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Raúl Zurita: una poética de la orfandad

Por Francisca Noguerol
Publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, 1 de diciembre de 2021



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Todos decían tu papá era esto o esto otro, o hizo tal cosa o hizo tal otra,
y me doy cuenta de que era esa palabra la que me lo hacía incorpóreo.
Qué es papá. Nada, un golpe de aire en dos sílabas que explotan: pá-pá.

Raúl Zurita. El día más blanco.  (1999, p. 126)

Si existe un sentimiento que recorra de principio a fin la escritura de Raúl Zurita, este es el de la orfandad. La imposibilidad (y el deseo) de aferrarse a una figura protectora —se llame «padre», «país», «pareja» o «Dios»— resulta clave para entender una creación marcada por el desamparo: de ahí su impronta existencial, intensificada desde la conclusión de  La Vida Nueva.  «No hemos sido felices, es posible que esa sea la única razón de por qué se escribe, del porqué de la literatura. Es ese trazo entonces, esa corrección de la muerte, la que le otorga a la poesía su carácter desmesurado y su enloquecedor silencio», señala el autor en Los poemas muertos (2006, p. 9).

En otra ocasión, declarará: «Mi autor más significativo es Juan Rulfo. Sus personajes hablan y uno tiene la sensación de que sus conflictos en la tierra eran tan irresolubles que seguían rumiándolos después de muertos» (2016, n.p.). Cuando leemos a Zurita experimentamos, en efecto, el sentimiento de orfandad y culpa inherentes a la obra de Rulfo, quien coincide con el chileno en su búsqueda del padre. No en vano, la revolucionaria  Zurita  homenajea a  Pedro Páramo  en «Sueño 57. A Kurosawa», texto escrito en la variante mexicana del español y protagonizado por el hijo —muerto— de un «espalda mojada» llamado Juan Preciado, tan ausente para su vástago como lo fue Pedro Páramo para Preciado. Además, ambos autores se muestran deudores del «cristianismo en ruinas», por el que el peso del pecado, inoculado en la infancia, impide asumir la idea de redención. De ahí la frecuencia con que leemos en la obra del chileno la imprecación «Eli Eli lama sabachtani» —o, lo que es lo mismo, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»—, inicio del salmo 22 y una de las siete frases pronunciadas por Cristo en la cruz. En ella se resume la ansiedad de un sujeto arrasado por la falta de respuestas que, en una imagen muy propia de su literatura, «clama ante el desierto», recibiendo como única recompensa el eco de su voz.

Zurita, que quedó huérfano a los dos años (con dos días de diferencia entre la muerte de su padre y su abuelo), dedica  El día más blanco  a escarbar en los recuerdos de infancia. Ahí conocemos a un niño añorante de su progenitor (presente en la vida del chico y de su hermana a través del cuadro ante el que los exponen para premiar o reprender sus acciones); un muchacho asustado por la idea del infierno —marcada a fuego en su conciencia por la abuela Josefina Canessa, la Veli de sus poemas—; desolado por las frecuentes ausencias de una madre que trabaja a destajo, y que vive en conflicto permanente con la abuela.

Las huellas del desvalimiento se repiten a lo largo de toda su obra. Así se aprecia, por ejemplo, en los versos que comienzan «Canto de amor a los países»: «¿Te acuerdas chileno del primer abandono cuando niño?/ Sí, dice/ ¿Te acuerdas del segundo ya a los veinte y tantos?/ Sí, dice/ ¿Sabes chileno y palomo que estamos muertos?/ Sí, dice […]» (2021a, p. 206); o en las palabras de la madre, a medio camino entre el italiano y el español, inscritas en el conmovedor «Ana Canessa rompe a llorar frente a su hijo»: «Bimbo mío te arrancabas porque querías ver de/ nuevo a tu padre que tan joven se me fue, río de/ mis estrellas, como tú ahora te has marchado, fli/fli, figlio mío. Volviste tras padre comido y llegó/ el aguacero» (2021a, p. 224).

