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Zurita y su nuevo libro

“Intuyo un repliegue de la reacción”

Por Vicente Undurraga
The Clinic. 6 de julio 2011


Así se explica Zurita que la derecha deje finalmente caer a Karadima o que termine aceptando el matrimonio homosexual. No cree que necesariamente esté perdiendo peso el peso de la noche en Chile: “Mi pesimismo radical –dice– consiste en creer que todos están desnudando una serie de cosas porque hay cosas más importantes que ocultar. Ya no es necesario preservar la imagen de la iglesia católica. Hay cosas más importantes que ocultar. Y esas cosas me preocupan”.

- ¿Qué cosas?
-Vivimos un tiempo en donde la única cosa no cuestionada es la ideología de la propiedad. Todos no la cuestionamos. Yo estoy aquí en mi casa. Pero veo que se desarman una serie de cosas para no desarmar la estructura fundante. El vislumbre del ataque a la propiedad es algo absolutamente insoportable.

- Ahí está puesto el blindaje, dices.
-Ahí, entonces ya es superfluo negarle el matrimonio a los homosexuales, cosa con la que yo estoy absolutamente de acuerdo, me parece lógico nomás. Pero detrás se están blindando otras cosas, la propiedad. Intuyo que este es un repliegue de la reacción para fortalecerse en zonas que le son mucho más importantes. De ahí que me parece interesante el cuestionamiento de idea de propiedad en el arte.

- ¿Por qué?
-Tú puedes tomar lo que quieras, esos gestos de desapropiación me interesan mucho, encuentro que son profundamente subversivos. Todo es de todos, ocúpalo, nada es de nadie. Ahora, hay una parte que es divertida.

- ¿Cuál?
-Cuando te toca a ti. Hay un gallo joven que sacó un prólogo y que me copia a la pata de la vaca todo lo que escribí en otro prólogo: y no cita este huevón, me vi diciéndome a mí mismo. Es muy fuerte el sentido de propiedad, eso me hizo reír. Y mala cueva nomás.

Dedicado a Paulina Wendt (“con quien moriré”) y con epígrafe de Thomas Mann (“Hondo es el pozo del tiempo”), Zurita, el libro, es el Canto General, o el Discursos de sobremesa, o el 2666, o el Umbral, o El obsceno pájaro, de Raúl Zurita. Tras años de desvelos, de obsesiva ordenación, de trabajo de chino, aparece este libro -un acontecimiento literario por donde se lo mire- que en resumido es simple: el relato de un atardecer, un anochecer y un amanecer, del 10 al 11 de septiembre de 1973. Cuando hace un año y medio Zurita terminó de escribirlo, habló con The Clinic sobre el libro, ahondando en la reserva de criminalidad latente que tiene (ver archivo theclinic.cl). Hoy, sacado ya de imprenta por Ediciones UDP, Zurita, el autor, habla sobre todo del Chile en el que Zurita, el libro, aparece. Pero “todo se mezcla”, dice, por lo que también, inevitablemente, habla aquí del libro, de sí mismo y de la muerte: “Empieza el largo proceso de las despedidas”, dice.

- Acabas de publicar un libro de 750 páginas. Un poeta especialmente sabe que las palabras tienen sentido: ¿qué te parece la declaración del ministro de economía diciendo que lo de La Polar es como un accidente (no obstante un matiz posterior respecto a los alcances de la comparación)?
-Realmente las palabras dibujan a las personas y no a la inversa.

- ¿Cómo?
-Cuando uno lee una declaración o una frase, ve que las palabras crean a los personajes que las dicen. O sea, cuando el tipo dice que esto es como un accidente, está creando al personaje que tiene que decir que es como un accidente. Es la perversión radical de los significados. Cuando uno dice que vivimos en la época de la agonía de las lenguas es porque los significantes y los significados se separan. Lo del “accidente” es casi como un eslogan de la publicidad, donde nada dice lo que dice y nada nombra lo que nombra, porque la función es montar una fantasmagoría.

MARCHA EL LASTARRIA

- ¿Cómo ves el país en el que se publica el Zurita?
-Este libro está pensado como si el lugar en donde emerge fuera un absoluto desierto. Ahora, la vida es tan plástica que cuando todas las señales que podía tener a mano de que efectivamente era un desierto o una derrota todo lo que imaginaste, entonces curiosamente empiezas a ver surgir en el país de nuevo signos de vida, las protestas, los estudiantes, con un nuevo impulso, y te das cuenta, con entusiasmo y con dolor, de que todo empieza de nuevo, sólo que es una película de la que tú vas a ver solamente el comienzo.

