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Tiento
Rocío Cerón. (UANL, México, 2010)

Por Mónica de la Torre

En Tiento, Rocío Cerón va más allá de la advertencia que sutilmente insinúa Borges en “Del rigor en la ciencia” en cuanto a que el mapa no es, ni debe ser, el territorio. El mapa de Cerón, por el contrario, tuvo la intención de crear el territorio, un territorio tridimensional en el cual se intersectan el plano verbal con el sonoro y el visual y los procesos creativos de Cerón, el compositor Enrico Chapela y la fotógrafa Valentina Siniego.

A modo de establecer las coordenadas que habrían de acotar las aportaciones de sus colaboradores, Cerón dispuso como puntos cardinales de esa región mítica y fértil de la infancia al seno de la familia a la figura materna, con su presencia abierta y generatriz, y al enigma del padre, cuya palpable y contradictoria ausencia todo lo satura. La herencia y sus misterios, manifestados, quizás inevitablemente, como síntomas —heredad / puente entre herencia y acto—  así como la pérdida y su contraparte, la búsqueda connatural al exilio, serían los otros puntos cardinales.

Se trata de un mapa híper personal y general al mismo tiempo cuya amplitud permite al lector a recorrer el territorio delimitado a tientas, vinculando cómo la luz se inscribe en el papel fotográfico, la música en el silencio, y las palabras en la página en blanco de manera provisional, pues entre los componentes de Tiento no hay una correspondencia unívoca. El territorio es vasto y los caminos múltiples; cada lectura, un recorrido distinto y un modo singular de hacer camino.

 

 


Exformación del tiento

Por Gabriela Torres

[…]nuestro viaje interminable e imposible hacia el hogar es de hecho nuestro hogar.
David Foster Wallace

Desde una lectura epidérmica este es un libro que documenta el proceso de colaboración. La incesante búsqueda en la interdisciplina por la finalidad de la lectura. Tridimensionalizar las atmósferas poéticas para una percepción/experiencia distinta. Con la colaboración del compositor musical Enrico Chapela y las imágenes de la artista Valentina Siniego, Rocío Cerón completa este triunvirato poético itinerando el destino del verso. Como objeto, Tiento, propone la sinestesia en papel: un poema-objeto con notas musicales, un fotopoema, un poema. La autora inmiscuida no sólo en su personaje de poeta, mitificada por la escritura en soledad, sino en el proceso de creación (manufactura) del libro como pieza física, alternando la posibilidad del imposible, revirando la estética del obstáculo para descubrir poesía no sólo en la música sino en la escritura de la música, en lo visual de sus notas, la traducción del sonido en papel. Las imágenes de Siniego no complementan sino completan el poema musical.

En una lectura dérmica, Tiento es odisea. Es el viaje de regreso a donde nunca. Una cartografía imaginaria para simular el pasado; la conciliación de la sospecha ancestral, un mapa hacia el hogar. Comienza en Serbia y termina en México, sesenta años después. No hay exactitud en el tiento, es la incertidumbre del tacto al repasar a la familia, volcar la piel hacia dentro para ver de qué está hecho el cuerpo, además de la envoltura. Decir el nombre con la pronunciación de origen y escuchar en su etimología las convenciones del cambio y por su cambio trazar un mapa, observar en el sonido una emancipación condicionada. Una familia es tiento.

Ya en lo subcutáneo, la lectura es pacífica: lírica tregua. No hay justificación, es reconciliación. Teniendo en cuenta el anterior libro de Rocío, Imperio, y acorde a los referentes literarios clásicos, a diferencia de la otrora guerra cuestionante de la jerarquía, en Tiento hay paz, por eso la referencia de la Odisea. Tiento es Odisea. Es la conciliación de la heredad, un concilio que cuestiona: por ello el simulacro; el ensayo del pasado, una crestomatía poética de los hechos: por eso ahora. Hay una voz distinta, no resignada pero distinta. Una voz que tregua y encabalga, con cuidado, a tientas, el verso: su pasado en el presente.

