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Crítica Literaria

Por Patricia Espinosa
Publicado en Las Últimas Noticias. Del 14 de mayo al 10 de junio de 2016




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La hora más corta
Francisco Díaz Klaassen. Alfaguara, 2016, 122 páginas.
LUN, 14 de mayo de 2016

Un relato con corriente subterránea, de raigambre psicoanalítica, bullente de símbolos del mal, de esos que poco a poco van desequilibrando al protagonista, habría sido un golazo en la década del 50. Como harto de eso contiene esta novela de Francisco Díaz Klaasen, pero como estamos en el 2016, quizás para evitar una reverenda lata el autor le ha puesto cierto color a la historia mediante escenas sexuales. A pesar de ello, La hora más corta carece de carne, y confunde el minimalismo con la falta de una estructura y un proyecto definidos.

Francisco Díaz Klaassen construye una narración en primera y tercera persona. La voz protagónica es la de un chileno joven que vive temporalmente en Nueva York con su novia, también chilena, en un departamento infestado de ratas. La voz en tercera persona funciona sólo como un recurso estilístico, porque es igual a la primera, apenas cambia el lugar desde dónde mira, derivando en una homogeneización de voces. Sin embargo, hay elemento que constituye el mayor de los desaciertos de la novela. Se trata de un breve fragmento donde se describe a un sujeto que recoge en un hospital o morgue las pertenencias de su mujer fallecida. Si el objetivo era ocultar el eje del libro o situarlo de refilón, ya que todo lo acontecido al protagonista ocurriría en el postmortem, no se logra, debido al exceso de autonomía de tal fragmento y a la falta absoluta de indicios que promuevan la interacción de los dos posibles niveles de realidad.

Este equívoco permite que el protagonista aparezca autonomizado de su propia y dramática historia, quedando simplemente como una voz enloquecida, que se enfoca en cuatro ámbitos: su novia, las ratas que pululan por el departamento, la pareja de vecinos que observa a través de la ventana y sus estados de ánimo. Este último ámbito es el principal, la perturbación del personaje es lo que modela y filtra todo aquello que lo rodea. Su mirada es siempre tan adusta y seria, que llega a ser divertida en su dramatismo, risible en su condición trágica.

Claramente el volumen quiere dar cuenta de cómo el protagonista va construyendo un mundo aparte, cerrado sobre sí mismo, lleno de manías y obsesiones, como intentar atrapar y matar a las ratas. Los roedores y los vecinos, un espejeo obvio de la pareja protagónica, cumplen funciones simples, cuyo significado se reitera sin variación alguna. Estos símbolos facilistas caen por su propio peso, dejando sólo en pie el ámbito sexual.

En general, el lenguaje del libro es austero, limpio, casi despojado de marcas latinoamericanas, cercano a un español internacional, pero a la hora de nombrar los órganos sexuales se desbanda con el uso de términos chilenos. Así se produce una suerte de impostura, un afán descontextualizado por usar palabras “cochinas”, lo cual incide en el forzamiento de una identidad degradada que el personaje no contiene y que la novela no trabaja.

Maquillarse de acuerdo al dictado de la moda no siempre consigue ocultar debilidades. Así le ocurre a esta novela, que utiliza dos narradores y una disposición fragmentaria, y erotiza todo lo que puede; no obstante, se queda en la potencia, en el medio filo, en el recurso simbólico manoseado, en la artificiosa irreverencia del protagonista, en la anulación de su principal eje, rebajando con ello las tormentas psíquicas y espirituales a un nivel esponjoso, dignas de un personaje al que le sobra tiempo y comodidad.

 

 

 

La broma de una mantis religiosa
Poli Délano. Ceibo, 2016, 133 páginas.
LUN, 20 de mayo de 2016

Una vecina avisa a la policía que ha encontrado un cadáver. La difunta es Lorena Saldaña, de cuarenta y cuatro años, domiciliada en Ñuñoa, casada con Genaro Montesco, padre de su único hijo. Desentrañar esa muerte será el objetivo de esta nueva novela de Poli Délano, un relato policial clásico, sustentado en el enigma que, pese a sus desniveles, consigue articular tres atractivos personajes: una mujer seductora y una pareja de investigadores decadentones, sabuesos viejos, de aquellos con raciocinio y olfato policial.

