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Con palabra y con música
Entrevista a Paula Miranda, a cargo de
Recopilación, estudio y notas de Violeta Parra. Poesía
Editorial Universidad de Valparaíso, junio 2016

Por Marisol García
Revista QuéPasa, 19 de agosto de 2016

 


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—Espera un poco —pide Paula Miranda mientras conecta a su computador portátil el cable USB de unos pequeños parlantes. Un par de clics y sucede lo increíble: su oficina de la Facultad de Letras UC se llena de pronto con la voz de Violeta Parra, en un diálogo entre ella y un joven mapuche venido no sabemos de cuándo, no sabemos de dónde. Nunca antes habíamos escuchado algo así.

“Y dime, ¿qué cantos te cantaba tu mamita para hacerte dormir? ¿Recuerdas alguno?”.

La voz de la artista es inconfundible, y no cuesta mucho intuir el contexto de esa conversación. En los viajes por Chile que la ocuparon durante años, una de sus urgencias fue registrar cantos y décimas mantenidos hasta entonces sólo por transmisión oral, con los cantores populares como únicos guardianes. Lo sorprendente no es imaginar a Violeta Parra en ese afán, sino que una profesora de literatura de la Universidad Católica e investigadora sobre poesía chilena —autora del aplaudido estudio La poesía de Violeta Parra (2013)— haya podido al fin dar con estas grabaciones, estudiarlas y que, a través suyo, esté a punto de abrir una ancha puerta para comprender mejor la obra de la más importante cantautora chilena.

O, como Paula Miranda prefiere llamarla, la mejor de nuestras “poetas de la música”.

—Son grabaciones que demuestran que Violeta Parra tuvo contacto con el mundo mapuche de manera sistemática e intencionada —explica sobre las cuatro cintas de música y conversación halladas en el Archivo Sonoro de la Universidad de Chile, y que hasta ahora no se habían dado a conocer públicamente—. Uno podía ver en su poética muchas coincidencias con el canto tradicional mapuche, pero no sabíamos en qué momento su escucha tan prodigiosa se había conectado con el mundo indígena. Ahora tenemos ese eslabón perdido.

Las cintas que Paula Miranda ha podido escuchar contienen cuarenta cantos tradicionales mapuches recopilados por Violeta Parra en pueblos cercanos a Temuco entre 1957 y 1958, junto a conversaciones suyas con cantores indígenas. Un libro que aparecerá en noviembre por Pehuén, en coautoría con las académicas Allison Ramay y Elisa Loncon, muestra el detalle de esas grabaciones, analiza su importancia y, en base a un extenso trabajo en terreno, reconstruye contexto, mapas, redes y fotografías.

—Aunque no entienda el idioma, Violeta sabe que lo esencial para el mapuche es la palabra, que ahí está todo su mensaje. Y entonces la escuchas preguntar: “¿Qué dice la palabra?”.

¿Qué dice esa inquietud sobre ella misma?
—A Violeta siempre se la ha recibido como una artista múltiple, pero todos reconocen que una de sus fortalezas es su trabajo con la palabra. Es ahí donde ella afirma su arte. En el mundo de la canción actual ella es atípica porque es una poeta de la música, no una simple cantante. Y, a la vez, en el ámbito de la poesía también es distinta porque agrega toda la riqueza de la música. Pertenece a esos dos mundos y transita muy cómodamente entre ambos.

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Ubicar a Violeta Parra entre los grandes poetas de Chile parece hoy no sólo una apreciación lógica, sino que además un deber. No está sólo la altura extraordinaria y universal de los textos de sus canciones —son 118 las conocidas—, sino también la intervención sobre los cantos que recopiló, las décimas autobiográficas que se le publicaron póstumamente, hermosas cartas suyas en verso, y las decenas de composiciones que no llegó a musicalizar, pero que quedaron anotadas como textos para canciones.

Con todo ese acervo conocido a la vista, Paula Miranda quedó al cuidado de la recopilación, estudio y notas del nuevo Poesía, publicación de 460 páginas de la editorial de la Universidad de Valparaíso y la Fundación Violeta Parra que por primera vez le da a la creadora el estatus de una poeta que merece el trato de tal. No es un cancionero, tampoco una selección de los versos destacados de una cantautora. Como destaca la nota de los editores del libro, “estas creaciones de la gran artista chilena son poesía, gran poesía, a la altura de la poesía de Neruda, Mistral, Nicanor Parra, entre otros. Poemas que —estamos seguros— se sostienen como tales, incluso en lugares donde no se conozca a Violeta Parra como músico”.

¿Por qué no existió antes un libro como este?
—En general, entendemos restrictivamente lo que ha sido la poesía. ¿Quién determina quiénes son poetas? El mundo literario, que es bastante autorreferente, proclama quiénes pueden o no entrar a su círculo. Pero Violeta perteneció a dos mundos, la música y la poesía, que por muchos siglos estuvieron unidos como algo inseparable. Ella bebe de una tradición ancestral que amalgama canto, palabra y ritual. La mirada que diferencia tan tajantemente estos dos mundos es una invención moderna, prejuiciosa y burguesa, que por suerte está siendo superada.

