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Un breve elogio a la memoria

Pedro Gandolfo
El Mercurio, lunes 10 de agosto de 2015

El abogado, filósofo y actual crítico y columnista de "El Mercurio" Pedro Gandolfo fue nombrado miembro de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile. Se publica aquí fragmentos de su discurso de incorporación. Sucedió en su puesto al fallecido pensador Félix Schwartzmann. 



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¿Por qué debería ser elogiada? Considero que entre las tres clásicas facultades del alma -la inteligencia, la voluntad y la memoria-, las múltiples virtudes de esta última no aparecen de manera patente. Al contrario, mas bien resulta víctima de un cierto ofuscamiento epocal, que no pretendo dilucidar por completo ahora de modo alguno, pero sí me da pie para hablar de ella encomiosamente.

Elogio a la memoria, ante todo, porque es ella la que nos coloca en relación con el tiempo, esa misteriosa dimensión de nuestra existencia. Hay tiempo porque el ser humano puede percibirlo, y puede percibirlo porque posee memoria. La memoria es el órgano del tiempo. Sin memoria quedaríamos ciegos a ese fluir que envuelve todas las cosas y a nosotros mismos, y que solo cesa al morir, como describe maravillosamente Lampedusa en el penúltimo capítulo de "El Gatopardo". Es la memoria la que permite, aunque parcialmente, traer al presente -el tiempo del ser, por excelencia- el pasado y futuro. De igual modo que el tiempo, como el dios Jano de los romanos, la memoria tiene dos caras, mira a esos dos lados del devenir. Es solo en cuanto percibimos el tiempo como un vector puramente lineal, como una flecha que se dirige implacable hacia adelante, que se la suele vincular tan solo con el pasado y, entonces, recordar pasa a ser una suerte de viaje hacia este, del que se vuelve con algún vestigio suyo, almacenado por ella misma en oscuros penetrales. Pero en las culturas en que prevaleció o en las visiones en que sobrevive una percepción circular de tiempo, en cambio, la memoria también es comunicación con el futuro. El Mnemon, el cultivador de la memoria hacia el pasado, canta los "acontecimientos inmemoriales", es decir, que se hallan fuera de la memoria próxima de la comunidad y del individuo; hacia el futuro es el oráculo, el chamán, el adivino, quien inspirado por la memoria es capaz de predecir el porvenir. Esta circularidad del tiempo y, por ende, de la memoria, aparece también entre los contemporáneos como una preocupación esencial. Así, el poeta canta:

"El tiempo presente y el tiempo pasado
están quizás presentes los dos en el tiempo futuro
y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado.
Si todo tiempo es eternamente presente
todo tiempo es irredimible"

(T.S. Eliot, Burnt Norton).

Magnífico atributo este, capaz de atisbar los giros de esa rueda. No en vano, pues, en la Grecia antigua se la personificó como una deidad principal, Mnemosyne.

Elogio porque nunca es absoluta, completa, objetiva y servil a nuestros deseos. En nuestra vida cotidiana, espontáneamente, nuestra memoria se rige por leyes caprichosas o posee una inteligencia propia, de modo que es todavía, en buena medida, sorprendente para la ciencia actual la manera en que esa facultad opera y va tejiendo una identidad en medio de esa pluralidad cambiante que somos cada cual. "Una vida siempre cambiante, multiforme e inabarcable. Aquí están los campos de mi memoria y sus innumerables antros y cavernas llenos de toda clase de cosas imposibles de contar" (San Agustín de Hipona, libro X, capítulo 17).

Nunca podemos estar seguros de qué recordaremos y qué olvidaremos, porque la memoria no depende completamente de nuestra voluntad; así, aunque no lo quiera, recordaré ciertos momentos que ignoro que recordaré, que en su momento me parecieron banales, y olvidaré otros momentos que desconozco o tantísimas cosas que amaría no olvidar y recordaré lo que ni sabía que había olvidado ni quería recordar. "Surgirá en los sueños, en la vigilia, al volver las hojas de un libro o al doblar una esquina. No se impaciente usted, no invente recuerdos. El azar puede favorecerlo o demorarlo, según su misterioso modo", señala Borges en "La memoria de Shakespeare". Y en "Funes, el memorioso" subraya: "La memoria del hombre no es una suma; es un desorden de posibilidades indefinidas".

Elogio, además, ya que la memoria no se puede concebir sin su contraparte, al olvido, que como su hermano siamés también es digno del mayor elogio.

Hay que pensar el olvido, porque el olvido es lo más olvidado. No olvidamos todo ni del todo, pero sí olvidamos mucho. Hay una parte de lo que olvidamos que perderemos para siempre; olvidar es, entonces, perecer, es la aniquilación. Una parte importante de lo que estoy viviendo ahora será definitivamente olvidado, lo sé. Será Nada. Otra pequeñísima parte permanece guardada en la memoria, aunque solo como si fuese una grabación parcial y fragmentaria. A través de la memoria podemos recordar, es decir, traer al presente ese pecio de lo que fuimos hasta lo que somos: el recuerdo.

