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Crítica Literaria

Por Patricia Espinosa
Las Últimas Noticias, 26 de Diciembre de 2014, al 23 de Enero de 2015.







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Preparativos para un viaje a Kiev
Camilo Marks. Random House, 2014, 239 páginas.
LUN, 26 de Diciembre de 2014

Tres novelas breves componen este nuevo libro del crítico literario Camilo Marks. Preparativos para un viaje a Kiev es un libro empalagoso en su afán explicativo, que expone lo que ha sido el sello de este autor: argumentos deslavados, convencionalismo formal y una prosa incontinente, al borde de la charlatanería, que extiende hasta el límite situaciones insulsas y pretenciosas.

“El verano sin verano”, primera narración, nos muestra a Pilar, que recuerda un hecho particular de su adolescencia, la desaparición, sin razones aparentes, de una atractiva pareja de novios en medio de una fiesta. Con un estilo recargado, disperso, plagado de sinónimos y enumeraciones inaguantables, el relato presenta una disparatada ocurrencia de Pilar: tratar de incluir en la lista de víctimas de la dictadura al joven desaparecido, aunque el hecho haya sido motivado por razones pasionales y haya ocurrido antes del golpe. La novelilla contiene severos problemas con el manejo del tiempo, escaso contraste entre las voces de los dos personajes del tramo final y frecuentes digresiones de la protagonista, todo lo cual genera la pérdida del eje de la historia. Sin embargo, a pesar de sus errores, la narración no deja de llamar la atención en la medida en que insinúa la posibilidad de que los informes sobre detenidos desaparecidos hayan sido abultados de manera irregular.

En el segundo segmento, que da título al libro, un crítico literario rememora cierto viaje a Kiev, junto a su mujer, a quien le es infiel con una guía turística. En paralelo a la presentación de la amante, la esposa y cada uno de sus hijos, el relato dedica largos y tediosos segmentos a describir la política, la arquitectura, la cultura y la literatura del país visitado. Favorablemente, este tipo de narrador, pedante y de gustos exquisitos, hace mucho que dejó de tener valor en la literatura, tanto por sus aires de superioridad como por su pretendida actitud pedagógica, orientada a enseñar a las masas incultas qué es el verdadero arte refinado.

El tercer relato es “Variaciones Goldberg”, cuyo título remite a una obra musical de Bach que al protagonista le fascina y que, por lo mismo, tendremos la oportunidad única de conocer hasta en sus más mínimos detalles. A través de una prosa inflada y plagada de puntos de fuga malogrados, asistimos a la desdichada exposición de la vida de Carlos Rioseco, cuya familia completa fue desaparecida por los organismos represivos de la dictadura. Tras décadas de tal acontecimiento, el personaje, aun cuando mantiene una contundente cuenta bancaria y diversas propiedades, se convierte en un mendigo, desencantado de la ley y nostálgico del pasado. Las tribulaciones de Rioseco, contadas desde la dislocación y la incontinencia, resultan soporíferas. Sin duda sobran esas interminables y estériles irrupciones de personajes incidentales que nada aportan a la narración y que son descritos con una minuciosidad insoportable.

La prosa de Marks, inundada por una cantidad enervante de datos inútiles, banaliza a sus personajes mediante un discurso que más bien parece un cotorreo, que lo lleva a perder la brújula sobre aquello que narra. Su escritura, marcada por una erudición wikipedesca, termina por exigir un lector con una capacidad de aguante superior, y hasta heroica, para poder llegar al final del libro.

 

 

 


Incompetentes
Constanza Gutiérrez. La Pollera, 2014, 72 páginas.
LUN, 2 de Enero de 2015

A la escasísima producción de ficciones en torno a tomas estudiantiles viene a sumarse este pequeño volumen de Constanza Gutiérrez. Incompetentes, primera novela de la autora, es una alegoría en torno al choque generacional donde los padres son la norma y los hijos la desviación, siendo imposible encontrar algún punto de encuentro entre ambos. Pesea a sus errores, el relato contiene una interesante crítica a los hijos de ciertos sectores burgueses de izquierda que consigue borronear un poco la actitud moralizante en la que suele recalar Gutiérrez.

