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Puertas en la Oscuridad, de Adriana Bórquez
Ediciones Inubicalistas, 2017


Por Silvia Rodríguez[1]


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Nos encontramos nuevamente ante un testimonio fiel a un contexto histórico que aún está latente, ya sea por la proximidad de quienes lo padecieron o por la falta de justicia ejercida sobre los culpables.

Leer Puertas en la Oscuridad, me ha llevado a evocar lecturas de otros libros que iré mencionando más adelante.

Adriana esta vez nos lleva vez por los senderos que hubo de sortear en una época en la que peligraba la vida de sus hijos, de sus compatriotas y la suya. Conociéndola, estoy segura que este sería el orden establecido en el marco de sus preocupaciones.

Desde el primer momento de esta novela testimonial, Adriana establece un vínculo y atrapa al lector presentando un acontecimiento al que nadie, nunca, debería ser expuesto. Me refiero a: Negociar la libertad a cambio de entregar a otros, proteger a sus hijos de los torturadores y mantenerse viva.

Me gustaría hacer un alcance en relación al tema de “Negociar la libertad”. Adriana tuvo la fortaleza de cuerpo y mente de hierro para soportar las torturas.

Cito textual: “Había logrado no sucumbir antes las torturas físicas y psicológicas que se ensañaban con la fragilidad de mi cuerpo y el debilitamiento de mi mente”.

En Chile tenemos otro libro testimonial, otro fiel reflejo del sometimiento y crueldad ejercidos en tiempos de dictadura. A medida que iba leyendo Puertas en la Oscuridad, sin querer llegó a mi memoria el libro El Infierno de Luz Arce, pero ella no soportó las flagelaciones y entregó información bajo tortura y después, voluntariamente. No pretendo hacer una comparación ni juzgar. Considero que cada cuerpo tiene su propia capacidad de tolerancia y resistencia al dolor físico y/o psicológico.

Solo quiero decir que; estos dos libros forman parte de nuestra historia, que fueron escritos por mujeres que han sentido la imperiosa necesidad de narrar lo que padecieron. En el caso de Luz Arce, quizás para redimirse. Sin embargo, Adriana deja establecido desde el comienzo que lo hace a modo de retribución a quienes salvaron su vida y la de sus hijas e hijo. Agradece y reconoce que gracias al socorro entregado por la Iglesia Católica, muchas víctimas como ella, lograron sobrevivir.

Quiero hacer hincapié en que son mujeres quienes están escribiendo y re-escribiendo la historia. Este re-escribir también queda evidenciado con los crueles testimonios de cientos de mujeres que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial y que la periodista bielorrusa, Svetlana Alexievich, recoge en su libro La Guerra no Tiene Rostro de Mujer. Aquellos desgarradores testimonios, a pesar de pertenecer a un contexto histórico diferente, también evidencian la miseria y crueldad de los perpetradores.

De igual forma, pensé en el poeta Oskar Pastior quien fue obligado a realizar trabajos forzosos en los campos de trabajo rusos. En una entrevista dada a Herta Muller narra de cómo hombres y mujeres dejan de comportarse como seres humanos. La escritora rumana-alemana plasma esta experiencia en el libro Todo lo que Tengo lo Llevo Conmigo.

Hoy tenemos a mujeres narrando desde su propia forma de ver y sentir el mundo. Con sus voces nos están diciendo que: ellas también estuvieron ahí y debieron sostener, cruzar y sortear los mismos, o peores acontecimientos, de quienes solamente han narrado la historia bajo una mirada analítica centrada en; las estrategias de los vencedores y errores de los vencidos.

Retomando Puertas en la Oscuridad, Adriana nos adentra en la angustia de su mente al pensar en el futuro de sus hijos, en la lucha que sostiene junto con la Iglesia Católica y sus compañeros, en la desesperación quieta y el miedo surgido al tener la certeza que en cosa de segundos, recibirá el tiro de gracia.

Es increíble ver cómo, en todo momento, es una hija quien sostiene a una madre herida y esta madre a su vez, la irá protegiendo de quienes siguen sus pasos a corta distancia. Al inicio es Lichi, quien en forma enfática dice: “Yo no te dejo sola. Apenas puedes caminar y si tú te vieras lo descompuesta que estás”.

Al poco tiempo será Selva la que camine junto a su madre, ¿y los otros hijos? los otros hijos estaban a buen resguardo entre familiares.

