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La Inocencia Final
Presentación de "Asunto de ojos", de Carlos Decap. Ediciones Altazor, 2014

Por Sergio Madrid Sielfeld


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Comienzo estas líneas después de reunirme con mis alumnos de una asignatura algo peculiar y que hemos dado en llamar Poesía y Ciudad, ya vieja cátedra en la que de diferentes maneras hemos profundizado en esa reunión polémica y moderna entre el devenir de nuestras ciudades y la poesía. Retomábamos este segundo semestre a propósito de lo que en meses anteriores habíamos denominado de un modo algo lúdico, los “fantasmas” urbanos. Denominábamos así a esos hitos urbanos que fueron desapareciendo, quedando de ellos vagas reminiscencias, a veces ruinas como es el caso de la piscina de Recreo, o a veces barridos del mapa, como se dice, como es el caso de la piscina de 8 Norte o del Coliseo en la plaza que ahora tiene a un Bernardo O’Higgins emparentado con Superman en posición de eyección, o el Gran Hotel, o el Regimiento Coraceros y tantos otros lugares de los cuales solo quedan escasas fotografías, ruinas, como he dicho, y que persisten como fantasmas que de vez en cuando se nos aparecen y nos inspiran nostalgia, rabia, pesar o desilusión. Pero es el tiempo al fin y al cabo, la transfiguración implacable de la realidad.

Terminada la clase salimos con Rodrigo Molina, mi ayudante, a fumar un cigarrillo en el patio, y a conversar de forma distendida sobre estas cosas que nos entusiasman. En mi mano llevaba el libro de Decap y lo abrimos al azar, como quien tira un naipe del Tarot sobre el tapete, y se nos aparece como arcano la sección titulada “La ciudad y sus fantasmas”. Nos miramos con sorpresa y hurgamos las páginas siguientes: “Estoy rodeado de fantasmas / Que habitan esta ciudad / Este montón de palabras rotas / Se les ve petrificados en un muro de la calle / O redivivos en un sonido como de pasos / Arrastrándose a través del sucio cemento / También los hay que caminan / Tranquilamente por su centro / Inmutables al paso del tiempo”. La risa acompaña a la sorpresa. ¡Azar objetivo, nos decimos, azar objetivo!

El azar objetivo, ese término recurrente de los surrealistas, al que André Breton otorga una especial cualidad estructurante en algunos de sus libros, sugiere siempre sorpresa y también celebración. Se trata de algo así como las casualidades, las coincidencias que nos invitan a estar a la altura de lo extraordinario, y cuya mejor expresión es el encuentro amoroso… Se podría decir que de pronto las cosas de que disponemos circunstancialmente riman entre ellas. Por eso, el arte, la poesía, la canción no son ajenos a este término, ni la ebriedad —con su desarreglo de los sentidos—, ni la ciudad, cuyos fantasmas nos recuerdan que somos parte de ella y que de algún modo, más acá de la crítica y del deseo transformador, la amamos.

Entonces, me digo, ya solo frente a la pantalla, hay tantos azares que nos riman a lo largo del tiempo, encuentros y distanciamientos. Tal vez los poetas, al menos los de nuestra generación, no hayamos sido más que una tropa de vagos tras una estrella, la única que nos permite vislumbrar esta concatenación de coincidencias que finalmente nos tienen aquí, a nosotros, a ustedes, reunidos en torno a un libro. Y festejamos.

Asunto de ojos es una frase en la que coinciden muchas de las problemáticas de la poesía moderna, tal como podríamos observarlo en Rimbaud, uno de los fantasmas de este libro, el poeta vidente. La visión no es ajena a la poesía, ¿visión de qué? Tal vez de esas leyes secretas que juntan a una cosa con otra, o lo inaudito y lo innominado, la abundancia que habita en el fondo de lo más precario, la vida cotidiana; o visión tal vez del dolor que habita en el fondo del tiempo, cuya transfiguración nos separa de nuestros cadáveres y nos insta a una especie de esperanza en la palabra que consuena y que falazmente quisiera transformar el mundo a la medida de nuestro deseo. Por eso, a lo largo de estas páginas, la ciudad, el tiempo y la precariedad se hacen patentes, y la poesía es llamada reiteradamente por la palabra, para que venga en auxilio en el adentro y en el afuera del poema, en la vida y en la obra. Un cúmulo de secciones fechadas nos hablan no solo de la evolución literaria que ha “padecido” nuestro poeta, sino también de una vida que la poesía ha querido realizar. Alguien podría apreciar, especialmente en las primeras secciones del libro, un tono lárico, por ejemplo, tan propio de los poetas del sur, pero de un larismo en que el que ya no hay nostalgia de una aldea ni de nada que se le parezca, sino el presente precario de una época, la nuestra, en que tuvimos que convivir con la noche, sí, esa noche que no admitía ya nostalgia ni memoria. Esa época que también tenía un ojo, un ojo enemigo, vigilante, panóptico.

Con Decap nos conocimos en 1988, en Santiago, en la casa de Neruda La Chascona, becados por la fundación en su primer taller para poetas jóvenes. Se podría decir que aquel año en que recuperamos la democracia, en que murió Lihn, Carlos hacía de las suyas en La Chascona. A menudo recuerdo con intensidad ese año. Por primera vez se abría una beca de esa naturaleza a los poetas jóvenes. Éramos diez a la mesa, algunos de ellos ya han muerto. Mi querido Mauricio Barrientos, sepultado en Osorno siempre nos encantaba con sus musiquillas. Y Bárbara Délano, cuyos ojos azules o celestes eran tan profundos que el océano Pacífico se la tragó. Sospecho que unos más y otros menos alguna vez la amamos en secreto. Yo todavía guardo un beso que nos dimos, y lo guardo con piedad. A la manera de Neruda, podríamos decir: “¿Te acuerdas Mauricio, te acuerdas? ¿Te acuerdas, Bárbara, te acuerdas?”. Y Sergio Gómez, que pasó del verso a la novela; y Malú Urreola, Sergio Parra, Víctor Hugo Díaz, Andrés Morales; y Fabio Salas, que se convirtió en crítico de música, y que a ratos fue el chivo expiatorio. Éramos a fuerza de ebriedad inconscientes de la historia, pero actores fallidos del tiempo que vendría, pesimistas y rebeldes, supongo, irreverentes como debía ser, vino y poesía en una ciudad cuyas vicisitudes nos pesaban y nos hicieron viejos. Claro que con los años hemos venido hasta aquí rejuveneciendo y ya nos vendrán a buscar y miraremos a nuestros buscadores con los ojos de un niño, porque apostamos todo, de esto estoy convencido, a la inocencia final, como una manera de doblarle la mano a ese dios maldito llamado tiempo.


Viña del Mar, 2014



 



 

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