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Crítica Literaria

Por Patricia Espinosa
Publicado en Las Últimas Noticias. 20 de Noviembre al 18 de Diciembre de 2015

 

 


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Rabiosa

Gustavo Bernal. Librosdementira, 2015, 102 páginas.
LUN, 20 de Noviembre de 2015

A menos de un año de la muerte del irreemplazable Pedro Lemebel, surge el primer libro sobre él. La novela Rabiosa, de Gustavo Bernal, se centra en la fugaz relación de amistad entre dos personajes, ambos escritores, durante la década del 2000, el joven y neófito Elver Cruzila y el exitoso Lemebel. Elver busca a su ídolo literario con el fin de cultivar una cercanía literaria y de paso recopilar información para escribir una novela acerca de su figura.

El narrador del volumen es Cruzila, quien se vuelca a exponer su propia vida y su particular vínculo con Lemebel, privilegiando una mirada realista, donde predomina la configuración de un espacio cerrado, cargado de desencanto y falta de expectativas. La visión crítica del personaje respecto del contexto cultural chileno ocupa un lugar menor dentro de la narración, donde impera un tono de homogeneidad discursiva, no contrastivo, determinado por la actitud fanática del narrador respecto al escritor renombrado.

Bernal escribe con tosquedad y su prosa resulta artificiosamente maldita. La intención explícita de configurar una realidad degradada, sucia, a la cual sólo se podría acceder mediante un lenguaje y una tonalidad violenta, se queda apenas en la superficie, en la acumulación de actos que remarcan la marginalidad. La debilidad manifiesta de recursos técnicos redunda en un plan narrativo disperso, donde la tensión dramática se difumina tanto como el transcurso temporal.

A lo anterior se suma la perspectiva uniforme en la construcción de personajes, siempre tensos, almidonados y sin matices. Cruzila se encarga ya en las primeras páginas, y luego lo reitera con insistencia, de confirmar una imbatible heterosexualidad, junto con sus adicciones, su vida familiar hecha trizas y sus ansias desmedidas por acceder a la literatura vinculándose a un escritor exitoso. Lemebel, por su parte, resulta una caricatura de loca banal, odiosa, incapaz de emitir un juicio que contribuya al aprendizaje del joven escritor.

Por lo mismo, los constantes diálogos entre ambos personajes podrían eliminarse con facilidad sin restarle peso a la novela, ya que no sólo reproducen esta polaridad, sino que no logran traspasar la frivolidad, el chiste fácil. No hay un segmento rescatable en términos reflexivos, sean sentimentales o metaliterarios, algo esperable, dado que en último término se trata del diálogo entre dos escritores. Quien peor queda con esta estrategia ficcional es el escritor renombrado, porque con su accionar pareciera que su mirada político-literaria no es más que un simulacro, una pose vacía.

Pese a todo, el libro pareciera buscar su redención en el ámbito mercantil, destino natural de buena parte de la producción narrativa nacional. El volumen sabe acicatear el morbo del lector medante la infeliz ocurrencia de aludir a las opciones sexuales de personajes reales de la escena literaria chilena. Asimismo, mantiene como expectativa la consumación sexual entre los dos protagonistas. En un posible intento por “sacarse el pillo”, es el propio relato el que autodenuncia, a través del personaje Lemebel, el oportunismo de publicar este libro y su incapacidad para generar algo más que una caricatura sobre el desaparecido escritor.

Más allá de su efectismo, Rabiosa es una novela sencilla, bruscamente escrita y facilista, que a fin de cuentas sólo consigue demostrar que no basta con colgarse de un escritor famoso para generar una historia literariamente valiosa.

 

 


La resta
Alia Trabucco Zerán. Tajamar, 2015, 220 páginas.
LUN, 27 de Noviembre de 2015

Lejos, muy lejos de la mala prosa, aquella tan celebrada en el endogámico patio de la narrativa nacional, se ubica Alia Trabucco Zerán. La resta, su primera publicación, está bien escrita, un énfasis a estas alturas no solo necesario, sino fundamental en lo que respecta a nuestra literatura. Sin embargo, hay algo más en su novela: el preciso manejo del control y el equilibrio en la estructuración, aspecto central en el despliegue de esta arriesgada propuesta.

