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LEONORA CARRINGTON

Por Silvia Rodríguez





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Amar el oficio y entregarse a él, es lo que todo artista hace.  Leonora Carrington no es la excepción. A muy temprana edad manifiesta la sed de pintar y plasmar todo el mundo que se gesta en su mente.  En el plato de avena a la hora del desayuno, ve el largo y bello lago Windermer. (Inglaterra).  Su mundo va más allá de mirar y transformar el entorno con su imaginación, Leonora hace de su realidad un cuento mágico, anda en cuatro patas porque es un animal “yo se que soy un caballo, mamá, por dentro soy un caballo”  Su madre responde que sólo tiene la fuerza y el ímpetu de una potranca, pero realmente es una niña vestida de blanco. Leonora ya tenía un universo plasmado de imágenes y pensamientos que la hacían diferente “Estás equivocada mamá, soy un caballo disfrazado de niña”.  Además conversa con los sidhes -seres diminutos- siente su presencia en todo lugar, conversa con ellos y los hace partícipes de sus juegos.

Ser un caballo y ver a los sidhes, es una realidad imaginaria que la acompaña durante toda su vida.  Es expulsada de tres colegios, fue difícil educarla –si es que en realidad se pudo educar-  Monjas ni compañeras logran aceptarla, es  rechazada por no aceptar la educación que se entrega solamente a las niñas privilegiadas por su condición social.  Sus padres la presentan a los reyes en el palacio de Buckingham, para todas, es un honor, una ratificación de buen nacimiento y de pureza de sangre, para ella, un momento de aburrimiento e incomodidad por el vestido y por el peso de las joyas que debe lucir.

Renuncia a la corte real de Inglaterra, a la tiara de diamantes, a la gran fortuna que heredaría de su padre.  Viaja a Londres, se alberga en una precaria habitación, pasando algunos días sin tener nada para comer.  El brazo y la sombra de su padre la alcanzan, envía un agente a guiarla en la ciudad y a cuidarla.  Pronto conoce y se enamora del pintor alemán Max Ernst, quien le dobla la edad y traduce el mundo interior que lleva prisionero en su espíritu rebelde e indomado.  Huyen a París, para convertirse en una de las mayores exponentes del surrealismo.  André Breton, Joan Miró, Man Ray, Duchamp, Picasso, Salvador Dalí y todos los surrealistas de la época, admiran su capacidad imaginaria y entrega al arte.  El caos y la devastación vienen con la segunda guerra mundial.  Max es confinado en un campo de concentración en Francia y Leonora huye de París gracias a una pareja de amigos, quienes la obligan a callar cuando, desesperada, grita consignas contra los alemanes.  Está desorientada y traumada por la perdida de Max, por abandonar la casa, sus lienzos y por el desastre que vio antes de salir de Francia.  Tiene una fuerte crisis nerviosa, nadie puede ayudarla, mucho menos contenerla, transformándose en problema y peligro para los huéspedes del hotel Ritz.  Informan a su padre el estado de Leonora, y éste solicita su internación en la Clínica Santander (España) donde permanece desde agosto a diciembre de 1940.  La consideran una paciente de alto riesgo.  Le administran tres dosis de cardiazol  -cada inyección equivale a un electroshocks- los agentes de su padre la retiran de la clínica con la orden de llevarla a un prestigioso y gran sanatorio ubicado en Sudáfrica.  Logra huir para llegar a la embajada de México donde solicita hablar con el escritor mexicano Renato Leduc.  En pocos segundos logra narrar todo lo que ha sucedido y Renato la protege.  Viajan a Lisboa, luego a Nueva York donde se reencuentra con sus amigos surrealistas.  Después de conocer la realidad a la que se vio enfrentada, Breton la insta a escribir su experiencia en el manicomio, es así como logra desembarazar sus emociones en el libro Memorias de Abajo.  A pesar de estar libre no logra erradicar su tristeza.  “Siento que nunca va a desaparecer esta angustia porque la angustia soy yo.  Cada mañana abro los ojos al borde del precipicio y la certeza de la caída es espantosa”.  El reencuentro con Max es doloroso, la crueldad y la sinrazón de la guerra y el manicomio comienzan a asfixiarla.  El sufrimiento que padeció después de cada inyección de cardiazol, la llevan a evitar cualquier dolor.  Abandona a Max Ernst para viajar con Renato a México. 

Este país la recibe con idioma y costumbres diferentes.  Se desestabiliza, aunque pinta, está desorientada, no tiene a quien narrar las imágenes vistas en su último sueño.  Acude a la Embajada de Inglaterra, donde consigue que la inviten a las diversas actividades culturales.  Pronto conoce a la pintora española Remedios Varo, con quien alcanza una profunda amistad.  Aunque Renato continúa saliendo por la mañana y llegando tarde a casa, Leonora, a pesar de su ausencia, siente que está encauzando su vida después de mucho tiempo.  En una cena conoce al fotógrafo húngaro Imre Emerici Weis, a quien apodan Chiki.  Se van a vivir juntos a pesar de la falta de dinero.  Leonora queda embarazada.  “¿Qué cosa es tener un hijo? ¿Cómo se le hace?” Pregunta a Remedios.  “¿Tú fuiste niña no?”.  “No, fui un pony, luego una potranca, y ahora soy una yegua”.  Al primer hijo lo llaman Harold Gabriel (filósofo y poeta), al segundo Gaby (médico y pintor).

La vida de Leonora Carrington es un tributo a la dedicación y entrega al arte.  Desde la infancia tuvo la cualidad de tomar las manifestaciones del subconsciente y plasmarlo en un lienzo.  Quienes la oían hablar se deleitaban con su forma de percibir la realidad.  Con sus delirios y arranques, con sus palabras y su historia logra llevarnos a esos lugares donde habita lo más profundo de nosotros mismos. Fallece de neumonía a los noventa y cuatro años, en la noche de un 25 de mayo a las 22:30 horas.

“La muerte me vendrá sin que yo elija cualquier cosa, solita.  ¿Cómo puedo saber? No sé, lo dejo abierto, quizás regrese, quizás no regrese, quizás es el final, quizás no lo es, no sé, me voy sin saber”

 

 

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