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Derechos del yo, de Cristián Gómez Olivares:
la tradición y el talento individual.
Editorial Hemisferio Derecho, Bahía Blanca, Argentina. 2019

Por Ricardo Herrera Alarcón



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Quizás lo que mejor resume la poesía de Cristián Gómez Olivares (Santiago, 1971), sea su antipontificado, ser una escritura política ajena a cualquier Vaticano, como señala en “Denominación de origen”, un texto situado hacia el final de Derechos del yo, antología de su obra publicada por la editorial Hemisferio Derecho, en Bahía Blanca, Argentina, el 2019.

En la mayoría de los textos de este libro hay dos recursos que se repiten: uno, es la conciencia del uso funcional de la lengua, sus escombros y dialectos, expresada en los sedimentos de una tradición contaminada. También un prosaísmo contenido en el encabalgamiento o este último como límite que le permite un respirar propio que parece recogido de la explosión de la métrica, pero a favor de la musicalidad de las palabras, en una combinación a la que no son ajenas la narratividad de Lihn y el ritmo de Gonzalo Rojas. Musicalidad siempre al servicio del epos, para que los poemas se transformen en microrrelatos que quieren contar, a contrapelo del canto como bandera o la verdad como consigna.

Si el citado “Denominación de origen” funciona como un arte poética al que seguro volverá la crítica para explicar su poesía, en toda la obra de Gómez se imponen algunas ideas allí expresadas: la historia es menos un deseo que un relato y menos, aún, que un documental. Sobre o bajo ella, la memoria arrastra el peso de ese deseo pecaminoso y tiene también un número definido: 1973. Desde ese lugar trabaja el poeta que sabe que “el overol tiene que mancharse de grasa si el auto va a quedar listo para la calle, ya sea que estemos frente a un plato de comida o subiendo las escalinatas de una iglesia del románico”.

Los poemas de esta antología pueden ser leídos como ejercicios de estilo donde lo que se dice nunca traiciona la manera en que lo dice. Esa tensión entre forma y fondo, que el virtuoso transforma en atmósfera y prosodia, Cristián lo traduce en atmósfera, prosodia y tradición. Y casa. Y ciudades. La identidad del lenguaje está en la calle, pero no es la mera reproducción de un habla, sino la constatación de una afasia, un canturreo de fondo, una persiana que se levanta y se cierra. Cuando se levanta, es la realidad; cuando se cierra, es silencio; cuando se observa la persiana, es lenguaje. En el fondo y en la superficie, Derechos del yo interpela a esos fieles lectores de poesía, pero también a quienes escriben, para que “dejen de llenarse la boca con la realidad” (“Los invasores”). Los derechos personales que se reclaman son el derecho a borrar la historia, más que escribirla; el derecho a su repudio; a su añoranza para tener simplemente algo que decir. Más que situada, y sin el afán de jugar con las palabras, es una poesía sitiada por la tradición, la política, la memoria y su fárrago, la impostación de la voz de los mercaderes, el intento por crear un alfabeto que se haga cargo de esta mescolanza, para nadie o para todos, porque acá “la distancia es una condición de vida, pero también una forma de escribir”.