Mediante el ya manido recurso del fragmento, Laura, la narradora, da cuenta de la vida de diez adolescentes “afortunados y flojos” que se toman el colegio que aborrecen para convertirlo en una suerte de casa okupa. El grupo se instala en su decadente colegio particular, especializado en recibir alumnos expulsados de diversos establecimientos debido a su condición conflictiva. En una obvia concordancia con su perfil de alumnos disfuncionales, la comunidad no genera normas de convivencia, ni un líder, ni división de labores o ideas sobre cómo alimentarse o conseguir dinero. Tampoco les preocupa la policía, que no aparece por ningún lado, ni siquiera como amenaza.

Los jóvenes están casi desconectados de afuera, al colegio le cortaron internet tras de la toma y parecen desconocer la existencia de celulares. Su único trato con el exterior es a través de un grupo de serviles punks, que los proveen de algunas mínimas cosas. La ausencia de preocupación material, organizativa y defensiva, que raya en lo inverosímil, sólo se justifica como una forma de reforzar la simple propuesta alegórica que el relato construye; es decir, esta toma no tiene un trasfondo político-social, sino que es apenas el escenario para representar un conflicto entre adolescentes y padres.

El volumen carece de tensión y de progresión, el tiempo que parece detenido, al igual que las trayectorias de cada personaje. Desde que se instalan en el colegio, cada uno asume que afuera reina el caos y que están aislados. Es frecuente que la protagonista, asumiendo la voz grupal, acuse discriminación social por su pertenencia a un “colegios para echados”. Sentirse víctimas es una constante en estos jóvenes burgueses hastiados de todo, que responsabilizan de su estado a sus padres, quienes les exigían logros escolares y planes de futuro profesional.

La candidez de estos planteamientos sólo es contrapesada por una suerte de crítica social que permite ver que la no pertenencia familiar y social de este colectivo es relativa: “Lo cierto es que, muy en el fondo, existe algún resabio de orgullo. Prefiero mi educación de izquierda a su educación de derecha, prefiero el orden relajado que su estricto pasado de uniforme impecable”. Los adolescentes tienen bastante claro su origen, su pertenencia a un colectivo mayor, ya no colegial, sino de clase, que enorgullece y hace que siempre haya un sitio al cual regresar tras jugar a ser rebelde.

Incompetentes no profundiza en las diferencias de los personajes. Todos resultan tristemente iguales, homogéneos en su condición de cuicos loser y melancólicos. La alegoría que construye Gutiérrez es débil y básica, al igual que su estilo de escritura, que sólo contiene pequeños aciertos, como la presencia de algunas imágenes poéticas respecto a la luz, los espacios y las rutinas del ocio. Donde no hay vuelta atrás es en la construcción de personajes víctimas, que parecen mendigar lástima, porque sus padres no los entienden. Tesis para tercero medio, con suerte.

 

 

 


Sueños sin párpados
Thomas Harris. Contracorriente, 2014, 173 páginas.
LUN, 9 de Enero de 2015

Si bien lo conocemos por su amplia y valorada producción poética, Thomas Harris también escribe narrativa. En 1994 publicó Historia personal del miedo y ahora, tras veinte años, Sueños sin párpados. Éste es un volumen de relatos, atento a la construcción de un discurso filosófico, en permanente extrañeza ante el mundo y el sentido de la existencia, pero también es un libro donde al espesor simbólico se le suma una tonalidad sucia y socarrona que horada cualquier posible tragedia.

Harris escribe con entusiasmo, utilizando un lenguaje amplio, con un estilo pausado y barroco, especialmente en lo relativo a los espacios, frente a los que se detiene con paciencia, como buscando el término preciso para definir arquitecturas lúgubres o una naturaleza infernal. Es frecuente en esta narrativa, al igual que en su poesía, el injerto mesurado de citas ya sea de arte, literatura o cine. Claramente, Harris concibe el género cuento como un ensayo donde los personajes se encuentran al servicio de una idea o hipótesis sobre la condición humana, la muerte, la inmortalidad, la creación literaria, la pasión, los celos, el pecado e incluso el erotismo.

“Anywhere out of the world”, “Perros” y “El Cristo barroco” constituyen un bloque ficcional cercano a la alegoría kafkiana, donde los personajes funcionan a partir de una idea trascendental. El secreto que los relatos guardan parece cerrarse al lector, pero a la vez lo incitan a rastrearlo. En los tres casos se confrontan dos personajes y un territorio inexpugnable. En el primero, un sujeto conocido como el Síndico de Quiebra hace todo lo posible por impedirle a un muchacho harapiento ingresar a un cementerio. En el segundo, el narrador le habla al lector de modo autoritario, bloqueándole el ingreso a ciertas zonas de un terreno infernal. El tercero enfrenta nuevamente a dos personajes: un hombre que busca el motivo que llevó a un connotado religioso a ser encarcelado por sacrilegio. En definitiva, las tres historias exponen una ley, su transgresión y la amenaza del castigo, todo siempre asociado a la muerte.