 

* * *

América*

Rocío Cerón

Se llamaban Krusevac, ahora Cruz. Los edificios transpiraban. Era una isla o un monte cubierto por chozas. Cosa de hombres. Las mujeres guardaban papas, construían el mundo. Cosa de tiento insulso, se pensaba. Paisajes de tonada suave con acordeón de fondo. Astucia. Proa que acumula sal. Toma mi brazo, corta el ligamento: necesito dejar el gusto por el ajvar. Callaron las aves a su paso. Remo. En el fondo, los peces intuían. Algunos fosos guardan familias enteras. Pero ellas son salvas. Todas las lenguas de Europa desaparecieron. Tierra. El dulce de manzana no trae olor a clavo. Cada letra deletrea una estancia. Estas mujeres son mis madres. Desde ese día −América− la piel de mis mejillas es llanura.

 

 

 

 

Todo exacto, piedra sobre piedra, bajo el estupor. Tengo adherida a la piel −planta del pie−, un nombre preciso, una esquirla dentada (aguijón o filo o tenso nudo), cristal a la uretra. Guardo una voz que es sombra, carta y anunciación: América se hunde. Hay una montaña o casa frente al mar que esconde un secreto. Manto, el desierto es manto. Se escucha una bestia colmada de fraguas: negros y blancos inventando heredad. Tengo en las manos un país del que he sido arrojada. Cinco millones de emigrantes caben en la cuenca de una sangre común. América es una madre que mata.

 

 

 

 

Herrumbre. Contener el puño. La gravedad de las últimas hojas y la nieve. Escucha el resoplido insular. Tan lejos y cercano. El mar brilla para todos pero cerca del carbón sólo resta el miedo. Defendernos de. Acentos sonoros recuerdan a Siberia. Pero en Siberia nunca llega el otoño. Aquí −casi temblando− hay que ir codo con codo. Aquel jardín o muro o tierra nueva. Hacer la América. Herrumbre: desde Portobelo y hasta la Patagonia. Acero sin distinciones. A ojo se hace el tiento. El polvo ensombrece las extensiones de tierra. Lentitud entre los pasajeros: pegar el oído al subte, algo se inflama. Algo ya marca el cuerpo.

 

 

 

 

América es un desierto sonoro. Cazuela de ave levanta muertos, ají de gallina abre sosiego o trucha arcoíris empina rubias. Oscuras nubes modulan temperamentos de valle y bufeo. Crujido de lastras de Machu Picchu. −Oscuro oficio éste de ser santa. Yo tenía una tierra, me despojaron de ella, ahora hay un parque de diversiones: juegos replican la muerte y son la muerte. Algo en la vereda (zanjita, zanja devuélveme el tino, la cara cierta de mi tierra) es sepultura y nacencia. Aguachile que bulle en la quijada. Cacao herido que trae consigo tintineos de piedra. Cárcamo de agua de Tláloc, chacras marítimas de Manantiales. Cabo Polonio en mi memoria. Y la fuente que no deja de abastecer el mate seco, verdoso, que enjuaga la voz de la abuela.

 

 

 

 

Dijeron que era hija del golpe, de los barrios donde los sones son lentos y carraspean las voces y los toneles de aguardiente se empujan sin trozo de pan; dijeron que era hija del desprecio, de esclavas, de amargas noches de cama entre soldados y cuerpos cobrizos; dijeron que era una mártir –estaban, están equivocados−, luego le dieron algo de espejos y algo de carne de cerdo, algo de nuevos nombres y nuevos apellidos; le enseñaron el uso de la rueda (ya conocía el cero); casi la mata la fiebre. Y de cada golpe ha salido más fuerte. Como el poema, América es una dura cicatriz en el cuerpo.

