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EL DOLOR, LA VIOLENCIA Y LOS VACÍOS EN LA LITERATURA CHILENA POST-GOLPE

Por Thomas Harris

 



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En un loable artículo publicado en el diario El País de España por Rodrigo Pinto, crítico chileno, titulado “El dolor que no se acaba nunca” realiza, tal como se lee en el epígrafe del artículo un repaso a los libros que indagan, ilustran y rememoran el golpe de Estado de Pinochet y su dictadura en Chile. Se aclara para el lector español que este repaso es a los 40 años del fatídico acontecimiento, que nos demuestra frente a los últimos acontecimientos que la división, la odiosidad y los intentos por tergiversar la historia, sobre todo por los grupos proclives a la dictadura, permanecen tercos y odiosos, por eso este repaso al dolor y a la violencia por parte de la literatura es más importante e impostergable que nunca, y se agradece, y además, de alguna manera, pone también al día qué leer a los lectores peninsulares sobre las atrocidades de un tiempo que aún ladra, como diría Ana María del Río en una de las novelas destacadas por Pinto.

El único y grave problema es que “el canon” que supone aquel “material excepcionalmente poderoso para redibujar el imaginario del país” e iluminar desde aquella producción textual con “mas crudeza y estremecimiento” la historia ya sea del golpe de Estado y de la dictadura en Chile, si bien logran este cometido a través de la articulación textual artística y también cronística, no son, para mi gusto –y claro esto puede ser también rebatible-los más pertinentes y ni los mejores, estéticamente hablando, y el poder de la palabra aludido es en la mayoría de los casos, más bien superficial y mixtificador. Además, hay una gran producción textual obliterada, ya sea por ignorancia o simplemente por falta de rigurosidad lo que nos pone nuevamente frente a la cuestión de la crisis en la que ha caído la crítica periodística –y parte de la académica adscrita a la norma de los papers a la norteamericana- chilena.

Parto por un ejemplo que aclara lo que digo: en teatro, se cita el texto La muerte y la doncella de Ariel Dorfman, llevada al cine por Roman Polansky, y se alaba su universalidad, como si esta universalidad fuera el garante de la comprensión del proceso desgarrador de la tortura y la venganza y no, justamente, lo contrario: siendo una de las obras de teatro importantes publicadas sobre la tortura en Chile, en teatro hay, sin duda, obras más señeras. Y para dar un solo ejemplo, podemos recordar Las brutas de Juan Radrigán, quizá menos universal y con menos glamour, pero más fracturada y potente en su mensaje, estructura y tensión dramática. Respecto a la narrativa el caso es similar: obvio que nadie se equivoca con Roberto Bolaño y sus Estrella distante y Nocturno de Chile, pero para un lector español no son ninguna nueva. Se omite por otra parte una de las más desgarradas novelas del exilio, Viudas de Dorfman y se citan algunas novelitas de mejores intenciones que logros y algunas francamente malas, y la mala literatura poca u oscura luz puede echar sobre los procesos narrados. Creo que un libro como Tejas Verdes de Hernán Valdés es imposible dejar fuera de cualquier rescate como el que intenta Rodrigo Pinto, por más nuevos aportes que entreguen los libros de Margarita Serrano y Ascanio Cavallo o el de Patricio Navia y Alfredo Joingnat. A veces prefiero la crónica directa y más escrita sobre la herida del asunto, sin paños calientes aunque con menos datos duros: es justamente el aporte de la crónica literaria, esa comprensión del dolor, del no saber, del desconcierto que entrega el clásico de Valdés.

Para qué decir en poesía, el género que más produjo sobre los deleznables tiempos vividos durante los 70 y los 80: si bien los autores citados por Pinto (José Ángel Cuevas, Raúl Zurita, Enrique Lihn, Rodrigo Lira y Nicanor Parra) son grandes poetas y no me dejan dudas sobre su poesía que desafió y dio cuenta de los momentos más álgidos de la dictadura y son efectivamente pertinentes en este contexto, dos de los discursos más disruptivos y comprometidos en su confrontación a la tiranía, el de mujeres y la literatura mapuche, brillan por su ausencia: La bandera de Chile de Elvira Hernández parece olvidado a propósito y si Pinto hubiese vivido más que recorrido arqueológicamente la literatura de le época, también recordaría el poema de Teresa Calderón Mujeres del mundo uníos, que fue en la época casi una “internacional” de la mujer. Y ya donde uno piensa dónde vivía o qué leía este crítico que olvida La ciudad de Gonzalo Millán, Lumpérica de Diamela Eltit o Título de dominio de Jorge Montealegre. Ya para qué le vamos a pedir a Pinto que recuerde La estrella negra de Gonzalo Muñoz o De la Tierra sin Fuegos de Juan Pablo Riveros. Habría mucho que analizar y concluir para qué se hacen estas listas desde la distancia y cuya única función me parece es agiornar la historia de la literatura chilena, obliterar los textos que efectivamente dieron cuenta del proceso, y recordar aquellos que aparecieron cuando ya no se estaban conmemorando 40 años –yo dudo de toda producción conmemorativa- sino se estaba padeciendo la represión, la tortura, las desapariciones, la muerte. Escribir bajo ciertas condiciones también produce sentidos que bajo otras circunstancias más distantes no aparecerían.



 

 


 

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