Cuando en octubre de 1939, a sus 62 años, Manuel de Falla desembarca en Buenos Aires, en su suelo natal su figura goza de un estatus superior, único. La guerra, que ha fracturado a su patria, España, viene de terminar hace apenas unos pocos meses y su onda expansiva ha cobrado víctimas con voracidad descarnada. Falla, el maestro de Falla, unido en amistad a varias personalidades del bando derrotado, que hasta poco antes del inicio del conflicto ha trabajado estrechamente con García Lorca, concluidas las hostilidades y con Francisco Franco como rector absoluto de Finisterre a Tarifa, conserva pleno respeto y admiración. Falla es, dicho sin metáforas, un héroe, uno que ha logrado en las salas de conciertos que el arte, la cultura de su patria se imponga y triunfe, uno que ha puesto un freno nítido, inobjetable, a ese despectivo “Europa termina en los Pirineos”, que ha sabido cerrarle la boca a Stendhal y su “si el español fuese musulmán sería un africano completo” que durante más de un siglo ha zumbado como un insecto molesto en la conciencia de sus compatriotas.
Porque con su arte había demostrado que la música de su tierra no requería de embajadores foráneos —principalmente de Francia— para exhibir todo su brillo y esplendor, y que, de hecho, con sus propias creaciones había rebajado al peldaño de lo meramente pintoresco el total de las intermisiones hechas por la cohorte de sobrevalorados franceses en el pasado. Sus obras enseñaban a Europa y al mundo el real poder de fuego de la música de raíz hispánica, dando cuenta, de paso, ante los entendidos, de una genial habilidad que se creía exclusiva de los maestros del Barroco, la de traspasar a un lenguaje de mayor complejidad formal los ritmos y modos vernáculos, sin transformarlos en rígidas piezas de museo, sino, al contrario, develando un nuevo ecosistema musical, autónomo, pleno de coherencia y vitalidad. Lo que Bach o Rameau habían hecho con la sarabande y el minuet, Falla lo había hecho dos siglos después con el fandango y el cante jondo.
En ese inicio del siglo XX ávido de innovaciones, el público de Londres o Nueva York se deslumbraba con la fascinante propuesta sonora del andaluz, ensamble perfecto de folclor y modernidad; mientras en España, su música lograba la proeza de dar en el gusto de la intelectualidad y, a la vez, de despertar con especial intensidad el sentimiento patrio en el ciudadano común. Un héroe, un maestro en toda su línea, una verdadera autoridad, hombre maduro y respetable, concentrado en su arte y en resaltar con ejemplar perseverancia e inusitado genio los rasgos más hondos de la cultura hispánica. Por eso, al terminar la guerra, su figura quedaba en una posición de especial privilegio, ajena a hostigamientos, cercana al abrazo y al elogio.
Falla desembarca en suelo argentino so pretexto de hacer el estreno mundial de su nueva composición en el imponente Colón porteño. El gobierno liderado por el Caudillo siente que una figura fundamental, la que hace converger como ninguna otra modernidad y nacionalismo, se le aleja peligrosamente de su órbita; busca retenerla, volverla a atraer. La tienta como una suculenta pensión, le concede una resonante condecoración, la de la Orden de Alfonso X. Pero el maestro no responde. Al contrario, se desplaza. Se desplaza en dirección inversa: en vez de hacerlo de vuelta por el Atlántico, lo hace hacia el interior de su tierra adoptiva, hacia las sierras cordobesas, en busca de un clima más benéfico para su debilitada salud. De Villa Carlos Paz a Villa del Lago, para terminar asentándose en Alta Gracia, en un chalet que replica con calco los que se levantan en los Alpes suizos y que le arrienda a una familia conspicua.
Se me hace inevitable evocar a Stefan Zweig. Hay vasos comunicantes. Figuras altas, ambas, de la cultura europea, que los estragos de la guerra los hacen buscar refugio en nuestra América del Sur. Falla elige residencia donde clima, paisaje e idioma lo mantienen conectado con su hábitat nativo y se rodea de compatriotas y jóvenes artistas locales que lo visitan y agasajan; el vienés, en cambio, se ancla en tierras abrasadas por las humedades del trópico y dialoga con esperanza abatida y crepuscular con unos pocos —entre ellos la cónsul chilena Gabriela Mistral—. La angustia lo lleva a reclamar la muerte a fuerza de barbitúricos. El andaluz, en cambio, se extingue en paz mientras duerme, el 14 de noviembre de 1946.
A 80 años de su partida, su obra sigue propiciando una interpelación particularmente viva sobre un asunto sometido hoy a un álgido cuestionamiento, los perfiles de la cultura europea, la matriz del canon occidental. En su música, Falla integra el factor africano, el factor morisco, a través de las sonoridades enraizadas por siglos de su natal Andalucía. Aspectos que complicaron y siguen complicando al norte de los Pirineos, que Falla abraza sin complejos como ecos propios de su identidad más recia y noble. Al sur de los Pirineos, en efecto, el cuadro se vuelve permeable, la paleta admite tonalidades diversas, más contrastadas, el canon pierde blancura, se reconoce mestizo. Manuel de Falla, correcto y reservado hijo de comerciantes gaditanos, lee todo esto con lucidez inédita y urde, con ritmo lento de artesano concienzudo, apenas un puñado de obras deslumbrantes, que, mientras el resto de Europa sigue, sin remedio, escuchando con la fascinación de lo exótico, es del otro lado del Atlántico, en la América hispana, mestiza, donde su pulso entra y remece fibras mucho más íntimas.
Falla no volvió más de España porque, cierto, no quería que lo vincularan con quienes habían matado a sus amigos. Pero, además, se quedó, terminó pasando los últimos siete años de su vida, porque acá, en las sierras cordobesas, también se sentía como en casa.

En los sótanos de la Alhambra.
Federico García Lorca, Adolfo Salazar, Manuel de Falla, Ángel Barrios y
Francisco García Lorca.