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El ojo en la bala, tercera entrega:
Priscilla Cajales

Por Víctor Hugo Díaz

Publicado en Blanco Movil, México. Noviembre de 2020




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No le cuentes a los lectores
lo que ya saben de la vida.
Charles Simic

Todo elemento prosaico, pensamiento, significante previo o información, sintetizados y comprimidos hasta su máxima posibilidad de lenguaje, son incapaces en suma de articular poesía. Por el contrario, esta, en su naturaleza feral y expansiva, puede contener y generar toda la prosa, más aún, toda experiencia posible.

Este hecho, siempre estimulante, se confirma con Mella, la segunda publicación de la poeta Priscilla Cajales (Santiago de Chile, 1984); la que indica una puesta en escena de la autora notable, ratificando su tenacidad estética: su negativa al uso de lugares comunes y de dominio público, como objetivos de captura y exploración. Asumiendo como estatuto, el desalojo y extrañamiento, ante cualquier discurso pre cocido o etiquetado de contenidos y anterioridad; es decir, aquellos cuyo valor de cambio ya está asignado.

“Me gusta poner el oído cerca del cable
y sentir el ruido de la electricidad ” 

En contraposición, esta voz blande desde el transporte urbano, observaciones propias y nítidas. Desplegando un imaginario ácido y refrescante, que no está limitado a “compartir” reflejos desde la capa más superficial y evidente de lo real. Es más, en su ejecución, esta escritura actúa como si los poemas fueran “rayones”, cometidos con instrumento punzante, sobre la pintura de un automóvil lujoso que no ha dejado propinas.

“Vivimos en su estómago
y los días son los ácidos
que nos digieren lentamente”

En esta construcción, el mundo es legible como ruta e imagen. Aquí no se echa tinta, a nombrar y describir lo “ya tan visto” ; lo que sería equivalente a una voz inoportuna y obvia que, durante la exhibición de una película porno, insistiera en explicar al oído lo que ya se sabe.

“La mujer que nos atendió
vivía en una casa de una sola ventana”

La memoria y la identidad social tienen una presencia tectónica en estas páginas, hay agitación latente; magma que busca cobrar deudas, mediante un acto colectivo, amplio y doble.

Por una parte, identidad como sujeto y espectador histórico, habitado por el hoy; y por otra, como escenografía del auténtico, vigoroso y atávico sentido de Clase ; demostrando que la verticalidad dictatorial, la esclavitud remunerada y el neoliberalismo en el lucro y las artes, no han hecho mella en esta hablante aguda, en su mirada cortante, Periféricamente central , que se hace tangible y frágil en este bello e intenso libro.  

“Y es que tardamos años en construir este vacío
lo tejimos con calma
con la precisión de un ciego
que con una navaja quita la cáscara
de una manzana

A mi modo de leer y cartografiar, creo que Mella viene a consolidar en este momento, un lugar visible y contundente dentro de la poesía chilena actual, por encima de esa sospechosa, tutelar y parcial denominación de origen “Escrita por mujeres”, apuntando a un contexto poético mucho mayor, más global y latinoamericano; desde una trinchera sustancialmente divergente, y ajena por definición, a la básica representación de ideas, alegorías, propósitos y temáticas, envasadas sobre estructuras y formas predecibles, asociadas a la versificación.

Con esta producción, Cajales interviene con cuerpo y palabra femenina; situándose en una posición rotunda, distintiva y autónoma: independiente y “libre” de género, edad o país. Plantándose como un eje donde se balancean y yuxtaponen sentidos, hegemonías y texturas; en diversas direcciones, ciudades y medidas.

Se podría entonces categorizar Mella, como un objeto corrosivo, vivo y transversal; al alcance del ojo. Material y vibrante. Definitivamente opuesto y diferenciado del Post panfleto representacional: el que propaga y contagia.

Ese, en donde la lectura filosa y una lengua avezada, no lograrían encontrar ni lamer nada más allá, de lo que pueden reproducir los caracteres y la tinta.

 

 



Priscilla Cajales

 

 

Muestra de poemas 

 

Pozo

¿Te acuerdas de Hans?
las paredes nunca han sido más áridas que en ese lugar, en ese verano
las calles nunca más estrechas ni los grifos más furiosos

¿Te acuerdas entonces de Hans?
del vestido de novia descuartizado para sacar jirones
de los cintillos pintados con témpera, los cintillos del NO
del parque O’Higgins

pollo con papas fritas y Bilz tibia
una caja con mercadería, la plata de las ventas
un viaje en micro que duró toda la vida

¿Te acuerdas entonces de Hans?

nosotros nos entreteníamos pintándonos los dedos de colores
nosotros nos pintábamos la nariz con témpera

y el pavimento a nuestra altura ardía
y veíamos un espejismo de lejos

 

 

Denis

se llamaba Denis y tenía 12 años
estudiante del colegio 286 en la calle Venancia Leiva de La Pintana
39 compañeros de curso, 8 profesores, 3 hermanos

la mañana del martes 6 de agosto del 93
lo encontraron colgado en el baño de su casa

una carta decía que se arrepentía de haber gastado la plata del gas
que lo perdonaran

yo no la pude leer

la mamá repetía lo de la carta en el velorio
nosotros hicimos guardia los dos días que duró
con uniforme, guantes, calcetas blancas

¿Te acuerdas?

yo solo recuerdo de él su estatura
era pequeño y de manos gruesas y blancas
siempre llevaba encima un sobre de jugo rojo
se echaba el polvo dulce en las palmas
lo humedecía con la lengua

nunca supe en qué se gastó la plata
debieron ser unos 11.500 pesos

el día del funeral pasó por fuera del colegio
todos salimos con pañuelos
a ver la fila de autos

 

 

desde un departamento la espalda de un hombre

I

podré decir más tarde:
de este recorrido conozco
hasta el último árbol
he calculado los tiempos

es verdad que ha cambiado
la hora en que se esconde el sol
aunque para cualquiera
sea un detalle
el reflejo de la luz
que de ir sentada en el asiento correcto
se posaría      en mis rodillas       insistente

 

 

trazo

desde hace tiempo que me vengo
mordiendo la cola
como ese juego de la serpiente del celular

o me corto en dos a la altura del ombligo
digamos que se trata de un asunto pendiente

en el fondo eras la piedra amarrada a mi brazo
a cuatro metros de profundidad
y un remordimiento que no cabe en el pecho

sabes, tuve miedo cuando te vi firmar
si el nombre está tachado a la mitad
o las líneas son delgadas y profundas
acusan a un golpeador
o a un suicida

 

 

gatos

las escaleras de esta ciudad están repletas de gatos
la infección y el abandono
los han dejado ciegos

ella vino esperando que nada pasara
y pasó el tiempo

como el hombre que se avergüenza
cuando uno más joven
le cede el asiento del metro
piensa en todas las piernas que le cruzaron la espalda
se baja la visera del jockey
y espera que el tren haga lo suyo

 

 

 

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Priscilla Cajales. 
 (Santiago de Chile, 1984) es autora del libro de poesía Termitas (2009). Trabaja en el proyecto Editorial Hebra y colabora en el suplemento literario Grado Cero.



 

 

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