Harris elabora, luego, dos exaltadas secuencias sobre asesinos, en las que unifica el mal con la condición de superhombres que alcanzan los personajes. La figura del asesino libidinoso tiene lugar en “Ir por piel” y “Breve hasta nunca de un vampiro”. En ambos cuentos, el ejecutor del crimen es adicto a mujeres jóvenes y el crimen le provoca placer sexual. Si bien la configuración de los protagonistas, un asesino serial y un vampiro, es más bien exterior, consigue escapar del estereotipo debido a la importancia que se les otorga a los rituales de muerte, sometidos los personajes a una temporalidad cíclica y, por sobre todo, dominados por el deseo.

“La hija de Shakespeare” y “A quien esté harto” son dos relatos ejemplares, porque se inscriben en un terreno inusual en el autor: el humor. Harris, más allá de su frecuente cita pop, es solemne en su escritura, por lo que estas narraciones constituyen una exploración de la que el autor sale indemne. Sin perder un ápice de su severidad filosófica y metiéndose de cabeza en lo fantástico, juega con sus personajes, los expone al delirio, incluso al ridículo, generando un estado de caos desopilante. Sueños sin párpados es un libro armónico, donde los límites de lo real se desplazan y contribuyen con acierto al desarrollo de una estética del asedio, materializada en un entorno cargado de símbolos de pesadumbre y sinsentido permanente.


 

 

Mi pequeño animal
Rafaela Merino-Bianchi. Uqbar Editores, 2014, 167 páginas.
LUN, 16 de Enero de 2015

Mi pequeño animal es la primera obra de Rafaela Merino-Bianchi. Una novela que se adscribe a la autonarrativa, centrada en las vicisitudes de un yo que relata sus experiencias traumáticas con el fin de lograr no sólo un registro del drama, sino también una aclaración de los hechos, al modo de un ejercicio de rehabilitación. Más allá de que la protagonista sea una mezcla de Amélie con Frances Ha, lo más inquietante de la novela es haber derrochado un buen recurso dramático: la violación de una menor de edad perteneciente a la élite. Sin embargo, esta poderosa temática es destruida por el propio relato al insertar un discurso liviano y superficial que prácticamente devora al libro.

María Gracia, la protagonista, recorre el tramo 1996-2013 a través de ocho capítulos en los cuales bucea con detalle en su adolescencia y adultez. Se trata de una chica de barrio alto, que desde pequeña manifestó sus discordancias y rebeldías con las normas de su conservadora familia. En el origen, sucede lo que se reiterará a través de todo el volumen. La chica es seducida por un amigo de sus padres, un médico que la abusa sexualmente aprovechando su ingenuidad y desolación. La imagen del abusador y las culpabilidades familiares torturarán a María Gracia durante años, impidiéndole relacionarse con hombres y armar vínculos afectivos consistentes.

Cuando su madre descubre que ha tenido relaciones sexuales, la muchacha es expulsada de la familia, debe aprender a vivir sola y a sobrellevar constantes crisis. Los diversos desórdenes psicológicos de María Gracia intensifican sus fracasos amorosos y sexuales; además, el desarraigo se convierte en su destino ineludible. Por desgracia, el dramatismo de todas estas situaciones tiende a perderse debido a la banalidad de las reflexiones de la protagonista sobre su modo de vida, ya sea en París, Buenos Aires o el barrio Lastarria, contextos elaborados desde una mirada plenamente turística. El mayor desacierto, en cualquier caso, es el desvío de foco que experimenta la voz narrativa, pone entre paréntesis la reflexión sobre el dolor y se dedica a reforzar su sofisticación, detallando sus trabajos como exitosa gestora cultural, su forma de vestir, sus peinados, sus frecuentes visitas a tienditas alternativas y a citar tristes canciones pop que reflejan sus estados anímicos.

