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Libertad para leer

Por Pedro Gandolfo
Publicado en El Mercurio, Sábado 28 de julio de 2018



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Es una de las libertades que más añoro. En estos últimos años, por el ejercicio de la ardua e incomprendida labor de crítico literario, he podido experimentar ya de adulto la lectura por obligación o tarea. Digo "de adulto" porque durante la edad escolar también estuve obligado a leer por tarea -las célebres "lecturas obligatorias"-, pero de esas experiencias apenas guardo un recuerdo vago que solo puedo aquilatar ahora, cuando de nuevo me encuentro en esa situación poco grata.

La libertad para leer tiene, al menos, tres dimensiones: la Libertad para no leer, la Libertad para escoger el libro que se lee y la Libertad para suspender o abandonar la lectura. A partir de la experiencia de pérdida de esas tres libertades, he podido dimensionar la exquisita dicha que involucra poseerlas. Siempre es así.

No obstante, tengo la certidumbre de que, si dejara de estar obligado a leer, igual leería. Muchos educadores temen que, si se suprimiesen en las escuelas las lecturas obligatorias, los niños de hoy, en su inmensa mayoría, dejarían de leer, y que solo es posible asegurarse de que lean aplicando un mecanismo que los castigue -la mala nota- cuando se pesquisa que no han leído lo que tienen que leer. Sin embargo, la seguridad que tengo de que continuaría leyendo a pesar de que no existiese ninguna presión externa que me fuerce a ello está asociada al recuerdo indeleble de la felicidad que, de niño, me regalaron las lecturas libres. Como si fuera una droga probada hace décadas, volvería mil veces a leer para intentar sentir otra vez el gozo de la lectura juvenil, por ejemplo, de "La isla misteriosa". De esa libertad surge la experiencia de "las horas robadas a la lectura", de la cual habla un autor, porque de la lectura obligatoria nace la experiencia inversa, "las horas que la lectura roba" al juego, al ver televisión, a chatear, a revisar el facebook, a compartir con los amigos, una injusta y triste experiencia.

Creo que, respecto de la literatura, llegó la hora de declarar la absoluta libertad para leer, y convertir al profesor en esta disciplina en una suerte de acompañante, que vaya dando consejos, resolviendo dudas, apoyando, entusiasmando y no espantando, siendo, en fin, él mismo un modelo de lector libre y feliz. En cambio, obligaría a ver televisión, con controles semanales en extremo difíciles y arbitrarios, a ver si después de unos pocos años esos mismos alumnos no terminan odiándola y huyendo de ella como lo hacen ahora de la literatura. La literatura ofrece, para aquellos que logran apreciarla, una deliciosa manera de ser feliz por un rato y, aunque sea por un rato, no se puede obligar a ser feliz. 



 

 

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Libertad para leer
Por Pedro Gandolfo
Publicado en El Mercurio, Sábado 28 de julio de 2018