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SEMBLANZA DE ERNESTO RODRÍGUEZ SERRA
NADIE SOPORTA LA VIDA SOLO


Por Vicente Undurraga
Publicado en Revista ANFIBIA, 21 de septiembre de 2022


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Profesor, poeta y filósofo chileno de obra casi secreta, Ernesto Rodríguez Serra (1930-2022) falleció a comienzos de septiembre y se fue del mismo modo en que vivió: suspirando. Porque un suspiro, decía, “es una suerte de respiración larga, un aire que está contenido, un alivio y al mismo tiempo una pena”. Fue un referente, un provocador y un maestro para varias generaciones de veredas opuestas. En este texto, su nieto, el ensayista y editor literario Vicente Undurraga, traza una semblanza de su abuelo y padrino, para quien la vida —y por extensión la escritura— tenía el sentido “de morder, de calar, de tocar al mundo y alterar o conmover algo en él”.

El 19 de mayo de este 2022, almorcé con Ernesto Rodríguez Serra profesor, poeta y filósofo de obra casi secreta, propiciador de encuentros públicos de crítica cultural de alto vuelo y, por ventura, abuelo y padrino mío. Al irse, mientras caminaba por el pasillo hacia el ascensor, me dijo o se dijo, no estoy seguro ya de que me hablara a mí: “Tiempo para perder, siempre hay tiempo para perder”. Tres meses y medio después, dejaba ir su último suspiro. Y digo suspiro porque Ernesto, por el asma que tenía, por las pasiones que albergaba y por los soplos que lo movían, murió como vivió: suspirando.  

A finales del 2021 grabamos unas largas conversaciones en torno a los que llamaba sus poemas, que no eran de su autoría pero que de tanto leerlos y enseñarlos ya eran suyos. De Quevedo a Eduardo Anguita, de Hölderlin a Apollinaire. Leyendo uno de Dante, dijo Ernesto que un suspiro “es una suerte de respiración larga, un aire que está contenido, un alivio y al mismo tiempo una pena. El suspiro es pérdida. Nadie suspira comiéndose un churrasco”. 


El suspiro es pérdida.
Tiempo para perder, 
siempre hay tiempo para perder.

En sus conversaciones, Ernesto Rodríguez contrabandeaba sus poemas, su poética: su aire. Ese aire en el que tanto pensó, que tanto le faltó y que con tanto coraje deseó y buscó hasta el final, ese aire es su huella. Por eso tal vez su escritura está ante todo en el aire. En esas conversaciones que grabamos me contó que su amigo Jorge Eduardo Rivera, el traductor chileno de  Ser y tiempo, le dijo que un día le preguntó a Heidegger que qué tenía que ver Dios con la filosofía. El pensador de la Selva Negra le respondió algo así: “Cuando usted está leyendo un texto bueno, si se fija, entre las palabras hay un aire. Eso es Dios”.  

A su humano modo, también entre las palabras vivía y vivirá Ernesto. Entre ellas y las personas. Las amistades y las conversaciones fueron sus mejores páginas. Y en ellas, más que con tinta, se escribe con aire. Se inscribe. Ernesto escribía, pero sobre todo inscribía. Inscribía e inspiraba. Saberes, curiosidades, suspicacias, risas y afectos; un sentido ético que tenía que ver con una bondad de base: la apertura, el reconocimiento del otro, la exploración reflexiva del desencuentro y la vehemente búsqueda del encuentro. Le interesaba abrir, no cerrar. Sospechaba, pero no descreía. 