- ¿En qué estás pensando?
-Es tan impresionante el dato de la muerte, no porque te vayas a morir, sino que el enfrentarte a la muerte se te impone.

- ¿De qué manera?
-Empieza el largo proceso de las despedidas. Despedidas que tienen relación, por ejemplo, con ver cómo nacen nuevos niños, cómo vuelve a surgir un movimiento que te devuelve a tu propia infancia. Veo a los chicos desfilando ahora y me acuerdo de cuando yo marchaba, en el Liceo Lastarria. Esa horrible cosa que es la nostalgia hace que uno crea que su experiencia es más válida. Es una defensa de uno, porque este mundo empieza nuevamente a emerger, y se asemeja a las cosas que uno pudo vivir, pero al mismo tiempo todo es radicalmente distinto.

- Si se asemeja en que son alumnos del mismo liceo saliendo a la calle por un mismo asunto: la educación, ¿en qué es distinto hoy?
-Es distinto porque, en el caso mío, el que lo ve ya lo ve desde la derrota, desde la pérdida de la vida. ¿Por qué uno insiste en el Golpe? Porque lo que allí se produce determina absolutamente las existencias, la de mi generación y las de las generaciones mayores. Por un lado ves estos movimientos estudiantiles y por otro lado recuerdas el año 67, las reformas universitarias, donde lo que se estaba pidiendo era co-gobierno, que los estamentos administrativos de las universidades tuvieran participación de los alumnos para elegir autoridades. Los planteamientos de lucha eran infinitamente más ambiciosos, más abarcadores, y no porque hayan sido mejores, sino por lo feroz que fue la derrota. Entonces te das cuenta de todo lo que realmente se perdió con el Golpe. Hoy día las reivindicaciones que se plantean son, vistas así, un retroceso de como 50 años.

- Como sea, ¿te esperabas estos movimientos?
-No me los esperaba por lo que te decía: porque estamos en la era de la perversión de los significados. Es Metrogas: calor humano, calor natural. Ninguna frase dice lo que dice. El lenguaje publicitario, que es el lenguaje de hoy, hacía muy difícil prever que nuevamente iban a surgir movimientos con capacidad de sueño, de organización. Y sin embargo surgen. Entonces algo que se presenta como absoluto, un estado de cosas, ves cómo se empieza a horadar. Hay una frase de Ernesto Cardenal que dice “Somos los soldados eternamente derrotados de una causa inmortal”.

- ¿Cómo la lees?
-Tú puedes imaginar un tiempo en que las tarjetas de crédito, las cuentas corrientes se van a deshacer como pompas de jabón; lo único terrible es que en un momento dado tú creías que eso IBA a ser así. Pero va a ser así en un tiempo X, algún día efectivamente se entenderá que el dinero, que toda la base sobre la cual está asentada la sociedad en que vivimos, son solamente aprendizajes del infortunio y de la tristeza. Por eso al mismo tiempo encuentro muy emocionante esto de saber que tú te vas a acabar, que esto se acaba. Me acuerdo siempre de la película Blade Runner, cuando el tipo muriendo dice cómo puede morir todo lo que ha visto. Hay algo muy emocionante en el apagarse.

- ¿Qué?
-Que hay millones de cosas que mueren contigo, que solamente tú las viste, las imaginaste. Cuando uno ha hecho arte, por así decirlo, sabe que los poemas más alucinantes, aunque parezca un lugar común, son exactamente aquellos que no se han escrito. Que las novelas más profundas son las que se te olvidaron en el camino, como a Pessoa, de la cama al escritorio. Lo que hacemos son pequeñas marcas sobre una creación infinitamente más grande, más feroz, que es la creación permanente de tu vida. Son sentimientos encontrados los que tengo. De tristeza, de entusiasmo.

ZURITA

- Se te mezcla lo que está pasando en el país con el final de este libro que te tomó 10 años.
-Se mezcla. Y de verdad, lo que uno quisiera no es escribir un libro sino que la vida fuera como una obra de arte.

