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Entrevista a Tomás Harris


Por Greta A. Montero Barra

 

Thomas Harris nació en La Serena en 1956. Es profesor de español por la Universidad de Concepción, en la que también cursó estudios de Magíster en literaturas hispánicas entre 1982 y 1983. Ha impartido docencia de literatura y lenguaje en diversas universidades. Actualmente se desempeña como docente en literatura en la universidad Finis Terrae y cumple la función de investigador en el Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional de Chile y es secretario de redacción de la revista Mapocho, órgano de difusión cultural de dicha institución.

Ha publicado siete libros de poesía: Zonas de peligro (1985); Diario de Navegación (1986); El último viaje (1987); Alguien que sueña, madame (1988); Cipango (1992; 1996 en fce); Noche de brujas y otros hechos de sangre (1993); Los 7 náufragos (1995) y es autor de un libro de cuentos, Historia personal del miedo, (Ed. Planeta, cuentos, 1994). ha participado en encuentros literarios en distintos países y su obra aparece traducida al inglés y al sueco. en 1993 obtuvo el Premio Municipal de Poesía por su obra Cipango, y  en 1996 obtiene el premio Casa de las Américas por su obra inédita Crónicas maravillosas. En el año 2001 publica dos libros de poesía, Itaca (Lom Ediciones) y Encuentros con hombres oscuros (RIL). En 2006 publica el poemario Tridente (RIL), el que junto con Encuentros con hombres oscuros queda como finalista del premio Altazor en mención poesía. El año 2007 publicó Lobo (Lom Ediciones) con el que obtuvo el premio a la mejor obra literaria
 

- ¿Cuál ha sido tu inquietud al intertextualizar en tu obra con algunos de los textos fundacionales (de descubrimiento) de la identidad latinoamericana y occidental, como las Crónicas de Colón, alusiones a Álvar Núñez Cabeza de Vaca y los viajes de Marco Polo? ¿Corresponde a lo que algunos han interpretado como la construcción de una “antiépica” latinoamericana? 
- Borges, creo que fue quién dijo que la literatura no era otra cosa sino un vasto y permanente sistema de citas. Creo que cada vez más el poeta va tomando conciencia de esta certeza y no sólo el poeta, los escritores en general. La textualidad es móvil, fluctuante, discontinua, aleatórea, rizomática si tú quieres. Ahora bien, dentro de esa movilidad textual, uno tantea, busca, se sumerge en otros textos hasta que encuentra su propio sistema citacional, sus propios y necesarios dialogantes textuales. Por motivos contingentes, la dictadura militar instaurada en 1973, cuyas primeras prácticas fue la de intentar borrar o distorsionar todo lo precedente, se me apareció como una necesidad buscar un mástil donde asirse, una cofa, un punto de mirada. Y creo que esta se me apareció como la necesaria huella identitaria que había que plasmar en nuestra poesía. Desandar los pasos perdidos, como en la hermosa novela de Alejo Carpentier. Carpentier me ayudó a esa búsqueda tanto en sus novelas como en sus magníficos ensayos. Colón funda nuestra mirada textual: es un tipo que va a contrapelo de todo lo que la lógica de la época le podía dictar. Además en él está el tópico del viaje, como en Cabeza de Vaca el del naufragio. Un viaje destinado al naufragio, eso es lo que somos. No sé si llamarlo anti-épica, pero sí hay en “Cipango” muchos “modos” literarios que tienen su origen en la épica, y, por supuesto, aparecen parodiados, desmitificados.

- A partir de Cipango, se considera tu poética como una escritura desde los espacios degradados del cuerpo colectivo, que son las ciudades, dentro de una erótica del delirio que contribuye, entre otras cosas, a desmantelar discursos. ¿Estás de acuerdo con esta consideración?  
- Sí en gran parte. Conscientemente he buscado situar mi poesía en espacios degradados, baldíos, prostíbulos, bares, prisiones, etc. Espacios que se construyen metafóricamente y hasta alegóricamente. La carga erótica de mis textos no creo que sea delirante (uno llega al delirio únicamente en el acto mismo de hacer el amor), sino más bien una búsqueda donde la erótica se tensa para abismarse hacia su cara oculta, a sus manifestaciones límites en la escritura. Más bien es el intento de releer poéticamente a Sade, Artaud, Bataille, cierto Breton. Ver que hay en el fondo de esas voces negativas y desesperadas. Si, finalmente, la experiencia límite es, como escribe Blanchot, “la respuesta  que encuentra el hombre cuando ha decidido ponerse radicalmente en entredicho.”

