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Noticias de Pedro Lastra

Sergio Rodríguez Saavedra

 

 

 

 

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“Y yo que nada sé,
cuando diga el adiós
diré la bienvenida.”
(Diálogo del porvenir)

De Pedro Lastra se puede alabar sin caer en la pedantería su magnífico trabajo de catedrático, reflejado en el cuarto de siglo caminado en las aulas de StonyBrook en Nueva York y decantado en la Academia Chilena de la Lengua, de la cual es miembro de número al ocupar la silla que dejara vacante Alfonso Calderón el 2009. Y aunque esta es una muestra poética, es decir, que resalta su trabajo con los versos, lo cierto es que viene al caso para entrar a la vida y obra de un hombre que como pocos ha honrado su palabra en los actos, y que al intentar definirlo viene de inmediato el concepto de hombre de letras. De hecho su discurso de incorporación a la Academia en mayo de 2011 se titula “Una vida entre libros y bibliotecarios prodigiosos” donde pudo –salvo por su modestia- escribir la palabra vida con mayúsculas, destino que sigue a través de su labor como Director en los Anales de Literatura Chilena de la Universidad Católica, entregándonos lo más selecto de la bibliografía hispanoamericana. Al otro extremo del arco cabría mencionar su trabajo dirigiendo la colección Letras de América de Editorial Universitaria –no olvidarlo- antes de partir de Chile en 1972, porque en esta presentación constataremos secuencia y consecuencia como dos líneas que enmarcan esta única caligrafía.

1.

“La memoria
que es el siempre jamás,
la morada
donde alguien convive con su Dios y su sino.”
(Los lugares perdidos)

Sucintamente invocaremos a una temática recurrente en sus textos para definirle y además acompañar su obra poética: el tiempo. Nacido en Quillota en marzo de 1932, pero considerado casi hijo ilustre de Chillán, puesto que a fines del mismo año ya habitaba el mítico Chillán Viejo, sus primeros poemas aparecieron en Las Últimas Noticias por el 52, a lo que siguieron La Discusión y la revista Atenea dirigida por Luis Durand, ya en pleno 1953. Desde un comienzo, y lo confirmará más tarde Y éramos inmortales publicado en Lima en 1969, lo que llama la atención es su “tono” como definiese Gonzalo Rojas esta forma de hacer poesía, cuyo espacio más que masticar palabras, las va soplando con una sordina que le permite cubrir las distancias que suelen separar los tópicos en otros autores, y que para Pedro se traducen en una respiración autónoma como la de un viajero que atraviesa en su mente todo lo viajado, haciéndose en este acto rememorante un nuevo regreso, y él mismo, todo lo regresado al justo momento.

2.

“Todo es cuestión de tiempo, como se dice,
para encontrarlo a Ud., también como se dice,
a la vuelta de la esquina. Entonces
el discípulo y el maestro
seguirán dialogando:
yo igualaré su edad,
aunque no sus saberes de este mundo y del otro.”
(Noticias del maestro Ricardo Latcham, muerto en La Habana)

Muy acertadamente Silvia Nagy-Zekmi y Luis Correa-Díaz en el prólogo de Arte de vivir se refieren a dos modalidades de su poética: la elegiaca y la dialógica, esto, a propósito de su relación con la amistad que nutre gran parte de su obra, yo agregaría además una autoreflexiva que deviene del dilucidar el sentido de la ausencia en/con la escritura. Nos encontramos entonces junto al maestro Ricardo Latcham, Roque Dalton, Enrique Lihn, Óscar Hahn, por nombrar solo algunos de los muchos que suelen acompañar el gesto de la escritura como un inminente gesto de amistad, un diálogo “prodigioso” sobre la existencia y la función de la literatura, narrada por un testigo directo capaz de impugnar a los mismísimos comentadores de Cervantes en propia voz de Don Quijote. Este llamado es mutuo: fui testigo el año 2010 de la entrega, de un sobre con Cuatro poemas escritos en Francia de Pablo Neruda, quien a su vez lo entregara a Hernán Loyola, que luego de la historia por todos sabida, llegó a las manos emocionadas de Pedro 35 años después en la sede de Editorial Universitaria de Santiago, como si un destino manifiesto esperase un regreso para recordar.

3.

“Yo también, Cayo Plinio, me admiro como Ud.
cada día
de las grandes
y pequeñas costumbres de la naturaleza.”
(Plinio revisitado)

Sobre el texto mismo y como se acerca al lector el sujeto lastriano, Miguel Gomes destaca cinco tipologías: el derrotado o el observador marginal, el desterrado o el extranjero, el discípulo, el amigo, y el lector -el buen lector hubiese dicho en concordancia con sus trabajos-. Mas, como se puede apreciar en los enunciados, podríamos nominar el conjunto como “los otros”, puesto que su poesía no puede tener auténtica vigencia sino es en la relación con el otro, en una actitud empática del sujeto que perfila, lo que trasunta finalmente en el ejercicio de reunión cuyo puente levadizo se baja con el acto de escribir, por su experiencia sin duda, pero esencialmente por la experiencia sucedida con ellos. Así la vocación conversacional de los poemas es inseparable de su condición filial. El amigo que ha recibido innumerables muestras de gratitud es también quien hace de su existencia un continuo admirarse de la existencia humana, por ello puede sentarse a la mesa del tiempo y hablar con esos parroquianos que, tal como él, han escrito al extremo de los días.

