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Escribir una historia que hable de toda esa leve tibieza
Prólogo a "Cosas simples" de Raúl Hernández, La calabaza del diablo, 2014

Ramón Díaz Eterovic


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A cualquier lector medianamente atento a las expresiones de la poesía chilena le debe llamar la atención como ella se renueva y amplía constantemente, a través de textos que la mayoría de las veces circulan de la mano de las autoediciones o de publicaciones realizadas por pequeñas pero resistentes editoriales independientes, que son las venas por la que circula buena parte de la poesía chilena actual, y en las cuales se encuentran voces nuevas que proponen textos que buscan comunicarse antes de que la indiferencia de los escasos lectores chilenos o la carencia de un cuerpo crítico adecuado los borre del paisaje. Poesía que persiste en la defensa del lenguaje y en el rescate de las imágenes y los sentimientos secretos, o no tantos, de nuestro país. Raúl Hernández es una de esas voces que hacen pensar que nuestra poesía no sólo tiene raíces profundas y establecidas, sino que también un futuro al que es difícil distinguir o presagiar su horizonte.

A la poesía de Hernández llegué de la mejor forma posible: Por el azar de esa mirada, en una feria de libros o una librería, que se detiene en el título y luego en las páginas de un libro que se hojea, primero con cierto descuido y luego con un interés que va creciendo y que termina con el libro en el bolsillo, convertido en un compañero para el viaje cotidiano. Hasta entonces no sabía nada de Raúl Hernández. Sin embargo, leí con entusiasmo su libro y descubrí que la poesía de Raúl Hernández provoca una fácil identificación y proximidad, como si cada uno de sus versos fuera el eco de algo que pensamos o sentimos al recorrer una calle o simplemente al mirar desde una ventana de departamento o de un bus en medio de un viaje por la ciudad que como sucede con los pasajeros atentos, siempre ocasiona descubrimientos, sorpresas que saltan a nuestra vista igual que el conejo que emerge desde el sombrero de un mago.

El presente volumen reúne cuatro de los seis libros que ha publicado Raúl Hernández hasta la fecha: “Poemas cesantes” (2005), “Paraderos iniciales” (2008), “Estética de la lluvia” (2012), y “Cosas simples” (2013), poemario que da título a la presente recopilación. Es decir, gracias a esta publicación de La Calabaza del Diablo, podemos conocer casi la totalidad de la obra de este poeta que ya cuenta con una serie de reconocimientos literarios, que ha sido acogido en revistas y antologías, y que tiene un trabajo sostenido en el transcurso de la última década. “Cosas simples” nos da la oportunidad de conocer la obra de un poeta de indiscutible talento, con mundo interior y una atenta mirada para captar los mensajes cómplices de sus experiencias y su entorno; y para trabajar ciertos temas a los que recurre con insistencia: El amor y el desamor; la soledad, la creación poética, cierta falta de sentido vital, y sobre todo la ciudad, deslavada por la lluvia o escudriñada hasta sus más profundas huellas por el poeta que la vive en el andar de cada día y luego la reconstruye en su memoria.

En “Poemas cesantes” las imágenes giran en torno al oficio del poeta y lo efímero de este oficio como una extensión de la fugacidad de la vida misma. El hombre que remienda su chaqueta descosida mientras piensa en lo fugaz de un poema que huye de su memoria o escribe la bitácora existencial de alguien que busca asomarse a la vida a través de un trabajo marginal. Y también la presencia de los que nos parecen dos claves persistentes en toda la poesía de Hernández, la lucha por impedir la pérdida del lenguaje, situación que se anuncia como una amenaza; y cierto principio que Hernández denomina “la pureza del descuido”, y que es en última instancia el elemento que concede naturalidad y cercanía a sus poemas. Dos cualidades que se van decantando en los siguientes libros y que pueden entenderse como características del hablar poético de Raúl Hernández. Y junto a esto, otro elemento que está presente en los siguientes libros es la marca de un poeta que ve los rasgos más duros de la ciudad: el perro muerto en la calle, los obreros que van apiñados en las micros que los conduce a sus faenas, la desesperanza de un vendedor de feria que no tiene la más mínima posibilidad de pensar en su trascendencia. Con todo esto se construyen instantes urbanos, sentimientos, imágenes que provienen de un doble vacío: las dudas del poeta como protagonista de los versos y la del cesante que ve pasar la vida como un obligado espectador.

