudas, nuestro aparataje teórico, nuestra construcción cultural, nuestro internet, nuestras batallas cotidianas, todo, sepultado bajo la lápida de un siglo agitado, para que los eruditos nuevos lo estudien como se estudia lo viejo; arriscando la nariz con entusiasmo.

Nos preguntarán qué hicimos por el cambio, si estuvimos cuando había que estar, si somos previos o posteriores a Hiroshima, si nacimos antes o después de la televisión, o cómo le pudimos tener miedo a ese abuelito patético lleno de medallitas sentado en el Congreso Nacional (*) y salpicando de babas seniles a los concurrentes. Nos escupirán a la cara por no haberles dejado siquiera un miserable rastrojo de sueño al que perseguir, por haberlos dejado huérfanos de deseos, por haberles matado la rebeldía con el consenso, por no haber amado lo suficiente para dejarles algo por qué vivir.

Entonces, nosotros y nosotras sacaremos álbumes desteñidos con fotos de sociales, columnas llenas de denuestos para algún escritor/a que olvidamos, peleas generacionales que les harán sonreir, teorías gastadas por el seguidismo o el desuso. No podremos enarbolar la memoria, porque a diario estimulamos el alzheimer social, la más cómoda de las traiciones.

Y nosotros y nosotras, museos del siglo pasado, lloraremos por lo que no hicimos, por el tiempo perdido en estúpidas rencillas personales, por ir en nombre de lo individual olvidando el colectivo.

Les diremos que nuestro siglo pasó muy rápido, que ni siquiera pudimos leer nuestra historia y menos ver la película. Justificaciones, el arma que sí aprendimos a usar.

En unos pocos meses seremos los viejos de mierda del siglo pasado.

El verdadero desafio está en conseguir un mundo perdido en unos pocos meses. Levantar la palabra, los nuevos códigos, los nuevos lenguajes, y empezar el susurro en el oído para que sea el grito final de un milenio. Contar cuentos, escribir novelas, hacer hincapié en la increíble producción textual de estos pocos meses. Prefigurar un sueño, hacer estallar el cielo con el imaginario. Atesorar palabras, trocitos de maderas, arenas de lugares remotos, acordes de Bach, rostros amados, vida, versos, pasión, deseos y susurros inconfesables.

Recordar esa vieja leyenda hindú que no dejo de repetir en cada lugar donde voy (y aquí no será la excepción). Va un rico mercader por el desierto y encuentra a un mendigo muriendo de hambre. Le habla, insiste en que es innecesario que muera y le regala dos monedas. El mendigo corre hacia la ciudad. El mercader tarda un poco más, con sus mulas cargadas y su dinero. Al llegar, se encuentra con el mendigo y pregunta qué hizo con las dos monedas. El mendigo responde: «Compré un pan, para tener DE QUÉ VIVIR y una rosa, para tener POR QUÉ vivir".

En estos pocos meses que nos quedan, dejemos de lado los eventos, la políticas banales, la amistocracia, el individualismo, las derrotas, los miedos, y volvamos a cantar esa vieja canción del siglo a todo pulmón y sin rendirnos: «quien dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón».

 


 

Conferencia dictada en el Encuentro «Los nuevos desafíos éticos de la sociedad chilena: una visión desde los escritores», organizado por el Proyecto «Ética Cívica y Cultura Democrática» y patrocinado por la Universidad Católica del Norte. Antofagasta, noviembre de 1997.



(*) La autora se refiere a Augusto Pinochet Ugarte, quien juró como Senador Vitalicio en marzo de 1998.

 




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