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Escribir y olvidar: Notas sobre Venezuela 1036 Antología de
Poetas y Escritores de Aconcagua

Ricardo Herrera Alarcón


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Individuales o colectivas, las antologías representan distintos momentos en la vida de un escritor: las primeras suponen la culminación de un trabajo constante y las segundas el inicio en la literatura u otros estadios de su desarrollo personal. Con el tiempo (el tiempo, todo el tiempo) algunas inclusiones se demuestran innecesarias o inmerecidas y las omisiones pesan. Lo mismo la exclusión de poemas o relatos de un autor: todos hemos leído aquellas compilaciones donde se reúnen los peores textos del antologado.

Una antología vale por los que están, no por los que faltan, solía repetir mi profesor Oscar Galindo en los campus de Isla Teja en Valdivia. No sé si es suya la cita, pero no deja de tener razón. Todas estas muestras (como las de sangre) suponen un corte en una realidad que no se detiene y aún en su precariedad, son siempre una entrada al bosque o a un cuerpo que descansa en el bosque.

Los poetas aquí citados, en su gran mayoría, nacieron a la vida literaria en la Antología Clepsidra (1997), que constituyó una generosa muestra de la poesía de los nuevos escritores del valle de Aconcagua, que por esa época eran en su mayoría un grupo de veinteañeros. Compañeros de generación (la del 90), pero no siempre amigos de la misma búsqueda, tuve la suerte de conocer en ese momento inaugural a Cruz, Martel, Hernández, Serey y López. Y eran ya los poetas que hoy son. Precoces en la fe en la palabra pero también en su cuestionamiento. Querían, parafraseando a Lihn, saberlo todo. Con los años han ido consolidando lo que llamaría una tradición poética en el valle y, fundamentalmente, en la ciudad de San Felipe. Sé que las nuevas generaciones los escuchan, los respetan. Constituyen la prueba de la persistencia en un trabajo que se caracteriza tanto por su cuota de alcohólicos como de desertores prematuros.

Posteriormente a este grupo se han sumado los narradores Ricardo Ruiz y Nelson Herrera. O algunos poetas han derivado a la prosa, como el caso de Marco López o Rodrigo Martel.

Y si bien el valle se había caracterizado por los que pergeñan versos (esa palabra pergeñan), creo que la narrativa ha irrumpido con una fuerza propia. Lo de Marco López es digno de destacar: su primer poemario (esa palabra tan extraña poemario) Diálogo nocturno (2003), leído con la distancia de los años, anticipa muchas de las preocupaciones que constituyen hoy su universo: Una mezcla entre lo lárico, lo fantástico y lo sicodélico, entre la ruralidad y el rock pesado de sus variadas lecturas, que van desde lo apócrifo a lo canónico (al estilo de Borges (botón de muestra su libro Cuentos grabados (2005))) y la cita estricta. Marco ha dado ese salto de la poesía a la narrativa de manera natural y el resultado es su última entrega Historias de rock (2011), que tiene largos momentos notables, y no pocos cuentos que rozan la perfección.

La música es, por cierto, el telón de fondo de todos esos relatos y de los aquí compilados. En “Madonnas”, el recuerdo de Clara (muerta prematuramente en un accidente) le hace buscar al protagonista el amor en Claudia Martínez, una mujer “del ambiente”. En “la lucha entre compromiso y deseo” el hombre oscila entre la fidelidad a una fotografía de Clara y la belleza de la prostituta que termina enredada en unas piernas. El sino de la espera se repite nuevamente en la historia: a una y otra debía hablarle, pero la mudez y la indecisión parecen su único lenguaje, mientras suena la música del grupo Yes, así como en “Thela Hun Ginjeet” la experiencia sicodélica de ser espectador (desde el control remoto a la arena en vivo) de un recital de King Crimson, le bastan a López para inyectarnos a sus lectores parte de la experiencia “del animal que ocupa los glóbulos de una sangre heroinómana”. O la música de fondo que acompaña el viaje en “Travesía” donde realidad y ficción se mezclan en la lectura en un bus entre Tierras Blancas y Piedra Grande, los lares donde Marco López suele situar sus historias.

