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El turista y el lugareño
(Acerca de “La hediondez” de Marcelo Mellado y de “Ramal” de Cynthia Rimsky)

Rodrigo Hidalgo

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Enfrenté con optimismo la lectura de “La hediondez”, una apuesta a ganador de Alquimia Editores, toda vez que la rúbrica de Marcelo Mellado suma y suma seguidores a cada nueva columna en el bar del Clinic. Y efectivamente, como dice Bisama en el panegírico prólogo, se trata de una hermosa máquina de odio. Poco puede uno aportar a lo que ya se ha dicho sobre Mellado y su obra. Ya hemos celebrado y conocemos su sentido del humor, su habilidad para construir retratos grotescos de poetas, borrachos, jotes, lateros y mediocres, su trabajo desde el lenguaje proyectoso del burócrata; uno ya se ha familiarizado con el locus desde el que dispara su escarnio a la administración pública, a la figura del funcionario rasca que abusa de las más mínima y ocasional porción de poder, metáfora del Chile actual. Mellado ha hecho del axiomático pueblo chico / infierno grande, su verdadero leit motiv. Y en ese sentido en “La hediondez” no hay novedad alguna, sino, incluso, lo que diríamos con mala leche melladezca, puro más de lo mismo: chiste repetido. Pero claro, esto es porque uno ya ha leído harto al autor de Informe Tapia. Y “La hediondez” puede ser entonces, una novedad placentera y desternillante si es la primera vez del lector con Mellado.

Pero más allá de este libro donde abundan todos los Mellado topics, quiero ir a lo siguiente. Cito: “San Antonio es fundamentalmente una estrategia literaria o estrategia de escritura, y como tal, tiene una importancia entre comillas cultural. Pero creo que debiera tener un importancia como estrategia no solamente literaria, sino también como estrategia político cultural, en donde podamos, a partir del San Antonio resistencial, producir un país otro. A partir de este San Antonio tendríamos que ser capaces de producir o inventar el país otro, el territorio otro.” (Marcelo Mellado en el programa Trazo mi ciudad, de Canal 13 cultura).

Mellado ha sido agricultor, de a de veras, y uno podría bien asumir que tiene una relación personal y directa, casi carnal con el terruño. Es como un personaje de la colonia tolstoiana. Desde ahí, desde esa experiencia telúrica es que uno puede entender su mirada, despiadada al punto de la altanería. Desde ahí es que ha levantado su farragosa imagen de choro y cascarrabias. Choro en el sentido de hueón que te echa la choreá, y choro también en el sentido de puta el hueón choro, el hueón simpático. Mellado mira al interior del país con la bronca del lugareño que ya se la sabe por libro. Está chato de tanta huevá. A lo Pablo De Rokha. Tiene entonces una actitud que hace al resto sospechar que él mismo se separa de la chusma. Algo de cierto hay en ello: Mellado al final no tiene nada de provinciano, sigue siendo un pije teórico por defecto biográfico, y aunque se haya empapado del ethos litoraleño, y sepa actuar a la perfección como un pescador chucheta, siempre será un extranjero, un afuerino. Porque ha leído y comprendido mejor que cualquiera de sus colegas profesores, a Walter Benjamin o a Michel Foucault.

¿Es Mellado, dada su impostación, dado su origen o su condición de citadino devenido agricultor, el más indicado para retratar con sarcasmo la hediondez de la provincia? Yo digo ¿realmente eso importa? Por ese sendero el problema se convierte en la manida separación o imposibilidad de separar al autor de su obra, al personaje del escritor. Una lata.

Porque lo que uno comparte y celebra de Mellado, es su sentido del humor cruel, su cachamal -aunque sea huaso de ojos celestes. Porque lo político ahí es precisamente que independiente de todo lo anterior, al final sabemos que no se puede construir un país nuevo con remilgos, y como dice él, desde esta provincia ruinosa, desde este páramo de rasca-roñas, y con esas mismas uñas, es que hay que hacer un país. Mellado trabaja desde esa autocrítica que le ha faltado a la izquierda, o a una generación al menos, apunta al que de la boca para afuera todo, pero por dentro nunca estuvo convencido de nada, y que por lo tanto siempre ha estado dispuesto a darse vuelta la chaqueta, chilenito oportunista, apatronado, traicionero. Basta de “la ropa sucia se lava en casa” compadre, paremos con esa vaina. Los trapitos al sol, para que cada quien pague lo suyo. Mellado hace un trabajo sucio. Alguien tiene que hacerlo. Eso es lo que me gusta.

Ahora, ¿cómo era que pensaba yo hablar de otro libro?

