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Crítica Literaria

Por Patricia Espinosa
Publicado en Las Últimas Noticias, 8 de Diciembre de 2017 al 5 de Enero de 2018


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Monroe
Marcelo Mellado. Hueders, 2017, 125 páginas.
LUN, 8 de Diciembre de 2017

Si bien la escritura de Marcelo Mellado tiene un marcado sello singular, en los últimos años se ha visto desgastada, agotada sobre sí misma. Sin embargo, literariamente, siempre es posible superar un mal paso o varios, como sería en este caso. Ahora, en Monroe, su nuevo libro, corre muchos riesgos y logra salir indemne, experimentando un cambio impresionante.

Mellado se instala en el cruce entre la novela de aventuras, el mito, las luchas sociales y hasta la reflexión metatextual, para construir un héroe de tomo y lomo. Conrad, que pertenece a un pueblo originario que le ha encomendado una misión. Superando diversas dificultades, el personaje iniciará un largo viaje hasta llegar a la capital del país llamado Monroe, con el objetivo de asesinar al Carnero, el dictador.

El volumen posee tres niveles narrativos. El primero, en torno a la épica; el segundo, un conjunto de apostillas concentradas en explicar las claves del género literario que se está utilizando; finalmente, el tercer nivel se refiere a la relación entre dos entidades: N y el Otro, el hijo y el padre, dos hermanos que intercambian sus roles o, incluso, el uno y su doble. Da lo mismo la denominación de su vínculo, porque lo que en realidad importa es la intensa conexión que ambos personajes establecen.

Este último nivel, que cierra cada capítulo, tiene una función primordial; es el origen, desde aquí surge la novela. N es el autor intelectual de la historia de Conrad y el Otro es el coejecutor y narrador de esta experiencia mágico-creativa. El estilo de escritura en este apartado cambia, el tono ya no es epopéyico; ahora el héroe es N, y sus estrategias, batallas, avances y retrocesos son en el territorio de la ficción y la trama. Mellado rompe con su pasado y genera una prosa con un fuerte componente lírico, de ensoñación, con atmósferas templadas, atenuadas de cualquier registro rabioso o de cualquier fuerza exógena. N y el Otro conforman una unidad de dos caras, con distintas funciones y modos de percibir, se retroalimentan, comprenden y distancian, todo con admiración, afecto, fraternidad, especialmente del Otro hacia N, en un diálogo filosófico, literario, oscuro, pero también luminoso en torno a la vida, la que en última instancia podría ser homologable a una maquinaria inagotable de ficciones donde la derrota y el triunfo se encabalgan.

En el terreno épico, Conrad es el símbolo de la resistencia, opera como un guerrillero racionalista pero que tiene una misión sublime. Cuenta con autoridad y es respetado tanto por su pueblo como por sus compañeros de lucha. Al llegar a la capital, el héroe tiene la oportunidad de exponer su posición política en torno al enemigo y sus estrategias de control. Surge en este instante el discurso que ya conocemos de Mellado en torno al poder, la corrupción, la indiferencia ante la desigualdad del país, el arrinconamiento regional. Pero, en vez de vociferarlo con histeria, ahora resulta cauto, reposado, bien administrado, con lo que gana peso ideológico y profundidad.

Monroe es una novela multi-dimensional, llena de recovecos y pliegues, bullente de imágenes y modos de aproximación a una realidad cuyos protagonistas exhiben constantes relieves y fisuras, y deslizan su sapiencia, belleza y una extrañeza melancólica en su condición de luchadores siempre al borde de la derrota. Este relato resulta fundamental en la obra de Mellado, porque muestra una faceta desconocida o lo que también podría pensarse como un nuevo aire de su escritura.

 

 


Basilisco. La familia es un nido de perversiones
José Luis Flores. Emergencia Narrativa, 2017, 153 páginas.
LUN, 15 de Diciembre de 2017

Una enorme cantidad de personajes, sobre todo abuelos, hijos, nueras, nietos y "nanas", dan lugar a una trama que se diversifica en las múltiples microhistorias que van conformando esta novela de José Luis Flores, relato fantástico que denuncia un orden de clase y pone en relieve la tradición alegórica nacional pasando por, a lo menos, Alsino (1920) de Pedro Prado, Patas de perro (1965) de Carlos Droguett, y El obsceno pájaro de la noche (1970) y Casa de campo (1980) de José Donoso. La función principal de estos intertextos se refiere a la presencia del monstruo, imbunche incluido, como parte de la conformación identitaria nacional.

