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De lo explícito e implícito en Ultrajada, poesía de Silvia Rodríguez Bravo

Por Persus Nibaes.


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Hoy 30 de septiembre del año 2020, el año de la pandemia que se llevó a Luís Sepúlveda y a tantos otros y otras, también ha muerto Quino, Joaquín Salvador Lavado Tejón, el famoso dibujante argentino autor de Mafalda, una niña que perfectamente podría estar en la lista de mujeres que aparecen en el libro Ultrajada, de la poeta Silvia Rodríguez Bravo, de la ciudad de Talca, donde vivo.

El libro de poesía Ultrajada (Mago Editores 2020, Colección Poeta Carmen Berenguer) de Silvia, es un libro que a la primera lectura de ayer, cuando me llegó de manos de la poeta con quién somos amigos, me pegó una cachetada en la cara y me dejó knock out por un momento. Lo leí en mi habitación, sentado en el borde de mi cama.

Ultrajada es un poemario, en el que se poetiza el testimonio de 40 mujeres, que desde los 7 a los 50 años de edad sufrieron violencia sexual, ya sea de parte de sus padre o abuelos, de parte del Estado durante la última dictadura o de parte de sus parejas o de desconocidos.

Lo distinto del libro es que los testimonios que Silvia leyó y recopiló, los convirtió en poemas. El libro está dividido en 7 capítulos; Nubes de algodón, Mujer Tierra, Mujer Agua, Mujer Fuego, Mujer Aire, Fruto y Mujer Fénix.

Al inicio de los capítulos hay unos versos que están en la primera página y dicen; "este libro, ni el fuego lo quiere, en sus llamas". p. 7. Con ese verso comienza un poemario que en cada texto te entierra un puñal en el costado.

Avanzando en la lectura, los poemas comienzan con el nombre de la víctima; por ejemplo el primero; Marcelita, 7 años: Es el testimonio poético de una niña de 7 años abusada sexualmente por su tío y su hermano. En él, la niña que ahora habla en palabras de Silvia, la poeta, que en un esfuerzo de evocación, cuenta que la niña estaba jugando y a pesar del dolor de estómago, pensaba que los abusos eran parte de algún juego; "Dios matará a mi hermano/ sino guardo el secreto/ hoy dijo que es solo otro juego". p. 11.

Belén; 11 años; "El doctor dice que tengo una guagua/dice que está creciendo aquí/que si no la quiero/se muere". p. 12.

Al leer estos versos, reflexiono sobre lo explícito y lo implícito en la poesía de Silvia. Parece ser que la poesía en general juega en volver lo explícito en implícito al metaforizar lo dicho textualmente para que sea dicho poéticamente, y para eso existen varias técnicas que se pueden aprender, pero lo que no se puede aprender, el dolor de otra persona.

Entonces mi pregunta es; ¿Cómo podemos metaforizar el horror? ¿Puede la poesía funcionar también como testimonio, en su dimensión de documento público de denuncia? Con esto, no estoy diciendo que en los poemas de Silvia no hayan construcciones poéticas, de hecho, los versos que abren; "Este libro, ni el fuego lo quiere, en sus llamas", es una construcción poética, puesto que el fuego no tiene la facultad humana de querer o no querer quemar un libro en sus llamas. Es el ser humano el que decide si un libro arde en las llamas o no, a no ser que sea un accidente, pero bien sabemos en la historia de los libros, cuantas veces han ardido en las llamas, pues los libros son peligrosos para un régimen y este es un libro muy peligroso, para el régimen patriarcal.

El patriarcado se sustenta en las redes y roles sociales que están presentes en las relaciones estructurales de poder en todo rol y relación humana, dice Foucault, y según Bourdieu, el habitus de esas relaciones de poder se reproducen por que los sujetos oprimidos piensan con las mismas categorías que su opresor, esto se reproduce en forma inconsciente en todas las relaciones sociales y humanas. Simone de Beauvoir dice que todo opresor tiene cómplices entre los oprimidos.

Este análisis va más allá de la lucha de clases que según Marx atravesaban la sociedad, por lo que va más allá de la dicotomía izquierda y derecha.