Las intertextualidades funcionan como otras formas de recuerdo, tampoco fieles. Las citas suelen ser dislocadas (a propósito?), no más prescindibles que todo aquello que la vida arrastra. “La angustia de las influencias parece un chiste”, dice en “Parientes lejanos, luz de ceniza, hegeliano”, poema donde ironiza la búsqueda de iluminación en libros de saldos autografiados, la generación del noventa y sus cuestionadas evasiones de la realidad (una crítica que el tiempo se ha encargado de corregir), trasladando la reflexión libresca a la vida cotidiana y aterrizando forzosamente el concepto de utopía, desviando su sentido a una filosofía del eros: “Mucho más/ temprano que tarde el espíritu de la historia/ se traducirá en carne y en huesos, en el/ cumplimiento de alguna profecía/ rubia y de caderas anchas”. Así también dialoga en “Cuatro citas y una adivinanza” con el confieso que he bebido (título de unas famosas crónicas de Teillier), el santo bebedor de Roth (ese texto ícono de las pulsiones e iluminaciones del alcohol en el granuja u outsider) y otros escritores dipsómanos como Hammett o Lowry. Celebratoria a su manera, la poesía de Gómez se permite intercalar versos como este: “la última esperanza siempre es el próximo vaso” (Lowry) que los poetas de Nueva York 11, seguramente, habrían celebrado. Esta desacralización de ciertos estándares, ciertos ritmos conductuales o formas de vida, se hace siempre sobre la base de su propio descrédito como hablante y la creencia que ya no es posible extender el elástico del mito del escritor o la mitología alrededor del acto escritural: la bohemia, juerga o la escritura como excusa del festín. Otro ejemplo de esta desacralización es el texto “Los poemas prometidos”, donde desde un Huidobro (hipotético, por cierto) hasta los nombres de pila de poetas recientes (Germán (Carrasco?), David (Bustos?)) funcionan como censores o espectadores del fracaso. Porque todos hemos sido, alguna vez, honestos y hemos mandado al infierno los poemas de un amigo, y luego los nuestros, en un rapto de sinceridad. La pregunta que subyace  es ¿qué se busca leyendo un Algo a un Otro? Tiendo a pensar que se quiere o se intenta la constatación de la falla y no una loa. El poema en cuestión es la deuda prometida y su corrección: la grieta de la que no nos enorgullecemos, pero ahí está y ya, basta. El poema como-lo-que-hay.

La poesía de Derechos del yo, tiene la virtud de postular una reflexión sobre el habla que tiende a descomprimir la tragedia moderna en que se mueven sus personajes, tomando distancia aún de sus propias extranjerías, sea la del profesor en un campus gringo, la del turista en Cuba, la del hijo que visita al padre en Chile, la del estudiante que revisa saldos o el sujeto que observa las granjas en USA. Todos ellos parecen decirnos que, para la obra de teatro que les obliga a protagonizar la historia, son actores fracasados que ensayan frente a un público fantasma en una sala vacía. O, por lo menos, su verdad radica en saber que todo territorio es un recuerdo: “Vuelvo los ojos hacia la puerta/ pero no consigo que se acerque nadie// a tocar. Ninguna colegiala alegre/ vestida de colegiala, ningún zombie/ por las calles de concepción.// Al elefante que está parado en la ventana:/ solo le pido que empiece luego a recordar” (“Domingo por la tarde”). Este poema bien podría ser la síntesis de lo que Cristián Gómez ejecuta en todo el libro: la unión de la experiencia cotidiana con la crítica social,  la realidad doméstica y el imaginario literario, acá expresado en los guiños a la poesía de Bertoni y Harris.

Pero la cosa es más compleja que esta simple fórmula. El habla o los hablantes acusan el deterioro no solo de un relato del que deben liberarse. Su propio lenguaje es la consecuencia de una identidad mestiza y latina, sudaca. En “Ven y Coge”, por ejemplo, se tensiona el deseo de escribir de manera inocente, como Gastón Baquero, el poeta cubano. Pero por sobre la reflexión centrada en los problemas del oficio, se impone la dificultad para tener un as bajo la manga, que permita desentrañar o desenredar la realidad. Iluminarla o dejar que te ilumine. En este caso la experiencia de la hija que toca el chelo. Ese ejercicio de traslación, que ya hemos señalado como una característica de esta poética, se complementa nuevamente, hacia el final del texto, con la reflexión sobre el idioma (castellano de Cuba) y cómo se dice o se dicen ciertas cosas “que los parrones están/ preñados de uva, cómo se dice cauceo/ con tomate y cebolla picada finitica:”, cubanizando el finita chilena, para terminar con una paráfrasis del verso final del poema “Despedida”, de Teillier. Es este hablante, entonces, que no quiere perderse entre una identidad que se debate entre lo latinoamericano, lo chileno y lo made in usa. La poesía de Gómez no ha querido despegarse de esa incertidumbre y no ha podido despegar de nada de lo que signifique aterrizar en una pista llena de grietas y malformaciones. Se escribe con la  (mala) conciencia de que al mundo no se responde con un lenguaje atávico, pero que la construcción de cualquier idiolecto se paga con cuotas de vida, en una sociedad donde se acabaron las vanguardias y donde la palabra pan debe ser nombrada como pan. Guerrillas aparte, podría ser un subtítulo de esta antología.