El libro contiene dos segmentos. El primero enfocado en la vida de la víctima y el otro dedicado a la caza del criminal, realizada por el detective de la brigada de Investigaciones Néstor Barría, secundado por el investigador privado Julián Ramírez. Esta disposición es lo que entorpece la estructura, ya que hay un excesivo desnivel entre el capítulo dedicado a la mujer y sus aventuras sexuales y el capítulo centrado en los detectives. Además, resulta fatal que, en el primer segmento, el único dato respecto a la muerte de la mujer sea prácticamente invisible. Faltó allí un mejor trato del indicio y una forma menos rígida de organizar la narración, que flexibilizara la presencia y desenvolvimiento de los personajes.

Sin embargo, este desequilibrio es compensado en la segunda parte, pues Délano construye dos atractivos detectives, que dan para proyectarlos en otras historias. Barría y Ramírez poseen un pasado antidictadura, son aficionados a la literatura y disfrutan investigando. Mientras uno realiza variadas entrevistas, el otro va entregando paulatinamente la información recogida cuando investigó a la mujer y a sus amantes, ya que Ramírez fue contratado por el marido de Lorena Saldaña para averiguar si le era infiel.

Si bien es cierto que la narración satisface los requerimientos básicos del policial, se le podría haber exigido mayor complejidad al desarrollo del caso. El relato no se involucra con la institución, lo que hace que termine siendo nada más que un marco. Tampoco hay personajes que entorpezcan la búsqueda de la verdad, lo que redunda en que la resolución se vuelva bastante simple.

Délano escribe con fluidez, sus diálogos son precisos, maneja recursos de habla diferenciadores, de carácter y de clase social, que otorgan certeros matices a sus personajes. Además, predomina un tono rudo, en sintonía con la prosa, de fraseo corto, con adjetivaciones precisas, que van al hueso en la fotografía del contexto o en la representación de los sujetos.

En contraste con la velocidad narrativa, el volumen se da tiempo para recuperar el goce. Es frecuente que los personajes busquen placeres mínimos, asociados a un modo de vida que se va, como hacer un paréntesis en un bar, conversar tomándose un trago en la casa, comer con desparpajo, sin pensar en todo aquello que el menú sanitario de la actualidad recomienda. El autor también describe la ciudad con deleite, pero sin mitificarla. Surgen así calles y barrios sumergidos en una atmósfera que acoge, descritos con plena conciencia de que constituyen partes de una historia que está a punto de desaparecer.

A pesar de un explícito esquematismo en su diseño global y una resolución apresurada, Poli Délano demuestra que sigue teniendo las herramientas necesarias para moverse con soltura en un género complejo y, por sobre todo, volver a instalar una particular mirada en un relato policial alejado de la marginalidad, pero no de la turbiedad humana.

 

 

 

Ricardo Nixon School
Cristian Geisse. Emecé, 2016, 144 páginas.
LUN, 27 de mayo de 2017

Siguiendo rigurosamente la norma sobre cómo caracterizar a los profesores, Cristian Geisse describe al protagonista de esta novela como un tipo –un profesor, claro– que concita todo tipo de miserias. Su principal rasgo es la mediocridad, a lo que hay que agregar que es flojo, un absoluto sacador de vuelta, un recalcitrante carretero, además de un rotundo pedófilo. La inexistencia de rasgos que quiebren ese estereotipo restringe de manera categórica la capacidad crítica de la historia, sin la cual resulta imposible construir un relato paródico o, por lo menos, una caricatura interesante.

Arturo Navarro, el profesor, no estudió pedagogía, pero por imposición de su novia consigue trabajo en un colegio particular subvencionado. Lo que viene es una seguidilla de mal hilvanadas anécdotas, todas ligadas a la fauna colegial, la sostenedora, los directores y los colegas.

La perspectiva con que se configura a los alumnos y alumnas se acota a un reclamo básico tanto de su ropa, su inteligencia y sus olores, como de su origen social y familiar: una mirada que hace gala de un determinismo militante, que resalta incluso el origen de los adolescentes: “Padres separados, borrachos o drogadictos o en la cárcel”.

En cuanto a estilo, hasta la mitad del volumen predomina el realismo. Este momento se vuelve clave en la narración, ya que surge el antagonista. Se trata de un nuevo alumno que contribuye a acelerar el descalabro que vive el profesor. Terri, el recién llegado, es nada más y nada menos que un perro que al poco tiempo comienza un amorío con Laura Contreras, el amor secreto del profesor y la más bella estudiante del curso. El perro cumple tres funciones: es el elemento fantástico –ya que puede ser real o producto de la mente del enajenado profesor–, acelera la acción y, por sobre todo, contribuye a volver aun más absurda la trama.

