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«El hijo de Míster Playa»: un libro que no hubiera leído

César Tejeda
http://cuadrivio.net/2012/12/

 

 

 

 


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Yo no hubiera leído el libro de Mónica Maristain. No lo habría despreciado, desde luego: admiro el trabajo de la periodista y también el trabajo de Almadía, la editorial que publicó El hijo de Míster Playa. Pero al pasar por los estantes de novedades no habría reparado en el libro más allá de la portada, que es muy atractiva. En ella vemos al autor chileno en blanco y negro e hipnotizado: sus gafas enmarcan dos ojos escarlatas, como el humo de su cigarro, y sin pupilas.

¿Por qué no hubiera leído El hijo de Míster Playa? La respuesta es sencilla, íntima. Creo que, en relación a Bolaño, he saciado mi morbo de lector. No pretendo apoquinar palabras a sentencias trilladas: que si el chileno genera tanto encono como admiración, que si habrá de convertirse en un clásico o si es una moda sobrevalorada, etcétera. Digamos, sólo por clasificarme, que me gusta la obra de Bolaño y que me gusta mucho y, de todas maneras, no me habría acercado al libro de Maristain por la sencilla razón de que ya he sido muy indiscreto con la vida del autor de Los detectives salvajes.

Al escritor chileno he dedicado varias páginas y homenajes: hace más de tres años fundé, junto a otros amigos, una revista que denominamos, para honrar a Bolaño, Los Suicidas: así como el mezcal que tomaban Ulises Lima y Arturo Belano junto a Amadeo Salvatierra. Y no sólo eso. En el año 2010, y a partir de un intercambio de correos misterioso, decidí ir a buscar a León Bolaño, el padre de Roberto, para acosarlo con preguntas relativas a su hijo y a la relación que existió entre los dos. Fue un día que pasará a la posteridad de mi ínfima carrera literaria: el señor estaba enfermo del corazón (ese día había ido a vigilar sus dolencias al hospital de una ciudad cercana) y de todas maneras insistí, afuera de su casa, hasta que me abrió las puertas y se dispuso a responder las preguntas que le llevaba. Después publiqué el trabajo, precisamente, en Los Suicidas.

Todavía recuerdo con pena cuando Álvaro Enrigue me comentó, en relación a la entrevista –no puedo recordar con exactitud sus palabras–, que había hecho algo malo. No literariamente malo, sino éticamente malo. Lo dijo con una sonrisa y en tono amistoso, pero hasta entonces, no sé por qué, no había comprendido mi imprudencia. No había escrito, como pretendí en su momento, la crónica de una conversación. Ese texto era en realidad una intromisión a la vida de Roberto Bolaño y otras personas cercanas a él; por ejemplo, su padre. Decidí que, en adelante, me dedicaría a conocer a los autores de mi biblioteca por su obra y no por su vida: ¿qué más da lo que hizo, fumó o maldijo?, ¿por qué sumar cuartillas a la indiscreción? Yo lo hice, así que no lo juzgo; simplemente ya no quiero leer a otras personas haciéndolo.

Supongo que Valentina, editora de Cuadrivio, decidió invitarme a reseñar el libro porque conoció la entrevista que escribí. Consideró que era un bolañista y luego me convidó a reseñar El hijo de Míster Playa. Al escribir que no habría leído el libro no quiero manifestar una militancia en contra del texto de Maristain u otro afines; todas las conjeturas que he escrito habrían permanecido alojadas en mi inconsciente y se habrían manifestado en el hecho sencillo de no comprar un ejemplar. Cuando recibí la invitación para escribir la reseña acepté sin dudarlo.

