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La transparencia como acontecimiento

(Presentación de La ciudad que no es, de Roberto Bescós.
Valparaíso, 8 de julio de 2015)

Por Marcelo Mellado



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Un acontecimiento es un quiebre de cierta continuidad, un hecho que rompe con la ideología de la linealidad y de la consecutividad causal, algo que nos propone algo nuevo. Es algo relevante y significativo que oferta el paisaje para convertirse en territorio, a nivel de imagen metafórica. También es algo profundamente perturbador, por su carácter irruptivo-interruptivo y descentrador. La ciudad que no es del poeta de San Antonio Roberto Bescós es un acontecimiento, porque inaugura una poética territorial que estaba en proceso, hay varios textos determinados por esos signos. Amo este texto porque se instaló como lugar, porque funda nuevos territorios, de esos que están fuera de La República patética de las letras. En este caso se trata de un territorio infundado o poco documentado por el archivismo oficial, como nuestro San Antonio, el no administrativo. Este texto es un acto de soberanía del sujeto territorial, el que no sólo inventa nuevos lugares, sino que hace uso de ellos. Es, también, como dice Juan Carlos del Río, otro poeta zonal, aquí hay un hablante cívico o ciudadano que se hace cargo de una ciudad signada con las marcas territoriales, es decir, con los modos de habitabilidad retórica poética de un espacio, en que descripciones, delimitaciones y nominaciones generan un sistema de ocupación.

En este contexto también cabe hablar de producción cultural. Lo concreto es que la edición de un texto como este es un acto político, un acto de soberanía del sujeto político que hace un informe territorial, que hace un levantamiento de esas subjetividades que sólo una poética puede relevar y revelar. En un contexto en que las autorías genuinas, como un acto político como este, insisto, que tienen un sentido colectivo, son reemplazadas por imposturas políticas funcionarias (con sus respectivos especuladores) que han reorientado lo cultural hacia las áreas de manipulación ideológica; por eso hoy tenemos la hegemonía de asociatividades y la privilegiación de grupitos de poder que se toman lugares públicos con el engaño de la representación social y la cultura para el pueblo o ciudadanía, pero que no alcanzan a encubrir las pretensiones de tomarse lugares para sus pymes político culturales. Es la pega del operador político cultural que ocupa frentes de masas. Valparaíso funciona según ese modelo de representación perverso, el de la toma de sitios y lugares, como remedo de la participación ciudadana, y si a eso le adherimos la cultura en su peor registro, el del decorado grafitero, mejor aún. En un panorama de supremacía del voluntarismo culturoso que busca recursos por la vía de la apertura de fondos, en medio de eso que solemos denominar lo “pasado a caca”, surge este dispositivo de la observación quieta, a ras de piso, que no es la mirada de altura o de la jerarquía que mira desde arriba. Estamos ante ese ojo que palpa, que toca, que imagina, que ficciona, que cuenta de los otros misterios de la construcción del espacio de una ciudad posible/imposible. Aquí hay una subjetividad que hace sistema, y que funciona sin estrategias conspirativas ni de metafísicas autorales, sino como un dispositivo de mirada y fundación, casi como un informe de situación o del estado del sitio en una guerra prolongada. Este texto afirma la voluntad de obra en un contexto de estafa cultural y funcionaria. Este texto es una lectura, no puede ser otra cosa, de un espacio en que los signos materiales y culturales, como las dunas, el viento y los trenes, son personajes o entidades trágicas que marcan un deseo paralizado por la neblina y Almacenes París, en referencia al mall. El texto nos propone un viaje por los intersticios de una ciudad tomada por las razones del Otro que ya no queremos identificar, porque podemos ser nosotros mismos. Pero también está una patria que parece haber optado por la abyección.

También me siento orgulloso, creo que estamos ahí, estamos los amigos y los cómplices, poblando ese territorio textual. Está el taller Buceo táctico, está la SECH; todas estrategias para no sucumbir a la manipulación municipal y de aburrimiento en la que nos vimos inmersos. Hay un proyecto compartido. De ahí somos. Muy juntos construimos territorios retóricos y establecimos esa soberanía necesaria que nos tiene en este momento de sobrevivencia más o menos digna.

Quiero mencionar cariñosamente el trabajo de RiL editores y de la edición en general, de Ernesto Guajardo, como editor y de Luis Retamales como editor o armador del sistema relacional que construye el texto. Mencionar el trabajo del libro como un trabajo colectivo que realza o le da una dimensión nueva a lo poético; de esa obra que no es esa autoría genial, sino una estrategia colectiva de producción cultural.



 



 

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Presentación de La ciudad que no es, de Roberto Bescós
Valparaíso, 8 de julio de 2015
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