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Crítica Literaria

Por Patricia Espinosa
Las Últimas Noticias. 20 de junio al 25 de julio de 2014


 


 


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Otoñal
Luis Seguel Vorpahl. Mago, 2014, 57 páginas.
LUN, 20 de junio de 2014

Acudir a la simpleza formal y la austeridad discursiva, concentrándose en el viejo tópico del amor fallido y salir indemne, es una tarea nada de fácil. Otoñal lo consigue con naturalidad y serenidad narrativa. Sin el más mínimo apuro, Luis Seguel Vorpahl construye una novela breve, delicada y desbordante de un sentimentalismo apagado, sin estridencias, con un protagonista que va dejando entrever su arraigado discurso sobre el paso del tiempo y lo que significa vivir consagrado a comprobar la pérdida del sentido.

Sánchez es la voz única de esta narración, un personaje huraño, saturado de rutinas, mañas, que parece haber envejecido prematuramente. A sus cincuenta y algo, siente que ha entrado de lleno en la vejez y que ahora sólo le queda deslizarse hasta llegar a ser un jubilado, enclaustrado en sus hábitos de solitario. Trabaja en un banco, tiene ahorros y hace unos veinte años tuvo una corta pero intensa relación amorosa con Beatriz, una mujer casada y con hijos, que optó por su familia, abandonándolo en la plenitud del romance.

En apariencia es un personaje que ha eliminado cualquier forma de malestar; sin embargo, bajo la artificiosa comodidad, se anida un estado de conmoción permanente. Los recuerdos del amorío se mantienen vívidos, perturbando su presente en demasía. Esa etapa de su pasado se ha convertido, en perspectiva, en su única experiencia de felicidad. Y aun cuando la tristeza se impone al momento de mirar hacia atrás, los hechos acontecidos son encarados sin nostalgia, desvinculando, además, al protagonista de la condición de mártir. Estos dos aspectos de la novela resultan vitales al momento de considerar los méritos y, en especial, las particularidades del personaje central, un tipo en extremo disciplinado en sus emociones, abrumado y al mismo tiempo duro para enfrentar sus debilidades.

De esta forma, el volumen se alza como una suerte de triste elogio del hombre común y sus corrientes y grisáceos avatares. Escarbar en la trivialidad de sus preocupaciones, exponer una reflexión sobre el deseo, las frustraciones y, en definitiva, lo que significa vivir desasido de cualquier esperanza, parece el objetivo central de esta escritura que, de paso, exalta el conformismo y, en especial, la rutina.

El trato que el relato da a la resignación resulta sugerente y provocador, porque el personaje la integra a su larvaria vida de una forma ambigua. Por momentos asume con calma su quietud, para luego girar hacia un tono de rabia y despecho no sólo ante la ausencia de Beatriz, sino hacia quienes, en diversas etapas de la vida, lo maltrataron. Nunca, en todo caso, victimizándose, porque Sánchez, a pesar de ser quitado de bulla, favorablemente no se caracteriza por ser humilde ni cordial. Es orgulloso, desagradable en su sequedad y hasta prepotente en su mutismo, logrando generar antipatías, por ejemplo, con sus compañeros de trabajo.

El fracaso amoroso funciona como el simulado eje de la novela, y es por esta vertiente que la novela se tensiona; sin embargo, a este discurso se sobrepone un nuevo ángulo del personaje. Tironeado por el catolicismo y el existencialismo, Sánchez toma una opción que no lo libera, pero consolida una postura materialista sobre la vida.

Alejada de cualquier rimbombancia, Otoñal consigue reivindicar el arte de contar historias, enfatizando la presencia del narrador y poniendo en ejercicio la habilidad de suspender o retardar cualquier salida, en una suerte de melancólica dialéctica negativa, que marca a fuego a este interesante volumen.

 

 

Tierra Amarilla
Germán Marín. Fondo de Cultura Económica, 2014, 134 páginas.
LUN, 27 de junio de 2014

Cuando pienso en aquel tipo de literatura que espejea o testimonia la historia secreta y macabra del país, que se alimenta de ella, de inmediato surge el nombre de Germán Marín. Un autor tremendamente prolífico e ineludible en nuestra historia literaria, que ha sabido sostener de manera obsesiva e intransable una propuesta estética centrada en testimoniar las ostentosas formas en que opera la corrupción social y política en Chile.

