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La oportunidad desperdiciada de Roberto Ampuero

Por Mauricio Electorat
El Mercurio, 13 de Diciembre de 2014
Sección Cartas al Director


 



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Desde hace mucho tiempo me asalta una pregunta: ¿por qué en Chile no hay ni ha habido un escritor de derecha que ocupe un lugar central en la literatura nacional?

En Francia existieron Céline, Drieu La Rochelle y Brasillach (el único fusilado por "inteligencia con el enemigo" tras la liberación) y, hoy, el monárquico Jean d´Ormesson. En España, Manuel Machado, Leopoldo Panero y Rafael Sánchez Mazas. En Italia, Marinetti y Edmundo d´Amicis. En Estados Unidos, Elliot y Pound (probablemente el mayor poeta del siglo XX, que terminó sus días encerrado en una jaula por su colaboración con el régimen de Mussolini). En Argentina, Borges, que no era en absoluto fascista, pero tampoco progresista (soy conservador, decía, que es una manera de ser escéptico). En Chile, en cambio, tenemos dificultades a la hora de pensar en un escritor de derecha que esté a la altura de las grandes figuras de la literatura nacional.

Podemos citar a Braulio Arenas, a Roque Esteban Scarpa o a Enrique Campos Menéndez. De ninguno de ellos se puede decir que sea comparable a Neruda, Gabriela Mistral, Huidobro, que son obviamente nuestros grandes clásicos, pero tampoco son figuras de la talla de Parra, Lihn, Gonzalo Rojas o José Donoso, digamos que ni siquiera se acercan a ellos.

Caso aparte es el de Ignacio Valente, el único literato conservador que ocupa un lugar central en el campo literario, pero desde la crítica periodística. ¿Qué pasa? ¿Por qué la derecha en todas sus variantes, desde el conservadurismo más ortodoxo hasta el liberalismo, pasando por el nacionalismo estatista y protofascista, ya extinto (espero), no ha podido levantar ni un solo escritor central en el canon nacional?

El tema es complejo y obviamente imposible de agotar en una columna. La respuesta, a mi juicio, hay que buscarla, primero, en la composición social de las élites intelectuales chilenas. Los escritores chilenos, al menos los del siglo XX en adelante, proceden en su gran mayoría de las clases medias, cuando no de las populares. Eso en cuanto al aspecto sociológico de la cuestión. Pero hay otra cosa: en Chile no existe una "lengua literaria", como existe en Francia; no hay una separación entre una lengua depurada, reservada a la literatura, y los diferentes discursos y registros lingüísticos populares o masivos... Por ahí habría que encaminar la reflexión.

Ahora, es un hecho irrefutable que en la sociedad moderna los intelectuales actúan en el campo político, desde la independencia del campo intelectual, buscando influir, conquistar y consolidar posiciones, como dice Bourdieu. En ese sentido, la trayectoria y las intervenciones recientes de Roberto Ampuero me parecen legítimas: está en todo su derecho al pretender consolidarse como "el" escritor de derecha en el campo cultural nacional. Porque eso es lo que hace al ser primero embajador y luego ministro del anterior gobierno y, ahora, al intervenir ante un auditorio de empresarios con un discurso de marcado acento político.

Roberto Ampuero quisiera haber firmado el "Yo acuso" de Neruda, pero al revés, denunciando el enrarecimiento del clima político y el peligro que corre nuestra democracia. Hasta ahí, nada que objetar. El problema es que para auparse a esa estatura -la de referente incontestable de la derecha en el campo literario- hay que tener, además de una obra de calidad, profundidad y alcances incuestionables, un pensamiento, esto es un ideario que le permita dar cuenta, con argumentos y no con meras percepciones, de una situación social determinada. El de la defensa de la libertad no alcanza, porque es compartido por la amplia mayoría del espectro político nacional, incluida la izquierda. ¿Quién seriamente, en el Chile de hoy, está por un modelo cubano, o norcoreano? Lo que ha hecho Ampuero en su última intervención es vociferar, es decir, llevar al paroxismo o a la hipérbole su propia percepción: la de un sujeto aterrorizado ante el devenir del mundo.

Si se hubiese propuesto hacer la parodia del discurso del político ultraconservador no lo habría hecho mejor. El problema es que su discurso no tiene nada de paródico. Forma parte, al contrario, de una estrategia muy seria para afianzar la posición por la que brega desde hace un tiempo. Repito: esa tentativa no tiene nada de objetable en sí misma. Pero para ocupar el lugar al que aspira no basta con agitar el espantajo del terror. Hay que poner a circular ideas. En este sentido, la última intervención de Ampuero es una oportunidad desperdiciada.

Mauricio Electorat



 



 

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