- Debido a las conexiones con el cine y los elementos visuales de la contemporaneidad se ha identificado tu poética como una retórica de la imagen (videosfera), la fragmentariedad y la dispersión ¿Podríamos enmarcar esta idea en la percepción de una actitud paródica frente a los referentes? 
- Si consideramos la parodia como “irrisión y apoteosis”, como un acto tanto de amor como de destrucción de esos referentes, sí. Porque yo soy de una generación que nació en un mundo impregnado por la cultura de la imagen, sobre todo del cine y de los comics, la publicidad y la TV. Nunca me he considerado un “apocalíptico” frente a estas manifestaciones. Es más, el cine ha sido, antes que la literatura, no sólo un referente cultural por antonomasia, sino también sentimental. Hoy por hoy, entre una buena novela de Roberto Bolaño o un buen libro de poesía de Gonzalo Rojas, sólo por dar dos ejemplos, o una mala película como “Zombie 3” de Brian Yuzna, me quedo con “Zombie 3.” La gozo como cabro chico.
 
- Fuera de la investigación, la docencia y la escritura misma, ¿dejas o te queda algún tiempo libre para hacer algo fuera de la literatura? 
- Uf. Difícil. Pero sí, caminar por el centro, almorzar con algún amigo o amiga que no estén rayando con el rollo literario, dormir, escuchar música, ir a Viña a ver el mar con mi mujer, conversar de cine bizarro con un amigo que tiene una tienda de vídeos en el portal Lyon, ir a matar zombies en los juegos “Diana”, esas cosas.
  
- Has expresado en alguna oportunidad que te fascinan, particularmente, las producciones de Ingmar Bergman y los exponentes del cine de horror. ¿Qué importancia han implicado en el desarrollo de tu escritura estas preferencias? ¿Qué otros ascendientes podrías acusar? 
- Bergman es genial. Bergman para mí es el cine. “La hora del lobo”, “La fuente y la doncella” y “El séptimo sello” son insuperables. “Crónicas maravillosas" es un diálogo permanente con “El séptimo sello.” Poder vivir un sueño oscuro, una pesadilla a lo Fuselli, ser un voyer inocuo de la muerte me parecen experiencias geniales. Yo soy de una generación que tuvo la suerte de ver en el cine las brillantes películas de la Hammer films, Christopher Lee y a Peter Cushing. Son experiencias sublimes, románticas. Hasta el cine Z como “La noche erótica de los muertos vivientes.” de Joe D’Amato son geniales en su desfachatez.  Ahí hay todo un potencial imaginario que jamás abandono. La vara política de los tiempos se puede medir con una exactitud milimétrica en estos filmes. Los miedos, las angustias, cómo afectan los diversos sistemas represivos de una época. ¿Otros ascendentes? El cine de David Lynch, que hace lo que quiere hoy por hoy con la cámara y los cómics de Jodorowsky y Manara, la realidad virtual, la ciencia ficción cuando está ligada al horror, como en Aliens. También la pintura, Goya y Hopper.

-¿Cómo describirías la relación que has mantenido durante tu trayectoria con los poetas de tu generación y con la ciudad de  Concepción?  
- Ahora más bien distante. Porque Santiago es una ciudad que absorbe demasiado tiempo y como ya casi no voy a encuentros dentro de Chile ni a lecturas grupales, porque me dan una soberana lata, casi no los veo. Pero sí los leo, estoy al tanto de lo que se escribe. Durante los 90 la cosa era distinta porque iba a más encuentros, incluso se debatía más, la cosa estaba más vital entre los poetas de los 80. Ahora hay como un extraño ostracismo. Y con los poetas de Concepción, como Carlos Decap, Carlos Cociña, Nicolás Miquea, Egor Mardones, Juan Zapata, Alexis Figueroa o Juan Carlos Mestre, que son mi verdadera generación, ya que compartimos muchas cosas similares tanto en la Universidad como fuera de ella, me entregaron mucho y vivimos en tiempos difíciles tratando de sacar adelante utopías que ya se han perdido. Ese tiempo fue hermoso y horroroso a la vez, pero aprendí muchas cosas, tanto en poesía como en las relaciones humanas 