4.

“…es una eternidad la de ese instante
y un espacio sin término
el lugar en que habita”
(Viola d’amore)

Apreciamos en sus poemas un sentido tácito de la precariedad de la permanencia, que por lo tanto define la necesidad de hacer del pasado un acto presente, y de nuestro estar un motivo de conversación para el mañana. Así que no es de extrañar que sus textos nos ubiquen en ese tiempo perenne donde vemos la imagen que nos trasladó con tanta delicadeza el autor. La temporalidad en Lastra es indisoluble con su escritura, no es en todo caso como en gran parte de su generación –la generación del 50- un asir el tiempo perdido, es una memoria presente.

5.

“Me alcanzaron los días
para encontrar algunas palabras
que me hablaron de ti en lugares distantes,
inquietas soledades.”
(Acción de gracias)

Y, a pesar de que posee textos de mayor extensión, también la brevedad compositiva le caracteriza. La búsqueda de la palabra precisa, el término exacto, la musicalidad en su único instrumento. En cualquier antología del poema breve sus textos pueden estar presentes, es interesante en este punto hacer el contraste con el poema contemporáneo que suele hermanarse al uso de la ironía y el suceso violento, un Ernesto Cardenal, un Juan Gelman, a modo de argumento comparativo. Aquí se escribe brevemente, pero cuidando que el ritmo no golpee sino que envuelva en su lectura. Nada más ilustrativo que el poema Gutenberg no midió las consecuencias de su desaforada maquinaria, que de título pasó tras drásticas revisiones a los dos versos que componen El desolado profesor, o Canción de amor que desde 1979 pasó de cuatro a un verso: “¿No era inmortal tu rostro?”.

6.

“Luciérnagas, el río:
la ribera que se ilumina
y es la luciérnaga en tu mano.
Su luz veloz me sobrevive
ya no luciérnaga ni río.”
(Instantánea)

Tal vez este ejercicio de cruza de tiempo sea uno de los causantes de cierta levedad con que podemos sumar rasgos de su poética, “poemas tan sutiles y evanescentes , que es como si lograran atrapar la forma de la poesía justo antes de su fuga” en palabras de Óscar Hahn. La mayor parte de quienes han hablado de su obra coinciden en este carácter cercano al minimalismo, aunque ésta es una economía rica en el uso del lenguaje. La emoción en el poema de Lastra se contiene dentro de sus márgenes, mas de manera alguna deja a un lado su origen lírico, que Lastra defiende a ultranza.

7.

“Y el que ame no será castigado
porque no hay impiedad,
apenas esas tristes equivocaciones.”
(Para el nuevo decálogo)

Nada, ciertamente, más filial que el amor, un motivo pegado a Pedro como la débil hoja bond 24 grs. al lomo de un libro. Aquí esta poesía cobra nueva fuerza porque es capaz de decir y sintetizar los gestos que la simbolizan, la elegancia de la insinuación, el matiz del deseo, la invisible cuerda que ata a dos seres por el resto de sus vidas, facetas además, que involucran la convicción que el amor es al mismo tiempo evasión y certeza.

8.

La obra más conocida de Pedro Lastra –o primer y único libro, en propias palabras- es Noticias del extranjero (con sucesivas ediciones en 1979, 1982, 1992 y 1998), obra que recopila –corregida y aumentada- una no menor selección de los escritos que le han dado un nombre en toda América, literal y literariamente, como ratifican las publicaciones existentes entre Maryland y Santiago, pasando por México D. F., Caracas, Bogotá, Quito, Lima, amén de Sevilla, Venecia y Atenas en el viejo continente. El título, como toda su escritura, no es casual, prácticamente es un leivmotiv de sus tópicos, fuera de ser además, una declaración de circunstancias: en esta razón fundo el título de esta muestra antológica, porque ya sabemos que el viajero ha regresado a Ítaca, y nos ha narrado cual fue el aprendizaje. También, y ya conocida parte de su biografía y en virtud de la coherencia de su discurso, he ordenado la muestra partiendo de textos que de una u otra forma le perfilan biográficamente y continuando con las temáticas explicadas más arriba. El número seleccionado corresponde a los 58 años transcurridos desde su primera publicación hasta estos celebrados 80 años, a ellos se suman dos textos inéditos como un regalo que acrecienta su figura que no puede recibir sin dar. Agradezco la oportunidad de ser el portador de estas Noticias de Pedro Lastra, ojalá que al igual que yo, estos poemas le dejen las puertas abiertas de par en par. 

 

Introducción a la muestra antológica Noticias de Pedro Lastra. Selección y prólogo de Sergio Rodríguez Saavedra. Mago Editores, Santiago, 2012.



 

 

 

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Noticias de Pedro Lastra.
Selección y prólogo de Sergio Rodríguez Saavedra.
Mago Editores, Santiago, 2012