Vamos por partes. A ver si resulta el contrapunto con “Ramal” de Cynthia Rimsky. Diríamos como punto de partida, pa provocar (aunque no sea más que risa) que: lo que Mellado lo pinta con la mordacidad jocosa de un comic negro yanqui, Cynthia lo pinta con la delicada maestría de un francés impresionista.
 
En al menos 2 libros anteriores Rimsky ha demostrado manejar la escritura del viajero con la pericia de los Grandes. El viaje, ese tempo. Y digo de los Grandes con mayúscula porque pienso en Coetzee, quien en su reciente paso por Chile, leyó un par de textos que dialogan perfectamente con “Ramal”. Lamento no haber visto a Cynthia ese día entre los que desfilaron ante Coetzee. Las piezas que leyó el Premio Nobel versaban, una, sobre un anciano que compra una casa en Cataluña estableciendo con ella una relación sentimental especial; y la otra, sobre una granja que constituye el “edén perdido” de un tipo, que recordando su infancia regresa adulto para encontrarla convertida en dudoso atractivo turístico. Ambos textos están de una u otra manera en el libro de nuestra compatriota: lo central es que accedemos a una historia íntima, familiar, de relaciones con los espacios físicos, con los bienes muebles e inmuebles, con el territorio en definitiva, con el país y con la memoria.

En “Ramal” el hablante o narrador guarda prudente distancia, y nos invita a un viaje de la mano de un protagonista que es llamado con frialdad de tanatólogo “el que viene de afuera”. La escena inicial es en la casa de un abuelo, el padre del protagonista, en calle Maruri (Santiago), quien llegó proveniente del sur y en tren, a dicho barrio, a Estación Mapocho. Entonces vamos de vuelta, a reconstruir el pasado de ese hombre, a recuperar algo perdido, a buscar una ausencia, en un vaivén cadencioso. De manera imperceptible se produce el cambio de eje, el cambio de riel, y de pronto ya no es central la relación del protagonista con su padre: el viaje constante se explica por la relación del protagonista con su hijo (el nieto). Todo sucede en un ir y venir entre lugares perdidos entre Talca y Constitución, tramo conectado únicamente por un abandonado ramal de ferrocarriles que corre casi siempre paralelo al Río Maule. Es un viaje de retorno: el protagonista regresa tras 9 años a un lugar perdido, insisto en esa palabra, perdido, porque es notable la habilidad con que se contradice ese carácter de extravío: ahí están los mapas y las descripciones topográficas que buscan afirmar su ubicación exacta, su existencia veraz. Así es que el protagonista, un afuerino, se enfrenta entre estación y estación al país profundo, a la provincia suburbana, campesina, a sus historias mínimas y sus miserias. El protagonista va relacionándose con una serie de personajes que nunca tienen nombres propios, hay un juego notable ahí con la memoria: por despiste o por la costumbre de olvidar que se adquiere en la trashumancia, en el eterno éxodo, en la huida constante de los propios fantasmas del pasado, por el permanente jetlag, la retención de nombres y de datos específicos sucumbe: en las fotografías nunca hay seres humanos.

Podría agregar que las virtudes de “Ramal” como novela pasan por una delicada urdimbre en su estructura. Cinthya hace hablar al protagonista y nos hace establecer complicidades manteniendo al mismo tiempo una distancia fría, y acá uno no puede desatender que esas son características propias de cierto habitante del valle central, el viejo campesino más facho que se nos pueda ocurrir. Lo mismo pasa con las atmósferas que recrea, que posibilitan que sintamos esa relación con los espacios, muebles, lugares. El olor a guardado de la memoria.

Retomando la idea de hacer contrapunto con lo “político” de Mellado –en lo que he fallado claramente-, tendría que decir que la estrategia de Rimsky, de hacer hablar a un personaje que retorna, es decir, es un local devenido afuerino, le permite exhibir la realidad a través de una mirada que a primera vista parece postal bucólica, y a medida que avanza se va develando collage trágico. Todo lo cual es correlato de su propia experiencia (ella es una eterna afuerina, y me parece, lo ha dejado patente en sus libros anteriores, donde el viaje y la autobiografía van de la mano a reconstruir su origen de inmigrante). Pero Rimsky en definitiva exige o denuncia, lo mismo a que Mellado apunta con la estrategia de la pachotada, se trata de mostrar lo que parece invisible, los espacios en blanco, los eriazos, los páramos que no por abandonados dejan de estar ahí.

Raya para la suma entonces: gástese la plata sin remilgos en cualquiera de estos 2 libros. El Chile de mierda en que nos hemos convertido le saltará de todos modos a los ojos, al cuello.

Una versión de este texto se emite
el sábado 29 de octubre a las 14:00 hrs.
en el programa “Acceso Liberado”,
que se transmite por Radio USCAH, 104.5 FM


 

 

 

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