Del baúl de los recuerdos, Adriana transcribe una conversación entre su ser interno y la divinidad a la que se había entregado, Cito algunos fragmentos: “Señor, haz de mi lo que me está designado, pero hazlo luego. No te pido demostraciones de tu amor, te suplico piedad, devuélveme a mis hijas, o entrégame a la muerte. No le temo y tú lo sabes. Creo que llegué al límite de mi resistencia”.

En todo el resto de su testimonio Adriana no volverá a tener una conversación con Dios, quizás bastó ese ruego para recobrar fuerzas y continuar huyendo, refugiándose, seguir llevando de la mano a sus hijas, mientras la Iglesia Católica seguirá extendiendo su mano, creando y abriendo redes para ayudar a los perseguidos por la dictadura militar.

Puertas en la Oscuridad es un texto compacto que despliega a lo largo de sus páginas una narrativa fluida, precisa y transparente donde la protagonista va conjugando los sucesos con reflexiones personales, no exentas de creatividad poética y mirada filosófica. Ejemplo de ello es cuando nos dice: “Las ideas me dan vueltas y vueltas. Juego con ellas durante horas, más, cuando quiero fijarlas ya no están”.

Este libro continua evocándome otras lecturas. Hace mucho tiempo leí el poemario Geografía Azul de la poeta talquina Stella Corvalán, en él, la poeta canta y recita a la patria. Pocas veces nos encontramos con textos que aluden al vínculo afectivo que une, a la persona con su tierra natal. En relación a este concepto, Adriana en otro apunte rescatado de su baúl expresa: “¡Ay, patria patria mía, que aún me escondes en tu seno, debo dejarte! por eso te heredo mi queja sembrada en cada átomo de tu aire y de tu tierra, de tus aguas y de tus bosques, para que no olvides la huella de mi amor.

Aquí estoy patria, te llevo conmigo y quedo anclada en tu dolor. Serás mi báculo en el destierro, mi norte en mi errar”.

Uno de los tantos hilos que cruza esta novela testimonial es el misterio graficado en una persona a quien la narradora llama “Él”, personaje real que aparece en los momentos menos esperados para entregar reposo, consuelo, amor y luego desaparece para continuar trabajando en el rescate y ocultamiento de los perseguidos políticos.

La lectura se torna cada vez más cercana y esclarecedora, mostrando así uno de los tantos socorros que entregaba el comité Pro-Paz como era la atención clandestina para los casos de urgencia. En esta ocasión, era para que Adriana recibiera tratamiento dental ya que las descargas eléctricas en su dentadura, más los golpes proporcionados con puños y pies, más la culata de un arma, habían dañado severamente el maxilar y su dentadura.

Como dije anteriormente, Puertas en la Oscuridad es un libro que me evoca otras lecturas, por ejemplo: la anécdota cuando Vicente Huidobro sacó a Teresa Wilms Montt disfrazada de monja del convento donde sus padres y esposo la habían recluido. También Adriana junto a su hija Lichi, deben recurrir al artilugio del disfraz, saliendo vestidas con el hábito de las Adoratrices para ir en busca de otro refugio. Refugio que finalmente encuentran y que Adriana relata en su anterior libro llamado Un Exilio.

Uno a uno, los acontecimientos se van entrelazando en forma de espiral ascendente, manteniendo siempre una fuerte tensión narrativa. No hay ningún momento de respiro, ni una sola pausa donde descansar de todo el abanico histórico que Adriana despliega en estas páginas plasmadas, de una infeliz época.

Invito a cada uno de ustedes a recorrer los laberintos que Adriana debió cruzar, a conocer como; sacerdotes, monjas y laicos enfrentaron a los organismos de seguridad de la dictadura. Cuando lean el libro, aparten la realidad por unos momentos y aprecien los instantes poéticos, la fluida y armónica narración que Adriana desprende en cada una de estas páginas.

Finalmente les quiero decir que hay historias que no se pronuncian, que no se traen al presente, que no se olvidan, tan solo se piensan, se rumian, se pesadillan.

 

[1] diplomada en Humanidades de la Universidad de Talca, ha colaborado como cronista y crítica literaria en diarios y trabaja con diversas organizaciones sociales contra la violencia de género. Presidenta de la filial Talca de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech), ha publicado en poesía: Entre la Poesía y Yo (1993), Versóvulos (1998), Profeta de Bares (2002), Diario de una Cesante (2008), Año Bisiesto (2012) y Anatomía de un Insomnio (2016), obra  ganadora del concurso internacional Premio Carmen Conde de Poesía de Mujeres. En narrativa, es autora del libro Despertar Confuso (2004).


 

 

 

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