De Ricardo Ruiz conocíamos un primer libro promisorio: Contra el pavimento (2003) donde la temática intimista juega con el deseo de hacer poesía y este último, con la idea recurrente que todos vamos-hacia-ninguna-parte, observando la vida y no precisamente hacia el cielo o el frente. Allí donde la desesperanza se solaza en los no-lugares, un café y un cuerpo que se espera puede ser un momento de tranquilidad, un respiro, la tibieza de un útero. “La decisión”, por ejemplo, vuelve al tópico del matar como destino insoslayable o el matar para poseer al objeto amado, como en El extranjero de Camus o Ampliación del campo de batalla de Houellebecq. La indecisión del presunto asesino es también nuestro dudar frente a la existencia, nuestras presuntas vidas, trabajos, proyectos. Nuestros presuntos amores. Frente a una decisión, de cuya causa o trasfondo nunca tenemos certeza, el narrador protagonista sólo nos devela su intensión de muerte, su eterno dudar, su inconmensurable fe que en el tedio y su desgarro está su propia redención.

Este relato comparte con “Habitación 23” la insistencia en esa indecisión como leit motiv (esa palabra leit motiv): una pareja de amantes que asisten a su último encuentro porque uno de ellos ha decidido poner fin a la relación de años, a las 4 horas de motel, al engaño sostenido. El cuento se resuelve de manera similar: el protagonista apuesta por el devenir del deseo, por la persistencia de la rutina que a esta altura puede ser amor o cualquier cosa. Al contrario de los lugares comunes que abundan en este texto, en “Desconocidos” la prosa de Ruiz-Herrera corre como un arado bien atado a sus bueyes por el par de surcos: la unión de dos historias, en apariencia disímiles, se reúnen en un final que no apela a amarrar todos los cabos sueltos, como nos han enseñado debe ser un buen cuento los maestros del género: abrir espacios insospechados o caminos que el lector debe andar de la mano del cuentista, pero también a solas y muchas veces a oscuras.

A Rodrigo Martel lo conocía por su particular personalidad y su primer libro Cinema poetizo (2009), una especie de tributo a sus películas predilectas y sus directores fetiches, desde San Méndes hasta David Linch, pasando por Kubrick, Ford Coppola, Lars Von Trier o Alan Parker. Diálogo entre poesía y cine que tiene grandes cultores en nuestra tradición, desde las citas al de Bergman en Waldo Rojas y Harris o las de Teillier o Arestizábal a Casablanca, pasando por el homenaje a Taxi Driver de Egor Mardones, entre tantos otros. De los dos relatos que aquí nos presenta, leí con gran placer “El mejor garzón del mundo”, uno de los mejores de la antología. El viejo sueño de habitar el inconciente de las personas (presente en la literatura, por ejemplo, en el Ubik de Philip Dick, en Crónicas Marcianas de Bradbury o Tokio ya no nos quiere, de Loriga) se transforma en esta historia en la carta de presentación de Emilio Pérez y su famoso restorán: con solo acercarse a los comensales y mirarles a los ojos, el garzón podía adivinar el pedido. Con una prosa simple y fluida Martel nos va ganando desde las primeras líneas, haciendo suya la máxima de Horacio Quiroga (y también de Cortázar en su célebre texto Algunos aspectos del cuento): “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adonde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia que las tres últimas”. Entonces, para seguir ahora con Cortázar, este relato es “incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases”. En esa imagen boxeril con mi amigo Cristián Cruz bromeábamos que un poeta no le puede dar la espalda al poema, como tampoco lo puede hacer un boxeador con su adversario: si el cuento gana por nocaut, el poeta debe salir a matar y ganar por sumisión, en la línea del straikforce o todo vale (idea que luego desarrollamos en Valparaíso con el escritor Luis Riffo). En el cuento de Martel más que a la adivinación se apela a un poder casi divino del señor Pérez: la observación ocular de las pupilas del cliente para adivinar el plato de su preferencia. El texto luego describe las experiencias de personajes de distinto pelaje que ponen a prueba las artes adivinatorias del garzón, desde seres de la más alta alcurnia hasta pordioseros. Acá la descripción de situaciones alcanza sus cotas más altas hasta llegar al inesperado final. El segundo de los relatos, “Bar estación” (sobre la búsqueda de un padre y el encuentro de tres generaciones en ese lugar) no hace sino refrendar la importancia de Martel en la literatura de Aconcagua y la buena poesía que hace tiempo viene escribiendo.