En “Paraderos iniciales” aparece con mayor fuerza la presencia de la ciudad en los poemas de Raúl Hernández. Una ciudad que el poeta se propone conocer desde sus entrañas y para la cual realiza un viaje con característica de iniciático por las localidades aun rurales del Cajón del Maipo. Un viaje en el que subyacen ciertas reminiscencias de “Crónicas de un forastero” de Jorge Teillier, tanto por su afán de recuento, como por la nostalgia y sentimiento de pérdida que rodea a los poemas de este libro. En “Paraderos iniciales” encontramos a un poeta al que los espacios de la ciudad le son vitales en su búsqueda de identidad, en su vagabundeo que lo retrotrae a imágenes de su adolescencia y a ese gran poema que significa respirar, ser y estar en un lugar determinado. En este último sentido, y pese a cierto tono desencantado y la descripción de paisajes abandonados, es un libro que no rehúye de la esperanza y de una actitud de rebeldía frente al reflejo grisáceo de los espejos.

Tus recuerdos son un mantel sacudido a las veredas

En “Estética de la lluvia” nos encontramos con poemas que nos hablan de la vida como una sucesión de momentos que se transforman en nostalgia del barrio, de personas extraviadas a lo largo de los años, y sobre todo de la mujer amada. Predomina la idea del hogar como el refugio que nos protege de la desolación de las calles (“Y la apertura del hogar es la vuelta de tuerca a la desesperanza”); y la lluvia que desnuda el cuerpo de la ciudad y se convierte en un entorno cotidiano que envuelve los sueños de seres que rondan la marginalidad de los barrios, de las veredas y de perros que ladran sin entusiasmo. Y en ese entorno aparece una voz poblada de recuerdos que se unen al incesante martilleo de la lluvia mientras en la consciencia se impone el deseo de “salir corriendo tratando de hacerle perro muerto a la vida”.

Estética de la lluvia” es un libro donde la palabra del poeta se nos presenta más segura. Sus poemas escudriñan con mayor detalle la siempre compleja y misteriosa condición humana. Poemas de mayor madurez e intimidad para reflejar la sobrevivencia de un hombre en una ciudad asediada, transformada por la mano de otros hombres y en la que al caer la tarde no abundan las ilusiones.

Cosas simples”, el último de los libros de este volumen, nos remite a la idea de un álbum de fotos en los que los afectos de antaño se van desdibujando. Imágenes simples, situaciones felices del pasado en permanente contraposición con la realidad de un presente las más de las veces hostil o incomprensible. La música que alegra encuentra su contrapartida en la araña que duerme en un rincón, el ardor de los amantes se apaga en la imagen de un vaso de vino, la alegría del organillero no impide la invasión de las hormigas. Momentos de plenitud y de pérdida son las dos caras de una moneda esquiva, que luego de rodar por el suelo deja una sensación de vacío y desorden, de tiempo irremediablemente gastado.

Cosas simples” reitera esa pureza del descuido a la que hace mención Raúl Hernández en sus primeros poemas. Todo lo que se evoca o recrea parece una pirueta del azar, sorpresivas instantáneas que hacen sonreír, palabras sonoras que caen al papel como de la nada, ecos de viejas músicas, la geografía del barrio y las calles, las moscas que entran por las ventanas mientras las horas pasan lentas. La reiteración de la vida como una sucesión de gotas de agua que se escurren entre las manos. “Ya no somos como cuando éramos niños”. Plenitud, pérdida, nostalgia. Un círculo en el que parecemos estar atrapados hasta el fin de los días.

Con su poesía, Raúl Hernández nos remite a momentos de la vida que bien podrían caer en la simple imagen anecdótica, pero en sus palabras hay una interpelación profunda a la vida de nuestros días, al desarraigo de los afectos, a la soledad del desamor, a ciudades que pierden su historia y esencia bajo el brillo fulgurante y falso del neón. Una poesía que atrae por su forma y sus tópicos, y que nos conmueve por su férreo compromiso con aquellos momentos que finalmente dan sentido a la única vida que nos pertenece y a la que nadie nos enseña a recorrer.

Ramón Díaz Eterovic / Santiago, noviembre 2013.

 

 

Foto de Raúl Hernández: Pablo Herrera



 


 

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