Víctor Hugo Griffero Ivilic y "su Señora" son los patriarcas de un clan maldito y padres de cuatro hijos, Víctor, Alvaro, José Manuel y el hermano monstruo, el cual vive recluido en el sótano de la casa familiar. Tras la muerte del padre, una tormenta mantiene encerrada en su gran casa a la adinerada familia. La naturaleza incontrolable funciona como el marco preciso de la debacle que se desatará en la casa patronal.

El mal en este libro se asocia a la estirpe dominante y su endogamia, poseídos todos por una moralidad demoniaca. Una posición ambigua en este contexto es la del monstruo, que jamás ha salido de su mazmorra ni ha tenido la oportunidad de verse en un espejo. Su atroz condición sólo ha sido constatada por los dichos de sus familiares y médicos al servicio del patriarca. No hay, por tanto, un nivel externo al de la casta que sea capaz de contrarrestar la verdad que la familia impone.

Flores estructura la narración a partir de seis entidades, la matriarca, sus hijos, los nietos, las trabajadoras de la casa, el médico y el monstruo. La carnavalización de la trama redunda en el lenguaje recargado, al igual que la prosa, la aceleración de los acontecimientos y la intensificación de su condición escabrosa. La matriarca es poseída por el demonio y, en una escena digna del mejor cine gore, se pasea por la casa con un puñal entre sus manos, mientras los niños crean un prostíbulo y las "nanas" claman por imbunchizar a los pequeños. Sin embargo, un punto definitivamente espectacular en este mundo caotizado es el embarazo del médico, quien da a luz a un lagarto llamado Basilisco.

La confusión, la inversión de roles y la subversión a toda norma permite constatar el orden degradado que impera en la casa maldita, pero tiene un costo, ya que diluye la presencia del monstruo que habita el subterráneo, quien sólo reaparecerá en todo su esplendor en el segmento final. Este desnivel adelgaza la importancia del personaje, que al inicio de la novela es central en tanto símbolo de los valores que movilizan a la clase a la cual pertenece. Además, su reinserción como el gran articulador y figura subversiva lo muestra debilitado como personaje, ya que se encuentra desprovisto de un discurso sobre su condición y, por supuesto, de un cuestionamiento a su lugar dentro del inmoral universo familiar.

Basilisco (cuyo subtítulo, La familia es un nido de perversiones, resulta del todo innecesario, por sobreexplicativo) es una novela que destaca dentro de las ficciones fantásticas nacionales, proponiendo una crítica convincente a un orden social viciado y decadente. Además, resulta destacable que Flores logre dialogar con autores como Prado, Droguett y, fundamentalmente, Donoso, sin perder un ápice de autonomía.

 

 


Lugar
María José Navia. La Lumbre, 2017, 165 páginas.
LUN, 22 de Diciembre de 2017

Una diversidad de mujeres protagoniza este segundo conjunto de relatos de María José Navia. Lugar es un libro melancólico y doloroso, con protagonistas solitarias, enfrentadas a un mundo que las reduce, las acosa y les imposibilita establecer afectos. Mediante una prosa sugerente, pero también directa en la exposición de la frustración y el derrumbe, la autora profundiza, con gran pericia y verosimilitud, en los fracasos cotidianos, en las continuas crisis que imponen el atavismo y la modernidad.

Lugar es un libro unitario en lo que se refiere a la presencia constante de tres ejes: mujer, familia y desarraigo, que sigue el formato del cuento clásico en su variante moderna, con finales abiertos y clímax atenuados, fragmentarios en su justa medida. Navia escribe con limpieza, pulcritud, con un manejo acertado de los tiempos reflexivos, demostrando además un amplio registro lexical y un acabado conocimiento sobre cómo construir un perfil. Este último punto, sin embargo, se vuelve a veces en su contra, ya que entrega más información de la necesaria respecto al proceso y estados anímicos que viven sus personajes.

Uno de los aspectos más valiosos del volumen es la exposición de mujeres diversas en oficio, edad, formación, pero unificadas por lo que en principio parece un sino de fatalidad y que, poco a poco y sin requerir de la consigna facilista, se configura como un orden mayor que conspira para destruirlas. Cada uno de estos doce relatos propone itinerarios de vida donde no hay un momento de paz o equilibrio, porque el contexto, ya sea Chile, Varsovia o Estados Unidos, es uno solo: un mundo globalizado, un escenario común, por donde estos seres golpeados se desplazan acusando recibo de la micro-violencia cotidiana, que puede venir de un niño, un desconocido, un padre, una madre o incluso una enfermedad.