Nelson Paredes hace juego de la vieja escuela que fusiona vida y ficción, incorporando en sus relatos su experiencia como dentista. Así no es difícil encontrar a profesionales de la endodoncia enfrentados a situaciones que van desde el encuentro amoroso, la rutina del matrimonio o la perversión (al estilo de Poe) como en el policial “La importancia de ser dentista”. En un relato que oscila entre la primera y tercera persona se nos cuenta las vicisitudes del dentista  Aurelio Contardo quien, para salir de su rutina existencial, no encuentra nada mejor que aportar en la solución del crimen de una mujer llamada Débora Llanca. Buen ejemplo de oficio narrativo en que los conocimientos técnicos sobre su profesión entregan elementos que dan mayor credibilidad a la prosa.

Existe mesura en Nelson, equilibrio, manejo de la palabra justa. Eso se ve reflejado también en “El tranquilo existir de las palomas”, donde el tema del aborto es tratado con una frialdad que se hacía demasiado necesaria para la mirada que subyace en el inconciente colectivo. Quizás mucho de lo que describe lo imaginábamos así, pero el cuento no cae y resiste porque está libre de todo sentimentalismo y allí donde puede haberlo es solo humanidad, una humanidad que compartimos con los personajes de María y José. Y, por cierto, con su dolor.

“Por eso mato a mis hembras –en un sentido figurado, entenderás-, las dejo para ir en busca de otras, otras con las que pueda experimentar aquel difuso límite” dice René a Humberto, los protagonistas de “Bataille en el muelle”. Relato en el cual la perversión (aquello que hacemos solo por el hecho de estar negado que lo hagamos (mal cito a Poe) y que acá se asocia al deseo sexual, a ese querer poseer con dolor, con “esa violencia que colinda con la muerte” y que en la imagen de los dos amigos abogados se traslada al lector). Eso nos quiere decir el narrador; cualquiera podría ser ese sicópata que asesina a las mujeres para poseerlas y por ello la defensa de René, el voyerista que espiaba a su vecina, una de las últimas víctimas. Sorprende como Nelson describe minuciosamente el paisaje en que transcurre el relato, un paisaje que es una playa en una (aparente) calma, que contrasta con la violencia de los hechos. En pocos trazos logra configurar un claro perfil sicológico de los dos amigos y de los flaites que van a violar a la pareja que hace el amor en la arena.

Y la poesía?

Patricio Serey continúa en los poemas convocados la huella de sus primeras preocupaciones estéticas: cuestionar o cuestionarse cualquier ánimo de trascendencia y palabrería, porque lo suyo es “cachurear en los escombros de la lengua”, como dice en el poema “Braceando río Babel” (no citado en esta antología, pero perteneciente  a su último libro Precavidamente hablando (2011)). La ironía respecto a los poderes alquímicos de la palabra es la marca registrada que Pato ha heredado de las que reconozco sus influencias más directas: Parra, Lihn, Lira, pero también Bertoni en algunos momentos.

Hay una idea recurrente en sus poemas y no es solo la de dudar de las palabras sino aquella que repite una y otra vez y que me parece se resume en estos versos del poema “Nada oculto al desnudo tiempo” de su primer libro Con la razón que me da el ser vivo (2002): “lo podría decir con estas palabras/ que sólo aspiro a moldear el aire que puedo respirar”.

Esa idea vuelve en “cantinela del ocio”, que cierra Precavidamente hablando y donde el poeta es semejante a “un pájaro (que) canta en la aridez de un desierto”: “Quién cree en esa ave solitaria, /en el estruendo de su canto?/ Pero el pájaro sigue ahí, en su jardín, yerto/ conmovido sólo por los gránulos de arena/ que sordos enseñan su dorada espalda/ ese es sin duda su mayor trofeo/ y eleva su cantinela nuevamente/ que le devuelve con porfía la tardía distancia”.

Oficio (inútil) del que solo podemos esperar un eco que repite la distancia.