- ¿Qué lugar ocupa el contexto sociopolítico del país en tu escritura? ¿Prevés algún cambio en la manera de leer y escribir en un mundo globalizado como el que estamos viviendo? 
- El contexto sociopolítico siempre ha sido fundamental e ineludible en mi poesía y en toda poesía que se precie. La actual sociedad socialdemócrata y neoliberal que vivimos ha  querido hacer del país una ficción de una condición cada vez más lamentable. Ha llevado al descrédito de la política y de los políticos que para una democracia sana es fatal. Además ha caído en un burdo nepotismo y ha arrastrado a la clase media a la pauperización y cada vez se abre más la brecha social. Las políticas culturales no tienen rumbo. Respecto a la lectura en el mundo globalizado me remito a lo que dice Roger Chartier en “Las revoluciones de la cultura escrita”: “La comunicación a distancia, libre e inmediata que la red permite establecer puede llevar a la pérdida de toda referencia común, a la separación radical de las identidades, a la exacerbación de los particularismos. O, por el contrario, puede imponer la hegemonía de un modelo cultural único y la destrucción, siempre mutiladores, de las diversidades. Pero también puede producir una nueva modalidad de construcción y de comunicación de conocimientos que no sería ya solamente el registro de las ciencias ya establecidas sino además (…) una construcción colectiva del saber en virtud del intercambio de conocimientos, de habilidades y de sabidurías”. Ojalá el resultado sea este último.

- ¿Corriges demasiado lo que escribes? De ser así, ¿cómo consigues controlar tu imperativo autocrítico de modo tal que no aniquile tus sucesivos intentos de sacar adelante un texto? 
- Cuando tengo una idea que veo que va a transformarse en material de un libro, generalmente, escribo un poco frenéticamente, a veces casi automáticamente. Como mis textos están interrelacionados y tienen una tendencia narrativa, esto me facilita la escritura. Pero la corrección es fundamental. Corrijo bastante. Cinco o seis versiones de un poema. O de un fragmento. Antes, cuando escribía a máquina era más fácil mantener el control de las correcciones. Ahora, en computador, las correcciones se borran, y no quedan huellas, Pero creo que he logrado controlar esa autocrítica, que es más bien la búsqueda del modo de decir adecuado a lo que estoy escribiendo. Lo único dudoso es que soy un corrector que agrega más que quita. Mi tendencia a lo extremo.

- Señalaste en entrevistas anteriores que has intentado hacer una obra unitaria, donde la simultaneidad y el mal sean los ejes centrales. Según esto, ¿cuáles consideras que han sido los principales cambios escriturales que has experimentado durante tu trayectoria? ¿En qué punto consideras que se encuentra tu poesía actualmente? 
- El simultaneísmo, que al comienzo se me dio intuitivamente, posteriormente lo descubrí, en un texto, leyendo a Pound, en la década de los 80. Esa lectura me ayudó bastante para sacar adelante un proyecto como Cipango y Los 7 náufragos. Y finalmente se transformó también en mi sistema de escritura. Respecto al Mal, es multiforme y dúctil, y hay que leerlo en sus distintos contextos epocales, en sus mutaciones y proliferaciones. Cambios escriturales si lo ha habido han sido más digamos temáticos, referenciales. Por dar un ejemplo: en “Tridente”, la ciudad ya no es Concepción, sino Colono, y el intertexto, “Edipo en Colono” y por sobre las referencias cinematográficas han funcionado como dispositivos textuales la virtualidad, la “transparencia del mal” como la llama Jean Braudillard. ¿En qué punto se encuentra mi poesía ahora? La verdad es que no lo sé. Estoy demasiado involucrado en ella y en el ahora como para poder ser imparcial. 

