Proyecto Patrimonio - 2020 | index | Patricia Espinosa |
Autores |


 



Crítica literaria

Por Patricia Espinosa
Publicado en Las Últimas Noticias. Del 19 de Octubre al 16 de Noviembre de 2018




.. .. .. .. ..

 

 

A matar
Pablo Otaíza. Emergencia Narrativa, 2018, 128 páginas.
LUN 19 de Octubre de 2018

El fútbol como alienación es un juicio que en la actualidad sólo radica en el estereotipo del intelectual trasnochado que aborrece de todo aquello que sea masivo. Desde hace mucho que el ensayo y la ficción mundiales se han volcado a representar la llamada pasión futbolera; aun cuando en nuestro país ha sido más lento el desarrollo de tal vertiente, los últimos años han surgido una serie de novelas y relatos sobre el entusiasmo que genera este deporte. Muestra de ello es A matar, de Pablo Otaíza, un volumen que aborda el particular mundo del fútbol amateur como símbolo de resistencia al mercantilismo triunfalista hoy hegemónico en la vertiente profesional de este juego.

Un libro donde todos los relatos se centran en un mismo tema podría resultar tremendamente aburrido. Sin embargo, lo previsible se revierte con historias de vida que otorgan movilidad y contexto a los protagonistas, en su mayoría fracasados, de diversas edades y oficios, que comparten el entusiasmo por desplegarse en el campo de juego y demostrarse apasionados aun con falta de talento. Porque la pasión no siempre va unida a la destreza ni menos a un fisico extraordinario. Las narraciones, por tanto, no buscan exaltar la belleza técnica ni ceden al relato exitista como única razón de ser del fútbol.

La tendencia a los párrafos breves otorga velocidad a estas historias, donde los diálogos resultan sobrios, la prosa tiende a la compresión, con frases relativamente cortas y equilibrada presencia de figuras retóricas, alejándose, por ejemplo, de las rústicas metáforas que suelen emplear los comentaristas nacionales de este deporte. Mesura es lo que distingue la escritura de Otaíza, quien además evita engolosinarse con descripciones excesivas de sucesos al interior del campo de juego. Las historias resultan, de tal modo, adecuadas en su tensión dramática, aunque buscan afirmarse demasiado en el desenlace. Otro aspecto que podría mejorarse es la excesiva afectuosidad de los narradores hacia los personajes, lo que termina siendo una constante justificación de sus actuaciones.

Otaíza suele rondar el lugar común en historias más bien débiles, como "El maestro", donde un rollizo cincuentón agoniza mientras disfruta con su equipo el triunfo; "Cábalas", cuyo nombre dice bastante; o "Bandas opuestas", sobre un mellizo triunfador y el otro fracasado. Además, hay un deseo de originalidad excesivo en historias como "La Patrona", acerca de un personaje que se gana el respeto como jugador mientras de noche se convierte en travesti, y "Pata bendita", en torno a un sacristán pedófilo.

A pesar de lo anterior, tres relatos resultan sobresalientes. "El banquillo", sobre un obeso y glotón compulsivo que se conforma con ocupar eternamente la banca; "La Roda", una chica que se esfuerza por ser titular en un equipo masculino; y "Operación pichanga", donde un grupo de frentistas camuflados deberá jugar contra un equipo de la CNI.

Lo más importante de libro es la elaboración de un discurso sobre este deporte como una experiencia distinta a la impuesta por el mercantil fútbol profesional, enfatizando la pertenencia a una comunidad que se constituye en la cancha, pero que jamás llega a diluir al sujeto. Así, Otaíza complejiza el tema de la pertenencia y la examina borroneando incluso los ingenuos mitos en torno a la gloria del fútbol barrial como contracara exacta del profesional. A matar es un volumen de relatos que funciona como un preciso escrutinio cultural al fenómeno del fútbol amateur.

 

 


Todas somos una misma sombra
Catalina Infante. Neón Ediciones, 2018, 172 páginas.
LUN, 26 de Octubre de 2018

Un libro de extrañezas, de nomadías, que se apropia de la precariedad y le otorga un sentido profundo. Todas somos una misma sombra es una novela que afirma el desarraigo cuando todo tiende a la disolución, incluso el origen y la identidad. Catalina Infante, su autora, propone una revancha a la crisis, dejando fluir un pensamiento que ausculta el entorno y, por sobre todo, a un yo que no se fuga ni escabulle la incertidumbre.