Quizás los epígrafes de Lihn y Rosamel del Valle que Pato ubica en Con la razón que me da el ser vivo, podrían sintetizar una búsqueda donde se acoplan estos dos universos líricos. Pero es evidente que la poética rosameliana cede a la tentación de la palabra pensada y repensada. Nada aquí queda al azar, aún cuando el poeta se permita volarse con imágenes llenas de sugestión creacionista y surrealista y nos hable del “séptimo cielo” o “manzanas repletas de orugas”. Pero Patricio está siempre atento a romper cualquier sacralidad: El Spleen que siente no es el de París de Baudelaire o el de Boedo de Fabián Casas, es simplemente “El esplín de aquí”, como reza uno de los textos inéditos que incorpora esta antología.  Porque ya en otros poemas se nos advierte sobre el uso (y abuso) de ciertas palabras y manías propias de la poiesis. Botón de muestra es el texto que inaugura a Precavidamente… (“Los que le trabajamos al martirio”) donde el “le” incorpora la informalidad y desacralización de estas palabras (como la castellanización de “Spleen” por “esplín”): martirio, muerte, amor: hay que guardar distancia de ellas, dice el hablante, en una buena relectura de los mejores poemas que sintonizan esa frecuencia: cualquiera de Lihn o “Aclaración preliminar” de Llanos, por ejemplo.

O en el texto aquí antologado: “De profesión ahogado” (esa rima consonante, por dios), donde plantea sus resquemores respecto de quienes hablan sobre el dolor y “otras pastas cojonudas”.

La tensión que plantea Serey en términos de ideas o reflexión se presenta en Camilo Muró en la tensión de la escritura. En apariencia sus poemas siempre pasan de largo, no terminan donde debían. Sólo en apariencia. Muró es un poco como Vallejo (parafraseando a don Ignacio): uno siente que le cuesta escribir, pero la síntesis de ese lenguaje descoyuntado es siempre bella, como un nuevo de Rokha posmoderno. Y también se permite ser otro poeta que no le teme a la nostalgia (como su amigo y compadre Cruz): “Aquí te haces a la infancia/ piedras arrojadas hacia toda tu elocuencia glamorosa/ pero de nada escribo, de nada vuelvo,/ el mismo camino debe ser al tiempo glorificado/ lo que la mirada hacia la inmensa memoria” (“Caídos vivos”, de su libro Álamo). Los ecos de Cárdenas se dejan sentir en estos versos (“Sólo sé que vengo regresando”, dice el poeta de Punta Arenas), porque Muró a leído a Cárdenas y a Ocquetaux y no sólo a Teillier. Y eso se nota en un cierto aire lárico que no es el del poeta de Lautaro. Muró se permite ser barroco a lo lárico o un lárico barroco, que pasa por guiños al exteriorismo o la poesía situada en la cita histórica, para volver al clasicismo de un soneto que (a propósito) desestructura. Es quizás uno de los poetas más telúricos aquí aparecidos, si es que Neruda no hubiera cancelado esa palabra. Su ultimo libro Mi preterir (2005) extrema todos los recursos que conocemos del poeta Muró: no teme moverse entre aires mistralianos, intentar el verso largo o versículo a lo Lihn o don Pablo, sufre como el cholo peruano cuando se trata de hablar de un amor o del paisaje destrozado, nos convence que aún no está cancelada cierta afasia en el decir, cierto balbuceo, que (al contrario de lo que se pensaba) se puede confiar en no precisar una idea y dejar que cierta musicalidad nos trasporte. Decantada cierta tensión entre idea y escritura creo que la poesía de Camilo inaugurará derroteros insospechados en la poesía de Aconcagua.

