Estamos en la primavera de 1931. A orillas del río Quepe, al sur de Temuco, un profesor venido de Santiago pasa una temporada. No ha llegado a esa zona agreste, apartada de todo circuito turístico, en busca de descanso, sino, por el contrario, lo ha hecho con un objetivo de trabajo bien claro: estudiar las expresiones musicales del pueblo mapuche. Cada día camina hasta las comunidades próximas, aguza el oído cuando desde una ruca percibe el son del kultrún o la trutruca, con la intención de fijar con la mayor fidelidad posible en su libreta lo que escucha. Sin embargo, tras ya varios meses, los resultados son casi nulos. Los nativos no confían en él; la machi le manda a decir que mejor se aleje, que la música que ejecuta es sagrada y la presencia del winka afecta negativamente sus poderes espirituales.
El profesor persevera. Tiene formación como músico, pero también como pintor. Pide autorización para pintar la ruca; se le concede. Se instala con su atril y desde ahí logra percibir sin sobresaltos los codiciados ritmos. Los memoriza. Días más tarde, la machi, picada por la curiosidad, sale a ver lo que va plasmando en la tela, ocasión que aprovecha para reproducirle, golpeando con su pincel sobre la caja de pintura, uno de aquellos ritmos sagrados. La machi esboza una sonrisa. Las resistencias empiezan a ceder. El profesor volverá regularmente durante siete años a la zona, a sumergirse en los secretos de una música ancestral hasta entonces inexplorada y despreciada, y en los años sucesivos llegará a crear un conjunto absolutamente pionero de sobresalientes composiciones de raíz mapuche. Una de ellas será estrenada por Claudio Arrau, de paso por Chile.
Ese profesor, multifacético, que se había formado como compositor en el Conservatorio Nacional y como pintor con Pedro Lira, es Carlos Isamitt Alarcón, nacido en Rengo el 13 de marzo de 1887. Quien antes del ejercicio desplegado en el corazón del Wallmapu, ya había hecho algo similar mucho más al sur, en Tierra del Fuego, esta vez movido por el estudio de las expresiones visuales de la cultura aborigen, coincidiendo con su amiga Gabriela Mistral, entonces directora del Liceo de Niñas de Punta Arenas. Y ya antes, también, había pasado una temporada de varios años en Europa —Francia, Italia, Alemania—, madurando sus saberes pedagógicos.
Su madre fallece cuando es apenas un niño; su padre, atento a la particular sensibilidad del vástago, le paga a un profesor de violín para que le de sus primeras lecciones de música, en su ciudad natal. A los 12 parte a Santiago a continuar sus estudios y a las 16 egresa con el título de profesor.
Este renguino de excepción, que será director del Museo Nacional de Bellas Artes y creador del Museo O´Higginiano de Talca, llegará a convertirse en una de las grandes personalidades de la cultura chilena del siglo XX, ejemplo de versatilidad, perseverancia y genuino interés por el acervo autóctono, recibiendo con toda justeza, el Premio Nacional de Música en 1965.
Cantata Épica Mapuche, El grito de la sangre (1969) Carlos Isamitt
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dirigida por Luis Martinez Solorza. e-mail: letras.s5.com@gmail.com Los Notables de la Sexta: Carlos Isamitt Alarcón
Por Pablo Salinas
Publicado en O’Higgins Digital, 25 de junio 2026