La totalidad de las figuras femeninas que aparecen en el volumen son fuertemente dependientes de lo masculino. En el caso de la protagonista, este vínculo es patológico. Si hay algo que la autora sí consigue, es conformar un femenino que se define a partir de la aprobación masculina. Esta tipología de mujer entiende que su mayor logro es el amor correspondido y llegar a tener hijos con su amado. Es así como el discurso amoroso va ganando cada vez más terreno en esta historia, dejando atrás incluso la resolución del conflicto central, el cual es superado y despachado en un dos por tres.

Aun cuando el desamarre de los conflictos emocionales resulta simple, la narración pudo ser mucho más, porque hechos dramáticos le sobran. La autora consigue momentos de intensidad al relatar el dolor del personaje protagónico; sin embargo, la sobresaturación de referencias sobre su estilo de vida le inyecta un tono frívolo que revierte gran parte de la tragicidad de la novela.

 

 

La música de la soledad
Ramón Díaz Eterovic. Lom Ediciones, 2014, 344 páginas.
LUN, 23 de Enero de 2015

Pocas veces un personaje literario logra sobreponerse a su autor y alcanzar vida propia. A casi treinta años de su primera aparición, el detective privado Heredia se ha ganado un lugar fundamental en la narrativa chilena. Este mérito es el resultado de la dedicada labor de Ramón Díaz Eterovic, quien ha logrado configurar tanto un personaje excepcional como una propuesta literaria sólida, donde prima la crítica social. El particular modo de Díaz Eterovic de articular ficción y realidad da lugar a una literatura que funciona como una crónica que registra los turbios procedimientos de distintos grupos de poder que marcan la historia reciente del país. Heredia, símbolo de la modernidad y símbolo de la marginalidad, se ha confrontado desde sus inicios no sólo con la dictadura, sino también, ya en democracia, con los poderes fácticos que rigen los destinos del país.

La música de la soledad nos enfrenta a un personaje obviamente más desgastado. El transcurso del tiempo le ha pasado la cuenta, al igual que la mala vida. Heredia, bebe y fuma como un condenado, además ha radicalizado su soledad. A su lado sólo queda Simenon, el encantador y fiel gato filósofo, y Anselmo, el quiosquero que, desde su condición de hombre común, apaña al detective en el día a día con sus consejos y actitud entusiasta.

El detonante de esta novela es un caso particularmente interesante. Heredia se entromete con una gran empresa minera que contamina un pequeño pueblo nortino. La tierra, las aguas y el aire se encuentran infectos de residuos tóxicos que están minando cada vez más la salud de los habitantes de Cuenca. El asesinato del abogado que apoya a los pobladores, amigo de Heredia, es el punto de inicio de una trama conspirativa compuesta por un eje y múltiples microhistorias que dan cuenta de un contexto de putrefacción mayor dado por los vínculos entre el mundo empresarial y la política. Desde una mirada casi profética, considerando los férreos vínculos entre el poder económico y el mundo político que se han revelado en los últimos días, el detective nos lanzará a la cara con lentitud, pero con gran determinación, una verdad atroz.

Al modo de un policial inglés, Heredia recoge con minuciosidad pistas y ata los cabos que le permitirán armar el complejo acertijo delictual. Un importante contrapunto es la presencia de la detective Doris Fabra, quien asume una de las aristas del caso. Doris es una mujer fuerte, como todas las que aparecen en roles protagónicos en la obra de Díaz Eterovic; por lo mismo, pone sus reglas y obliga a Heredia a asumir un compromiso mayor. Las variadas secuencias en torno a la pareja están en clave romántica e incluso erótica; sorprende ver esta faceta del detective, sin abandonar su tono mordaz y su actitud ruda, se muestra emotivo y, a su manera, entusiasta de comenzar una nueva vida.

Díaz Eterovic desarrolla una novela donde se actualiza el componente crítico de su obra, renovando el afán justiciero de su protagonista y demostrando que, por muy grande y compleja que sea la causa, Heredia no se va a amilanar. El experimentado detective aparece mucho más rabioso, arriesgado y, aunque parezca extraño, gratamente sentimental. Su pequeña pero inclaudicable lucha, sumada a su heroica derrota, son los dos vectores centrales en esta novela que confirma no sólo el gran valor literario de Díaz Eterovic en el ejercicio de una literatura comprometida, sino la importancia de Heredia, personaje que se ha vuelto el gran símbolo del ejercicio de una guerrilla menor y, pese a todo, efectiva.



 



 

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