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PAÍS DE PUERTAS, PORTAZOS, PORTONAZOS

Por Vicente Undurraga
Publicado en La Tercera PM. Martes 24 de Septiembre de 2019



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Diestra maniobra, dos hermanos en un Mini le hacen el quite a una encerrona en Quilicura. El que maneja abre la puerta pero, al segundo, la cierra y huye. No se ve, pero se oye; aunque el registro es precario, es inconfundible el sonido de una puerta cerrándose fuerte (por algo los taxistas ponen calcomanías de “Cierre suave”).

Y si bien fue un acto impulsivo, da para pensar en el simbolismo que tiene cerrar una puerta de golpe. Así como la encerrona es una deriva del portonazo –el arrebatamiento de algo en la entrada misma de la propiedad–, resistirla cerrando la puerta es una deriva del portazo, esa pulsión defensiva que busca reforzar el límite, resguardar lo propio.

En sus memorias, la sinigual Edna O’Brien da buena cuenta de la espesa dimensión simbólica que puede tener un portazo. Tras separarse, relata, llegan con su exesposo a un acuerdo sobre la custodia de los niños: mientras ella busca casa, los dejará con él. Lo hace y viene la estocada: “Gracias, Edna: legalmente, acabas de abandonarlos”, le dice y le cierra la puerta en las narices. Desde ese día, escribe ella, “siempre he asociado el cierre de una puerta con el de la tapa de un ataúd”.

La historia chilena, para no ir tan lejos, no se entiende sin una constante referencia a puertas que se cierran. Mientras el derechismo le suele echar mano como metáfora dilecta de lo privado, siempre al alero semántico de la seguridad –detener la puerta giratoria de la delincuencia, terminar con la política de puertas abiertas a extranjeros–, la vida chilena está llena de hitos donde la puerta cerrada es clave. Partiendo por La Moneda, por cuya puerta lateral –Morandé 80– sacaron el cadáver del presidente Allende para luego tapiarla por tres décadas, hasta que Lagos la reabrió en tan emotiva como chascarrienta ceremonia: un guardia quedó atrapado en vivo y en directo detrás de la republicana puerta.

Se podría hablar largamente de lo determinante que es ganarse las puertas del cielo (o del infierno) en la visión católica de la clase dominante chilena, tan pechoña que da hipo. Como correlato, cuánto paño podría cortarse en torno a la figura de la empleada “puertas adentro”, véase sino Este domingo de José Donoso.

Sin la puerta no se entiende nuestra visión de mundo. Los indígenas, en cambio, no las pescaban, salvo las puertas de la percepción –los sentidos–, con las cuales conocían el mundo de otro modo. Esas puertas se pueden abrir narcóticamente, como lo hicieran Huxley o Jünger; al menos es posible aceitar sus goznes con cannabis, aunque no faltará el recalcitrante que diga que esa es la puerta de entrada a las drogas duras.  

En Chile, país de porteros, ya sabemos que es en las puertas del horno donde suelen quemarse los panes de nuestra democracia para darle cabida a las puertas cerradas tras las cuales se toman las más terribles decisiones, como la de abrir Juan Fernández a los caprichos de un holandés busca tesoros.

Dicen que donde una puerta se cierra se abre una ventana. Ergo, si damos ciertos portazos, se abrirán ciertas ventanas. Por ejemplo, si le damos un portazo al nacionalismo, se seguirá abriendo el ventanal latinoamericano por donde viene entrando luz y aire fresco a la vida nacional, hasta hace poco tan de puertas adentro que sofocaba.

Si le damos un portazo a la majadería neoliberal –a la primitiva de un Nicolás Ibáñez o a la muy oronda del ministro Mañalich, que anda diciendo que la clave de todo está en elegir, como si vacunarse o no fuera lo mismo que elegir yogur o jalea–, podrán abrirse formas más sustentables de convivir entre mercado, planeta y seres humanos.

Si, en cambio, le cerramos la puerta a una memoria que debiera ser irreductible al demoler la casa de Macul donde funcionó el centro de tortura La Venda Sexy, estaremos abriendo la ventana pero no para que entren luz, aire y buen futuro, sino para que vuelvan las tinieblas.

Pero no todo es cerrar puertas. En un poema de Cartas de prisionero, Floridor Pérez, que murió el fin de semana, escribió: “Sueño que estoy en la biblioteca / frente al retrato de Natacha / Al tomarlo, la puerta se abre y despierto”. Esa puerta soñada que se abre es un regalo porque el prisionero tiene por un instante el retrato y a la amada, que aparece fugaz tras la puerta.



 

 

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Por Vicente Undurraga
Publicado en La Tercera PM. Martes 24 de Septiembre de 2019