En cambio, según esta lectura si un sujeto cambia de clases social, reproduce las conductas del dominante, entonces el problema no está en la lucha de clases, sino en las relaciones y roles entre humanos. Me pregunto; ¿Qué ser humano puede violar a una niña de 7 años y embarazar a una niña de 12?

¿Qué mecanismo perverso funciona en la cabeza de un hombre, para cometer semejante ultraje?

Pero el libro de Silvia va más allá todavía; Alicia, 25 años, Detenida en Dictadura; "Estuve en lugares provenientes del infierno/solo aferrada a la sonrisa del pasado/ resistí luna bajo el agua; laceraciones, desmayos, aturdimiento/ ratones en la entrepierna". p. 31.

Entonces al leer estos versos me vuelvo a preguntar; ¿Se puede metaforizar y llevar a un lenguaje poético el horror mismo de asistir al infierno en tu propio cuerpo? ¿Se puede decir de forma implícita lo que es explícito por horror? ¿Acaso podemos imaginar un infierno más terrible y explícito que el Estado de tu propio país, usurpado por militares, envíen agentes policiales a introducir ratones en tu vagina y en tu cuerpo, para torturarte, matarte y desaparecerte por tener ideas de un país mejor?

Lo peor, es que aún quedan 2500 jóvenes de la última revuelta, que todavía están detenidos desaparecidos y no sé cuántos de la última dictadura. El Estado dos veces nos ha torturadom, desaparecido y encarcelado en los últimos 50 años.

Pareciera ser que hay una tendencia en la literatura de exponer explícitamente el sufrimiento extremo de las mujeres, tal como hizo Bolaño en su novela 2666 y mostrarlo en una obra literaria que permita al lector sentir en su propio cuerpo el horror de lo narrado, como si la lectura tuviera un efecto físico sobre el lector y se pudieran revivir las experiencias traumáticas y analizarlas.

En este caso, el libro de Silvia es valioso en varias lecturas, como documento de denuncia, como obra literaria, como trabajo sociológico y antropológico, la poesía tiene eso, de entrar y salir de los imaginarios y volverse explícita e implícita cuando lo necesita.

Me llama la atención el poema; Antonieta, 30 años, Vendedora Ambulante, pues hay versos al final de cada estrofa, que actúan como un jurado, como si el poema fuera un ópera y existiera un jurado que interroga a la víctima; "Tan solo salí a comprar/para seguir la fiesta/¿usted ya estaba ebria?/la fiesta era en mi casa/¿por qué se duchó?/era la despedida de un amigo/¿qué hizo con su ropa interior?/creo que no tuve la culpa/¿Guardó alguna evidencia?/regresé llorando a mi casa/¿Está segura que usted no lo provocó?". p. 39.

He leído por ahí en redes sociales; ¿Qué mujer de tu familia debe morir para que tomes conciencia de la violencia de género? Recordé a mi madre, a mi hermana, a la madre de mi hijo, a mis tías, a mis amigas. Claro que yo no quiero que ninguna mujer muera, en ninguna parte. ¿Cómo podemos resucitar a Foucault a Bourdieu o a Simone de Beauvoir, a Mary Wollstonecraft para que nos expliquen, puede ser posible que un ser humano haga los que le han hecho a ellas? ¿Puede el Estado reparar el daño que ha hecho al cuerpo social?

Pienso en los libros de Judith Butler, de Simone de Beauvoir, muchos estudios de género que debemos estudiar y conocer, y la educación no nos enseña nada de cómo respetar a los demás, de respetar a las mujeres. Cuantas veces hemos caído en el recuento que muchos hemos reproducido las prácticas machistas, aquí nadie está libre de pecado. La publicidad de los medios de comunicación a cada rato reproducen a la mujer objeto para el consumo y la satisfacción masculina, a cada minuto en el mundo se viola a una mujer.

Entonces en el día que murió el padre de Mafalda, recuerdo algo que leí sobre él, cuando le preguntaron por qué no creció Mafalda, contestó que era muy probable que la niña Mafalda haya terminado como una desaparecida, o en la lista de mujeres Ultrajadas del libro de Silvia, que cuando vuelvo a leer me vuelve a golpear como una cachetada, se me revuelve el estómago, pues no logro encontrar en los libros la respuesta a la maldad de los hombres.



 

 

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