Para muchos lectores y estudiosos de la literatura hispanoamericana del siglo XX, habrá de resultar no poco sorprendente advertir la difusión tardía que tuvo la gran poesía de César Vallejo en los años de sus primeras publicaciones, y si se tiene en cuenta el eco inmediato suscitado por Pablo Neruda y Vicente Huidobro desde su aparición en el panorama literario, no solo chileno, se hará notoria enseguida la diferencia. Con la excepción –relativa– del Perú, donde la poesía de Los heraldos negros (libro fechado en 1918) y la de Trilce (1922) pudo haber tenido una mejor fortuna en el encuentro con un público algo más numeroso –aunque el propio autor no dejó de señalar que Trilce había caído “en el mayor vacío”–, ese diálogo fue decididamente minoritario en otros lugares. Había, es cierto, aquí y allá revistas donde esta poesía era acogida con interés; pero fue solo en 1949, año de la publicación de las Poesías completas en la Editorial Losada de Buenos Aires, con prólogo y notas de César Miró, cuando se amplió con magnitud el hasta entonces limitado círculo de aprobación, e incluso de fervor. Vale recordar, sin embargo, que hubo antes meritorios intentos por difundir esa poesía, desde 1942: una antología dispuesta por Xavier Abril en Buenos Aires (Editorial Claridad) y luego dos selecciones aparecidas en Lima, de Manuel Beltroy (1944) y de Edmundo Cornejo (1948). Así, pues, por mucho que la edición de César Miró haya sido superada, corregida y puesta al día en cuidadas y exigentes publicaciones posteriores, la importancia de su trabajo en tal momento merece ser más valorado. Hay testimonios referidos a ese reducido conocimiento de Vallejo que él mencionó (el de Washington Delgado, por ejemplo, aunque se encontrarían muchos otros).
Casi ninguno de mis compañeros cercanos, según lo recuerdo vivamente ahora, fue ajeno a las señales vallejianas algo fugaces que encontrábamos en revistas o en parcas selecciones hispanoamericanas, hasta un día en que alguien habló de cierto artículo de Pablo Neruda leído en una publicación, si no confidencial sí de alcance muy restringido llamada Aurora de Chile, en un número de agosto de 1938, “César Vallejo ha muerto”, se titulaba ese texto, intenso y memorable en su brevedad, y del que cito dos fragmentos:
“Esta primavera de Europa está creciendo sobre uno más, uno inolvidable entre los muertos, nuestro bienadmirado, nuestro bienquerido César Vallejo. Por estos tiempos de París, él vivía con la ventana abierta, y su pensativa cabeza de piedra peruana recogía el rumor de Francia, del mundo, de España [...] Viejo combatiente de la esperanza, viejo querido. ¿Es posible? ¿Y qué haremos en este mundo para ser dignos de tu silenciosa obra duradera, de tu crecimiento interno esencial? [...] Tenías algo de mina, de socavón lunar, algo terrenalmente profundo”.
Y la memoria fraterna concluye así:
“Eras grande, Vallejo. Eras interior y grande, como gran palacio de piedra subterránea, con mucho silencio mineral, con mucha esencia de tiempo y de especie”.
Palabras son estas que sin duda habrían convocado la cercanía de muchos lectores si hubiera habido adonde acudir para responder a ese llamado. Antes de esa convocación nerudiana solo puede mencionarse alguno de esos lugares diseminados, como un Índice de la poesía peruana contemporánea (1900-1937) dispuesto por Luis A. Sánchez, quien incluyó trece poemas de César Vallejo, por lo que esta fue por mucho tiempo la más invitada selección para los lectores hispanoamericanos de entonces. Ese Índice apareció en Santiago de Chile en 1938 y llegó a ser una generosa introducción para los Poemas humanos y los de España, aparta de mí este cáliz.
Mi generación fue afortunada, pues empezamos nuestras tareas sintiendo la cercanía y asumiendo la ejemplaridad de una obra mayor, y ya no solo las de nuestro inmediato alrededor: tal vez sin darnos cuenta cabal podíamos acceder a una enriquecedora extensión en el trato con la poesía y con una experiencia de lenguaje que llevó a los mejores a asumir creadoramente una multiplicada lección. A las incitaciones de las obras señeras de Gabriela Mistral (Tala), Vicente Huidobro (Altazor), Pablo Neruda (Residencia en la tierra), Pablo de Rokha (Los gemidos) se sumaban otras y sobre todas, creo, la de César Vallejo, que a fines de la década del cuarenta y en los primeros años del cincuenta ya era un nombre familiar para todos.
En 1952, Alberto Rubio publicó su libro La greda vasija, donde se pudo apreciar lo creativo de su acercamiento desde el título mismo, que anunciaba una manera de violentar el lenguaje de notoria orientación vallejiana, pero que no se sentía como una repetición o eco sino como una posibilidad u opción asumida creadoramente. El poema “La abuela” se hizo famoso entre nosotros:
Se puso tan mañosa al alba fría
la cerrada de puertas, la absoluta de espaldas
cosiéndose un pañuelo que nadie conocía.
***
No hizo caso a nadie: ni a la hija mayor
ni a su eterno rosario: tan mañosa se puso,
tan abuela recóndita metióse en su labor.
***
Ni el oleaje de rostros, ni la llántea resaca
pueden ahora atraer su nave hasta esta costa:
¡ni nadie de su extraño pañuelo ahora la saca!
El primer verso del último terceto –esa “llántea resaca”– ilustra inmejorablemente la asunción creadora en la personalísima lectura que Alberto Rubio hizo de Vallejo. Y esto encuentra su correspondencia, varios años después, en un poema de Gonzalo Rojas publicado en Contra la muerte, en 1964, y en el cual se lee lo que podemos entender como una suerte de manifiesto o flecha indicadora, en versos como estos:
Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo Todavía.
Y le arrancó esta pluma al viejo cóndor
del énfasis. El tiempo es todavía, [...]
***
Ninguno fue tan hondo por las médulas vivas del origen
ni nos habló en la música que decimos América
[...]
Y en efecto, así lo sentimos.
Insistiré, pues, en lo mucho que significó Vallejo para los poetas de mi tiempo. Ya he mencionado a Alberto Rubio, en notas fugaces pero que invitan a lecturas más detenidas. Debo agregar ahora a Enrique Lihn, quien, al celebrar en 1969 la edición facsimilar de la poesía de Vallejo publicada por Francisco Moncloa el año anterior, concluyó su reseña con esta decidida afirmación: “... en los mismos días en que se perdía (la guerra de España) entró en la fase de la resurrección permanente de su verbo, quizás el más vivo de la poesía moderna de lengua española”. Casi veinte años después escribió un breve poema titulado “César”, para el homenaje a Vallejo de Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid, 1988), del que cito estos tres versos:
Pero, igual, tú eres César
A mí me representas, no yo a ti.
Y estás en todas partes.
Pienso que parecida o igual convicción a la manifestada por Lihn animaba a los escritores que me acompañaron en la estimulante aventura editorial que fue la antología consultada César Vallejo. Una lectura desde Chile, que me correspondió coordinar el año 2009 en la Editorial Universitaria de Santiago y en la que participó Jorge Edwards, Jorge Guzmán, Óscar Hahn, Diego Maquieira, Gonzalo Rojas y Rafael Rubio.


Pedro Lastra en la tumba de César Vallejo. París, Francia, octubre 2011