Los ocho segmentos que conforman este volumen bien podrían implicar que estamos ante un conjunto de relatos; sin embargo, la presencia de mujeres, la insistencia en el conflicto de base, la errancia como condición de identidad y la necesidad de manifestar la diferencia de género revelan unidad, lo que aproxima esta escritura más a la novela que al cuento.

Infante escribe sin imposturas, despojada de frases hechas, cultismos, adjetivaciones desmesuradas, marcas generacionales, exabruptos metaliterarios o consignas. Su prosa es altamente sinestésica, perceptiva, bullente en imágenes que aportan oscuridad al intenso proceso reflexivo de sus personajes. El yo atormentado que cruza esta escritura, no necesita etiquetas de maldita o de oscura, ni menos de sufriente. Sin embargo, no se evita aquí la conformación de una mujer atormentada, que resiste, que ve y analiza con minuciosidad cada grieta de su existencia.

Lo masculino, por su parte, representado en su pareja, más que un personaje es un símbolo de masculinidad ensimismada, autorreferencial, poseedor de una intimidad clausurada. Al contrario, las mujeres de este libro están en constante creación de una ruta, distinta al contexto quieto de todos los días, diversificadas en su capacidad de apertura, siempre armando destinos probables, abriéndose desde lo citadino hacia la tierra, la naturaleza.

El distanciamiento amoroso de la pareja funciona como la excusa perfecta para proponer la adscripción a lo precario. Esto significa que para la autora la precariedad es reconocida como parte de la vida de sus personajes femeninos, pero ellas no intentan combatir la precariedad, sino que poco a poco van comprendiendo que necesitan encontrar otras rutas y sentidos. Así, los personajes femeninos se ven permanentemente tironeados por la precariedad y el deseo de permanencia.

Por lo mismo, en este volumen predominan las frases breves, los párrafos y capítulos reducidos, la opción por exponer visualmente el despojo o lo que bien podría llamarse el registro de una precariedad no vacía aunque sí malsana, ya que se sostiene en la corrosión. Un signo, en último término, de una época de violencia y aniquilación. Este modo de narrar, que expone el desgaste permanente, cohabita con la búsqueda de una finalidad que se escapa, pero que no detiene a los personajes en su pesquisa.

Infante expone la contra-historia de la mujer vencida y su proceso de emancipación, que la redirige hacia la colectividad y a la tierra como símbolo materno. Con una fortaleza arrolladora, Todas somos una misma sombra se da el lujo de jugar con la fragilidad y el sinsentido de lo equívoco, fijando su mirada iluminadora en escenas y personajes marchitos, hondos, que no hacen más que confirmar la enorme efectividad de esta serena e inquietante propuesta.

 

 


Bucear en su alma
Juan Mihovilovich. Simplemente, 2018,155 páginas.
LUN, 2 de Noviembre de 2018

En este libro de relatos, Juan Mihovilovich, sin abandonar su veta filosófica, se inclina hacia experiencias de alta connotación emotiva. Bucear en su alma es un volumen que rechaza el daño y el asedio que impone la realidad a partir de una ética del individuo que no se doblega ni ante los máximos dolores.

Con más de una decena de libros publicados, Mihovilovich sabe muy bien cómo escribir relatos inquietantes, tanto si son breves como de mayor extensión. En ambas modalidades siempre está presente la angustia vital y la cercanía con la catástrofe, narradas desde un tono familiar, una gran variación en el autor, fuertemente afectuoso, que otorga a los textos un matiz cercano a la autobiografia. Otro aspecto novedoso en su escritura es que por primera vez hay un dejo de ironía que atenúa las experiencias perturbadoras que experimentan sus personajes.

Son frecuentes aquí las preocupaciones sobre el sentido de la vida y, en particular, sobre la muerte; esto significa enfermedades invalidantes, suicidios o muertes accidentales que llevan al narrador a interrogarse sobre el dolor o la indiferencia que puede causar la desaparición de un ser humano. En este sentido, el libro plantea que no hay seres desechables ni escalas de valor que justifiquen aceptar la muerte como una condición natural. Por lo mismo, reniega de un mundo que sigue funcionando pese a las ausencias. Esto implica la denuncia de la cultura de la violencia y del desecho que atenta contra lo particular y grandioso que contiene toda existencia.