Tierra Amarilla es una novela que evita el rodeo, el preámbulo que se eterniza, la descripción excesiva o el engolosinamiento con dislates filosóficos, tan en boga en los narradores nacionales. Marín ataca de manera directa, su narrador expone un discurso prensado, sin divagaciones inútiles, apuntando al núcleo que gatilla la historia en la que se ve envuelto su protagonista.

Porque ésta es una novela centrada en el personaje principal; narrada en primera persona, donde todo se articula en torno a su voz, experiencias y decisiones. Es un tipo de mediana edad, solitario, obcecado y enamoradizo, que oficia de escritor y periodista tras haber regresado del exilio. En la revista donde trabaja, le encargan que investigue sobre el chupacabras, un animal que le describen como fantástico, que habría estado atacando el interior de la región de Copiapó, en particular pueblos como Lleumo y Tierra Amarilla. El periodista viaja hasta el norte, queriendo también disipar en parte el mal momento por el que pasa, ya que su mujer le ha sido infiel recientemente, dejándolo dolido y rabioso.

Así, realizar un reportaje un tanto pintoresco y olvidar la fracasada relación amorosa son razones suficientes para aceptar el trabajo; pero lo que en realidad ocurre es que el viaje y todo el horror que experimenta le sirven para calibrar sus verdaderos intereses. La configuración del narrador es impecable. El tipo se toma la vida con naturalidad, desparpajo, pachorra y un profundo desinterés, sin medir consecuencias ante lo que puede convertirse en una feroz amenaza. Quizás por eso mismo, ni la novela ni el personaje tienen como prioridad reorganizar hechos, establecer equilibrios o colmar al personaje de elevados intereses que le permitan superar su abúlica condición.

La búsqueda de la mítica criatura pasará a un segundo plano cuando el periodista empiece a descubrir la existencia de oscuros poderes que gobiernan la zona. Una secuencia fundamental en la novela es el encuentro del protagonista con Hans Stuven, un ex militar de ascendencia alemana, dueño de enormes tierras agrícolas y de una lujosa casa, en uno de cuyos salones cuelga un cuadro con la imagen de Pinochet. De este encuentro, el periodista no saldrá indemne. Tanto así que incluso le zurcen los párpados a la cejas, una cita a la tortura a la que es sometido Alex, el protagonista de La naranja mecánica. La novela se apropia de la referencia y la inserta en la historia nacional, relacionándola con las prácticas de tortura realizadas durante la dictadura.

En un estilo similar al del neopolicial, el volumen se inmiscuye con los caudillos provincianos que imponen su propia ley, amparados en un ambiente de corrupción mayor. Mediante el realismo sucio y una prosa dura y seca, Marín confirma, en esta breve pero contundente novela, las infecciones del sistema y la imposibilidad de dar vuelta el orden establecido cuando quien descubre la trama canalla en que se sustenta ese orden es simplemente un tipo cualquiera, al que sólo le queda atestiguar, desde el lugar marginal que ocupa, la progresiva descomposición de todo.

 

 

La última casa de mal nombre
Zacarías Norambuena. Ajiaco Ediciones, 2013, 105 páginas.
LUN, 4 de julio de 2014

En la literatura chilena, la representación del prostíbulo ha tendido a ser idealizante, un lugar de fiesta, de carnaval, donde se mezclan clases sociales, dejando fuera toda alusión a la política que entraña la transa de cuerpos. De igual modo se ha operado con la figura de la prostituta: en ella se olvida la problemática social, la violenta explotación de la que es víctima.

El prostíbulo y la prostituta, como símbolos y alegorías, comienzan a desvanecerse paralelamente en lo social y literario. En las últimas décadas, ha decrecido con fuerza la presencia de estas figuras en nuestra narrativa. Es por ello que resulta llamativa La última casa de mal nombre, de Zacarías Norambuena, una novela que tiene como elementos centrales a un grupo de trabajadoras sexuales.

Es la década de los ochenta y el prostíbulo agoniza. Pobre, decadente y con mínimos clientes, la cabrona y sus asiladas viven bajo el ultimátum del desalojo debido a un plan de modernización urbana. La amenaza permanente no significa para estos personajes el fin de sus vidas; con bastante pragmatismo asumen que de tener que dejar la casa de calle Maipú, en Santiago, deberán ejercer su oficio en otro lugar.