Cristián Cruz es un poeta que se solaza en los gestos cotidianos, en la minucia necesaria, en las pequeñas cosas de su Pequeño País, que a estas alturas de su trabajo poético ha empezado a ser un poco el país de todos los que lo conocen y no. Poesía de esencia (como le gusta decir a él mismo) sus libros constituyen una apuesta por ese “larismo endémico” que el propio poeta ha dicho tener. Y acá quisiera detenerme. Hay un menosprecio en cierto sector de la poesía chilena joven (y no tan joven) por esa corriente poética, cosa que no se condice con sus verdaderos aportes. Los lectores de Lihn sienten un orgullo por pertenecer a su cofradía, lo citan, lo siguen. Hay toda una serie de textos “al estilo lihn”, textos en que la intertextualidad, textos en que el homenaje. Lo bueno es que la fanaticada ha producido buenos libros (haciendo honor al maestro) pero también textos de los otros. Por otro lado cierto sector de la poesía siente reparos en reconocer su adscripción al larismo, cosa que no sucede con Cruz. Me alegra esa fidelidad de nuestro poeta a una corriente que considero fundamental en el devenir de nuestra lírica en el siglo veinte. Y lo otro: está bueno ya que la crítica deje de ver toda poesía donde aparezcan cerdos y gallinas o paisajes lugareños o estados melancólicos, saudades y demases con esas simplificaciones. Lo de Cruz es lárico, pero es un aporte a lo lárico: ahí está La fábula y el tedio, Fervor del regreso o Reducciones, como textos que se empinan por sobre cualquier ánimo reduccionista. Nadie escribe ya desde la inocencia del mundo perdido y el mismo Teillier lo hizo así, creo, desde Para un pueblo fantasma. Como bien señala Cristian Gómez nos encontraríamos en un nuevo estadio de lo lárico, donde los vaivenes de la modernidad y posmodernidad han teñido la aldea. Los últimos poemas de Cristian dan cuenta de ese momento: los vaivenes de la vida del poeta (separaciones, nuevas lecturas (o “todos los epígrafes” como bien dice en un epígrafe Serey), la ciudad y su “costra de cemento”) no podían sino nutrir de nuevos aires su mundo lírico, aunque siga añorando la pureza de sus orígenes, la pureza de la perfección en la mirada del mundo, porque en el fondo esa poesía es tan necesaria como las diatribas existencialistas de la poesía vieja o nueva. Y no hablo de poesía pura o impura, sino de la contradicción artificial que algunos quieren instalar entre poesía lárica como sinónimo de ingenuidad poética y, en el otro extremo, poesía social o posmoderna. El mismo Lihn cayó en ese juego en su famoso ensayo “Definición de un poeta” (1966). Al respecto Felipe Moncada pone los puntos sobre las íes en su lúcido ensayo “Los poetas de los lares en el siglo XXI”. Cito a Felipe: “Bajo estos aspectos, se equivocan quienes piensan que mencionar lo aldeano, lo pueblerino, es volver a un pasado ya vencido por la flecha positiva del progreso; en cada experimento de comunidad o de habitar espacios, hay una intención de futuro; ya sea en la recuperación de espacios urbanos, en la aldea permacultural, en el replantearse la vida campesina, el autocultivo, el trabajo colectivo; hay una clara intención también de replantear el futuro como alternativa al gran triunfo del capital, materializado en la urbe dominante, ejerciendo la validación cultural desde su maquinaria centrífuga. Los poetas de los lares son mucho más antiguos que el articulo fundacional de Teillier, y por lo que podemos ver en la actualidad, no se trató de una moda pasajera, sino de un aspecto fundamental en la poesía de todos los tiempos: estar atento al entorno y sus cambios, detenerse un instante en la inmensa vorágine humana y ser capaz de distinguir un detalle entre la infinita superposición de seres y lugares, a ver, si es posible decir algo duradero, de observar algo que sirva a los futuros habitantes del lenguaje” (Los territorios invisibles: Ensayos sobre poesía chilena)

Finalmente Carlos Hernández nos presenta sólo poemas inéditos en esta muestra, poemas que continúan las ideas centrales de su libro Hermosa ruralidad de un sueño,  que ya lleva dos versiones (2001 y 2008). Y en sus poemas aparece nuevamente esa dicotomía entre la descripción de su entorno más inmediato (el de los cerros y el campo donde vive) y las imágenes que parece quisieran fundar de nuevo el mundo. En ese sentido veo hermanados a Carlos y Muró: ambos son poseídos a ratos por las fuerzas dionisiacas de un Rosamel o Díaz Casanueva, para ambos parece que las palabras cotidianas no bastaran, el mundo real no cuajara: “Esperemos que el cielo se abra y encontremos en ese nuevo color murmullos que seduzcan el vértigo y los sentidos, debemos estar preparados para creer que todo, puede que no sea”, nos dice Carlos en su poema “Alas”. Y yo creo en esa búsqueda, la siento cercana, una poesía que no niega sus múltiples posibilidades, que arremete con el nonsense creacionista y el endecasílabo, la imagen surrealista y la cosa social. Sin olvidar que eso nada tiene de nuevo y que lo nuevo, si es que lo hay y se nos da (queridos compañeros – esa palabra compañeros) es un par de buenos poemas que debemos escribir y luego olvidar, lo más rápido posible.





 

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Notas sobre Venezuela 1036 Antología de Poetas y Escritores de Aconcagua.
Por Ricardo Herrera Alarcón