- A partir de los grandes referentes vivos que son Rojas y Parra, pasando por algunos poetas de la llamada generación del 60, ¿cuáles serían, desde tu punto de vista, los poetas más relevantes de tu generación en este momento y qué espacio sería el que ocuparían  dentro de la actual poesía chilena? 
-  Mi generación es tremendamente heterogénea, y creo que se ha distanciado lo bastante de Parra y Rojas como para dar un giro escritural, en general, que le dé un valor per se. Sobre todo de Gonzalo Rojas, porque Parra es un referente que aún uno ve en muchos integrantes de mi generación. Más asimilado sí. Zurita tiene otros referentes, por ejemplo: la gran novela latinoamericana, Artaud en sus comienzos, un Neruda apropiado, Homero, Dante, es un poeta vastísimo. Diego Maquieira y su carnavalización de la palabra, lo dionisíaco y absorbente de sus textos. Me gusta Paulo de Jolly con su obsesión por la Francia de Luis XV y su manera esquizoide de desestructurar el verbo. De los poetas de los 60, para mi gusto poético y más cercano a lo que yo mismo escribo, me resultan fundamentales Oscar Hahn, Gonzalo Millán y Waldo Rojas. Y volviendo a Gonzalo Rojas, para mí es un poeta ineludible: me regaló (textualmente) Orompello.  
 
- ¿Difiere mucho, o es una continuidad,  el concepto de texto (poema) del concepto de libro en tu proceso escritural? 
- Difiere. En la medida que considero al proceso escritural un tejido permanente y al libro, en tanto objeto, un vehículo que soporta ese proceso que yo veo vivo y articulado más acá o más allá del libro.

- Entre tus premios más destacados se encuentran los premios Pablo Neruda y Casa de las Américas, entre otros. Desde tu perspectiva, ¿qué piensas de los premios literarios y de la institucionalidad cultural de nuestro país? 
- Los premios, simplemente, bienvenidos sean, pero uno no escribe para ganar premios, escribe porque si no te quedas vacío o te mueres en vida. Sobre la institucionalidad cultural hoy en Chile, como trabajo para el Estado, me reservo la opinión. Pero sí debo aclarar que entre los poetas y las instituciones siempre habrá una fractura, un hiato, que es el que marca el Poder de la Institución y la permanente disidencia del poeta.

- Mirando desde lo que son tus gustos literarios, ¿qué obras desecharías, cuáles recomendarías y qué libros rescatarías del olvido o el desconocimiento? 

- Desecharía todos esos libros a los que George Steiner llama pura pulpa: libros de autoayuda, los primeros, el 50% de la narrativa chilena actual, el 60 % de la poesía chilena actual, libros miserables como “El desalojo” de Andrés Allamand, y toda la bazofia de derechas como los pasquines de Hermógenes Pérez de Arce, etc. Recomendaría leer “Escombros” una recuperación de las notas que publicó en vida Martín Cerda (nuestro Walter Benjamin) las memorias de Gonzalo Millán y de Bertoni, las reediciones de Enrique Linh, “El libro de la guardia” de Bruno Vidal y en traducciones todo Cormac McCarthy y un libro formidable de Robert Darnton “Los best sellers prohibidos en Francia antes de la revolución”. Del olvido rescataría un librito autobiográfico de Mariano Latorre  “El caracol”, toda una sorpresa y esa caja de Pandora que son las “Actas surrealistas” compilada por Braulio Arenas.

- Además de la poesía has incursionado en otros géneros, como en Historia Personal del Miedo (1994), que es un libro de relatos, ¿cómo ha sido esa experiencia? ¿En qué terreno te sientes más cómodo? ¿Qué códigos de la narrativa, tanto literarios como no literarios, han resultado decisivos para tu concepto de escritura?  
- Cuando se publicó “Historia personal del miedo” la crítica me mandó a escribir poesía de nuevo. Pero es curioso porque ahora han aparecido jóvenes lectores con el libro que sólo se encuentra en librerías “outlout” para que se los firme. Ahora para mí fue un divertimento ese libro, pero no le haría asco a sacar otro libro de relatos. Ahora, por supuesto me siento más cómodo en el terreno de la poesía, que es lo mío. De los códigos de la narrativa que me han resultado más decisivos para mi concepto de literatura estría la diégesis narrativa, es decir poder hacer una poesía que “cuente”, que relates y, dentro de estos, los de la épica y su contraparte, la parodia.

