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A la muerte de Björn Andrésen
¿Hay parangón entre la belleza y el talento?

Por Patricio Gutiérrez


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Es casi reconocer, desde el materialismo cuidadosamente siútico por tanta intelectualidad, que el derecho natural tiene valor aún en nuestra existencia —iusnaturalismo que se acusa como derecho positivo arraigado— cuando nos deslumbramos por la belleza; ya no es la carne que llama para entrar a la inexistencia del alma pidiendo su permiso, sino el obsesivo febril que, cegado por la pata de la trinidad que acompaña lo bueno y la verdad, busca conciliarles a costa de todo lo bueno que negaría este triángulo del más casto idealismo. Es esa descarnada luz que pareciera un engendro, si ya no espontáneo, sin explicación o fundamento; solo es lo que es. No hizo de mártir a Tadzio en la novela, como sí desarrolló Thomas Mann con el plutónico de Adrian Leverkühn, protagonista de Doktor Faustus, recreación de un Schoenberg al que martirizó a su manera (que Carlota en Weimar no pudo terminar sin ese giro de cadencia, que muchos acusan de no ser narrativa sino ensayo, una tesis más que un cuento). Es que, a finales de octubre del año dos mil veinticinco, fallece a la edad de setenta el coronado como “el joven más bello del mundo”, Björn Andrésen. Objeto del protagonista —mira sin morder—, usado por el director para aproximarnos a la obra de Mann, complejiza el asunto… Pero no fue el hombre, el artista como cierto efebócrata por defecto al trabajar el oficio de la simulación —en la novela de Mann se nos cuenta la crisis de un escritor; en la película un compositor… ¡Mejor intercambio de roles fue el gran acierto de Visconti! Pues más acertado: que un poema hoy vale tanto como una sinfonía!— quien sería el sacrificado (así nos lo hace la novela) cuando, sin soltar la cuestión de lo bello, tenemos el caso de una adaptación al cine, donde quien castiga (lo bello) es castigado. Y sí: la belleza como un anticipar del cadáver; el ojo, nuestro atestiguar es el sacerdocio donde ya no se ofrecen cuerpos, la sangre derramada por un dios sino imágenes, condenatoria hermosura. Y si es sentencia la belleza, ¿a quién recae la culpa? La película Muerte en Venecia, adaptación en multimedialidad que hace aún discutir si el cine es arte para unos —cuando a buena hora asesinó a la ópera—, resultado de una brevísima e intensa novela que carece de diálogos, nos rinde como la misa donde solo nos quedaría, por ética, reducirnos a una total ceguera, cual Edipo, como única posibilidad; la visión castiga a quien recibe y goza la inevitable belleza.

 

 

 

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