Trabucco construye una narración donde alterna dos voces, distinguibles, particulares, divergentes en sus puntos de vista, pero también concordantes. Felipe e Iquela –los protagonistas– tienen un pasado y un presente común, se criaron como hermanos y continúan así en su adultez; compartiendo, además, una memoria heredada, tejida con experiencias de violencia y muerte vividas por otros.

Conscientes de tal dependencia y del daño que ésta les ha causado, ahora, cercanos a los treinta años, se permiten articular un particular modo de sobrevivencia. Han asimilado y rearticulado la historia familiar en torno a la derrota, que es también la del país, mediante la conjunción de realidad e imaginación. El mayor deseo de ambos será, entonces, construirse una memoria a partir de dolores propios e intransferibles.

Aun cuando la novela configura mínimamente un orden familiar, sí se interna en los efectos simbólicos de tal orden en sus protagonistas. Felipe es hijo de un detenido desaparecido, acogido por la familia de Iquela. Un momento clave en la infancia de ambos es cuando surge Paloma, un personaje central en su pasado y futuro. Paloma, hija de una pareja de revolucionarios, amigos de los padres de Iquela, se convierte en el catalizador de los deseos de aquellos niños, ajenos –aparentemente– a las preocupaciones políticas de los adultos.

Iquela y Felipe son dos personajes excepcionales, oscuros, enmarañados en sus particulares lógicas, complejos, envejecidos sin dejar de ser inocentes. La autora no detiene jamás el proceso de construcción de sus protagonistas. A través de constantes monólogos, donde se yuxtaponen temporalidades e intensifican las fracturas afectivas, surge una propuesta reflexiva donde se despliega un horror mágico, fantasioso, que no acaba de regenerarse.

La confrontación es constante en este relato de lo que podríamos llamar posmemoria, donde se reescribe una estructura familiar y se reinterpreta la historia, lo cual inclina al volumen hacia la alegoría nacional postépica, equilibrada por una perspectiva pendular, un movimiento oscilatorio entre la intimidad y la representación de un país que carga muertos, golpeado por la naturaleza y cuya memoria se encuentra siempre en proceso de reconstrucción.

A pesar de un final por debajo del resto de la trama, donde se vuelca hacia un simbolismo extremo, La resta se ubica entre lo mejor de las publicaciones locales de 2015. Es un libro destacable tanto por los recursos estilísticos que exhibe como por manejo de un espléndido ritmo narrativo, donde el sentido se trama con una escritura que se escabulle de la clausura con flexibilidad e intensidad. Alia Trabucco Zerán dice horror y dice ingenuidad sin una brizna de épica; es más, consigue que interactúe la ternura con una violencia radical, conformando, además, una rotunda poética de la intimidad y la memoria.

 

 


Colección particular
Gonzalo Eltesch. Libros del Laurel, 2015, 131 páginas.
LUN, 4 de Diciembre de 2015

La autoficción de factura nacional, eternamente condenada a ser ópera prima de algún escritor joven, suele apropiarse de la ternura y la melancolía para reconstituir tramos de la infancia, ya sea ochentera o noventera, apelando al mundo colegial, familiar, una buena dosis de trivia y la presencia del dictador como una parte más del decorado.

Colección particular es la primera obra de Gonzalo Eltesch, nacido en 1981 en Valparaíso, datos señalados en la página introductoria y que se reiterarán en el interior de esta breve novela de autoficción. Se trata de 131 páginas muy aireadas, pequeños fragmentos, a veces no más de un par de líneas, narrados por un personaje llamado, al igual que el autor, Gonzalo Eltesch, ex estudiante de literatura, nacido en Valparaíso.

Resulta ingenioso que la configuración del protagonista opere más por carencias que por atributos. Gonzalo posee un limitado cuerpo de lecturas –lo reconoce sin miramientos–, sus reflexiones son escuetas y por ello se dedica más bien a describir; además, es torpe, tímido y, esto es lo fundamental, se adecua a las circunstancias. Este último aspecto resulta llamativo, ya que muy a menudo los escritores quieren mostrarse como sujetos orgullosamente inadaptados.

La mayor parte de los personajes con los que alguna vez convivió el protagonista, familiares o amigos de su padre, ya están muertos. La narración los recupera para reforzar la condición mítica del progenitor y, en oposición, el carácter común del hijo, quien regula la exposición de su intimidad, mostrándose más como un testigo de su propia vida que como un agente reflexivo.