- Háblanos de Tomás Harris en cuanto autor y lector y sobre el concepto preconcebido, si es que lo tienes, del o los destinatarios de tu escritura. 
- Esta pregunta sí que es peluda. Después que Borges escribiera “Borges y yo”, qué agregar. Que adscribo a todo lo que dice ese texto con las distancias o el abismo del caso y, sobre los destinatarios de mi escritura… que les dedico el poema “Al lector” de Baudelaire.

 

LOS CAZADORES DE RELATOS

 

EN LA PLAZA DE XEEMÁ EL FNA
(LOS SENTIDOS DEL RELATO)

Los verdaderos relatos surgen del corazón
y lo que tú llamas poesía sólo es un advenimiento de la
mente
construida con la pericia del orfebre,
pero nada más (ni menos)
–me dijo ese poderoso y broncíneo
hombre del Maghreb–
ven conmigo, arrímate a nuestra plaza,
la plaza de Xeemá el Fna de Marrakesh,
y oirás esos relatos surgidos del corazón,
a esta hora están todos los escuchas arrebujados
en el anillo de la halca
y sólo les verás el fulgor de los ojos atentos,
y puede que más de algún cuchillo salga
a refulgir si hay alguna discrepancia en la trama,
en los rasgos de algún protagonista o actor
circunstancial;
te lo digo sólo por precaución,
una cuchillada perdida es tal fatal como una bala
sin blanco.
Es la pasión que despierta el relato y ninguno de los oyentes
arrebujados en la plaza de Xeemá el Fna permitiría
una mentira en los relatos;
pero no me refiero a una mentira de la ficción,
sino a una mentira que surja del corazón
del anillo de la halca.
Así de celosos somos por el corazón de nuestros relatos.
Pero será una experiencia de hoguera,
de chispas liberadoras que podrás narrar a tus compañeros
cuando tengan miedo en las noches
o sientan la nostalgia por sus remotos orígenes.
Y esto mismo que te estoy contando, viajero,
podría ser un relato más para ti
ofrenda de mi propio corazón para esas noches que te mento.

 


LOS CAZADORES DE RELATOS

Hey! ,my bad lieutenant Mucduff, pon el ojo en la mira
telescópica de tu rifle, pero apaga el rayo láser,
el punto rojo podría delatarnos, y apunta a ese
círculo de aparentes árabes arrebujados en torno a la
hoguera mortecina; ¿sabes lo que hacen? Se congregan
día y noche a narrar historias sin parar como si
en ello se les fuera la vida, pero claro esas historias son
su vida, y las vidas de los que los precedieron en
ese círculo harapiento, parece un organismo que
susurra en una dimensión paralela a la nuestra,
una medusa debatiéndose en la tierra árida,
pero ni la sequedad ni la miseria erosionará
sus ansias de narrar, lo único que los mantiene
con dignidad en sus malhadadas vidas, fíjate como
brillan los ojos fulgurantes del que narra,
cómo se tensas sus músculos y brilla el sudor,
esa pasión es nuestra peor enemiga, ya que en
ella reside su supervivencia y produce los ecos,
el aura mágica de esos sobrevivientes, ese ínfimo
cículo, la halca, es como un estadio lleno de
hinchas de un torneo sagrado, y las crepitaciones
del fuego, la danza imperturbable de las flamas,
es la vida perpetuada de su pueblo, la metempsicosis
que se adhiere como moluscos deseantes en
las reminiscencias de los peregrinos que los acompañan
y que, a su vez, narran sus propios destinos
cuando ya han pasado siglos de aprendizaje en la halca;
es el destino de esos organismos que sobreviven apenas,
my bad lieutenant Mucduff, lo que hace más duro nuestro
oficio de Exterminadores del Deseo, de oficiantes
del crimen perfecto, mira la poesía que brota de
cada boca desdentada, la lírica de sus gestos,
eso es lo que los hace fuertes y a nosotros una
casta en decadencia, aunque todo decae acá,
my bad lieutenant Mucduff, tu propia historia de justicia
regia ya se va borrando del recuerdo si alguien
no reclama para sí y de manera apasionada
tu sucesión; pero ya es hora de trabajar para
lo que nos pagan, así que leamos lo que narran
esos labios corroídos e identifiquemos por sus avatares
al narrador preciso, que será su historia, narrada
más temprano que tarde, la que nos permitirá
echarle el guante e irnos por unos milenios de
borbon, jazz y hetarias al hotel del guión que
nos ofrecieron en el contrato que firmamos
con esa criatura toda vestida negro, con la
sangre de nuestras venas que, te lo juro por Duncan,
no caerá acá en esta miserable tierra seca
y la haremos arder con las danzantes del vientre
el año pasado en Mariembad, donde veranea
la misma Muerte en sus meses de asueto,
cada milenio cuando enloquecen las estrellas.