Pero, sin duda, el mejor testimonio de este hecho lo ofrece Zurita. El libro se abre y se cierra con el reclamo del hablante a un padre ausente: «Mañana me marcho papá […]/ No me hablas papá» (2021a, p. 259); «Está amaneciendo y yo me marcho papá […] Nunca me dices nada papá» (2021a, p. 263). Incluidos ambos textos en la sección «Cielo abajo» —donde se revelan aspectos biográficos del escritor—, el ritornello recuerda la frase que inicia y concluye el  Finnegans Wake  joyceano, manifestando la imposibilidad de acabar con el desamparo. La violencia de la pregunta sin respuesta encuentra su mejor expresión en «¿Eras tú papá?» (2021a, p. 295), poema que revela la estrecha relación existente entre la escritura material en los acantilados —las olas chocando contra el abismo de rocas desde el crepúsculo hasta el amanecer escenifican la falta de respuestas— y el sentimiento de desolación por la temprana pérdida del progenitor.

La orfandad se extiende a los tres hijos mayores del autor. En un ejercicio de radical sinceridad, Zurita recuerda con frecuencia su separación de la primera esposa a los veintitrés años, lo que supuso el abandono de Iván, Sileba y Gaspar, nacidos con apenas un año de diferencia. Así se aprecia en la pregunta que concluye «In Memoriam. Con más tipos llorando»: «¿Sabías que yo también dejé a mis hijos papá?» (2021a, p. 260). De ese modo, el título de  Purgatorio  asume, en una de sus más importantes acepciones, la necesidad de expiar la culpa por el abandono de los niños, como reconoce en una reveladora entrevista: «El año 74 lo viví como un zombie […] Pensaba que no es tan fuerte el sufrimiento que a ti te puedan ocasionar como el sufrimiento que tú puedas ocasionar en otros. En ese sentido yo batallaba con una vida dura que había significado abandono de hijos […], historias de las que yo nunca pude quedar en paz (2017, pp. 664- 665).

Algunos de los poemas más desoladores del autor están dedicados, de hecho, a Iván Zurita, su primogénito, al que se presenta perdido en «Retrato entre los témpanos» —«es algo infinitamente remoto,/ glacial, su cara ya abandonada entre los hielos» (2021a, p. 226)—; incapaz de comprender el inminente abandono paterno en «Zurita-Poema de amor» —«Él se/ríe sujetándome de los pantalones/ y es tan pequeño, es tan pequeñito» (2021a, p. 280)—; rabioso —junto a sus hermanos— en «In memoriam: tu nevada mejilla»: «Hijo de puta nos dejaste. Grandísimo hijo de puta nos dejaste/ –Iván, Sileba y Sebastián esfumándose sobre las/ nieves de los Andes (2021a, p. 272)». El lenguaje se hace especialmente violento para escarbar en la culpa. Así ocurre en el «Vidrios rotos» de Zurita, donde compara la actitud de la madre —que abortó cuando el autor tenía catorce años— con la suya propia por abandonar a sus hijos. 

Pronto, el sentimiento de orfandad se amplía a los otros. Así, encontramos imágenes alucinadas, vinculadas a la pérdida de los padres, en la conclusión del poema-film «El paraíso vacío»:

Nada. Una multitud de seres famélicos agitan tarros vacíos gritando «Está muerta, está muerta». Es sólo la figura de un niño encogido. […]

Dice Mutter, no, dice Muerte. Un intenso fulgor quema la imagen y todo se va al negro. La multitud sigue gritando, pero no se ve. Sobre ellos se alza el hongo de una gigantesca explosión atómica, no, es la cara de una bella mujer proyectada en la pared. Las manos del niño se acercan y palpan a tientas el muro:

madre, madre (2021a, p. 192)

Puesto que el dolor es biyectivo, en la obra que comentamos los padres también quedan huérfanos de sus hijos. Así ocurre en la interpelación que abre Canto a su amor desaparecido, memorial del represaliado sin tumba escrito con palabras arrasadas: «Ahora Zurita —me largó— ya que de puro verso y desgarro pudiste entrar aquí, en nuestras pesadillas; ¿tú puedes decirme dónde está mi hijo?» (2021a, p. 199). Aquí, la voz de la madre huérfana se encara con «Zurita» para hacerlo partícipe de su dolor, planteando una cuestión que recuerda el «¿dónde están?» utilizado en las campañas de interpelación a la sociedad chilena impulsadas por la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD).

