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Volver a Neruda

Por Marcelo Pellegrini
Publicado en everba summer 2004


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Neruda cumple los cien en un estado de salud a veces precario. Ya es moda despreciarlo por su abundancia poética y su estalinismo político, decir que se prefieren “las Residencias” al Canto general, que los poemas de amor poseen aún frescura (Veinte poemas o Los versos del capitán, tal vez), que sus poemas políticos no son ni uno no lo otro (Lihn dixit), que lo único que falta es que lo canonicen, que la Fundación que lleva su nombre es una empresa dedicada al lucro, que el Taller de Poesía de esa misma institución es una inutilidad…Si bien es cierto que estoy de acuerdo con muchas de esas apreciaciones (por ejemplo: la dudosa marcha de la Fundación con su afán museante, como dijo –refiriéndose a los Cloistiers de Nueva York, esa Edad Media de Wall Street, Gonzalo Rojas-, o los poemas políticos que en realidad no son ni lo uno ni lo otro), no es menos verdadero que los que critican el Taller de Poesía son los mismos poetas jóvenes y no tan jóvenes que en su momento fueron seleccionados para pertenecer a él y gozaron de su dinero mensual –no mucho, pero algo es algo- que llegaba hasta sus billeteras gracias, precisamente, al manejo de la Fundación. Cuando yo participé de ese Taller, en 1993, no recuerdo a nadie reclamando al momento de ir a cobrar el cheque. Y mejor no hablar de las lecturas nerudianas de algunos de esos jóvenes, escasas por decir lo menos. Todo esto forma parte del tan llevado y tan traído institucionalismo poético chileno, verdadera marca registrada de la sociabilidad literaria nacional. El problema es muy complejo (por no decir complicado) y es mejor dejarlo para otra ocasión.

Me permito, eso sí, hacer un recuerdo personal. Año: 1985. Terremoto a comienzos de marzo y, a fines de ese mismo mes, degollamiento de José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Santiago Nattino por parte de miembros del ejército de Chile (o de carabineros, no recuerdo bien…pero ¿vale la pena acordarse de esos monstruos?); como parte de una tarea para la clase de Castellano, mi profesor me dice que tengo que memorizar un poema de Neruda y decirlo frente a todo mi curso. Elijo, quién sabe por qué, “Quiero volver al Sur”, perteneciente a la sección “Canto General de Chile”, del Canto general. Días memorizando el poema. No es el primero de Neruda que leo, pero sí el primero que debo aprender. Nunca me gustó memorizar poemas, pienso ahora y pensaba en esa época, cuando apenas bordeaba los 14 años. Y, de pronto, frente a la clase, los versos que empiezan


Enfermo, en Veracruz, recuerdo un día
del Sur, mi tierra, un día de plata
como un rápido pez en el agua del cielo.


El poema, después de mucho esfuerzo y repetición, vino solo ese día (recuerdo un día), en el que pensé que recitar era “declamar”: mover los brazos, decir las palabras lentamente, mirando fijo a un punto vacío, esperando no olvidarlas. Ahora, que vivo también en el Hemisferio Norte desde el cual Neruda los escribió, pero sin nostalgias, quiero volver a esos versos:


El Sur es un caballo echado a pique
coronado con lentos árboles y rocío,
cuando levanta el verde hocico caen las gotas


Recuerdo el terrible frío de esos días, en una salita de clases hecha en la emergencia de la destrucción que el terremoto había provocado; el material era liviano y no contribuía a disminuir el frío. La lluvia que evoca el poema era lo que menos queríamos. Del oscuro mundo de asesinatos de Estado que fuera de la clase se desarrollaba casi nada supimos, niños de familias pequeño burguesas que éramos, despreocupados e “inocentes”…años después, bajo la nerudiana lluvia de Seattle, viendo un documental australiano sobre esos días infames, supe que el hijo de uno de los degollados tenía 14 años en 1985. No sé qué será de él, pero verlo hablar sobre la muerte de su padre en una reunión hecha bajo los auspicios de la Vicaría de la Solidaridad, sin derramar una lágrima, me causó una impresión (en la que las lágrimas no estuvieron ausentes) que todavía me visita a veces.


Cielo, déjame un día de estrella a estrella irme
pisando luz y pólvora, destrozando mi sangre
hasta llegar al nido de la lluvia!


Sorprende ver en el Canto general, libro donde la crónica y la política predominan, algunos poemas con imágenes que pertenecen francamente a cierta tradición surrealista. Ese irse de estrella a estrella es hasta huidobriano en su vivacidad. El libro de 1950 es, lo sabemos, de gran extensión, y su escritura se remonta a décadas antes; sus marcas de estilo, entonces, son igualmente variadas. Esto muy pocos lo tienen en cuenta, y la mayoría habla condescendientemente de ese conjunto. Hace pocos meses revisé una traducción al inglés que John Felstiner (traductor de Alturas de Macchu Picchu) hizo del poema “Inundaciones”, perteneciente también al “Canto General de Chile”, donde, en medio de un reclamo por el destino que los pobres tienen cada vez que la lluvia se sale de madre y destruye sus viviendas, aparecen estos versos: “El agua no sube hasta las casas de los caballeros / cuyos nevados cuellos vuelan desde las lavanderías”. Casi una imagen de Apollinaire, se diría, a orillas de un río que es pobre imitador del Sena. La misma impresión me da ese “pez en el agua del cielo” del poema que tuve que memorizar.


Toltén fragante, quiero salir de los aserraderos,
entrar en las cantinas con los pies empapados,
guiarme por la luz del avellano eléctrico,
tenderme junto al excremento de las vacas,
morir y revivir mordiendo trigo.


Harold Bloom habló, en su clásico libro sobre las influencias, de los diferentes “cocientes revisionistas” que invaden a los poetas vivos que quieren ser poetas fuertes. Como Chile es el nido de los poetas fuertes, hay muchos de esos cocientes en marcha al mismo tiempo. El que le ha tocado a Neruda es, a mi juicio, el que Bloom llama “Demonización o lo contra-sublime”: la negación de los efebos que se transforman así en demonios. La lectura latinoamericana de Bloom (y especialmente la chilena) se ha quedado muy pegada a la palabra “angustia”; sin embargo, un atento escrutinio a ese verdadero clásico de la crítica sobre poesía revela que en realidad el proceso poético es una forma muy alegre de represión. Así, los felices asesinos de ese Padre que es Neruda vuelan con sus nevadas hojas desde las lavanderías del lenguaje.

A cien años de su nacimiento, es bueno volver, aunque sea brevemente, a Neruda. No importa que después lo matemos, porque, como dijo el mismo Bloom, otro de los cocientes revisionistas es el “Apofrades o el retorno de los muertos”, uno que tal vez, en cien años más, y cuando todos estemos bajo tierra, le tocará a Neruda.


Océano, tráeme
un día del Sur, un día agarrado a tus olas,
un día de árbol mojado, trae un viento
azul polar a mi bandera fría!



Berkeley, California, junio 2004.

 

 

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