 

EL RELATO PERDIDO

Escucha, captain Malcolm, cómo los susurros de
los narradores se confunden con el crepitar de la hoguera.
¿Es eso lo que llamas épica? O sólo es una percepción
fallida de mis circuitos cerebrales, una interferencia
de los electrodos que nos pusieron que comienzan a
languidecer? Captain Malcom, debes aclararme unos
puntos ahora, porque comienzo a confundir los hechos,
se me cruzan enanas blancas, lunas de no sé qué planeta
agónico,
murmullos que no deberían distraer mi sueño permutante,
no te preguntaré quiénes somos ni de dónde venimos,
pero debo dejar en claro que me intrigan esos nombres
que nos damos, tu grado y el mío, por qué debo seguir
tus designios, no, tranquiliza tus protosinapsis,
no es que me quiera revelar, sé que debo obedecer
las Tablas de la Ley Hebrea que comenzaron todo
este revuelo de cuervas y cuervos infecundos,
sus nevermores y sus picotazos en el hígado cuando
desobedecemos, y el juramento de vita brevis de los
androides, el Código de la Robótica y Decálogo del
Perfecto Holograma, pero si hay algo en tu transmisabiduría
que te hace ser el captain, dime Malcom, perdón, captain
Malcom,
de dónde estos nombres, esta retórica isabelina con que
nos homenajeamos en nuestras correrías aún borrachos
como Cubas en la tormenta tropical o ensangrentados
tras una masacre, y estos recuerdos inconexos,
¿quién era ese Duncan al que invocamos como a Diox?
¿Él nos programó o es parte del programa?
Estos nódulos de energía eran un videogame primitivo
o una Tragedia de metaeones ya congelados en el No-Tiempo?
¿Una película de terror Bad Taste o un cuento como esos que
narran acá en el Magreb esos árabes calentones y desdentados?
Sé que me responderás, captain Malcom, que son nombres
de guerreros a prueba de sobornos y conspiraciones,
que alguna vez te coronaron Rey de Scotland Yard,
y que yo, por no haber nacido de vientre materno,
cumplí una profecía y maté al protegido de las Harpías,
¿entonces por qué ahora somos asesinos a sueldo
mercenarios del Exterminio de los Relatos?
Y no me vengas con que me calle y piense en el borbon
y las prostitutas sagradas de Mariembad,
esta noche quiero respuestas, captain Malcom,
mira, huelo a baúl viejo, azumagado, a imaginación estagnada,
a reflujos de historias añejas, a punto del megaolvido cósmico.
Ya sé, ya sé, captain Malcom, tú eres el que lleva los cosmo–
galones acá, y si me desprograman por órdenes superiores,
las tuyas, claro, quedaré vagando por estas dunas y caseríos
ferruginosos del Maghreb como steimers desguasados y
envejeceré
en el culo de un árabe leproso, pero dame una pista, un
toquecito de Dioxcosmos a mis sinapsis chisporroteantes
y mi malamente sanará, aunque sea por unos días, sanará,
sanará, Elsinor, Birman, las brujas, el Mal.

 

SUEÑOS SIN PÁRPADOS
(CIORAN)

En una apartada provincia de la India, explicaban todo a través
de los sueños, y, lo más importante, se inspiraban en ellos para
curar las enfermedades. También a partir de ellos se arreglaban
los asuntos cotidianos o capitales. Hasta que llegaron los
ingleses. Desde que están aquí, dijo un indígena que había
estado medio adormilado en la halca de la plaza Xemáa el Fna,
en la posición del loto escuchando un relato basado en un
sueño, ya no soñamos.

En la plaza el Xeemá El Fna, La Tierra, 10029.

