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Crítica Literaria

Por Patricia Espinosa
Publicado en Las Últimas Noticias. 16 de Octubre al 13 de Noviembre de 2015

 


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Derrumbe
José Leandro Urbina. Lom, 2015, 171 páginas.
LUN, 16 de Octubre de 2015

Sólo huellas de la escritura anterior de José Leandro Urbina contiene este conjunto de relatos. Fuera ha quedado su fina ironía, el juego con la ficción y su crítica a una modernidad desgastada. Derrumbe es un libro desordenado, con un proyecto autoral inseguro, que incluye textos que más bien parecen borradores y donde sólo con mucha paciencia y esfuerzo es posible dar con algún par de relatos que levemente rediman el conjunto.

Cincuenta y una narraciones, cuya extensión en su mayoría oscila entre un párrafo y un par de páginas, contiene este volumen centrado en la ambición, el embuste y el fracaso. En los microcuentos, el autor sigue el formato del chiste con remate; así plantea un suceso desde un tono serio, para luego cerrarlo con un par de frases deslucidas en su ironía, que deberían resultar hilarantes. Únicamente los cuentos más extensos, que no son más de cuatro, consiguen un estilo literario más depurado, alejado del efectismo, los perfiles débiles, los finales inseguros y el tono de fábula. Lo que sí queda claro en esta hacinada mezcla de relatos es el cuestionamiento de los valores de sus personajes, los que son expuestos como ovejas descarriadas, merecedoras de un castigo ejemplar. Esta funcionalidad se vuelve monótona, ya que al final se convierte en un sermoneo agobiante.

La idealización del pasado subyace en la mayor parte de los textos: antes hubo solidaridad, amistad, idealismo, colectivismo, mientras que el presente sólo revela degradación. Más aun, el punto de vista que sustenta a cada uno de los relatos es decadendista. En la vida individual, familiar o de pequeños grupos de amigos, los afectos entrarán siempre en conflicto con las pifiadas escalas valóricas de los personajes, generando un dramatismo que podría haber sido interesante, pero que en el libro se resolverá por medio de la inclusión forzosa de un humor fácil y la metáfora burda.

Un caso ejemplar de lo anterior lo constituye “La meta del arte”. El relato expone a un profesor solitario y hastiado, que encuentra la salvación tras haber defecado. Es así como rápidamente concluye que puede hacer arte con su materia fecal. La minuciosa descripción de las heces resulta un gesto de escritor primerizo, de aquellos que ponen todo su esfuerzo en molestar a sensibilidades delicadas narrando pequeñas cochinaditas.

A pesar del caos estructural, son recurrentes dos figuras: la del anciano medio loco, malhumorado y amarrete, y un estereotipo de “adulto joven” aprovechador, flojo y sin interés sexual. La presencia de este parcito, que merodea varios relatos, tiene como única finalidad demostrar, como ocurre con todo el libro, el estado de degeneración actual de nuestra sociedad.

De esta forma, se configura una suerte de narrativa naturalista, cuyo propósito es exponer los síntomas de una enfermedad. Para tal efecto, el volumen propone un macronarrador con características superiores a la mediocridad del mundo que presenta. Así, se consolida un punto de vista displicente, petulante en la configuración valórica de sus personajes y del contexto.

La falta de tensión, de ritmo, el desajuste estructural y la ausencia de una escritura medianamente lograda –no hay una frase seductora, una escena sugerente o graciosa– convierten a Derrumbe en un libro no sólo desabrido, sino atascado en conceptos que jamás logran adquirir una formulación literaria atractiva.

 

 


No ficción
Alberto Fuguet. Random House, 2015, 174 páginas.
LUN, 23 de Octubre de 2015

Alberto Fuguet ha optado aquí por una autoficción, un tipo de narrativa donde el autor y su biografía tienen un lugar central, aunque sin las restricciones de verosimilitud que impondría una autobiografía. Cada cierto tiempo, la autoficción vuelve a ponerse de moda, casi siempre por medio de campañas publicitarias que ofrecen, en clave de novela, la “vida real” de un autor connotado.

Siguiendo la pauta de un esquema propagandístico de alto impacto, Fuguet presenta este volumen que juega con la mezcla de ficción y no ficción utilizando la homosexualidad como gancho principal. Sin embargo, esta estrategia no logra ocultar una escritura monotemática, reiterativa, que sirve de soporte a una retórica confesional de cuño conservador.