Que la vida que vivimos se deshaga en el olvido es uno de los rasgos más impresionantes de esa vida.

El olvido, que tiene el sabor amargo de asegurarnos que vamos a olvidar incluso el rostro de los seres más queridos, por otro lado es un regalo amable de Dios, porque va borrando las huellas dolorosas de las agresiones, de la enfermedad, de la brutalidad, de la ausencia, hasta que, finalmente, nos olvidamos de que olvidamos.

El olvido es el perdonar. El que olvida, perdona. El que olvida, deja ir, se desprende del dolor, suelta la herida, corta el rencor.

Elogio a la memoria porque también, respecto de nosotros, permite prolongar en el presente, aunque sea de manera provisoria, sentimientos respecto de personas, cosas y lugares ya perecidos hace tanto tiempo, bajo la forma de la evocación, la nostalgia y el duelo, lo cual es, al menos, un consuelo de su ausencia definitiva. Y la elogio también porque ella es la que fragua, con los mismos materiales del pasado, a veces de manera no menos exacta y precisa que en el recuerdo, alguna figura concreta que darle al futuro, anticiparlo bajo las formas de la ansiedad, la esperanza, el miedo, el deseo o las ensoñaciones despreocupadas, cualquier cosa mejor que el vacío. En ciertas oportunidades, como sostiene Marcel Proust, la memoria se enferma y el presente se hace estrecho, porque dentro de él no caben ya tantas inquietudes o remembranzas provenientes del pasado, acumuladas a las preocupaciones o promesas del porvenir, estos invitados que ella convida permanentemente a la cena de nuestra morada, los dos movimientos a través de los cuales va tejiendo el tapiz de nuestros días.

La elogio, además, ya que es ella la que nos comunica con el mundo onírico. El sueño es algo que recordamos cuando hemos despertado y existe en la medida que lo recordamos. Sin la memoria perderíamos todo aquello que nuestra mente, durante el dormir, es capaz de imaginar, repasar, reelaborar y recuperar de lo vivido. El sueño es una alucinación que ocurre mientras dormimos y sabemos de ella porque despertamos y la recordamos. Es una alucinación solo desde el punto de vista de la vigilia, pero no para el soñante, que la experimenta como una realidad extraña, alterada, no equivalente a la vigilia, pero realidad. En el sueño estamos arrojados en un mundo enrarecido que no escogemos ni controlamos. Si los sueños no suelen tener la continuidad entre unos y otros que tienen los días y sus rutinas, en cambio se percibe una continuidad entre lo soñado y lo consciente, porque es durante la vigilia que se recuerda lo soñado. Así, si yo en otra vida (suponiendo que la haya) recordara esta, por vaga y extraña que me pareciera, querría decir que entre una y otra hay un sustrato común. El yo soñante sobrevive (porque hay vestigios de él luego de despertar) porque en ese recuerdo aparece el mismo yo que sueña, como una suerte de personaje de los propios sueños.

Elogio a la memoria, en fin, porque es una fuente inevitable y acaso central en la creatividad o fertilidad del alma. Los griegos de la antigüedad formularon este pensamiento a través de un mito, es decir, contando una historia en la cual la memoria aparece como la madre de las musas. ¿De qué manera se consuma esta maternidad?

Pienso, ante todo, que ese engendramiento necesita holgura, vastedad. El almacén de la memoria es enorme, pero tiene una capacidad limitada, de modo que cada vez que un espacio útil queda vacante, porque el ingenio humano ha inventado una tecnología que prolonga artificialmente esa capacidad (como la escritura o el libro impreso), se generan saltos gigantes de creatividad. El ocio, la vacancia en la memoria, parece, así, poner a bailar a las musas.

Pero, además de esa holgura, la memoria debe ser puesta en ejercicio, en un oficio de introversión y ensimismamiento. Sea en Agustín de Hipona, en el libro X de "Las confesiones"; sea al inicio de "Las moradas", de Teresa de Ávila; sea en la totalidad de "En busca del tiempo perdido", de Marcel Proust, la búsqueda de aquello que libera al artista de la sequedad, de la tierra baldía, la búsqueda de aquello que lo nutre es una búsqueda siempre interior, no es una extraversión, no es un mirar más allá de la propia memoria, como si lo que esperamos encontrar pudiera hallarse en alguna cosa, persona o lugar, o provenir desde un lugar fuera de nuestra interioridad.



 



 

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Un breve elogio a la memoria.
Pedro Gandolfo.
El Mercurio, lunes 10 de agosto de 2015