Está claro que el odio de clase es también el odio del pequeño burgués que siempre han sido los revolucionarios que piensan el cambio. Pero quién no es un pequeño burgués, qué poeta no lo es, quién no lo ansía, quién no ha deseado que todo se haga pedazos, que todo regrese o todo se pudra de una vez y para siempre. En uno de los pocos países de América latina sin una tradición guerrillera permanente, los afanes de destrucción y autodestrucción del pueblo (o la gente) los canaliza la naturaleza que, periódicamente, envía todo al carajo. En “El gran Tormo”, se expresa el deseo de un tsunami que barra con todo, pero todo aquí es la memoria o las banderas, los símbolos de quienes han vencido. El terremoto como revolución, la única revolución posible en este desierto lleno de arena, cochayuyo y nieve. Quién podría reclamar a Cristián Gómez Olivares otra cosa que el optimismo de la intimidad?  Le escuché decir a un poeta que los que abandonan este  país dejan de existir para los otros, literariamente hablando. Me pregunto si los que estamos adentro y nos quedamos, existimos siquiera para el lenguaje. Me pregunto si esa frase tan poco feliz es la consecuencia de no entender lo que somos: un país explotado y desigual, con unos índices de frustración abismantes, pasado a clona, con olor a tinto, pero tinto del malo, lamentablemente, como decía Héctor Figueroa.  Otro poeta de mí santuario, Juan Luis Martínez, señalaba que se ha abierto un abismo cada vez más ancho entre el lenguaje y el orden del mundo cuya consecuencia es la mudez y el silencio, un camino sin retorno hacia la casa del lenguaje. Derechos del yo, ensaya un camino posible. El relámpago que ilumina la portada del libro y que cae sobre una ciudad a oscuras, es la antítesis de cualquier iluminación. No es, evidentemente, el vínculo que restituye la idea de una deidad perdida. Qué es entonces? La extrañeza? La certeza de lo sobrenatural? No lo creo. Acá todo es aterrizaje forzoso. Y está bien que así sea: la ropa sucia se lava en casa, como señala “La tradición y el talento individual (vía descriptiva)”, porque cuando se vuelve (o se entiende la historia “como los conductores/ que observan el futuro por el espejo/ retrovisor” (“Permitirle demasiado a la memoria”)) no existe retorno, porque nadie puede volver a lo que más amó, según nos recuerda Germán Arestizábal.

La idea de trabajar poéticamente cualquier cosa, desde habitar un poema de Frost o la pelea entre Max Baer y Primo Carnera, pasando por el Cid y un yo que es al mismo tiempo ama de casa, profesor, Antonio Silva o un tigre ( “La tradición y el talento individual (B.A., Bachelor of Arts”)), supone también un lector modelo como utopía, sean estos sus discípulos, consuegros o hermanos, sin otra aporía que la de leer “sin soñar, pero como si estuviéramos soñando” ( “Cuando nací, en un año en que nadie había nacido (y yo era aún amigo personal del rey)”). Mirada en su conjunto, la poesía deCristián Gómez Olivares es de una lucidez que sólo podría sorprender a quienes no la conocen. Para el resto de sus lectores la confirmación de los lugares que ha ido fundando con su literatura y su trabajo crítico.


Temuco, febrero 2020



 

 

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