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La Caída del Ángel Negro, de Tomás J. Reyes

Por Silvia Rodríguez Bravo




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Tomas J. Reyes, es el seudónimo del escritor radicado en Talca que bajo el sello de  Editorial Zuramerica publica el año 2020  “La caída del ángel negro”, novela psicológica de lectura atenta y sostenida cuya trama se encuentra plasmada de intrigas, crueldad y remembranzas de un pasado que desde el inicio de la adolescencia marcó a hierro candente la vida apacible y modesta que Rubén Araneda llevaba en Barrio Paraíso.  Faltando pocos días para su décimo tercer cumpleaños, la emoción sentida después de comprar láminas del mundial de futbol, lo hace perderse entre calles desconocidas en las que conoce a Hipólito Carranza, niño de su misma edad que vive en una casa de tres pisos y con quien, bajo la sombra de una acacia, termina jugando a voltear sus láminas con la palma de la mano.  Desde ese día, el destino de ambos se une para diversión del recién conocido y el placer tormentoso de Rubén.  Pero ¿Qué lo lleva a permanecer junto a quien lo va destruyendo?  Es cuestión de ¿Masoquismo o proyección?.

En esta novela ambas conductas se encuentran y dominan el proceder de Rubén que dejó salir el lado más oscuro de sí mismo.  Quizás de tanto presenciar violencia, ira y enojo en su hogar, se dejó dominar por los caprichos de Polo siendo este servilismo la válvula de escape para todas sus emociones reprimidas.  “La caída del ángel negro” es un texto cuya trama fuera de consumir al protagonista, nos habla de cómo se canaliza la proyección de la sombra individual, en un otro.  En este caso el lado oculto y malvado de Rubén emerge y se manifiesta cada vez que materializa la voluntad insana de “Polo”, independiente que después de ejecutarla y en la soledad de sus reflexiones, se arrepienta, busque respuesta a su servilismo injustificado y se proponga no acudir a su próximo llamado, ni continuar sometiéndose a sus demandas. 

A través de su vida se verá enfrentado, en otros campos de batalla, a la misma guerra de enfrentarse y luchar contra sus propios demonios.  Esta condición lo hace terminar un buen y sano romance porque se desconocía a sí mismo.  Cuando con un amigo recuerda esta relación, lo hace reconociendo que desde temprana edad comprendió que algo siniestro recorría los laberintos de su mente: “Participábamos en asados y fiestas, pero nunca me sentí parte de la familia.  Bebí, jugué a la brisca, me reí de las bromas y chistes, pero no estaba a gusto en esos espacios.  Me sentía diferente, y no creas que me juzgaba mejor que ellos, al contrario.  Comprendí desde hacía tiempo que en mi vida había zonas oscuras dónde se ocultaba, y se oculta, lo salvaje, los deseos insatisfechos, las peores bajezas”.

La construcción narrativa está cimentada con diversas voces que rompen la línea del tiempo al desplazarse continuamente al pasado con el fin de organizar y mantener viva la realidad. De esta forma se recrea la diferencia social, la locura, el maltrato, la religión, la ideología política y todas las etiquetas posibles que pueden moldear la personalidad de cualquier individuo.  En Rubén, cuya adolescencia se vio alterada desde los trece años, las experiencias lo tornaron en un adulto que busca al culpable de su destino y de la desgracia de otros, para ajustar cuentas, cobrar justicia pero sobre-todo, para encontrar respuestas.  En este peregrinar habrá reencuentros con amigos cómplices y/o testigos de vivencias que tan solo en la vida del protagonista, se tornaron traumáticas.  También estará presente la pérdida y búsqueda del ser amado con quien se mantuvo una historia de amor desmedido que surgió desde temprana edad y el problema mental que afecta a uno de los protagonistas cuya falta de empatía, lo convierte en un ser irresponsable y torturador sin remordimiento alguno.

La diferencia social se deja ver a través de los ojos infantiles de Rubén cuando  en el segundo encuentro, acepta entrar a la casa de Polo que tenía “antejardines floreados, chimenea y ventanas de aluminio”.  El lujo, el brillo de los objetos y la belleza circundante son una invitación irresistible que lo lleva a quedarse y continuar subiendo escaleras que conducen a pasillos y habitaciones plasmadas tanto de pomposidad como de misterio.  La poesía no está exenta a la hora de narrar y de verter las emociones cuando recuerda aquel lejano momento:  “Avancé hacia la casa de Polo con una especie de temor imperceptible, subterráneo, una sensación que provenía de la parálisis que en ese instante trastocaba al mundo:  no corría brisa alguna, no se movía una hoja en la hilera de árboles, no pasaban transeúntes ni escuchaba automóviles; la tarde yacía congelada en un cuadro surrealista.  En pueblos y ciudades pequeñas, en esa época, se percibía la inmovilidad, hoy en día ni siquiera”.

Lo religioso, es otro tema que fluye como una enredadera enquistada en la vida de ciertos personajes, mientras que en otros existe la burla o dudan de la existencia divina.  El fervor hacia un Dios piadoso, queda manifiesto en “fragmentos de un diario de vida” donde la voz narrativa de Florencia Rivas emerge en forma protagónica logrando construir un hablante sólido y definido que a modo de catarsis busca en la escritura la forma perfecta para tranquilizar y aliviar su mente.  En estos pasajes la narrativa fluye al unísono con la poesía logrando alcanzar hermosas imágenes poéticas que acompañan la lectura, permitiendo así digerir lentamente las amargas y dulces experiencias del tiempo pasado y presente que Flora va describiendo.  En este capítulo la sensibilidad cobra un agudo sentido al dar cuenta de cómo ella, a pesar de resistirse, termina cediendo al clamor del cuerpo que en forma innata tiende a obtener y alcanzar placer sexual.  Una vez saciada, vuelve a su arrepentimiento genuino y profundo para decir: “No he resucitado. Permanezco muerta desde ayer. Preguntándome tantas veces por qué no puedo con el deseo que me carcome por dentro y jamás encuentro respuesta…”. 

La voz de Flora conduce a laberintos existenciales, sitio en que algunas acciones a pesar de provocar culpa y arrepentimiento se vuelven a cometer.  Este actuar tan característico y propio en la vida real, se ve reflejado en esta reflexión:   “Salí con una mezcla de desconsuelo y alivio, como si soltar ese deseo acumulado en el cuerpo me entristeciera y, al mismo tiempo, fuera necesario”.

Además, encontramos el poco tratado tema en literatura sobre el eterno conflicto entre madre e hija, como también la culpa y la baja autoestima impuesta por una cultura y sociedad donde cuánto ocurra a las mujeres, aunque sean niñas, es culpa de ellas, porque son ellas quienes provocan, incitan y despiertan los deseos.

A través de doscientas treinta y cuatro páginas Tomás J. Reyes nos va sumiendo en la construcción de un universo cruel, despiadado, donde los sentimientos sublimes tienen pocas pero sólidas notas de amor que se manifiestan en la protección del ser amado ausente y en la constante preocupación por los otros.  Con una pluma ágil, Reyes explora las diversas capas que en forma aleatoria se van manifestando en nuestra psique que no está exenta de sentir las mismas sensaciones, ni de padecer una o varias realidades encontradas en “La caída del ángel negro”.



 

 

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La Caída del Ángel Negro, de Tomás J. Reyes.
Editorial Zuramerica, 2020.
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