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La Casa de Dostoievsky, de Jorge Edwards
Premio Planeta-Casa de América. Planeta, 2008. 329 pp.

Por Thomas Harris
Publicado en Revista Paula, 30 de Agosto de 2008



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La premiada novela de Jorge Edwards trata de esbozar una suerte de retrato, más que de biografía, del poeta Enrique Lihn, justo cuando se cumplen veinte años de su muerte, víctima de la más cruel de las enfermedades: el cáncer, avatar siniestro al que entró dándole la cara con la pluma en ristre y cuya experiencia ha quedado plasmada en su último poemario Diario de Muerte.

El retrato de Lihn trazado por Edwards es, como toda ficcionalización de una vida, ambiguo, exacerbado, tierno, cruel, injusto, conmemorativo, brutal, controvertido. Ha producido, para decirlo parodiando al Enrique Lihn de la novela, un tremendo e inútil despelote crítico. ¿Una tormenta en un vaso de agua? El asunto es que a estas alturas del nuevo siglo, el mismo Lihn se reiría a carcajadas sarcásticas y brutales de la imagen de animita moral que sobre todo los poetas jóvenes quieren hacer de él cuando su gran pasión fue justamente la desmitificación. Y Edwards hace precisamente eso sin temor: desmitifica. ¿De mala leche? Eso ha de decidirlo el lector.

“Lo que todos, en ese tiempo, llamábamos la casa de Dostievsky, era un caserón de dos pisos en pleno centro de la ciudad, a media cuadra de la Alameda: un caserón que se había empezado a hundir en la tierra…”. Como lector comenzaría así esta novela sobre el poeta Enrique Lihn, o más bien sobre algunos conspicuos episodios de su vida, a partir de fines de años 40 hasta su muerte acaecida en 1988, en víspera de la caída del muro de Berlín y de la dictadura de Pinochet. Porque la imagen del caserón derruido que se hunde en la tierra, con los muros desconchabados, con carteles rotos y grafitis de “conchas y picos”, que cubrían las ya extemporáneas hoces y martillos y emblemas falangistas, metonímicamente representa no sólo a su habitante, poeta en ciernes, pero sobrado de sí mismo y de su talento y talante, sino también a toda una generación, con más pérdidas que sobrevivientes, con más fracaso que exitismo, con más contradicciones que certidumbres, con más hiel que miel: una especie de casa de Usher que anunciaba su hundimiento: su pasión y su éxtasis.

Lo que Jorge Edwards narra en su novela –ojo, no olvidar que estamos ante una obra de ficción, que, como dice Mario Vargas Llosa, nos coloca ante “las verdades de las mentiras”- es trazar el rostro no sólo de Enrique Linh, sino, como lo ha hecho en múltiples y entrañables crónicas Enrique Lafourcade, el de toda una generación que a mediados del siglo pasado, estaba dando un giro radical y sin retorno, no sólo a la forma de hacer literatura sino de ver el mundo en Chile, y de ver al mismo Chile, donde también el pensamiento y la praxis utópica se hundían como la casa de Dostoievsky o de Usher. Y esta generación –como su figura central: Lihn- serían los encargados de torcerle el cuello a múltiples cisnes de distintos plumajes. Por eso, los personajes –como en las novelas de Roberto Bolaño- son en su mayoría poetas, o esa extraña y desmadrada fauna que rodea a los poetas, sean estos mayores, menores o simplemente poetas por la noche, por la bohemia, por querer emular vidas notables más que escrituras notables, y terminar emulando muertes abyectas, lo que no deja de tener su pathos anti-heroico y moderno.

Por eso, en el parque Forestal, en los faldeos del cerro Santa Lucía, en los patios de la Universidad de Chile, deambulan y peroran, y beben y fornican escritores que han pasado en forma de mito –es decir de ficción secularizada-; nombres como Teófilo Cid, Eduardo Anguita, el Chico Molina, Jorge Cáceres, Roberto Humeres, Luis Oyarzún; y otros personajes casi simbólicos por sus apodos arquetípicos y paródicos como el Poeta –el mismo Lihn- el Anti-poeta, el Poeta Oficial. Además de personajes menos descarnados como el Chico Adriazola, que sigue a Lihn como una sombra que lo iluminaen el relato. Y las musas, no pocas de ellas poetas también, retratadas más bien como vestales o Beatrices sexuales y bohemias. La novela es así una radiografía amarga, pero lúcida de un momento axial de nuestras letras y su entorno, donde se afirman cuestiones que para algunos pueden parecer “peludas”, como que el Poeta “en su condición de insigne autodidacta, sabía de Rimbaud, de Baudelaire, de Rainer María Rilke y hasta de Hölderlin, pero como no había pasado de cuarto año de Humanidades, no sabía una palabra de Miguel de Cervantes”.

La casa de Dostoievsky narra con una escritura fluida, directa, entretenida y poco confiable, tres periodos claves de la vida de Lihn: sus comienzos como poeta a fines de los años 40, época de González Videla y la Ley Maldita, cuando empezaban a aparecer poemas suyos en revistas universitarias como Claridad y Juventud y la excelente Pro Arte, casi un manifiesto de la época para quien la lea contextualizada desde una perspectiva actual y el descubrimiento revelador de Thomas de Quincey, Baudeleire y los Paradis articilels; sus viajes por Europa y el mundo, en los cuales nunca salió “del Horroroso Chile”; su estancia en Cuba por el Premio Casa de las Américas a Poesía de paso en 1966 y sus encontronazos con la Revolución, en tono Persona Non Grata y los últimos años, los que vivió siempre como un outsider tanto de la dictadura como de la izquierda, aquellos de El Paseo Ahumada, el Pingüino y una detención en la vía pública por “alterar el orden”. La novela termina con los funerales del Poeta, a los que el narrador plural nombra dubitativamente como Enrique, Eduardo y otros nombres de pila comenzados con E ( Yo lo habría dejado simplemente en E y, de esa manera, homenajear en E a K uno de sus íconos literarios) en el famoso bar Quitapenas, frente al cementerio general: “Para sobajear, y humedecer, y amortiguar en vino, en whisky, en buena compañía, parodiando a otro poeta, a uno mucho, más antiguo, a un bardo auténtico, a un vate de la vieja escuela, el gran dolor de las cosas que habían pasado y se habían consumido”.


 

 

 

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Por Thomas Harris
Publicado en Revista Paula, 30 de Agosto de 2008
Premio Planeta-Casa de América. Planeta, 2008. 329 pp.