La narración tiene como protagonista a Juan, hijo de un detenido desaparecido, quien es acogido desde muy niño en el prostíbulo. El fallecimiento de su madre, sumado a los maltratos que le propinaba el padrastro debido a su homosexualidad, convierten a Juan en un personaje consciente de su violento pasado y volcado a sobrevivir de la mejor forma en la casa de la Mami Olga, donde cumple con labores domésticas y se prostituye.

El protagonismo de Juan sólo puede hacerse efectivo en tanto se vincula intensamente con las prostitutas y la casa misma. El personaje existe en la interacción permanente con esos otros seres que le permiten vivir su intimidad con libertad e incluso cierta dosis de alegría. El prostíbulo es el hogar y el lugar de trabajo de Juan y del grupo de mujeres. Un lugar carente de cualquier connotación idílica, alejado de esa mítica y cliché estampa “republicana”, que tanto les gusta evocar a ciertas élites masculinas e ilustradas. Anclado en el realismo, el relato construye perfiles con unos cuantos trazos y describe con velocidad el deterioro de cada uno de los integrantes del sitio, distanciándose del esperpento y el melodrama. Sin embargo, Juan experimenta un proceso distinto. A medida que avanza el libro, se ahonda en su emocionalidad y conciencia política; está contra la dictadura e incluso participa como ayudista de una célula revolucionaria.

A pesar de lo anterior, no hay épica en Juan ni en el volumen; los personajes cargan historias dolorosas, pero comunes; el relato se concentra en el presente y en su necesidad de sobrevivencia diaria, igualando su oficio a cualquier otro. Esta nivelación, que la novela realiza de muy buena forma, se logra al presentar a las prostitutas como mujeres trabajadoras, sin eludir el peso de la enorme estigmatización que la ideología patriarcal descarga sobre ellas. Estos personajes no están destinados a resolver la relación social de explotación y desigualdad de género; parecen estar ahí simplemente para hacer visible el modo de producción del cuerpo femenino y homosexual en los sectores más precarizados del sistema.

 

 

Afuera es noche
Poli Délano. Ceibo Ediciones, 2014, 103 páginas.
LUN, 18 de julio de 2014

Más de medio siglo ha dedicado a la narrativa Poli Délano, un autor que como pocos en Chile ha construido una obra amplia y de calidad, donde destaca su obsesión por establecer vasos comunicantes entre el espacio urbano, la historia y sus personajes, teñidos de un vitalismo que se orienta a diluir la continua pérdida y el fracaso. Porque, más allá de cualquier posible decadencia, siempre habrá un toque de fogosidad que ayude a sortear la desintegración total.

Afuera es noche, su nueva novela, recorre más de cuatro décadas de la historia chilena a través de las andanzas de su protagonista, Rodrigo Montes. Délano reconstruye el país desde las disímiles prácticas de habitar que realiza el personaje. Se trata de un sujeto al que conocemos desde una perspectiva cercana, no sólo porque narra en primera persona, sino porque detalla con minuciosidad y sin pudor cada una de sus caídas. En todas las situaciones en la que se ve inserto, le toca cumplir el rol de perdedor. Sin embargo, lo central en él no es ser derrotado, sino más bien cómo asume la derrota. Montes no pierde oportunidad de disfrutar la vida, ya sea tomando unos tragos de más, alargando las conversaciones en el bar o involucrándose con diversas mujeres. A pesar de esto, no corresponde al estereotipo del don Juan: lo suyo es un mezcla sui géneris entre amor, deseo y sobrevivencia.

La masculinidad es un gran tema en esta novela. Y si bien es cierto que el protagonista tiene rasgos relacionados con el estereotipo macho, los transgrede mediante la exposición de su fragilidad y los vínculos que establece con lo femenino. Podría sorprender que en todo esto no haya un solo enunciado misógino, toda vez que, como sabemos, los escritores nacionales por lo general no pierden oportunidad de basurear a las mujeres.

Uno de los grandes aciertos del volumen es la configuración hiperrealista de atmósferas oscuras e incluso deprimentes. Con un tono carnavalesco-testimonial, el protagonista recorre lugares icónicos de la bohemia santiaguina masacarada por la dictadura, al igual que barrios que alguna vez fueron de la élite, que derivaron en conventillos y luego en terreno fértil para las voraces constructoras. Una metrópolis que ya no existe es la que recupera esta novela desde un punto de vista no elegíaco, pero sí ligado a un modo distinto al actual en cuanto habitar la ciudad. La calle, el cine, el bar, el café, la fuente de soda son inventariados como parte de la identidad del personaje y de toda una generación.