Crítica y celebración llamó a los inolvidables ciclos de conversaciones donde reunía primero en el Centro de Estudios Púbicos (CEP) y al final de su vida al alero de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica a antropólogos y empresarios, científicos y escritores, políticos y psicoanalistas. Ese era su afán vital: reunir, congregar: amistar, y en ese trance celebrar y criticar la vida en un continuo, como quien inspira y expira, como quien suspira. Emoción y suspicacia. Discusión y abrazo. Ira y generosidad. Salud y agitación, que es como se despedía en sus últimos años invocando, según él (fuentes no comprobables irrigaban su pensar), a los viejos anarquistas españoles. Buscaba el goce y se lo permitía lo más que podía. Una de sus frases favoritas, que un día me dijo que podría acompañarlo en su lápida, era una de Melville: “Cada vez que puedas, al cuerpo, ostras y champagne, y al alma, luz y espacio, y así tendrás derecho a una gloriosa resurrección, si la hubiere”. Tenía un contento italiano, un humor medio inglés y medio niño y por debajo dolores viejos. Era un resistente: tantas veces comentamos que la vida nos costaba, pero que había que buscarle el lado.

En sus ciclos, en las charlas que daba en colegios y facultades por donde andaba siempre de prestado, en sus ensayos dispersos en revistas y diarios (nunca publicó nada indexado, no veía corrientes bajo esas aguas), Ernesto inyectaba luz y espacio: un aire contra la beatería, contra las certidumbres asfixiantes, contra la seriedad y los infértiles rencores (aires sí, desaires no). Pero también inyectaba ese aire “una brisa”, diría él sin afanes reparadores, sino simplemente como una invitación, un estímulo, un viento fresco que pretendía mover naves, siendo las naves las vidas de los otros, de las que nunca intentó apoderarse: no tenía alma de apoderado, ni de maestro, sólo de amigo. Compartía señales de ruta mientras las buscaba para sí. 

Cuando le pregunté por qué no hacía clases de literatura y de filosofía en las escuelas de Literatura y de Filosofía me dijo que prefería hacer la zancadilla y hacerse a un lado para que cada cual se parase y siguiera como pudiera. No guiaba, mostraba. Le hubiera gustado, decía, ser amigo de John Berger. “La amistad de los amigos” se llamó una de sus luminosas conferencias. Lo movía el cruzar gente. Juntar, decía, empresarios con universitarios de izquierda era su goce, “y si los puedo curar, los curo”. La última vez que congregó a moros y cristianos fue un día antes del tenso plebiscito constitucional, en su funeral, conmovedoramente diverso y alegre y masivo para ser el de un hombre encaminándose a los 100 años.

Dos meses antes de morir, me comentó, a propósito de un texto que ambos habíamos leído, que “no tenía mordida”. Luego, con esa emoción que en los últimos años se permitía no ocultar, me dijo que de eso se trataba la vida y por extensión la escritura: de morder, de calar, de tocar al mundo y alterar o conmover algo en él. De hacerlo suspirar, como suspiramos tantos hoy cuando caemos en cuenta de que este mundo o estas calles, habría acotado él ya no albergan sus pasos, ya no escuchan su voz, sus suspiros y cantos. 

Suspiros y cantos de quien se definía como un perro de la calle, aunque yo creo que más bien era un pájaro y un poeta en el sentido en que estos versos de su querido Hölderlin señalan: 

… cantan delante
de la luz los pájaros. Algunos ayudan 
al cielo. A estos ve 
el poeta. Es bueno poder sostenerse
en otros. Porque nadie soporta la vida solo.

Un pájaro que canta delante de la luz, un poeta que lo ve todo y en quien otros se sostienen porque nadie soporta la vida solo. Eso fue Ernesto. En  El distraído, el libro que preparó en sus últimos años ayudado por Daniel Hopenhayn, dejó escrito: “No he sido nunca un escritor, sino un pájaro que se desintegra en su canto”. Ese pájaro me habló, ya en la última conversación que mantuvimos durante su sereno soltar amarras, del verbo atizar, que significa incrementar el fuego y encender un sentimiento, y que es justamente lo que él hizo en la vida de tanta gente que hoy hace suyo su gran entendimiento:  tiempo para perder, siempre hay tiempo para perder.

 

 

 

 



 

 

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