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"La hermandad de la nada"

Víctor Coral

 

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El fantasma meditaba con sobria docilidad. Su no voz resonaba en la oquedad nadal de la casa. La casa, abandonada desde siempre –pero no había memoria, no había palabra fijadora–, permitía las no voces como la madre ve alejarse a sus hijos, ya crecidos, del trizado hogar. ¿Un salón vacío lleno de ecos de nombres destrozados, una morosa precisión de entidades desfilando de espaldas (¡sí, Dante!), desde la anábasis hasta la disolución?

No sublimación, no lyric: los demás, los no demás emitían ayes, gruñidos, ruidos de casas empolvadas; pero el fantasma sureño –que escribió– miraba hacia atrás, terco, y pensaba, en voz alta de espectro, que el tiempo del honor, la exclusión, el prejuicio, fue incluso mejor.

(Faulkner, Absalom, Absalom!)

 

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Con demasiada frecuencia –en cromática superficie fugaz– me hacen hablar de la anulación del lenguaje;  saben no saben que vivo en la sacra palabra sinsentido. Es que no han visto el caballo pálido casquetear justo detrás del horizonte; saben no saben de su minucioso (horriblemente hermoso en su morbidad) plan de resumirlo todo en un punto rojo gordo negro no existencial…

Preferimos las anécdotas, claro, las lecciones, el logo bacheláico; no con de pantera piel, con camaleón de, extendemos –y la vergüenza nos copa hasta la acidia– un manto (piel para acá, piel para allá, sentido para acá, sentido para allá)  que oculta la de todos fulgurosa oquedad.

(Apocalipsis, Hebras de Sol)

 

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Ausencia de noche. ¿quién puede oír la sirena de guerra, el silbo de los cohetes, el estruendobronco de de las calles que se desbrozan y los muros cayendo o desgranándose, cuando uno se ocupa de la ausencia?
Allá van las negras constelaciones de mi tierra: la llama, el zorro, el quipu, en el vacío; la noche sideral que extrae del ojo ausente su carácter (y que con loco silencio moviliza sus piezas eternas solo para fornicar con el último oído de esta tierra), la madrugada de pies brunos que, en frío, pretende no disiparse nunca pero se ignora sentenciada por una fuerza mayor…

Aquí las inútiles correrías del miedo, las rodillas claqueando en millonario unísono al chocar contra el asfalto, la tierra, la piedra; los ojos rojos roídos rabiosos irredentos retorcidos, rarazos  reventados arrojados, democrática y marketeramente llorosos; los brazos que construyeron erigieron separaron golpearon, se cerraron sobre sí mismos, cayeron como ahorcados a los lados del cuerpo, ahora proyectados hacia arriba secándose de sangre por dentro;

ah, el corazón, ¿cómo algo puede ser el gran motor y el culpable de todo?

Y ahora que hemos abandonado la claridad de una presencia, hay que oler la estela de desastre que el viejo atoq nos ha legado en su huida, como la propia noche que genera en nosotros formidables fantasías y más demonios de los que el infierno pueda albergar, nos hace ver.

 (Pynchon, V,; Sueño de una noche de verano)

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Damnation. “Todo aquí se derrumba”, dice la vieja cantante que nunca saldrá del lugar. Copas, amores furtivos y violentos, perros que cruzan –furtivos también– un plan fijo: y la lluvia que no cesa de caer, inundándolo todo, inundando los muros en primeros planos que son la disolución; gueto, gueto de nosotros mismos, la ruina, seres que piensan atrapados en la gramática de la disolución. Acaso ni ellos mismos lo ignoran: sus tristes bailes evasivos, su incapacidad de escapar los convierten en figurines perfectos de la ausencia. Entran en la primera no existencia, burdeza de un hombre de sobretodo que chapalea ebrio sobre los charcos de lluvia. Destrucción, abulia, molicie existenciaria, y el agua que, desde muy arriba, cae y cae sin renovar ni cambiar nada.

(Damnation, de Béla Tarr)

 

 

 

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"La hermandad de la nada".
Poesía de Víctor Coral