El hijo de Míster Playa está compuesto por una serie de entrevistas que la periodista argentina realizó a personas cercanas a Roberto Bolaño; de esa manera realiza una semblanza, en ocasiones contradictoria, del autor chileno. Mónica Maristain se sirve de las conversaciones para mantener su condición objetiva: a ella la leemos muy poco. Sin tomar en cuenta la introducción, muy inspirada, y una que otra conjetura personal («La vida para este hombre fabulador y genial era mucho más monótona, previsible y acaso aburrida de lo que él mismo hubiera podido admitir frente a su espejo…»), Maristain deja que los demás hablen sin acotarlos. Carmen Boullosa, José María Espinaza, Juan Pascoe y Bruno Montané, entre otros, sirvieron a la periodista para dibujar el perfil de Bolaño en su etapa infrarrealista, cuando habitó la ciudad de México en los años setenta. De igual forma conversó con Ignacio Echevarría, Rodrigo Fresán, Jorge Herralde, Jorge Volpi y Ricardo Piglia, para describir su etapa de escritor reconocido y sus años en Blanes. Hacia el final del libro se describe la polémica entre Carolina López (heredera de la obra y madre de los hijos de Bolaño) y Carmen Pérez de Vega (su última mujer). Precisamente al entrevistar a Pérez de Vega, Maristain llegó al momento cumbre de su libro: narra con detenimiento y cariño las últimas horas en la vida del autor de 2666.

La semblanza tiene una virtud particular: contribuye de igual forma a edificar el mito de Bolaño como a socavarlo. Humaniza a un personaje canonizado por unos. Desvela a la persona ignorada, volitivamente, por otros.

No sé si la autora se propuso, en algún momento, un ejercicio estético similar al que Roberto Bolaño utiliza en Los detectives salvajes. Aquella, una de sus obras cumbre, resulta la exploración de dos personajes, Arturo Belano y Ulises Lima, a través de un mosaico polifónico. El libro está escrito a partir de una multiplicidad de primeras personas y ninguna de ellas es detentada por los protagonistas. Lo mismo ocurre con El hijo de Míster Playa. Por motivos prácticos la autora también reserva la intimidad de su personaje, de su pensamiento, de su propuesta de sí mismo, con excepción de algunas cartas y entrevistas realizadas antes de su fallecimiento. Roberto Bolaño, la persona, es el resultado de una serie de consideraciones en El hijo de Míster Playa. Belano, el personaje, es resultado de una serie de consideraciones en Los detectives salvajes.

En una interpelación infusa la periodista argentina preguntó a Ignacio Echevarría, «el albacea que no fue», si se había enamorado de la literatura de Bolaño. Echeverría contestó que hasta leer Los detectives salvajes se hizo consciente del escritor fuera de serie que era su amigo, con lo cual dejó sin responder una pregunta muy bien pensada. Creo que muchos de los lectores de Bolaño, como yo, viven con su literatura algo parecido al enamoramiento. Si es cierto, como escribió Proust, que el enamoramiento es un conocimiento intermitente, que uno puede haber estado enamorado mas no sabe con exactitud en qué consiste aquel sentimiento hasta que vuelva a enamorarse, entonces me ocurre lo mismo con los libros de Bolaño: los leo y me entusiasmo al grado del enamoramiento, pero cuando ha pasado un tiempo sin que tenga alguna de sus novelas o compilaciones de cuentos en las manos se me olvida qué tanto me gustaba. Si tomo un libro vuelvo a quedar infatuado. Toda esta declaración de afectos viene a cuento sólo para comentar que El hijo de Míster Playa provoca la misma sensación. Recuerda a la literatura de Bolaño.

La semblanza de Maristain no resulta un reconocimiento morboso. Satisface, en cambio, las dudas naturales que surgen alrededor de un autor y trasluce polémicas. Para mi morbo, o cómo llamarlo, reprimido resultó un carpetazo. Me permitirá hacer a un lado al escritor para que pueda volver, en paz, a su literatura.

 

 

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César Tejeda (1984) es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas como narrador. Estudió en la Escuela de Escritores de la SOGEM. Ha colaborado en las revistas Playboy MéxicoEl Fanzine y Conexión GSI, además de haber dirigido la revista Los Suicidas. Es coautor de Reflexiones desde abajo. Sobre la promoción cultural en México y recientemente publicó su primera novela titulada Épica de bolsillo para un joven de clase media.



 

 


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