El cumplimiento del deber es también uno de los temas recurrentes en estos relatos, donde los personajes se ven enfrentados a decisiones que ponen a prueba su ética. Esta vertiente pudo derivar en una pretenciosa actitud moralizante, pero el tono de autoridad es aminorado por el modo de expresión de sus narradores. No son jueces del bien ni del mal, sino que simplemente poseen una necesidad de comunicar, incluso con cierta modestia.

Las historias se sostienen en argumentaciones que simbolizan la vida como un abismo, conformado por capas, donde hay múltiples vías de acceso a lo que se puede denominar realidad. Así, los personajes procesan sus emociones ya sea en sueños, universos fantásticos, delirios o estados cercanos al misticismo. Esto incide en la configuración de la escritura; por eso se opta por los monólogos y la prosa poética, desbordante de imágenes extáticas, que particularizan y otorgan peso a situaciones nimias. Asimismo, en cada una de estas narraciones nada es como muestra la superficie; siempre hay un giro que obliga a los sujetos a reenfocar el modo como perciben los acontecimientos. Sin embargo, la resignificación constante de la realidad no se sostiene sólo en el personaje principal, sino que requiere de la presencia de un otro. Esto es una gran novedad en la escritura del autor sureño: abrir totalmente a sus protagonistas, exponerlos en su necesidad de convivencia y afectos.

Si bien su deriva metafisica es primordial, el libro no cae en la cavilación primaria ni en la oscuridad enciclopédica. Mihovilovich compone, en su justa medida, una escritura introspectiva, meditabunda, que lleva a reflexionar junto un narrador que carece de una verdad última, pero que tiene una necesidad imperiosa de dar a conocer los vericuetos de su pensamiento.

 

 


Las oscurecidas
Carmen García. Emecé, 2018, 154 páginas.
LUN, 9 de Noviembre de 2018

Verónica Jiménez, Paula Ilabaca, Víctor Quezada, Alejandro Zambra, Carlos Cardani, Carlos Henrickson, Leonardo Sanhueza, Natalia Berbelagua y Galo Ghigliotto conforman un amplio y variado grupo de poetas que en los últimos años ha incursionado exitosamente en la narrativa.

Al grupo anterior se suma ahora la poeta Carmen García con su primera novela, Las oscurecidas. Se trata de un volumen cercano al diario de vida que sostiene su peculiaridad en la anulación de la acción, la enorme profundidad alcanzada por la voz narrativa y un realismo que se tambalea, fundado en sincronías que expresan la extrañeza de la existencia cotidiana. La voz de García tiene un carácter descomponedor de la realidad a partir de omisiones y bloqueos al sentido último que motiva el viaje de Rita, la protagonista, quien escapa de un suceso indeterminado, instalándose transitoriamente en un no identificado país europeo.

La novela nos muestra a un personaje que omite su origen, edad, clase y, por sobre todo, la motivación de su viaje. ¿Desde dónde y hacia dónde viaja Rita? ¿En qué época suceden los hechos? Estas interrogantes no son respondidas por el relato, ya que forman parte de un proyecto cuya intención es romper con las determinantes que sitúan y acotan a un personaje protagónico. Este procedimiento —es decir, arrebatar información— permite un acceso sin distracciones a un personaje sometido al despojo, tanto en su construcción como en su función dentro del relato, concentrado en un presente de precaria sobrevivencia y con complicidades importantes pero transitorias.

Hay una suerte de consenso en asumir el lugar común como inoficioso. Sin embargo, muchas novelas publicadas en el último tiempo se apropian del cliché o lugar común. Esto da para pensar en cuál sería el sentido de su revitalizado uso. Una respuesta posible es que, cuando todo puede ser considerado lugar común, ponerlo de nuevo en circulación opera como negación del degaste y punto de encuentro con el lector. Esto último implicaría cercanía en cuanto al uso de códigos familiares al lector. Además, vale considerar que el lugar común existe siempre de acuerdo al contexto, y que por tanto su renovación dependería del contexto literario y de época. García ejecuta precisamente el gesto de tomar lo común y resituarlo, devolviéndolo a un uso expresivo, dejando atrás la elitista idea de la literatura como búsqueda de lo original.

La autora destaca por su prosa depurada, de frases breves, directa en la exposición de sus estados anímicos, equilibrada en sus diálogos, imágenes y la presencia de un sutil simbolismo fatalista, porque tanto los personajes como los contextos comparten desolación, oscuridad, ruina. Asimismo, la muerte está siempre rondando a la protagonista, quien la experimenta de manera ritual y progresiva. Rita se autoagrede y deja marcas en su cuerpo como correlato de una materialidad que se esfuma para devolverla a la soledad.