Con sus limitaciones, la novela mantiene un cierto equilibrio, pero un nuevo factor la lleva a cambiar de rumbo. Así, el interesante camino marcado por la infancia ochentera, la configuración de un Valparaíso decadente, el detalle del excéntrico oficio paterno, el ruidoso divorcio de sus padres, la sobreprotección materna, la convivencia con una abuela despreciativa y el fallido intento amoroso del protagonista, cae en un atolladero cuando éste instala su preocupación metaliteraria.

Todo lo que la novela ha logrado instalar, la historia de una familia, la relación entre padre e hijo, el aprendizaje vital de un niño, resultan ser excusas para poner en ejercicio un plan de escritura. Las inquietudes sobre el acto de escribir, el género novelesco y su posible subversión, no sólo carecen de profundidad y destreza en su interpelación ficcional, sino que están al borde de un palabrerío vacío y ornamental: “Escribir una novela sin ficción. Como dibujar un ser humano sin esqueleto, sin ornamentos, nada”.

Eltesch escribe con simpleza y contención. Su prosa es coloquial, literal, con guiños a un habla de adulto joven, bien portado, bien hablado y sin la más mínima vehemencia. Quizás la intención fue desligarse de una mirada analítica superior, aguda; sin embargo, como contraparte, no logra coagular una estética de la intimidad desde lo pedestre, lo menor, lo cotidiano, ni menos una escritura con un estilo distinguible.

La principal debilidad de este volumen es la disociación entre lo formal, donde el autor juega todas sus cartas, y el contenido, que ocupa un lugar secundario, menos elaborado, jamás desligado de una lógica unitaria a pesar del diseño fragmentario. El propósito de subvertir el género novela y configurar un artefacto literario no logra consolidarse, aunque resulta interesante considerarlo, en tanto ejercicio, un primer intento de escritura.


 


Qué vergüenza
Paulina Flores. Hueders, 2015, 224 páginas.
LUN, 11 de Diciembre de 2015

En Chile, la mayor parte de las veces, publicar un primer libro de narrativa no es más que un ritual bautismal con el que el novel escritor o la novel escritora ingresa al llamado mundo literario. Por lo mismo, el valor estético de estas publicaciones importa bastante poco, ya que, dependiendo de los contactos y cercanía con los distintos grupos de poder cultural, este gesto le servirá al recién llegado más que nada para acumular kilómetros en viajes a ferias y encuentros literarios.

Un camino, por ahora, diametralmente opuesto es el de Paulina Flores, quien entrega un primer libro que se escapa con largueza de lo señalado más arriba. Qué vergüenza es un conjunto de relatos bien escritos, sólidos en su aproximación al género cuento y desprovistos de cualquier efectismo. Flores se dedica simplemente a narrar, a contar historias con propiedad, con un tono firme que le permite entrometerse con fuerza y delicadeza en la intimidad de sus personajes. La posición narrativa que, en términos generales, elabora la autora tiene como centro la escenificación de una diferencia femenina cercana, identificable, pero también inaprensible.

Entre los múltiples méritos de este volumen, se encuentra la construcción de atmósferas de encierro. Espacios comunes que mantienen como rasgo vinculante su condición de aislamiento, al modo de una celda, desprovista de adornos, cuyos muros infranqueables marcan un límite con el afuera. De igual modo, destaca el tratamiento de la temporalidad, concebida a la manera de planos rugosos, que se van montando, retroalimentándose, arrastrando nudos que luego se ramifican, dando lugar a una diversidad de microhistorias que diluyen el llamado eje de la historia global.

No es fácil lo que consigue Flores: su mirada se orienta a lo más profundo de lo real, al detalle sucio, enfatizando la obscenidad de lo doméstico sin impostaciones de maldad. Sus personajes se muestran siempre solitarios, frágiles, alertas, atisbando más de lo que debieran. Sin embargo, todo aquello que rastrean y asimilan se vuelve inútil, al modo de un conocimiento que nace muerto, pero que no logra aquietar la mezcla de ingenuidad y sabiduría desgastada de sus personajes. Quizás por ello, la infancia no revela diferencias radicales con la adultez, el pesar es el mismo, al igual que la incertidumbre y, por supuesto, el dolor.

Una estructura familiar carcomida, la degradación de lo masculino –en tanto figuras simbólicas ausentes, ensimismadas e indolentes– y el sujeto femenino –decidido a buscar formas de emancipación por medio de la ruptura con los afectos atávicos en un tiempo poscatástrofe– son los tópicos principales por donde transcurren estas narraciones.