Imposible resulta no acercar la poética de Poli Délano a la de Raúl Ruiz antes de su período francés. Poli Délano, desde mi perspectiva, es el único narrador chileno que logra dialogar con aquel Ruiz alucinado por configurar la identidad chilena a partir del arraigo a la ciudad, la exposición de hablas al límite del absurdo, la presencia continua del bar, la tomatera surrealista y el protagonismo de personajes resistentes, pese a todo, a los porrazos que les da la vida.

Afuera es noche demuestra pericia técnica y pasión narrativa. Poli Délano engancha al lector al momento de abordar la historia de los vencidos desde una mirada apesadumbrada, pero también entusiasta, lo que logra amortiguar, en parte, la enorme tristeza que cruza este necesario volumen.

 

 

La liberación
José Antonio Rivera. Nómada, 2013, 611 páginas.
LUN, 25 de julio de 2015

Ésta una novela de 611 páginas, cuya nota preliminar puede leerse como un agitado y rabioso manifiesto que, desde el territorio de lo contracultural, denuncia las lacras del campo literario chileno. José Antonio Rivera, el autor, acusa a la literatura nacional de estar sometida a la fetichización y la dominancia de escritores apolíticos, mediocres, timoratos y funcionales al sistema. En un acto de raigambre mesiánica, Rivera se atribuye como misión “fundar una Literatura Contrahegemónica... rabiosa, infame, difamatoria, injusta, artera... Quiero subversión, blasfemia, horror, abyección”. Aun cuando la definición de contrahegemonía planteada es bastante limitada, orientándose más bien hacia el efectismo, Rivera elabora una novela con una clara intencionalidad política que, pese a sus debilidades, destaca por su intensidad dentro de la laxitud del panorama novelístico actual.

El volumen, que cubre el período 2000-2013, se estructura a partir de cinco “Libros” y varios “Anexos”. Cada una de estas partes tiene como hilo conductor a José de Arimetea, sociólogo, con un pasado de Testigo de Jehová, adicto al esoterismo, las teorías de la conspiración, la filosofía, la política y la crítica cultural. El personaje, en virtud de su presencia permanente, se convierte en un eje articulador del texto, otorgándole a éste un carácter unitario que anula cualquier posible descentramiento y, con ello, le impide dejar atrás la forma tradicional de la novela.

Constatar la permanente caída de José de Arimetea parece ser el itinerario principal de La liberación. Un personaje atormentado por la soledad, diversas enfermedades mentales y el excesivo consumo de drogas y alcohol. Cada una de sus acciones y discursos estará siempre atravesada por el delirio, la angustia y la exasperación. El primero y el quinto aparatados están íntegramente dedicados a pormenorizar el intenso proceso destructivo que experimenta el protagonista.

En los segmentos restantes, las peripecias de Arimetea son intervenidas por la narración del caso Spiniak, el montaje político-judicial al que fueron expuestos un grupo de jóvenes anarquistas acusados de poner bombas y el asesinato homofóbico de Daniel Zamudio. Estos sucesos, de alta connotación mediática, permiten que la novela instale una alegoría decadentista que opera como el marco perverso que mantiene atrapado al personaje central. El escenario, de tal forma, es el de un país enfermo, capaz de producir monstruos, entre los cuales cabe el propio protagonista. Por desgracia, son demasiados los momentos que resultan en extremo literales u obvios respecto a lo que se quiere representar. También se aligera en demasía la tensión dramática que padece José de Arimetea.

Sin duda, a este libro le sobran páginas, personajes, incluso capítulos (como el cuarto) y, además, vacila a la hora de constituirse como narrativa antihegemónica y de desacato al poder. Que el personaje se hunda en progresión directa a su consumo exacerbado de drogas y alcohol le inocula a la novela un irredimible tono moral. Sin embargo, tiene su encanto producir un libro descomunal, desaforado, que, pese a que fracasa en varios niveles, deja en pie a un personaje turbio y trágico, capaz de asimilar toda la basura que el sistema le prodiga.



 



 

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Crítica Literaria.
"Otoñal", de Luis Seguel Vorpahl; "Tierra Amarilla", de Germán Marín; "La última casa de mal nombre", de Zacarías Norambuena; "Afuera es noche", de Poli Délano; "La liberación", de José Antonio Rivera
Por Patricia Espinosa.
Las Últimas Noticias. 20 de junio al 25 de julio de 2014