Dos estereotipados personajes protagonizan este breve y frágil libro: Alex, escritor-cineasta famoso, y Renzo, crítico de cine. Ambos tienen más de cuarenta años, pero se comportan y hablan como dos tardoadolescentes idiotas. Alex es el zorrón, el que la tiene clara, el que va hacia delante sin importarle nada, y Renzo es el sentimental, castrado y confundido.

Alex es el gestor del extenso diálogo que atraviesa la totalidad del texto. Han pasado algunos años de su historia con Renzo, y quiere publicarla. Por ello, decide buscarlo y anunciarle su decisión, aunque también busca pedirle explicaciones. El drama de Alex, quien hace mucho asumió su homosexualidad, es que durante los ocho años en que fueron amigos jamás hubo sexo, así que ahora le exige a su camarada una respuesta por tamaña negación.

Esta simple dialéctica entre el liberado y el reprimido opera como la estructura básica y aparente del relato, ya que a fin de cuentas ambos se encuentran atrapados por un mismo paradigma conservador.

El resultado de esto es que el libro no es más que una confesión a dos voces. Convengamos en que “confesar” la homosexualidad como si se tratara de un crimen no sólo es nefasto, sino que suena muy años noventa y muy inicios de la farándula.

Una característica central del volumen es la construcción de una realidad protegida e higienizada. Hasta el habla seudojuvenil de los personajes, cargada de neologismos actuales y ochenteros (como el “me captas”, que se repite mil veces) y de groserías apitucadas, resultan forzadas, ajenas a cualquier suciedad.

No basta con exponer las variadas formas chilenas de llamar al pene, o describir un ano o las fases del coito con minuciosidad, para conseguir una tonalidad libidinosa. Lo que hay más bien en este libro es un erotismo plastificado, totalmente alejado de cualquier lubricidad y lujuria.

Fuguet hace suyos todos los tics de la mala novela rosa, aquella donde chorrean las declaraciones amorosas, los celos, los coqueteos, las desconfianzas y los malentendidos. Así, la tensión narrativa se reduce a esperar, con mucha paciencia, si al final Alex logra desvirgar a Renzo. En este tira y afloja transcurre la exhibición de una intimidad banalizada, en extremo individualista, con claros sesgos de clasismo y misoginia.

No ficción, lejos la peor obra de Fuguet, sólo consigue validar a un tipo de gay neoliberalizado, alienado en el exitismo y las crisis sentimentaloides. Como no hay lugar para más, el homosexualismo queda restringido a un estilo de vida sofisticado que no se escapa a los estereotipos que la cultura dominante asigna a la diversidad sexual.

 

 


Nancy
Bruno Lloret. Cuneta, 2015, 142 páginas.
LUN, 30 de Octubre de 2015

La escena es así, teatral, dramática: Isidora y Nancy, dos mujeres corroídas por enfermedades terminales, dialogan. Isidora tiene un lugar menor en la historia: se limita a incitar con mínimas preguntas a Nancy, quien emite un extenso monólogo sobre su pasado, discurrir que da lugar a este libro de Bruno Lloret, una novela templada, oscura y profunda sobre una vida mínima, alguna vez entusiasta, movediza, y hoy entregada a la incredulidad y el dolor.

La estructura circular de la narración permite el contrapunto entre el pasado y el presente de Nancy Cortés, la protagonista de la narración, especialmente con su adolescencia enclaustrada en un pueblo nortino chileno, donde vivió junto a sus padres, una mujer odiosa y un fanático religioso. La madre los abandonó, quedando Nancy al cuidado del estricto mormón, a quien la chica llama “papá santo”. Es destacable que el volumen evite el cliché del padre maldito y la hija atormentada; por el contrario, Nancy manifiesta siempre cercanía y afecto por su padre.

La protagonista posee una particular característica: mira la realidad con extrema agudeza. Este rasgo, más que beneficiarla, opera como una condena que sólo puede expurgar a través de relatos cargados de realidad y verosimilitud. Nancy parece tener un mundo propio, condicionado por la inevitabilidad de todo cuanto le ocurre; sin embargo, no responde con resentimiento, sino con una suerte de resignación táctica que le permite ir salvando las innumerables situaciones de dolor. La mujer parece estar, de tal modo, siempre ubicada en una temporalidad distante y calma que la lleva a comportarse de un modo escindido. Por una parte, es una hija obediente, protectora del padre, entregada sin chistar a las labores domésticas, y, por otra, se muestra rebelde y bullente de deseos.

