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Ludwig Zeller

Por Pedro Lastra

Publicado en Taller de Letras, N°66, 2020



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Se me ocurre iniciar esta presentación de nuestro invitado de hoy, el gran poeta y artista plástico chileno Ludwig Zeller, con dos citas que he recordado con insistencia mientras releía sus sugerentes poemas o volvía a contemplar sus no menos sugerentes, e inquietantes, collages, dibujos y pinturas, reproducidos en el volumen titulado Sueño libre (1991). Verán ustedes que la memoria no me guiaba mal al traerme esos recuerdos. El primero es de Henry Miller, cuando en Los libros en mi vida se refiere a Blaise Cendrars y dice: “... lo principal que debe saberse de Blaise Cendrars es que es un hombre compuesto de muchas partes. También es un hombre de muchos libros, muchos tipos de libros, y con eso no significo libros ‘buenos’ o ‘malos’ sino libros tan distintos entre sí que el autor da la impresión de marchar en todas direcciones al mismo tiempo. Es un hombre realmente desplegado y un escritor desplegado”.

Yo los invito a tomar muy en cuenta esta suerte de definición, tan precisa para describir la personalidad, la pasión y el fervor creadores de nuestro amigo Zeller. Nada mejor he podido discurrir el evocar nuestros viejos encuentros en Santiago de Chile, desde la década del cincuenta, porque la impresión que me dio desde el comienzo —y esto, mucho antes de leer a Miller— fue la de estar frente a un hombre “realmente desplegado”. A su trabajo poético sumaba ya tanto su propio quehacer en la plástica como su generosa actividad de promotor y difusor del arte de los otros —era, por los años en que lo conocí, el director de la Galería de Artes del Ministerio de Educación de Chile, y su asesor de artes plásticas, como lo fue después de varios otros museos y galerías— y además traductor y editor de importantes poetas europeos. Nosotros —hablo de la gente de mi generación— entramos en la poesía de Friedrich Hölderlin por la puerta que nos abrió Ludwig Zeller con su versión y edición de Las grandes elegías, en 1951, así como nos habíamos familiarizado antes con la poesía de Lubicz Milosz, traducida por Augusto d’Halmar, en la bella edición hecha por Ludwig en 1948.

El segundo recuerdo procede de Joseph Conrad, y de las páginas que dedica a la disciplina del escritor: “Debe hacer su trabajo lo mejor posible, ser exacto y cuidar sus frases como una tripulación lava su puente; no debe aguardar otra recompensa que el silencioso respeto de sus iguales; tal es su honra”.

Cuando yo pienso en la conducta intelectual y humana de Ludwig Zeller, encuentro que esas son las palabras que mejor le cuadran. Conrad lo aprobaría como a pocos entre nosotros. José Miguel Oviedo se sorprende al constatar que los lectores hispanoamericanos conocen poco su obra poética, que las antologías no lo incluyen y que la crítica ha demorado muchos años para darle —para empezar a darle— la atención que tan largamente merece, y más que tantos. Pero al ver ahora el libro de homenaje Enfoque sobre Ludwig Zeller, poeta y artista, publicado en Canadá en 1991, y encontrar allí los testimonios admirativos de Álvaro Mutis, Javier Sologuren, Humberto Díaz Casanueva, José Miguel Oviedo, junto con la palabra de varios poetas jóvenes hispanoamericanos, siento que eso era lo justo: la manifestación del respeto de sus iguales. Y aquí puedo agregar otro nombre a esa lista, porque me consta el aprecio que el gran escritor peruano José María Arguedas (que tan amigo fue de ambos) tenía por la obra y la persona de Ludwig Zeller. Muchas veces me comentó, al día siguiente de algún encuentro con Ludwig y con su esposa, la pintora Susana Wald, cuánto había aprendido de ellos y el bienestar espiritual que le proporcionaba esa noble amistad.

Me he extendido inmoderadamente presentándoles a Ludwig; pero como la palabra surrealista manda en esta invitación tan cordial y oportuna de Elizabeth Monasterios, no debo terminar sin decir que en esa inolvidable aventura que fue el surrealismo en Chile y en Hispanoamérica, y a la que tanto le debe nuestra actualidad en cuanto es fiel a su signo, la obra de Ludwig Zeller es central: yo tengo para mí que en su poesía se ha dado por fin —como en muy pocos casos: pienso en Emilio Adolfo Westphalen y César Moro en el Perú, en Enrique Molina en Argentina, en Jorge Cáceres en Chile, o en algunos momentos de Eduardo Anguita o Rosamel del Valle, por ejemplo— la asunción productiva de ese mensaje; no su reproducción, sino la auténtica puesta a prueba de una actitud creadora que encontró en esas exploraciones el camino para la expresión esencial de una personalidad. Si alguien ha hecho y sigue haciendo la buena “profesión de fe surrealista”, esto es, enriqueciendo de verdad esas posibilidades, ese es entre nosotros Ludwig Zeller, desde el libro temprano llamado Los elementos (1953) hasta Salvar la poesía quemar las naves, libro publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1988. Y hay más, y habrá mucho más, como lo ven ustedes aquí, en esta fascinante muestra de su obra visionaria, y como lo podrán oír en su lectura y en el diálogo que le siga: Ludwig Zeller, poeta y artista, tiene mucho que darnos y enseñarnos. Yo le digo esta bienvenida a Stony Brook con gran alegría y con mi renovada admiración de amigo y lector, casi un cuarto de siglo después de nuestro último encuentro en Santiago de Chile.

 

 

 

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Presentación de Ludwig Zeller en el Departamento de Español de la Universidad del Estado de New York en Stony Brook, el 5 de noviembre de 1992. La lectura y la muestra de collages fueron organizadas por Elizabeth Monasterios como “Homenaje a los poetas surrealistas” y con el título Ludwig Zeller: el sueño libre.

 

 



 

 

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