 

LA PARÁBOLA DEL CRIMEN PERFECTO

Yo soy Jean Baudrillard
filósofo francés de antes de la era
del gran crac de las imágenes,
y he venido a la plaza de Xemáa el Fna
para narrarles la parábola
del crimen perfecto.
El crimen perfecto sería
la eliminación del mundo real,
la eliminación de la ilusión original,
la ilusión fatal del mundo.
Aquí cabría afirmar
que el propio mundo es un
crimen perfecto,
imaginemos entonces que ya
desde el origen del mundo
estamos en el crimen.
Pero en el crimen perfecto,
en todo crimen perfecto,
lo criminal es la perfección
la perfección del crimen.
Recuerdo a propósito del
crimen perfecto esa parábola de los
monjes del Tibet que están
ahí desde hace siglos
descifrando todos los nombres
de Diox, los nueve mil
millones de nombres de Diox.
Un día llaman (no recuerdo quien)
al personal de la IBM,
entonces llega todo
el personal de la IBM con
sus computadores y en
menos del plazo de un mes
acaban con la misión que
se les había encomendado.
(No logro recordar quién)
Pero la profecía de los monjes
del Tibet, decía que una vez
concluido este cotejo de los
nombres de Diox, el mundo
llegaría a su fin. Claro que
los tipos de la IBM no les creen,
ellos son los oráculos de esa
nueva era de la eficiencia y los monjes
del Tíbet estuvieron en esas
remotas montañas durante
siglos perdiendo su tiempo,
nada les importaba la efectividad,
sólo el paso lento del tiempo,
el transcurrir del tiempo en que morían
y nacían con el fin único de
descifrar los nueve mil
millones de nombres de Diox.
Y cuando los tipos de la IBM
descienden de la montaña, con su
inventario ya concluido,
ven cómo las estrellas
del firmamento se van apagando
una tras otra.
Es una parábola muy hermosa
del exterminio del mundo
como el crimen perfecto,
pero ya ha pasado
demasiado tiempo desde
que ejercía como filósofo,
ahora peregrino como Melmoth,
el errabundo, buscando
un buen relato de amor,
con dos cuerpos como héroes
una historia de amor donde no haya
significados (ni significantes)
sino sudor, excrecencias,
semen, sangre y poluciones.
Así que he olvidado
la enseñanza de esta
parábola, que tampoco
importa demasiado ya,
tal vez el único crimen perfecto
sea el amor y sus manchas,
la imperfección del
amor y sus manchas.

En la plaza el Xeemá El Fna, La Tierra, un crepúsculo, 10029.

 

EL RELATO DELATOR

Todo hombre tiene su relato delator,
My bad lieutenant Mucduff, esa historia secreta,
que lo ha mantenido vivo y atento desde la
mitad del camino de su puerca vida, esa historia
que le quita años de encima a pesar de los continentes
y los mares por los que ha derrotado y naufragado,
ese relato delator que se le escapa cuando menos lo
piensa, ya sea por unas copas demás o unos
ojos a los que una lágrima falsa, traidora, les ha derretido
el rimmel, es como si en toda su vida, ese hombre
hubiese esperado el momento, fatal y él lo sabe,
en que tras echar una bocanada de humo y
un decisivo trago de borbon o wiski,
mire su semblante final en el espejo de la
taberna definitiva en la que ha varado y diga
“Recuerdo ese día como si fuera hoy, ese día
azas aciago, azas feliz, en que comenzó todo...”
A veces parecen tangos o boleros sangrientos,
un blue de la Billie Holliday o una abstrusa
novela insufrible del Nouveau Roman,
pero tú bien lo sabes,my bad lieutenant Mucduff,
que ahí estaremos nosostros con nuestras
armas secretas, la hipnosis y la telekinesis y
nuestro olfato de perros carroñeros de destinos,
oliendo el deseo y la nostalgia, la culpa y
la esperanza de redención que bajo, entre, por
las palabras ya liberadas, nada podrá posponer
ese fárrago que nace del corazón y hace que los
hombres se abran como un libro de horas.
Basta escuchar con atención bajtiniana,
encenderle los cigarrillos al hombre, no dejar
que su vaso se vacíe del todo, dejarte seducir
como si el iluso fuera la misma Sherezada o su clon,
pero sin quitar la mano diestra de la culata
de tu revólver. Por eso estamos acá,
en Marrakesh, esta noche tórrida, rojiza.

 

 

 

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Entrevista a Tomás Harris.
Por Greta A. Montero Barra.