Entre los especialistas existe consenso: Alberto Valenzuela Llanos fue el pintor chileno que, antes de la irrupción de Roberto Matta, alcanzó en vida los mayores y más altos reconocimientos, dentro y, sobre todo, fuera del país. Medallas y condecoraciones en salones de Santiago, Valparaíso, Buenos Aires, París, con un pináculo, la Cruz de Caballero de la Legión de Honor entregada por el gobierno francés.
Los premios no necesariamente garantizan méritos artísticos de real solidez, aquellos que resisten el paso del tiempo sin trizaduras. En el caso de Valenzuela Llanos, sí. El año pasado se cumplió un siglo de su fallecimiento y la vigencia de su obra resulta inobjetable. En el fondo, tal como hace cien o ciento veinte años, las pinturas de Valenzuela Llanos siguen generando una suerte de peculiar fascinación entre el público nacional. Un clásico de nuestra tradición pictórica, el de adhesión más estable, más transversal, el más querido de todos. Un artista que conquistó los salones de Chile y Europa en un ámbito bien específico, la pintura de paisaje.
Los paisajes de Valenzuela Llanos, presentes en nuestros principales museos, como también en La Moneda y el Congreso, se consolidaron como emblemas patrios. Representaciones visuales de nuestra geografía que, en manos de este maestro de mirada sensible y pulso sosegado, se vuelven definitivas.
Nuestro pintor fue, en efecto, de personalidad discreta, introvertida. Menudo de aspecto, poco amigo de estridencias y polémicas, consagró su vida al trabajo, silencioso, sistemático. Y, así, abrió una senda, marcó un precedente de relevancia. Porque, a diferencia de la mayor parte de los artistas chilenos hasta entonces, no es oriundo de Santiago, ni proviene de familia acomodada, ni siquiera de una ligada a la cultura. Valenzuela Llanos nace en 1869 en San Fernando, tierra campesina más de cien kilómetros al sur de la capital, en el seno de un clan familiar con raíces colchagüinas profundas, de varias generaciones, en el que abundan militares y agricultores –incluso un alcalde de la ciudad-, pero ni trazas de artistas. Él es el primero, que surge como una excepción a la regla, y se desarrolla siguiendo el llamado siempre misterioso de la vocación.
Es alumno del Liceo de Hombres, establecimiento que hoy lleva el nombre de Neandro Schilling. En su hogar no hay comodidades; por el contrario, el dinero escasea. Debe emplearse en una tienda de textiles. Por fortuna, su talento es detectado a tiempo, por sus padres, y a los 18 años llega al Bellas Artes santiaguino a recibir las lecciones de Juan Mochi y Pedro Lira. Vienen sus primeros triunfos a nivel nacional, que llevan al gobierno a becarlo para que siga sus estudios en París. Al final serán varios, cuatro, cinco, los viajes que hará a Europa, donde, por cierto, mantendrá su ritmo habitual de trabajo. Instalará su atril a orillas del Sena, en Toledo o Venecia. Pero su legado artístico gravitará, por cierto, en su lectura del paisaje de su país natal.
Su arte alcanzará un reconocimiento internacional inusitado. Y pese a la natural itinerancia, propia de un artista de su éxito, la ligazón con las tierras colchagüinas que lo vieron nacer la conservará durante toda su vida. Los campos de Lolol, origen de la familia de su señora, Julia Montero, se convertirán en uno de sus motivos pictóricos predilectos, inspirando algunas de sus más notables telas.
Antes de su temprana muerte a los 56 años, su última estación artística será Algarrobo, donde llega por sugerencia de su amigo y coterráneo, Salvador Correa Ovalle, natural de San Vicente. Al final, en el balneario de la costa central se formará una pequeña colonia de colchagüinos, cuando a los pocos días se integre el talentoso renguino Carlos Isamitt, atraído por trabajar junto al gran maestro, gloria del arte nacional, Alberto Valenzuela Llanos.