Ocho de los nueve relatos resultan impecables; casualmente, el único cuyo narrador es un hombre es el más débil, desnivelado respecto al conjunto. Qué vergüenza es un libro ansioso de ficción, sacrificial en su configuración de mundo, pero carente de sentido épico. Paulina Flores no fuerza la técnica, sino que la deja fluir, sin alardes, sin voluntad exhibicionista, exponiendo una escritura sólida al deslizarse con rabia por las vulnerabilidades humanas, por medio de una voz muy particular y necesaria.

 

 


Material rodante
Gonzalo Maier, Minúscula, 2015, 113 páginas.
LUN, 18 de Diciembre de 2015

El narrador-cronista de Material rodante, un chileno que trabaja como burócrata en Bélgica, ha recorrido 376 veces, en tren, el tramo Lovaina-Nimega, localidades belga y holandesa, respectivamente. El trayecto funciona como una sutil columna vertebral del texto, un pequeño llamado al orden en una escritura que tiende a la multiplicidad de focos y niveles. Este, el segundo libro de Gonzalo Maier, es un breve anecdotario sobre lo ínfimo, que transcurre en torno a un personaje escurridizo, que desarma y desmitifica dos tradiciones del relato de viaje: la solemnidad de la condición metafísica del registro y el aprendizaje asociado a la experiencia vivida.

Con escasos contactos con los habitantes del Primer Mundo, el narrador es un tipo más bien solitario. Si el personaje viviera en su país de origen, podríamos hablar de la soledad como condición del sujeto moderno, pero el personaje es un migrante y, por lo tanto, la soledad resulta más bien una imposición: el extranjero es tolerado a partir de un ejercicio constante de indiferencia.

El volumen pone en funcionamiento, con una enorme flexibilidad narrativa, diversos registros genéricos atados por un único sujeto de la enunciación. Un individuo sin nombre, del cual sólo sabemos que parece tener mucho pelo, algo de sobrepeso, una edad cercana a los treinta, y cuyo mayor placer será enclaustrarse en su domicilio los fines de semana, vistiendo únicamente pijama. La idealización de un estilo de vida que pone una barrera al mundo de afuera sitúa al personaje en una particular posición. Su tarea será elaborar un registro de ciertas lecturas, recuerdos mínimos, sensaciones rutinarias y, en apariencia, poco brillosas del día a día.

Maier, sin embargo, propone un juego donde el concepto de inutilidad es tematizado y a partir del cual tanto el acto de narrar como lo narrado podrían ser parte del universo de lo prescindible. Es frecuente el rebajamiento de los sucesos expuestos y, en lo relativo a la escritura, remarcar su falta de trascendencia o, en último término, rimbombancia. Pese a la insistencia en lo que se podría denominar mundanidad, el narrador jamás se desprende de una actitud perpleja, de asombro, aunque apenas perceptible.

Desde el lugar del trasplantado, esta breve narración desbanca uno de los grandes mitos de todo chileno y latinoamericano letrado: estar o vivir en Europa no representa ningún contacto con lo excelso, ningún modelo de belleza, civilidad, orden o cordura. No hay una descripción arquitectónica o artística elogiosa; no hay nada destacable ni menos envidiable en ese Primer Mundo.

Maier escribe con soltura, cambia de foco sin alharaca, limitando los excesos descriptivos, manejando los desplazamientos temporales con equilibrio, apostando por un discurso cercano, sin pretensiones histéricas de inteligencia. Por lo mismo, dentro de los variados méritos del volumen, está la disolución de todo aquello estentóreo o de manifiesta luminosidad, optando por una opacidad subterránea.

Finalmente, si de destacar se trata, no puedo dejar de mencionar al narrador-cronista, que se construye en la sincronía de los hechos que ve o recuerda y la traición de las expectativas dramáticas que atraviesa el relato. La narración parece no tener más objetivo que exponer a un sujeto frágil, que goza compartiendo sus historias, simulando una graciosa indolencia, con una impecable destreza de manos que apuesta por socavar, aunque sea un poco, la pesada importancia de lo real.


 

 

 

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Crítica Literaria
Rabiosa, de Gustavo Bernal; La resta, de Alia Trabucco Zerán; Colección particular, de Gonzalo Eltesch; Qué vergüenza,
de Paulina Flores; Material rodante, de Gonzalo Maier.
Por Patricia Espinosa.
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