- ¿Qué sería eso?
-Una vez creo que García Márquez dijo que escribía libros porque no podía colocar bombas. Es una frase efectista y todo, y sin embargo tiene algo de verdad: a veces tengo la sensación de que los tipos más hijos de puta son los escritores, porque cuando tú escribes, suspendes todo, los que realmente sufren son los otros, y los escritores hablan del sufrimiento de esos otros. La operación misma de escribir no es sufriente; al contrario, es gozosa, aunque estés escribiendo de Auschwitz, de tipos a los que se les muere el hijo o se suicidan, como la Anna Karenina. Tolstoi retrata el dolor de otros. El arte tiene algo de carroñero, recoge las escorias, los cadáveres putrefactos de otros seres humanos, se alimenta de ellos.

- Y cuando la obra es autobiográfica, como en buena parte lo es Zurita, ¿opera lo mismo igual nomás?
-Opera lo mismo: tomas como sujeto escenas que efectivamente pasaste con aburrimiento, con grito o con infinita alegría, y eres como un carroñero de ti mismo. Cuando escribía, me acordaba de detalles de escenas, y tenía dos sensaciones: una, que habían pasado millones de años; otra, que no había pasado un segundo. Todo este libro es como si lo que contara fuera en un presente inmediato y al mismo tiempo como si ya fuera un mundo perdido para siempre en la noche del tiempo. Estuve tanto tiempo escribiendo que recién estoy empezando a acomodarme con este libro, a entenderlo un poco.

- Es un día todo el libro, las 750 páginas, un día que empieza y termina con casi iguales versos.
-Es sólo un día. Ahora, un segundo de la existencia es toda la existencia, a veces. La Divina Comedia es un cruce de miradas nomás: dos personas que se miran y se pierden. Ahí está todo. Se cruzan Beatriz con Dante y el tipo la mira y porque quería escuchar lo que no le fue dicho en vida por ella, para poder escuchar eso, escribe la Divina Comedia, como si no fuera él mismo el que se lo está diciendo. Toda obra literaria, desde las obras que contemplan a un solo hombre, como la poesía de Ungaretti, hasta las cosas inmensas, con miles de personajes, como Guerra y Paz, en realidad siempre es un monólogo, en donde hablas y tú mismo te respondes como si fueras otro, pero al final eres tú mismo.

- Alguna vez hablaste del temor que te daba terminar de viejo escribiendo ‘democratacristianamente’; ¿es un terror a la corrección?
-A toda esa cosa correctita de los poemas. La poesía pudorosa es de una profunda inactualidad: la profunda inactualidad del poema a no ser que sea un gran poema.

HIP HOP Y ANNA LIVIA

- En “Magnolias”, aparece un lote de hiphoperos, “el hip hop es la flor de la tierra”, y se mezclan con Joyce –Joy– y la Anna Livia Plurabelle del Finnegans Wake. Y cada uno de los hiphoperos se llama como una población: La Victoria, La Legua, Villa Francia, Lo Hermida.
-Me tocó conocer a los hiphoperos de La Legua un tiempo.

- ¿A quiénes?
-Los conocí, a los Panteras Negras por ejemplo, y me parecieron tremendamente fuertes. Toda la cultura de la juventud no universitaria es muy potente. Uno les escucha las letras de los rap y son feroces, muy radicales, muy barriobajeras, cargadas de violencia, de lo que ellos llaman el odio militante. Por un lado tenemos a los universitarios, y por otro están las cosas en las poblaciones, un mundo tremendo, cuyas expresiones las conocemos muy fragmentariamente. Yo no sé la cosa estadística, pero aunque se haya ampliado la cobertura en la educación, la juventud universitaria es una minoría, la juventud no universitaria, con sus murales y sus hiphop y cantos y con su violencia, es más.

- ¿A las marchas universitarias… te gustaría ir?
-Una de las latas de esta enfermedad que tengo es no poder marchar, porque yo soy un tipo que ha marchado en la vida.

- ¿Cuándo la última vez?
-Cuando murió Pinochet, o cuando le pegaron a Alejandro Navarro. Pero ahora desgraciadamente me cuesta caminar entre la gente. El parkinson tiene cosas que son cómicas: por ejemplo, no tengo ningún problema con las escaleras. Si la vida consistiera en subir y bajar escaleras, la mía sería fantástica, lamentablemente tienes que pasar por puertas y espacios angostos, que me joden, me desordenan los radares. Son pequeños impedimentos físicos.

- ¿De poder ir, irías?
-Me gustaría ir a la marcha. Y a lo mejor hasta voy, me quedo parado y miro, pero ya no puedo correr, arrancar de los pacos, cosas que me encantaba hacer. Lo otro duro es dejar de bailar: hasta hace cinco meses podía, un ratito que fuera. Ya la última vez con la Paulina fuimos, y no, mejor que no.

