La cultura es amplia, rica y diversa. Manifestación intrínseca del ser humano, se esparce por todas las zonas pobladas del planeta, autónoma de accidentes geográficos o fronteras políticas. Aun así, la tradición, la herencia transmitida por generaciones, va delineando familias. Para las letras, escuelas. Cada una buscará padres, puntos de partida, cabezas visibles, para fijarlas como hitos. La italiana lo verá en Dante; la francesa, para un tramo, en Víctor Hugo; para otro, más atrás, en Villon o Ronsard; similar la inglesa, que abrazará a Chaucer. Y así. Más noble o menos noble, más longeva o menos longeva, cada una reconocerá a sus jefes de tribu, figuras ejemplares que concentran e irradian los valores que siguen nutriendo al resto.
Nuestra escuela chilena ha querido ver en Ercilla un arranque. Puede ser. A mi modo de ver, Ercilla sería parte de la precuela de la saga. Un hijo de ese otro mundo que se animó a dar los primeros pasos en una ruta nueva, que concluiría llegando a un valle nuevo. Chile, al fin de cuentas, terminó de armarse mucho después. Por tanto, los verdaderos padres de la escuela hay que buscarlos siglos más adelante. En la fronda de la República, suena mucho más plausible. Se me ocurre que hemos eludido reconocer padres dentro de esos primeros años del Chile desconectado de la corona española porque no distinguimos figuras con suficientes méritos, y preferimos, en cambio, saltar hasta la entrada del siglo XX, hasta la Mistral, Huidobro y Neruda, y afirmarnos de esa rama, la de la poesía, que, sabemos, se coronará con medallas y premios.
Yo prefiero volver al XIX. El XIX no tendrá quizá poesía, pero eso no quiere decir que no tenga letras. Figuras como Alberto Blest Gana, Vicente Pérez Rosales, Vicuña Mackenna o Barros Arana, son sólo algunos dignísimos representantes. Pero, en el verdadero arranque, la muy noble Sociedad Literaria de 1842, nacida por impulso de un grupo de jóvenes entusiastas, formados, buena parte de ellos, en torno al gran faro de la intelectualidad chilena de entonces, Andrés Bello.
La Sociedad, en su año y medio en actividad, formó el primer centro de estudios de Chile, modo think tank, y, como corresponde, sacó la primera publicación cultural del país, El Semanario de Santiago. Su líder indiscutido fue el rancagüino José Victorino Lastarria.
Don Francisco de Asís, su padre, natural de Coquimbo, combatió en las luchas independentistas bajo el mando de O´Higgins y, algunos años antes del triunfo final en Maipú, se estableció con su señora, doña Carmen Santander, en Rancagua. Según la profesora Ligia Uribe, la casa familiar se ubicaba al costado nororiente de la actual Plaza de los Héroes, por lo que podemos entender que hoy no queden rastros. Pero ese dato también nos permite entender que el patio de juegos del niño José Victorino fue el campo mismo donde apenas algunos años antes se había librado la heroica batalla que marca el cierre de la Patria Vieja. Factor que ciertamente influirá en la maduración de una de las voces más notables de la intelectualidad, no sólo del tramo inaugural de nuestra república, sino de toda la historia de Chile.
Para hacer ver los méritos de Lastarria, los ejemplos se nos vienen encima un poco por todas partes. Pero hay uno que resulta ineludible. Concentra brillo, claridad conceptual, refinamiento en la forma y extraordinaria intensidad. Y a todo esto suma la marca propia del genio, la precocidad. Se trata del discurso que Lastarria pronuncia ante sus compañeros cuando ingresa como director de la Sociedad Literaria. Transmite agudeza, lucidez, ponderación, un alcance –reflexión honda sobre el derrotero que debe adoptar la naciente república- propios de un alma experimentada. Y está escrito por alguien de 25 años. Revisar las páginas de ese texto notable nos despierta a dimensionar la envergadura del sujeto, que tras debutar en el ámbito político como parlamentario por su amada Rancagua, desarrollará una labor múltiple como servidor público, convirtiéndose en una de las figuras más respetadas de la sociedad chilena del XIX.
En Lastarria, Chile tiene un ejemplo mayor para la cultura, la intelectualidad y la política. Su nombre se mantiene vivo en el colectivo por el liceo y el bello barrio santiaguino. En su ciudad natal, en cambio, se reclama un reconocimiento más franco y entusiasta hacia uno de sus más notables hijos.


