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Allen Ginsberg en el Mercado Lanza

Por Rodrigo Olavarría
Publicado en Piedra de Agua, Bolivia. N°7, julio-agosto de 2014


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"To La Paz —The ship revving up— seatbelts fastened"
Allen Ginsberg, Diarios Inéditos.


En 1959 Allen Ginsberg fue invitado a participar del "Primer Encuentro de Escritores Americanos" en la Universidad de Concepción, invitación extendida por Fernando Alegría, un poeta y profesor chileno que en 1957 publicó la primera traducción integra de Aullido en la revista de la Sociedad de Escritores de Chile. Ginsberg sintió que la invitación era una vuelta de mano de Alegría, quien había publicado su traducción sin darle aviso, pero no se hizo mala sangre, pensó que era la ocasión de seguir los pasos de William S. Burroughs, quien en 1953 viajó a Perú en busca del Yage o Ayahuasca.

No se trataba de viajar en busca de drogas exóticas, sino de ampliar la capacidad visionaria del poeta, un imperativo dictado por Rimbaud, que Ginsberg perseguía desde 1948, cuando declaró escuchar la voz de William Blake y ser asediado por un león en su departamento. Ginsberg buscaba penetrar esa otra realidad, habitada por las voces de los muertos y las sutiles tramas del subconsciente.

El 17 de enero de 1960 fue recibido por la prensa chilena junto a Lawrence Ferlinghetti y, de inmediato partieron rumbo a Concepción donde anunció una conferencia y una lectura de sus poemas, ocasiones en que se volvió el favorito de los asistentes, cito del periódico El Sur: “Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti fueron los escritores más populares entre la juventud penquista, a la salida de las sesiones diarias siempre había un grupo de jóvenes que esperaban pacientemente que los norteamericanos les firmaran un autógrafo.”

Las jornadas de reflexión sobre los problemas de la cultura en Sudamérica y el apoyo al estalinismo de la mayoría de los asistentes aburrieron a Ginsberg, quien apenas terminado el encuentro viajó al sur de Chile, rumbo a Calbuco, un pueblo donde el poeta Hugo Zambelli le ofreció alojamiento y paz para dar los toques finales a su poema “Kaddish”, el inmenso poema que escribió a su madre muerta.

A fines de febrero regresó a Santiago y se alojó en casa de Nicanor Parra, visitó a Pablo de Rokha en el Hotel Bristol, pasó las tardes con Jorge Teillier, Teófilo Cid y Stella Díaz Varín en el bar Il Bosco, realizó una clase magistral sobre la poesía actual en EEUU en la Universidad de Chile e investigó sobre el latué una planta tóxica a la que se atribuye un efecto delirante, no precisamente enteógeno.

A las siete de la mañana del 1 de abril, Allen Ginsberg tomó un avión en dirección a La Paz, hizo anotaciones sobre la geografía que divisaba desde lo alto, el valle central de Chile, la niebla y la cordillera de la costa en el horizonte. Luego, hacia el oriente, las colinas y los ríos formados por los deshielos de los Andes. Ya en el desierto de Atacama, avistó los salares del norte de Chile, que no se comparan al vastísimo salar de Uyuni, salares que comparó a las obras del surrealista Yves Tanguy.

Ginsberg planeaba quedarse dos semanas en La Paz, con un plan más turístico que el que emprendería una vez llegado a Lima, donde dedicaría su energía a contactar gente que lo pudiera dirigir a un maestro ayahuasquero con quien poder obtener sus soñadas visiones.

Después de la escala en Arica, Ginsberg apenas podía contener su emoción al volar por encima de los Andes, observando cuán puro era el desierto mientras el avión se alzaba sobre los volcanes y los picos nevados, al mismo tiempo que una mosca en la ventana junto a su asiento, se restregaba las patas y el avión se movía como un bote enloquecido.

Al descender desde el aeropuerto hacia La Paz estaba deslumbrado por este inmenso cañón cubierto por una ciudad, lo compara con el Gran Cañón de Colorado diciendo que era, más o menos, del mismo tamaño aunque no tan alocado. El primer día recorrió el centro de la ciudad alucinado por la presencia de la lengua aimara y las mujeres de largas trenzas sentadas en las veredas con sombreros bombines y, por la noche, después de comer pescado frito en una esquina empezó a sentir el efecto del soroche, que se manifestó como náusea y dolor de cabeza durante al menos un día.

Tres días después de llegar e instalarse en el Hotel Torino de la calle Socobaya, después de recorrer obsesivamente el mercado Lanza comiendo guisos le escribió a su pareja, el poeta Peter Orlovsky, indicando qué hacer en caso de recibir algo de dinero. Porque, pese a lo barato que era para Ginsberg recorrer Sudamérica, este fue un financiado a medida que se realizaba, gracias a las regalías de Aullido y a los adelantos que su editor, Lawrence Ferlinghetti, tuvo a bien enviarle. La situación de Ginsberg, pese a ser modesta, era envidiable para cualquier poeta, City Lights Books había recientemente encargado una reedición de diez mil copias de Aullido y fuera de los EEUU se multiplicaban las ediciones piratas y las apariciones en revistas.

En la misma carta señala que Bolivia es el lugar mas interesante donde ha estado, como México o Tanger y parecido a la Casbah, calles que parecen escaleras y, por lejos, el primer lugar que valía la pena visitar en este viaje. Algo que lo sorprendió fue el hallazgo en una tienda de antigüedades frente a su hotel de unos kakemonos japoneses, esos rollos que se cuelgan de una pared con dibujos o caligrafía. Compró uno, ilustrado con lo que llamó verdes montañas cubistas por treinta dólares y, lamentó no tener dinero para comprar los cuatro, uno de los cuales representaba diez budas sentados.