En este conjunto de relatos que golpean sin estridencias, evitando el exhibicionismo y la victimización, vale destacar "Canción", donde una operadora de un call center vive la agonía de su madre intensificando el trabajo diario; "Una por la mamá", que remite a dos hermanas anoréxicas; "Aquí", protagonizado por una chica que finge ante sus padres estudiar en la universidad mientras, dominada por una obsesión, renta habitaciones donde vive temporalmente; y "Cera", en torno a una depiladora que inflige cada vez más dolor a sus clientas como contrapeso al duelo por la muerte de su pequeño hijo. Finalmente, "Shopping", quizás el mejor del volumen, una feroz narración sobre el suicidio adolescente en un centro comercial.

Las enfermedades, el duelo, la muerte, la anorexia, los fracasos amorosos, el dominio paternal, el maltrato a los viejos conforman estas tramas intensas donde Navia fluye sin melodrama, sin dar el más mínimo respiro a la presencia del dolor y la soledad. Esta última se impone como un concepto que va más allá de los personajes, ya que más bien se sustenta en un orden social que determina reglas sobre cómo vivir y también reemplaza y desecha afectos.

En estos relatos, los personajes femeninos son estrictos para contenerse en lo público, mientras en lo íntimo su perturbación es enorme. Esta dualidad otorga gran riqueza a cada historia. Lugar constituye, sin duda, una escritura madura en la articulación de ficciones en torno a mujeres dispuestas a sobrevivir, pese a sus fisuras, perturbaciones o el constante acoso social. En este sentido, el libro impone una importante crítica a la opresión femenina y a la necesidad de subvertir también en lo privado un orden que en muchos mo-mentos las supera, aunque no las destruye.

 

 

 

Los pololos de mi mamá
Cristóbal Riego. Editorial Hueders, 2017
LUN, 29 de Diciembre de 2017

Las desventuras de un niño que transita hacia la adolescencia, un poco acartonado y que mira la vida desde su costado trágico y algo ridículo, es el eje de Los pololos de mi mamá, primera novela de Cristóbal Riego, recién publicada por Hueders. La narración es de trama sencilla, con personajes transparentes, donde el protagonista opera como un censor obsesionado por condenar a su inestable madre.

Riego aporta un prescindible libro más al paisaje nacional de la literatura edificante, moralizante, protagonizada por un chico pragmático y racionalista que se concentra en las desventuras de su pequeña familia. La cosa es así: padres separados, hermano menor cuya presencia es inútil, papá abogado que pone algunas reglas y sólo sirve como soporte mínimo de la acción, y finalmente mamá, ex alumna de un colegio de élite, aficionada a tomar cursos de cartas astrales, reiki y hasta locución. La mujer es configurada como ejemplo de mala madre, banal, voluble y despreocupada, cuyo rasgo más distintivo es su diversidad de pololos.

De esta forma, las bases están echadas: padre triunfador y mamá fracasada, aunque ella mantiene como proyecto vital encontrar una pareja. Más allá de los ocasionales diálogos con un ex de su madre, el narrador no tiene interlocutores, amigos o parejas con quienes compartir sus pesares. Su soledad es desaprovechada por la historia, que exterioriza en demasía al personaje, entregándolo a divagar en torno al comportamiento de su madre, su gran obsesión, y cuyo mayor pecado es sentirse joven y seductora. Lo que sí podría haber sido interesante era indagar en las razones que sustentan la enfermiza manía del hijo por la madre, pero el relato limpia al muchacho de rasgos perversos o, incluso, de dobles intenciones, dejándolo casi al nivel de simple cuestionamiento caprichoso, ocioso, malcriado y hasta misógino.

En todo caso, el ataque constante a la mujer es realizado de manera indirecta. El protagonista repasa filosamente a cada una de sus decadentes parejas, ignorando por completo enjuiciar del mismo modo a la novia de su padre. El mayor objetivo del chico es, entonces, caracterizar con desdén a todo sujeto que se vincule con su progenitora. Lo extraño es que estos mismos hombres cambian su signo negativo cuando se relacionan directamente con él, estableciendo incluso cierta amistad. Por desgracia, la mirada conservadora del narrador también impide explorar la posibilidad de que el muchacho se enamore de las parejas maternas.

Así, todos los esfuerzos de Riego conducen a presentar una colección de aventuras ingeniosas. Utilizando una escritura muy simple, precaria más bien, y con pocos recursos narrativos, la reiteración de funciones y el esquematismo se adueña del relato y todo termina quedando a medio filo.