Lloret utiliza un interesante recurso formal de cuño experimental. Aleatoriamente reemplaza con equis (x) algunos interlineados, consonantes o palabras. Esta equis funciona como un signo polivalente, destinado a señalizar una ruta de religiosidad y muerte. Así, el libro representaría en cada página las coordenadas de un territorio, el norte, similar a un cementerio, plagado de cadáveres que permanecen ocultos y dispersos, por donde transita una extraña muchacha apremiada por la doctrina paterna. Finalmente, cabe señalar que la equis impone silencios, pausas, ritmos característicos del género lírico que permiten la convivencia de registros narrativos y poéticos.

Nancy es un personaje recordable y entrañable por su contenida calidez, su peculiar tristeza, cargada de huellas de un misticismo carente de referentes mediáticos o literarios, que la llevan a buscar una salida y asumir un misterioso pragmatismo ante el fracaso de su vida. La muchacha del pasado y la mujer del presente, sin duda, simbolizan el hippismo ochentero, de origen popular, ansioso por escapar de su pequeño e infernal mundo y alcanzar la libertad.

El viejo tópico del pastor y su hija díscola es asumido y revertido rigurosamente en esta escritura reservada, parca y elíptica en su dramatismo. Lloret consigue, en su debut como novelista, un eficaz tono lírico, al exponer intimidades perturbadas, que rozan incluso la beatitud, con modestia y recogimiento.

 

 


El traductor
Guillermo Martínez. Etnika, 2015, 88 páginas.
LUN, 6 de Noviembre de 2015

Dos historias corren en paralelo en esta novela de Guillermo Martínez. El traductor es una obra breve y concentrada, donde el autor desarrolla aplicadamente un juego literario simple e interesante en torno a la literatura, la condición de creador de ficciones y la colonización.

El libro, conformado por tres capítulos, tiene como protagonista al jubilado Astudillo, quien a duras penas sobrevive con su miserable pensión, junto a su agria mujer, en un barrio de clase media. El relato enfatiza la intimidad del personaje, sus frustraciones, rutinas y falta de expectativas. Sin embargo, su inconformismo lo lleva a buscar un nuevo trabajo. Consigue el cargo de mayordomo en un centro de eventos culturales universitario, y en sus horas libres, que son demasiadas, encuentra por casualidad un cuento en inglés con el nombre de su autor borroneado. Astudillo se propone traducirlo, tarea que lo entusiasma en demasía, llegando a pensar que su monótona vida ha cambiado de manera total.

La figura del traductor, que surge en la primera parte, se ajusta al tópico del burócrata, en este caso ya jubilado, confiable y anodino. En el fondo, un tipo común, torturado por todo aquello que no hizo, pero que se niega a sumirse en la ruina. Esta configuración resulta bien ejecutada: el personaje no es más que tedio, angustia y el larvado resentimiento hacia sí y cada miembro de su familia. Por lo mismo, la traducción que emprende se convierte en su única vía de escape. Pone así todas sus fuerzas en traducir el relato, que es entregado al lector, de manera integral, en el segundo capítulo de esta pequeña novela.

El protagonista del cuento traducido por Astudillo es un adolescente italiano llamado Giovanni Angelo Clark Montale, mestizo, con antecedentes italianos y africanos, contratado como aprendiz de jardinero en la lujosa casa de Edda Ulba, anciana holandesa nacida en Sudáfrica. El relato acontece específicamente en el sur africano durante los primeros años del siglo veinte, y su tema central es la violencia colonizadora. Este segmento tiene plena autonomía respecto a la historia centrada en Astudillo; incluso el giro que toma la escritura es radical. Esta vez no sólo la acción se intensifica, sino que se abandona el tono quejumbroso, desarrollándose un estilo de escritura más pulcra, alejada de chilenismos, alusiones a la contingencia nacional, y donde destaca el matiz erótico, la presencia de la belleza y una constante denuncia de las diferencias de clase.

