1.
Un buen poema es algo que cae de la nada
y simplifica el aire sin hacer nada con lo que había
ni con el futuro. El sonido no deja perder tiempo,
resuelve sus problemas solo, en un combate
con varios enemigos a la vez,
con una sonrisa:
mientras, uno
estaba en otra cosa. El buen poema se levanta
y se sacude el polvo. Ya cumplió.
2.
Un buen poema es un fenómeno raro en su especie.
Pasa por zonas conocidas pero en otras lenguas
que ocupan su lugar de inmediato, ya sea que después
venga una coma o una imagen,
sin pérdida de sentido ni valor real:
ser un buen poema no es cualquier cosa,
una especie de danza pensada para atraer y repeler:
lo que queremos no es el grito del águila, sino la ilusión
del águila gritando: esa es una manera por la cual
será reconocido en su momento, no ahora.
3.
Un buen poema no pierde el tiempo,
resuelve todo de mañana. Estuvo pensando
y siguió con los esplendores cotidianos,
los tics de la historia entre líneas.
Abrir, mirar para abajo, darse vuelta, caminar
en línea recta, son acciones que se pueden ver,
guías de lectura para ver las relaciones entre eso
y un sentido mayor que lo traspasa y piensa
hasta ver el panorama completo. Son marcas invisibles
en la piel del poema, si se nota que es bueno,
si nos damos cuenta, cada uno en su noche.
4.
Un buen poema suena: eso. En primer lugar suena fuerte,
no hay nada que no suene, ni siquiera las líneas que van
entre frases, ni "de", ni "que", ni "para". Todo suena
dentro de la cabeza y después un ruido singular
penetra el saber de lo que queda
afuera del poema. Cada sílaba impide
que el pensamiento se disuelva y caiga
en círculos de desgaste progresivo.
La voz marca las sílabas, elevada
por la emoción de que está bien y sigue más abajo,
con su propio diseño, un antifaz de sombra sobre un rostro solar.
5.
Un buen poema hace ver de qué lado estás:
si del viento de la idea, que tanto da si queda o no,
si va doblando sus páginas oscuras, doblando
sus páginas oscuras, o canta la miseria de la percepción,
repercute en lo que ya sabía y a destiempo calla
o la jugada mortal en contra de sí misma,
lúcida patria en que se junta el ser con el ser
con una sola imagen. No es fácil darse cuenta:
en uno está reconocer el golpe.
6.
Sin líneas de presentación
ni pasado prestigioso. Lo que dice, si es bueno,
obliga al esfuerzo de ponerse al día
con uno mismo, a ver qué piensa.
El modo en que lo dice
es otro cantar: por ejemplo montañas son montañas,
nadie es marquesa a cien yardas de un carruaje.
No hay nada que decir al menos mientras pasa
una brisa por el rostro del lector, conserva posición y voz,
y sigue hablando aunque el salón esté vacío.
7.
De algún modo, un buen poema deja sin habla. Eso es algo
que olvidé decir. La diferencia entre uno bueno y uno malo
es que cierra de golpe el chorro del lenguaje:
no se puede seguir hablando como si el ruido ambiente
pudiera absorber cualquier información que se desprenda
de la caída de la noche. Si se dice: en invierno duerme el oso
o no puedo matarlo aunque quisiera
la transparencia se corta, deja turbio el líquido en la taza
y el oso es el único que habla.
8.
Ni en la celebración ni en el lamento
ni en la conciencia súbita de lo que ya se sabe
para cumplir con todo a destiempo y por las dudas:
la gente deja atrás su inconsistencia y dice
lento es el mulo
o
la mitad del espíritu es materia.
Ese es un acto de guerra contra el aburrimiento,
las canalladas del sentido común,
los malos modales de escritura y las manías.
Cada tanto se dan de frente contra un poema
bueno de verdad, que les hace
perder el aliento, que era falso,
con un cierto dramatismo, y caen.
9.
En realidad un buen poema no es casi un poema.
Si lo van a leer así mejor no. Si la interpretación no tiene en cuenta lo que hace
sino unas vaguedades que hablan de otros asuntos para elevar su condición
y ni lo tocan, entonces digamos: no lo es.
No está en la lista de generalidades para que lo comparen o hagan
como que se dan cuenta, con cierta emoción antes de hablar.
Si no son cosas olvidadas que no parecen familiares
Cuando las volvemos a ver, más vale dejarlo así.
10.
La vida pasa con un aire de película italiana
de los años sesenta o el tema musical que sigue,
al menos el comienzo, que se repite en otras circunstancias
con sabiduría creciente. Parece todo armado,
una limpidez oscura para hablar, el paso irregular y firme
de un poema que dice que para dar cuenta de la tarde
no hay que perder el tiempo sino decir todo
en un solo envío. Si se presta atención,
la vida aumenta su complejidad: el poema lo sabe,
y por eso es así, tan reservado, casi todo el cuerpo
debajo del renglón.
11.
Como dos extraños: así el lenguaje común y el del buen poema.
Como dos extraños es un tango en el que un hombre
cayó en la tentación de ver a un antiguo amor de nuevo:
se lo pedía el corazón y entonces te busqué, dice,
la soledad me acobardó. Pero después, ya ves, en el encuentro
palideció la luz del sol. La conversación fría y seca
del lenguaje común, entonces, aleja al buen poema
de su búsqueda errónea: por más que el corazón lo pida
no hay diálogo posible. El buen poema no puede más
que morir solo, como fue concebido,
sin volver a su antiguo amor, el que tenía
antes de ser un buen poema. Antes.
12.
La borrasca infernal, que nunca cesa,
arrastra a las almas en el canto quinto
del infierno de Dante. Bufen, con acento en la u, es borrasca:
esa u sepultada en la efe muestra más la fuerza del arrastre
en un movimiento continuo, imparable, infernal
cuando la coincidencia de pasión y viento
de la idea del giro eterno involuntario. El buen poema
empieza en el brillo de la imagen que la bufera
deja en la escena oscura, años después,
como si la pasión hablara
concentrada en sí misma, en la profundidad del sonido
que la u proyecta en el paisaje, sin parar
ni decir qué significa. Lo bueno empieza
en ese corte brutal del aire del infierno,
para que se vea más claro.