La prosa descuidada es uno de los sellos del autor: exagera en la adjetivación y el descriptivismo, es mezquino con comas que piden a gritos estar en el relato y usa sin medida el pronombre yo –como las malas traducciones del inglés al castellano–, cuya eliminación permitiría economizar casi un tercio de las páginas del libro. Aunque también contribuiría al ahorro limitar un recurso retórico que consiste en contar un suceso para luego decir que no ocurrió o que fue de otra manera. Este intento de “jugar con el lector” resulta inútil y tedioso. Geisse sabe cómo saturar con puntos ciegos, dándose maña para hinchar la narración con microhistorias inconducentes y desabridas.

Cuando un protagonista resulta insignificante desde la primera hasta la última línea de una novela, todo lo que enuncie carecerá de peso y verosimilitud. Si a lo anterior se suma la carencia de una contraparte discursiva que tense la visión de mundo del narrador, los resultados pueden ser calamitosos, como aquí sucede.

Estamos, pues, frente a una novela solipsista, descoordinada en su trama, frustrada como parodia, descuidada en el uso del coloquialismo y desaliñada en su redacción, que, por eso mismo, no es más que un intento fracasado de narrativa carnavalizada que supone grotesco lo que apenas alcanza a ser ridículo.

 

 

Corte
Felipe Reyes. La Calabaza del Diablo, 2015, 89 páginas.
LUN, 3 de junio de 2016

El realismo social ha sido parte esencial de lo que alguna vez se llamara literatura comprometida, centrada en las carencias y esperanzas de la clase trabajadora. Si en algún tiempo fue fundamental como relato de emancipación, en las últimas décadas se ha convertido claramente en un espacio de derrota. Esta narrativa, una de las más poderosas de nuestra literatura, ha ido desapareciendo en paralelo al abandono sistemático del ideario de izquierda. Es más: los recientes acercamientos al respecto, no sólo en literatura, han tendido a reproducir la malintencionada confusión neoliberal entre sujeto popular y marginalidad, donde la pobreza pasa a ser lo mismo que delincuencia y degradación. Felipe Reyes, con esta novela, se inscribe dentro de un realismo social que al interior de la derrota intenta construir sujetos más allá de los estereotipos dominantes.

Toño y Lalo son los protagonistas. Viven en el barrio desde siempre. Mientras Toño se asocia al microtráfico y consume drogas, Lalo es un delincuente profesional fuera de la población y posee un estatus que molesta a sus iguales y que detona el enfrentamiento de ambos personajes. Reyes elabora una escritura cargada de sensibilidad y una dosis precisa de rabia. A nivel del enunciado, destaca la constante presencia de un discurso testimonial de carácter reivindicativo, que se desliza en paralelo al macrorrelato del exterminio al que es sometido el colectivo.

La imagen básica es ésta: Toño y Lalo están en la cancha de tierra, tienen armas y claramente sobrevivirá el más fuerte. La eliminación del otro, una suerte de ley que se renueva sea cual sea el poder de turno, ha sido internalizada por los personajes, víctimas de la cultura del despojo. Serán ellos los encargados de destruirse en esta batalla final. Pero ese presente será intervenido por breves escenas, de distintos pasados, que convocan discursos y prácticas que hacen mucho más patente la miseria actual.

La presencia de fotografías en blanco y negro, de carácter lírico, que aluden a un territorio poblacional desolado, reafirma la intención de constatar la materialidad de la realidad abordada. Surge así el detalle que enfoca y remarca el abandono: la cancha, el pasaje, un perro que mira el lente, un par de adolescentes medio desnudos tendidos al sol o un cable del tendido eléctrico donde cuelgan unas zapatillas como seña de marcación territorial.

Reyes explora en la cultura comunitaria presente en la toma de terrenos y luego en las formas de solidaridad que orientan la convivencia poblacional, para adentrarse más adelante en el fin de la utopía y el tránsito a la violencia dictatorial y democrática. El relato identifica una colusión estructural orientada a exterminar la conciencia de clase y criminalizar al sujeto popular.