TRAPOS MUERTOS

- Dentro del apartado “Ruinas” incluyes un poema que alude a la Noche de las Banderas, la noche en que ganó Ricardo Lagos, y dices a pie de página que esas banderas son ya trapos muertos.
-Ves todo lo que pasó ahí y veo un fracaso; alguien dijo que Chile ha tenido puros gobiernos de derecha, de centro derecha. No sé, pero no ha tenido desde 1973 algo que se pueda asociar a una centroizquierda; es el derrumbe, en el caso de esa noche, de un sueño.

- ¿Qué jodió a la Concertación?
-El miedo fundamentalmente, tenían que demostrar que ellos no eran antiempresarios, se sentían con el deber de demostrar que no eran la caricatura que los otros construían de ellos.

- Demostraron demasiado.
-Demostraron demasiado.

- ¿Ves una pérdida de miedo últimamente?
-Sí, una pérdida de respeto al menos. Este gobierno yo creo que no será muy distinto de los anteriores, pero los símbolos son los que afloraron. De frentón. No es que este gobierno sea un gobierno dictatorial, pero los personajes inevitablemente recuerdan esa época… Y la Udi. Entonces, tú ya puedes tirarte contra ellos sin culpa. Sin complejos. Yo recuerdo que hace cinco años se escuchaba decir: “los errores del mercado se corrigen con más mercado”. Glorificaciones. Creo que la derecha neoliberal también ha tenido cada patinazo, pero todavía puede estar un tiempo tranquila: lo que se implantó con la dictadura, la derrota del proyecto socialista de Chile, fue una derrota muy absoluta. Veo los movimientos, las emancipaciones civiles, se empieza a hablar de la deslegitimidad del lucro en la educación, pero un cambio de sistema yo lo veo muy lejos.

BIN LADEN

- El poema “El descenso”, 3º de la serie, dice: “Las heladas montañas se derrumban sobre sí / mismas y caen, tal vez el mar las acoja. Hay tal vez un mar donde los cuerpos helados caen. / Quizás Zurita eso sea el mar. Un limbo donde / los cuerpos caen…”. ¿Qué piensas de la muerte de Bin Laden?
-Hay algo tan monstruosamente desfachatado. Entiendo la cosa, lo asesinan, en teoría eso está justificado, pero… A mí verdaderamente me impresiona el discurso occidental. ¿Por qué un bombardeo sobre Bagdad es menos atroz que el derrumbe de las Torres Gemelas? Probablemente, el fin de la poesía es resistir ese viejo eslogan que dice que las razones y la historia la ponen los vencedores. Y de pronto, fíjate, no me pasa nada, leo lo de Bin Laden y lo leo con la misma indiferencia con que de repente tú lees una noticia en la crónica roja, es un dato.

- ¿Es más pesadillesco el lumpen que apedrea o el retail que revienta a discreción?
-Preferiría al lumpen que apedrea, porque tiene la posibilidad de tener sentido del humor, los del retail…

- Solo tienen sentido de la oportunidad.
-Solo tienen sentido de la oportunidad. Ahora, cuando a ti te asaltan –hace un par de años entraron a esta casa–…, no hay que minimizar para nada el terror y la capacidad de daño que tiene lo no normado.

- El lumpen.
-La violencia lumpen es aterrorizante porque efectivamente pueden matar un gallo a patadas. El problema es cuando el Estado también lo hace. Hay una frase de Bertolt Brecht: ¿”Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”. Creo que en Chile hay tipos con mucha plata, pero finalmente son todos unos ricachones simples.

- ¿Qué es exactamente un ricachón simple?
-Un tipo que sabe hacer negocios, que gana plata, que sabe dónde colocar aquí, colocar allá, pero no inventó el computador, no inventó el automóvil, no es ni siquiera Bill Gates.

- Y hay poco liberal – liberal de peso en Chile.
-Ni uno, el único que hubo fue Roberto Matta. Él encarnaba la insolencia del pituco chileno, pero con inteligencia, esa cosa profundamente insolente, seguramente el otro fue Vicente Huidobro.

- ¿Y Edwards Bello?
-Yo creo que un poco menos. Un gran señor liberal insolente no se suicida.

 

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Foto de Alejandro Olivares


 

 

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Zurita y su nuevo libro.
“Intuyo un repliegue de la reacción”.
Por Vicente Undurraga.
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