En el capítulo final, las historias se cruzan, proponiéndose aperturas y cierres narrativos que contribuyen a estabilizar la ficción, dejando entre paréntesis al jubilado, un personaje sugerente, al que bien valdría reencontrar, como protagonista absoluto, en algún otro texto del autor. Guillermo Martínez despliega una escritura cercana, sorteando con naturalidad el riesgo de cruzar dos historias muy diferentes, tanto en estilo como en temática.

El traductor se conecta con la tradición literaria centrada en el funcionario oscuro, timorato, ansioso de una vida que probablemente nunca concretará, donde lo importante es cómo se enfrenta a decisiones menores, incluso insustanciales. Martínez logra aproximarse con gran sensibilidad a esta figura, cada vez menos presente en la narrativa chilena.

 

 


Mala madre
María Paz Rodríguez. Alfaguara, 2015, 254 páginas.
LUN, 13 de Noviembre de 2015

La profusa literatura de mujeres chilenas, que favorablemente se ha intensificado en los últimos años, ha ido reinstalando, aunque con mesura, la preocupación por problemáticas en torno a la mujer y el ejercicio de la violencia y sus repercusiones en la intimidad. En este ámbito, destaca María Paz Rodríguez, quien está construyendo una narrativa centrada en los constantes procesos de represión y posible emancipación de la mujer.

Mala madre es una novela más convencional en la forma que su anterior publicación, El gran hotel (2011), pero igualmente desafiante en su visión de lo femenino. A través de una prosa pulcra y precisa, la nueva publicación se centra en María Claro, de setenta y seis años, chilena, afamada artista visual, profesora de artes, radicada desde hace más de cuarenta años en Iowa, Estados Unidos. En el pasado, María Claro se llamó Amanda Sanfuentes y abandonó a su marido e hijos pequeños para siempre.

Aunque la historia se instala en el espacio de la burguesa aburrida por el lujo y la comodidad, la autora va más allá: tuerce el tópico con habilidad, porque la protagonista escapa del estereotipo y se transforma en un ser lleno de matices. Amanda fue obligada a cumplir con los roles de buena hija, esposa y madre, postergando sus deseos por estudiar arte y encontrar algo parecido al equilibrio interno. El volumen no tiene conmiseración en denunciar, a través del personaje principal, un orden aristocratizante que se propone anular cualquier indicio de rebeldía en uno de los suyos, particularmente si es una mujer.

Un aspecto central en esta narración es el concepto del mal aplicado a una mujer. El alto precio que paga Amanda por escapar del destino que le fue asignado es el estigma social. Cuando Amanda se convierte en María Claro y se construye una vida propia asume ser catalogada como mala madre; esta transgresión, uno de los grandes tabúes de nuestra sociedad y uno de los mayores instrumentos de control de género, es analizada por la protagonista desde diversos y enriquecedores enfoques.

Rodríguez es precisa en sus estrategias retóricas, demuestra un uso amplio del lenguaje y eficiencia en el uso de voces, deslizándose por la omnisciencia, el indirecto libre o la primera persona. Sin embargo, en términos estructurales tiende al esquematismo. Así, todas las mujeres con las que María Claro se relacionó en su vida anterior, como su madre y sus tías, son parte de un orden represivo. En cambio, en su vida en Iowa la narración presenta una diversidad de sujetos femeninos ligados por la búsqueda de una vida propia alejada de las expectativas familiares y las determinantes heteropatriarcales. En este espectro, destacan Adela, quien viaja a Iowa para entrevistar a María, su abuela, y Tiny, una joven artista alemana, a quien María supervisa en su proceso creativo.

Mala madre es una novela de atmósferas, espacios y personajes donde, en buena hora, no se intenta neutralizar el conflicto, con lo cual se limita el posible efecto moralizante. Así, la reflexión se mantiene tan abierta como el destino de cada uno de los personajes que exponen sus dolores, sin victimizarse ni justificar sus opciones, despreciando la condena social, quizás el costo inevitable de construirse una identidad.



 

 

 

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Crítica Literaria
"Derrumbe", de José Leandro Urbina.; "No ficción", Alberto Fuguet; "Nancy", Bruno Lloret; "El traductor", Guillermo Martínez; "Mala madre", María Paz Rodríguez.
Por Patricia Espinosa.
Publicado en Las Últimas Noticias. 16 de Octubre al 13 de Noviembre de 2015