Desde el estilo omnisciencia al indirecto libre, pasando por los monólogos, la narración consigue ir más allá de la linealidad, enriqueciendo a sus personajes, mostrándolos en sus contradicciones, deseos y afectos. Corte es una novela oscura y triste que remite no sólo a un par de sujetos populares condenados a una vida y un destino malditos, sino también a una cultura expuesta a un proceso de destrucción constante. Reyes lee –desde la vereda de la pérdida– una zona fundamental de la historia social del país, humanizando a sus golpeados personajes que, pese a todo, mantienen la dignidad.

 

 

 

Álbum familiar
Sara Bertrand. Seix Barral, 2016, 151 páginas.
LUN, 10 de junio de 2017

La delicadeza, la sensibilidad y un fuerte matiz lírico fluyen con naturalidad en esta novela. Se trata de una propuesta donde proliferan las imágenes sobre el convulso estado interior de la protagonista y la corrupción del contexto, las que se cruzan y separan estableciendo un diálogo lleno de matices.

Álbum familiar entrega un particular punto de vista acerca de la intimidad y la historia del país, narrada desde la amabilidad del lenguaje, en un tono afable y ligeramente delirante en sus empalmes temporales.

Estamos frente a la historia de una familia, de un país, de un amor adolescente y de una mujer, Elena, a quien conocemos niña, muchacha y luego anciana. Si bien Elena progresa en su percepción del mundo, jamás pierde rasgos esenciales de su personalidad, donde se mezcla la frescura con el retraimiento. Es así como este personaje no sólo parece negarse a cerrar etapas, sino que, por sobre todo, rechaza convertirse en adulta.

Elena y su familia son representantes de una clase media alta, donde en apariencias no hay militancias que comprometan a sus miembros con la oposición a la dictadura. Sin embargo, los adultos ocultan sus bibliotecas, tratan de pasar inadvertidos, viven en la clandestinidad, mientras los niños comienzan a odiar el colegio, el himno nacional, la vigilancia militar en la calles, la decadencia familiar. La dictadura, por lo mismo, se incrusta con violencia en los personajes, en sus formas de relacionarse, de interactuar en la sociedad, y en las decisiones que siendo muy jóvenes toman Elena y Camilo, su primo además de novio.

Aun cuando el libro abarca casi treinta años, la protagonista jamás deja de proyectarse como una niña ingenua, maravillada por las extrañezas del diario vivir, temerosa de sus rebeldías y pasiones, siempre encerrada en sus pensamientos.

El relato de Elena es mesurado, cauteloso, como si tuviera la misión de resguardarse, dejando espacios en blanco, sucesos difusos, ideas no desarrolladas, razonamientos y decisiones injustificadas. El estilo elíptico confirma el rechazo del carácter lineal en el despliegue de los acontecimientos.

La escritura de Sara Bertrand obedece a un esquema desgarbado en su estructura, pero funcional a la confusión que se impone a los personajes, a sus formas de pensar y hacer, zafadas de un centro y por lo mismo impulsivas, zigzagueantes.

Cabe también destacar como acierto un punto de vista que atenúa las crisis mediante el deseo, actitud que aproxima a la protagonista a un orden animalesco, que la impulsa a explorar en sus anhelos de placer, cobijo, afecto y sensualidad.

Álbum familiar se inscribe en la llamada narrativa de los hijos o posmemoria, concepto que empezó a usar Marianne Hirsch hacia finales de los noventa y que todavía se discute con fuerza. Se trata de la articulación de la memoria heredada por los hijos de los sobrevivientes a hechos catastróficos, como el Holocausto o en nuestro caso la dictadura.

Más allá del final de este libro, que introduce un corte arbitrario e intempestivo del transcurso narrativo, Sara Bertrand elabora un atractivo libro-álbum sostenido en la ruptura secuencial, donde prima la afectividad, el recuerdo de lo que no fue y, en especial, ciertas ingenuas y también entrañables formas de rebeldía y sometimiento a la nostalgia que experimenta una mujer en busca de su inencontrable identidad.


 

 

 

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Crítica Literaria
La hora más corta, de Francisco Díaz Klaassen; La broma de una mantis religiosa, de Poli Délano; Ricardo Nixon School, de Cristian Geisse; Corte, de Felipe Reyes; Álbum familiar, de Sara Bertrand.
Por Patricia Espinosa
Publicado en Las Últimas Noticias. Del 14 de mayo al 10 de junio de 2016