Unos días después afirma que Bolivia es como Paterson, una tranquila ciudad del estado de New Jersey, pero con revólveres. Escribe en el Café Gally y toma mate de coca, mientras políticos bigotudos y de anteojos gruesos discuten y gesticulan haciendo volar las figuras de plata que llevan prendidas en la solapa de sus chaquetas. Al principio estuvo maravillado ante el hecho de que se vendiera coca en todas partes, pero masticarla y probarla como mate resultó una decepción enorme, pues esperaba obtener de ella un efecto similar al de la benzedrina.

La pobreza y la falta de educación que veía lo deprimieron, todo el mundo parecía estar hablando sobre reformas políticas, pero se le hizo evidente que la gente en el poder era corrupta y que explotaban de mala forma a la inmensa población indígena. Los mineros trabajaban en condiciones similares a los mineros del carbón en la mina chilena de Lota, es decir, apenas podían costear su alimentación y un techo.

En la madrugada del 9 de abril Ginsberg despertó con disparos que sonaban en los cerros y una ruidosa banda en la Plaza Murillo, era el aniversario de la revolución de 1952. Un camión pasó junto a su habitación en la calle Socobaya cargando una multitud en miniatura que gritaba: “Viva La Paz” y “Viva la Revolución”, mientras la única persona que pasaba por las calles era un borracho enclenque. Hacia las dos de la tarde apareció una multitud que llevaba una gigantesca bandera de Bolivia y la plaza se llenó de gente que pronto estaba montada sobre las estatuas y los árboles.

Esa noche, en la Plaza Murillo, se escucharon los discursos de Víctor Paz Estenssoro y del futuro presidente chileno Salvador Allende, cuya oratoria discurrió según Ginsberg, como “un llanto dentro de un sueño por la belleza del socialismo ruso”. De forma inevitable esta imagen le recordó los discursos que escuchó en la década del treinta, cuando su madre lo llevaba a ver a Israel Amter, un fundador del Partido Comunista de los EEUU. Y esa misma noche soñó con su madre, Naomi Ginsberg, una judía rusa y comunista que había muerto en 1956, en una casa de locos. A la mañana siguiente, desnudo en su habitación del hotel escribe que la tragedia de Naomi es que debió volver a Rusia después de la revolución para vivir en el estado de los trabajadores y no quedarse en los EEUU desgañitándose contra el capitalismo, de hecho, señala: “en realidad, mi familia pertenecía a un pequeño departamento de Moscú, donde todos trabajaríamos como profesores y contadores”.

La idea de visitar la Amazonía se frustró al conocer el estado de los caminos y el tiempo que tomaría ir y volver a La Paz, pero eso no le impidió a Ginsberg explorar los alrededores de Sorata en camiones cargados de plátanos y campesinos a través de estrechos caminos que descendían a valles nublados que le hicieron sentir que viajaba entre nubes. Volvió a La Paz y luego partió a Coroico, lugar que utilizó como base de operaciones para visitar la selva de Caranavi, donde se maravilló con los loros y pasó las noches durmiendo junto a la mano de obra de las cosechas. Sus pies estaban ampollados y adoloridos por causa de unos zapatos de trabajo nuevos y sufría la pérdida de un abrigo lleno de medicinas y mapas en un bus. Luego las emprendió al valle de Chulumani que, según el dueño de la hostal en Coroico, era tan grande que se podía escuchar el silbido de una hormiga. Como corolario de su recorrido selvático anotó en su diario: “Me estoy viendo a mí mismo, mientras exploro Bolivia estoy visitando un área de mí mismo”.

En La Paz, la noche del viernes 15 de abril, se encontró con el vía crucis y la representación del martirio de Cristo, una efigie que paseaba por la plaza Murillo rumbo a la Catedral acompañada de una banda militar, una silenciosa multitud de indígenas y políticos de lentes oscuros con sombreros en las manos. La efigie de un judío barbudo de treinta y tres años, como él mismo, que desapareció volando sobre la multitud y los techos coloniales rumbo al mercado Lanza.

Al día siguiente, viajó a Palca por el día, la lluvia, las resbalosas carreteras y un grupo de indígenas borrachos que llevaban la wiphala y agitaban mástiles blancos sobre sus cabezas lo intimidaron. Esa noche, en un café de la calle Comercio vio a dos intelectuales debatir sobre la situación política mientras en otra mesa había un hombre idéntico a su hermano Eugene, hundido bajo el peso de su tragedia, con anteojos y una calva incipiente.

El domingo de resurrección, después de ver en el cine Escenas de la vida, la pasión y la muerte de N. S. J. C., una película muda y en blanco y negro, escribió un poema donde, acongojado, pide la muerte del esqueleto que triunfa por encima de las políticas que liberarían al pueblo boliviano, pese a los discursos esperanzados en el palacio de gobierno y, donde se ve a sí mismo y a los ocho millones de bolivianos, como un cuerpo de jesucristos que esperan el fin de su sufrimiento, la muerte la resurrección.

La estadía de Ginsberg en La Paz acabó el veinte de abril cuando tomó un bus en la intersección de las calles Buenos Aires & Tumusla a las cinco de la mañana. No se detuvo en Tiahuanaco, siguió de frente hasta Desaguadero donde veinte buses esperaban la apertura de la puerta que los dejaría ingresar al Perú. La última imagen de Bolivia que registró en sus diarios fue la de un cementerio ruinoso donde, en medio de un centenar de tumbas anónimas, encontró una con su nombre intacto. Allen Ginsberg estaba determinado, no volvería a los EEUU hasta probar la ayahuasca, hasta obtener las visiones.

 

 

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