Las oscurecidas bucea con experticia en la profundidad de una conciencia desarraigada y torturada, sumergiéndonos una y otra vez en el dolor como aprendizaje, la fugacidad del goce, la reflexión sobre ser mujer y la posibilidad de reinventarse a partir de la autoaniquilación. Carmen García ha escrito un libro con un sello especial, movedizo y profundo, donde lo nocturno y el extravío operan como detonadores de una trama desconcertante y estremecedora.

 

 


La cola del diablo
Ramón Díaz Eterovic. Lom, 2018, 293 páginas.
LUN, 16 de Noviembre de 2018

Heredia, el detective privado creado por Ramón Díaz Eterovic, que ha sido un testigo privilegiado de los efectos fatales de la dictadura y la transición, tiende a ser visto como un personaje desencantado, que ha perdido todo entusiasmo. Sin embargo, basta hurgar solo un poco en él para advertir que su oficio en verdad le ha permitido mantener encendido un entusiasmo justiciero por muchos años, sumando, con este volumen, veinte entregas.

La cola del diablo comienza sin rodeos, exponiendo de inmediato los hechos que motivan el viaje del detective a Punta Arenas: averiguar el paradero de Marta Treviso, una muchacha ligada a una parroquia, que, tras una fiesta, desapareció sin dejar rastro. Heredia iniciará su pesquisa solo con un dato: la noche de la fiesta un joven cura debió llevar a la joven a su domicilio, pero hubo un cambio en la ruta. Tras la desaparición de Marta, el religioso se suicida. Ocho meses después, Heredia es contratado por la familia de la joven, que no se conforma con el pasivo actuar policial.

En paralelo a la investigación, el detective se reencuentra con un antiguo amor, Yazna Matic, madre de un hijo adulto y dueña de un hostal, que se muestra esperanzada en retomar su relación con Heredia.

Tal como ha ocurrido en volúmenes anteriores, Heredia elabora una constante crítica a los poderes y al modo en que ha evolucionado la sociedad chilena. Su discurso ácido, irónico y muchas veces rabioso nos enrostra la corrupción generalizada de las instituciones y de los ciudadanos comunes, siempre dispuestos a sacar provecho personal a partir de la ilegalidad.

Díaz Eterovic, a estas alturas, sabe bien cómo poner en práctica un método investigativo convincente, centrado en la relevancia del suceso. Para ello, su protagonista conversa con todo tipo de personajes, destacados o invisibles en la jerarquía social, sin perder de vista su ética ni su estilo investigativo limpio.

En términos de estilo, la prosa se ha vuelto mucho más acelerada, colmada de indicios funcionales a la historia, aumentando la tensión, las líneas investigativas y los desenlaces posibles. Otro de los cambios que manifiesta esta novela en relación a las anteriores es la regulación de las reflexiones íntimas del protagonista: son menores y menos nostálgicas. Ahora el foco está en el presente, observando Heredia con templanza e ironía sus opciones de vida.

El investigador no busca necesariamente que se sancione a los criminales o levantar polvo en los circuitos oficiales que ejercen la justicia. Le basta con demostrar que no existe crimen perfecto y que las redes de encubrimiento pueden romperse aplicando la razón. En este sentido, la narración se sostiene en los engranajes de la lógica de su protagonista y en su concepción filosófica en torno a perseguir la verdad de un crimen como una forma de resistencia al sistema corrupto.

La cola del diablo es un volumen importante dentro de la serie sobre Heredia, porque implica transición, anunciando cambios sustanciales en el futuro del particular detective. Sin embargo, lo más destacable es su capacidad de renovación sin traicionar la esencia del protagonista ni el estilo narrativo del autor, quien, una vez más, se arriesga a romper la barrera que separa la literatura de los intereses de los poderosos con entusiasmo y asertividad.



 

 

Proyecto Patrimonio Año 2020
A Página Principal
| A Archivo Patricia Espinosa | A Archivo de Autores |

www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez Solorza.
e-mail: letras.s5.com@gmail.com
Crítica literaria
A matar, Pablo Otaíza; Todas somos una misma sombra, Catalina Infante; Bucear en su alma, Juan Mihovilovich; Las oscurecidas, Carmen García; La cola del diablo, Ramón Díaz Eterovic.
Por Patricia Espinosa.
Publicado en Las Últimas Noticias. Del 19 de Octubre al 16 de Noviembre de 2018