En el terreno del testimonio, sobresale la sección «Canto de los hijos solos» en  La Vida Nueva, donde un puñado de huérfanos cuenta la historia de sus familiares desaparecidos. Entre ellos, resultan especialmente relevantes las palabras de Basilio Lienlaf, suprimidas de la primera edición de la obra y afortunadamente recuperadas para la publicada por Lumen en 2019. Lienlaf, conocido como «el hombre que hablaba con su cintura», lleva la cabeza de su hijo colgada del cinturón como consecuencia del atroz castigo a que es sometido por los soldados que represalian su pueblo. A pesar de la dureza de la historia, vivida por un ancestro del poeta mapuche Leonel Lienlaf y narrada por este a Zurita, el texto se descubre como un excepcional canto al amor paternofilial, en el que el poeta termina identificando a Basilio Lienlaf con su progenitor para recalcar los indisolubles lazos que unen a un padre con su hijo. Este hecho explica que Sobre la noche el cielo y al final el mar, novela autobiográfica aparecida este mismo año y recuento de los años más duros —bajo dictadura— en la existencia de Zurita, comience con la línea «Padre, ¿usted sufre cargándome?» (2021b: 9) y concluya con «In Memoriam. Raúl Zurita Inostroza 1921-1952», donde leemos como respuesta a la pregunta formulada al inicio: «Sí —me respondió—, pero yo siempre estaré contigo, contigo que fuiste desmembrado» (2021b, p. 237).

 

 

La tragedia de la orfandad adquiere especial relevancia cuando afecta a los niños. Es el caso de Yazuhiko, la pequeña víctima de la bomba atómica cuya historia ocupa bastantes fragmentos de Zurita. En la misma línea se encuentra Galip Kurdi, el sirio de cinco años protagonista de la instalación «El mar del dolor», que se mostró en la Bienal artística de Kochi (2016-2017). La obra presentó las siguientes preguntas en ocho grandes telas blancas colgadas de una pared: «¿No me escuchas? ¿No me miras? ¿No me oyes? ¿No me ves? ¿No me sientes? ¿No volverás nunca? ¿Nunca nuevamente? ¿Nunca? ¿Nunca? ¿Nunca?» (2021a, p. 305). Al fondo, una tela de iguales dimensiones recogía el poema «A Galip Kurdi». El suelo del recinto fue recubierto por agua de mar hasta los cuarenta centímetros de altura, de modo que los visitantes debían desplazarse, con los pies mojados y leyendo las preguntas, hasta el poema final.

Para comprender el sentido de la exposición, debemos recordar a Amin Kurdi, el niño de tres años que apareció ahogado en una playa turca, y cuya foto de bruces dio la vuelta al mundo. Galip, su hermano, era solo dos años mayor que Amin, pero al carecer de una imagen que testimoniara su muerte, se convirtió en una de las muchas víctimas anónimas de la tragedia del Mediterráneo, a las que Zurita, con su creación, pretendió devolver la dignidad. Las preguntas sin respuesta intercambiadas entre Galip y su padre, recogidas en las primeras telas de la instalación, recuerdan la tachadura de la historia sufrida por el niño, tan desvalido como el hablante poético que inquiere al progenitor ausente en Zurita.

Leemos en el poema central de la instalación: «No hay fotografías de Galip Kurdi, él no puede oír, no puede ver, no puede sentir, y el silencio cae como inmensas telas blancas» (2021a, p. 306). El poeta manifiesta su empatía con el padre, reconociendo que no puede ponerse en su lugar: «Cuando la barca repleta de emigrantes sirios se dio vuelta, el/ padre nadó de uno a otro niño tratando desesperadamente de/ salvarlos, pero solo pudo ver cómo desaparecían. Yo no estaba/ allí. Yo no soy su padre» (2021a, p. 306). Sin embargo, esto no impide que el texto concluya con una emocionante muestra de piedad, sin duda uno de los rasgos más memorables de la obra que comentamos: «Abajo del silencio se ve un trozo del mar, del mar del dolor./ Yo no soy su padre, pero Galip Kurdi es mi hijo» (2021a, p. 306).

Basten estas conmovedoras palabras para probar, una vez más, que la extraordinaria poética de Zurita se encuentra signada por el sentimiento de orfandad. 

 




 



 

 

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