¿Fue valorada por los grandes poetas de su tiempo?
—Gente como Neruda, De Rokha y el propio Nicanor Parra la valoraron infinitamente como la gran artista y poeta que era. Algunos piensan que su pertenencia a lo popular la debilita, pero para mí es todo lo contrario: eso la fortalece. En Chile, la cultura popular, a diferencia de la de elite [sonríe], es una cultura rica, variada, compleja, elegante, con un abanico de gusto muy amplio. Violeta representa la riqueza de ese mundo, lo mezcla y lo lleva a posibilidades insospechadas en el ámbito de la cultura moderna, pues lo hace y deshace como quiere.

Ella nunca se definió a sí misma como una poeta; decía ser una cantora. ¿Qué relación sabes que pudo haber establecido con los poetas de su tiempo?
—Mucha cercanía con De Rokha. Trabaja también muchos años con Gonzalo Rojas; musicaliza cosas suyas y él la influye con lecturas. Y con Enrique Lihn se llevaba superbién, lo que es superinteresante. Cuando a Violeta le preguntan cuál es el poeta que más admira, ella dice así, textual: “El cantor mayor de nuestros cantores es Enrique Lihn”. Es maravilloso, es una frase supersignificativa. Efectivamente, Lihn es un tipo de poeta que religa, que hace una poesía superritual, de gestualidad, capaz de improvisar ante una situación dada, conectado con su comunidad, con su época. Y siento que Violeta Parra es alguien que lee su época, y tiene mucha inteligencia para darse cuenta de que alguien como Lihn, sin tomar la guitarra, es un cantor.

¿Crees que fue alguien que leyó mucho?
—Es muy difícil saberlo. Creo que Violeta, como buena poeta, es alguien de la escucha. Está siempre atenta y todo lo registra, “graba noche y día grillos y canarios” [sonríe]. Consciente o no consciente, estuviese creando o no: escucha. No es alguien erudito en el sentido libresco, pero está en contacto con los poetas. Y sí recibe mucha influencia de Nicanor, y si Nicanor te cuenta un libro o te recita un poema, es mejor a que lo leas.

Al trabajo para Poesía, Paula Miranda fue convocada bajo el trato de que el libro publicaría la obra completa ya conocida. El acuerdo fue cambiando en el camino. Por la magnitud de la obra, se hizo una selección más acotada de sus textos recopilados y recreados, y se abrió la posibilidad de incorporar un número importante de décimas en otra versión que la conocida más diez poemas-canciones antes inéditos en poder de su hija mayor. Isabel Parra accedió a compartirlas, junto a una versión alternativa (y desconocida hasta ahora) del texto de “Gracias a la vida”.

—Y no es todo. Desconocemos el corpus global. Existen al menos tres versiones de sus décimas autobiográficas en diferentes cuadernos. Hay cartas suyas en muchos lugares del mundo. Hay canciones no grabadas pero compuestas. Están los poemas que ella escribió en los años cuarenta, cuando estaba casada con Luis Cereceda, y que tienen que estar en alguna parte. Quizás una de las tareas bonitas a futuro sea reconstruir ese rompecabezas. Creo que muchas personas en el mundo, pero sobre todo en Chile, deben tener cosas de ella. Y también tenemos que asumir que mucho material suyo se perdió, irremediablemente.

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El próximo 4 de octubre se largan las actividades de lo que se celebrará formalmente como el Centenario Violeta Parra. En 2017 se cumplirán los cien años del nacimiento de la artista en San Carlos y, a la vez, el exacto medio siglo de su muerte en la carpa de La Reina. No hay espacio para recelo por la eventual institucionalización de ese aniversario, estima Paula Miranda.

— Es el momento para reconocer algo que en su momento no se reconoció con la suficiente altura ni valor, y que en parte es motivo de ese suicidio. Ella está supervigente, y es muy querida por la gente. Quizás el desafío esté en asumir qué hacemos ahora con esa obra tan viva.

¿Qué malentendidos crees que persisten sobre su obra?
—Me duele mucho cuando dicen que sus canciones son sencillas, o que llegan al pueblo por su simpleza, como si el pueblo fuese un niño chico al que hay que proteger. Me molesta también cuando se dice que no tuvo preparación o que era desordenada. Banalizarla es complicado, porque ella representa una cultura de mujer muy poderosa, de artista muy sofisticada y transgresora. Un espíritu absolutamente libre que no entra en canon alguno.

El libro Poesía tiene un orden que no es cronológico y que guía al lector en un recorrido. ¿Hacia dónde estimas que avanza su obra poética?
—Por la complejidad y sofisticación de su poesía fue muy difícil convertir el libro en un concepto. Al final pudimos fijar un esqueleto, no tan explícito, que va mostrando las distintas Violetas que son la Violeta: más apegada a la tradición, más moderna, más anti, más transgresora, más lúdica, más social, etc. Su camino fue como un plagarse de voces, hacia ese “canto de todos que es mi propio canto”, que aparece como su cima en Las últimas composiciones (1966). En su palabra resuenan cientos de ecos de otras tradiciones, orales y escritas, modernas y ancestrales, de los cantores que ella recopiló y de la poesía moderna. Más que seguir discutiendo sobre si es realmente una de nuestras mejores poetas (de eso estoy convencida), me gusta más la idea de pensar e imaginar cuáles son las ventajas de pensarla como poeta, de leerla y escucharla como tal.



 

 

 

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