A pesar de un leve repunte en los dos capítulos finales, Los pololos de mi mamá es una novela olvidable, sin gracia, desabrida en su transparencia, que no da ni para calificarla como la peor del año. La débil conformación de la subjetividad de quienes soportan todo el peso de la historia, el narrador y su madre, es la razón principal por la que el volumen sucumbe. Sin embargo, hay que rescatar un mensaje esperanzador dirigido especialmente a los escritores inéditos, porque si esto ha sido publicado entonces todo es posible.

 

 


Cuaderno esclavo
Rodrigo Olavarría. Hueders, 2017, 140 páginas.
LUN, 5 de Enero de 2018

En 2010, Rodrigo Olavarría publicó un libro excepcional, Alameda tras las rejas. Ahora, con esta nueva obra, no sólo continúa felizmente su proyecto, sino que lo hace de manera mucho más depurada en su condición metaliteraria. Cuaderno esclavo es una novela sobre un viaje hacia el sentido profundo de la escritura y la experiencia de vida de un escritor, compuesto a partir de segmentos breves, ensamblados por la mirada minimalista de un personaje insatisfecho, que teoriza, de espaldas a la academia, sobre su compromiso como autor o lector, enjuiciando hasta el límite su propia dependencia con la escritura.

Estamos en el 2007. El narrador protagonista es un traductor y poeta de 26 años, del sur chileno, que migró a Santiago y que tras una ruptura amorosa, ya que se niega a establecer compromisos a largo plazo, emprende un viaje a Río de Janeiro a visitar a uno de sus grandes amigos. No sólo quiere tomar distancia de sus fracasos: también desea encontrar la forma de salir de esa relación de poder que lo mantiene como un escritor y lector esclavizado.

La mixtura de géneros es una de las grandes preocupaciones de esta maquinaria textual que empapa sus engranajes con un tono cotidiano que refuerza la impureza de la supuesta distancia entre ficción y no ficción. Pese a la enorme cantidad de referencias literarias, es fundamental la presencia del escritor polaco Gombrowicz, en particular sus ideas en torno a la condición del hombre como productor de la forma y, a la vez, su esclavo, ya que opera como una tiranía en la elaboración de la escritura. Olavarría persigue una forma, luego se aleja, para volver a aproximarse a ésta, con elegancia y rigor, dando cuenta de una posición inestable, pero también definitiva respecto al desarrollo de su cuaderno de notas.

Al inicio, el protagonista extravía un cuaderno que eventualmente podría dar lugar a un libro. Este hecho lo perturba en demasía, ya que contiene citas y meditaciones íntimas recogidas durante años. La pérdida lo lleva a reconocerse como esclavo del volumen perdido, pero también del nuevo que inicia, hechos que marcan un juego lógico que cruza esta novela, a ratos conjetural, aforística, centrada en la eterna pero siempre vigente distinción entre vida, literatura y escritura.

La pérdida y el anhelo de seguir otras rutas lo lleva al deseo de otra "realidad", un fuera conformado por cuerpos, materialidades diversas a las palabras. Así, el narrador manifiesta su disposición "a perderlo todo dejando ir ese cuaderno, esas ideas, esa belleza, esos recuerdos y esos poemas". La condición siamesa de los cuadernos —el perdido se reproduce e integra en el nuevo cuaderno— es interpretado como un mandato al abandono y la reivindicación de la vida como un fuera de la escritura. Un lugar donde, como una paradoja, los individuos se representarían al modo de libros y la experiencia literaria más intensa seria "la reflexión sobre la vida propia y de los demás".

"Esclavo" es un término gravitante en esta escritura movediza, solemne, pero también pedestre, calculada en sus aciertos y desaciertos. Es precisamente esta premeditación manifiesta en la forma, en su registro obsesivo y casi patológico, uno de los máximos atractivos de este original y profundo libro, donde la composición es expuesta como un eje del acto creativo; determinante, en cualquier caso, para un acto de lectura asumido como epifánico, previo a la escritura y al análisis, que permitiría, nada más y nada menos, que el encuentro con un lugar de goce.



 

 

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Monroe, de Marcelo Mellado; Basilisco. La familia es un nido de perversiones, José Luis Flores; Lugar de María José Navia, Los pololos de mi mamá, de Cristóbal Riego. Cuaderno esclavo, de Rodrigo Olavarría.
Por Patricia Espinosa
Publicado en Las Últimas Noticias, 8 de Diciembre de 2017 al 5 de Enero de 2018