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Raúl Zurita, Antonio Silva y yo

Por Felipe Ruiz

 

 

 

 

 

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Zurita en mi vida. Varias presentaciones de libros, incluidas algunas propias. Juntas en Providencia. Algunos hallazgos sin mucha importancia en diversos lugares de Santiago. Lo leo y siento aún que lo mejor fue por ahí por el 2007, para el lanzamiento de Los países muertos. Desde mi punto de vista su mejor libro. Desde mi punto de vista: aquello que más me llama la atención de su persona es precisamente lo contrario. Sus grandes ojos, su mirada perdida, a veces en un punto inalcanzable. Todo contra Borges. O lo opuesto, todo a favor de la mirada. Enormes imágenes levantadas desde la escoria o desde lo más oscuro del mundo. La capacidad de generar belleza allí donde hay solo dolor. Eso es para mí su poesía. Y su persona, algo más, un silencio ante mi palabra, ante mi verborrea o incredulidad. Un silencio de la escucha paciente de un maestro. Porque para mí, Zurita es un maestro.

La primera vez que llegó a mis manos un ejemplar de un libro suyo yo trabaja en la extinta revista Rocinante. Fue INRI cuando recién había sido editado y yo tenía que reseñarlo. No fui ni lapidario ni consagrador, pero la vida me acercaría a él de un modo extraño. Antes, el 2003, en mis estudios de periodismo en la Universidad de Chile, me tocó hacer un completo reportaje sobre su obra. Recuerdo el nombre: las cicatrices de Zurita. Tiempo después y también como alumno me tocó ir al Congreso Nacional cuando recibió el Premio Nacional. Pero nuestro primer acercamiento directo fue cuando apareció una antología de poetas de un centro cultural, donde él fue el prologador y yo aparecía antologado. Por entonces, Raúl ya trabajaba en su antología Cantares y terminada la presentación del libro se acercó a mí para que nos contactáramos. Nos juntamos y dijo que me incluiría en su antología. Yo le mencioné que conocía a un poeta muy bueno que podría aparecer también en su libro. Se trataba de mi amigo Antonio Silva. Raúl luego me escribió entusiasmadísimo, que le había encantado el poeta y que quería antologarlo. Estaba tan entusiasmado que me dijo que si se caía un poeta que tenía como titular del libro no importaba porque ya tenía a Antonio Silva. Todo fue muy rápido y luego de conversar con Raúl el mismísimo Antonio me agradeció el gesto. Cantares apareció el 2004 y efectivamente los poemas aún inéditos de su libro fueron antologados. Creo que incluso se les dedicó una atención especial por parte de Raúl ya que aparecieron bastantes poemas del inédito libro Matria.

Nos juntamos luego con Raúl a conversar de Cantares. Él estaba muy contento con el resultado y creo que a la larga, si miro en retrospectiva, los poemas de Silva son una impronta en el libro. Lo digo porque son completamente zuriteanos, concepto mío en realidad, algo que me surge como al pasar, conservan ese gesto telúrico de Anteparaíso.

Hay cierta magia en todo. Hay belleza aún en las sombras. Por ejemplo, pensar que conocí a Antonio Silva el año 2000, para el lanzamiento de su libro Analfabeta, que presentó Carlos Ossa. Da la casualidad que Carlos Ossa fue profesor mío luego en la Universidad de Chile. Y que, muchos años después, cuando me gradué, estuvo en mi defensa de tesis. También fue Raúl. Le presenté a Carlos Ossa, pero se me fue contarte, amigo Raúl, que él presentó años atrás el libro de Antonio Silva. La vida nos une por siempre.



 

 

 

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