 

 

 

 

La Hispaniola. Como si fuera la primera tierra. Que es. Y en ese recuerdo cupieran ya todas las noches de América. Rastro. El ron mantiene a los hombres embrutecidos, me digo. Mi abuela reza con el vaso de vodka junto, orar es mentirse a uno mismo, me dice, pero conforta el alma. Como el destilado de oro falso. Nacimiento. Como cadalso al que se entrega uno con la boca abierta, deseosa de alimento naufrago. Montar la oveja, me digo. Ahora los tenis Ducati, el floro que trae de gracia una hembra ke buena, las cadenas de oro al cuello, la camisa fina, la marca atrapando al cuerpo, gritando proveniencia. América se hunde, y nadie se ha dado cuenta. La otra América le ha chupado el seso.

 

 

 

 

Dame un tostado. Una jerga que mantenga las cuerdas vocales de mi lengua. Quiero un trapecio. Flotar en él. Quiero la astucia que da la cafeína. Sumergirse en. La otra tierra. Galones enteros. Miles de litros de sangre. Quiénes eran y quiénes son. Todos situados sobre una cuerda. Precipicio. Desde las ruinas de la lengua una tesitura arrogante. Hay una franja de tierra sin nombre. En el fondo de la taza, me dice una gitana en el Parque Forestal, hay una imagen: hombre que aún recuerda a su hija. Detente, la otra tierra y ese perfil masculino que apenas resulta de las sombras. Serbia era cobijo −Atlántico− hoy es un lago. Idea del lago.

 

 

 

 

De la tumba una flor. Plástico decolorado, tierra. Grobnica-París. De Europa sembradío nucas cisternas donde guardar vestigios. Neblina y carbón. Heno y draga, flotantes. Antes del roce sargazos, reflujo luminoso de rostros. Toda la familia astillada. Óleo de museo. Cementerio y nicho para ahondar en el nervio. Cauce púrpura, plantación de cuerpos en otros cuerpos. Cauterio. Atravesar el bosque: mucha fe en los labios. Ni el uniforme salva. Allá, en el Golfo de México, secretan zumbantes las aves. Caverna o cardo. Mar gasa, llave al pliegue. La superficie del agua recuerda a los muertos. −Desvanecerse, entre las arrugas de cada pliegue de la madre. Contenga el aire. Pulmón. Respire profundo. ¿Siente dolor? ¿Siente aquí, sí justo aquí? Es el miedo atrapado. Es América atada en cada corva. Astilla, flor recogida en Kalemegdan. Y en cada esquina la imagen de un jardín hecho de voces.

 

 

 

 

Los platos vacíos. En el fondo, el campo de gravedad es el tono. El azul. No azul sino provincia y rastro, donde hemos dejado −Eleonora flotante a la mirada. Cielo. La mirada hace la patria. Su país se le ensancha se le gesta se le encima. América no es orquídea ni animal o pariente. Tersa era la voz de la abuela. América deambula entre franjas. Acarrea agua sucia. Retoña entre la mierda. América madre. América padre. Ofrenda algo. Ofrenda algo de cuerpo a la Pachamama. Entra a esta tierra y hazte un orificio en la lengua. Forma y pasaje en el sermón de las piedras. Nudo ciego entre ríos. Cordillera. Tu piel −Atacama & Sonora, es concentración, vueltas en círculo, cartografía y nudos. Siglo.

 

 

 

 

*Fragmento tomado del libro Tiento (UANL, México, 2010)

 

Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972). Ha publicado los libros de poesía Basalto (México, 2002) por el cual recibió el Premio Nacional de Literatura de México Gilberto Owen 2000; Soma (Buenos Aires, 2003), Apuntes para sobrevivir al aire (México, 2005), Imperio/Empire, edición bilingüe e interdisciplinaria (México, 2009);  La primavera comienza muy tarde (Uruguay, 2010) y Tiento (México, 2010), entre otros. Poemas y obra suya han sido traducidos al inglés, finés, sueco y alemán. Desde 1996 desarrolla proyectos de poesía visual y poesía en acción. Web: http://rocioceron.blogspot.com

 

 

 

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Tiento.
Rocío Cerón.
(UANL, México, 2010).