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Winet de Rokha:
El Ángel Laico de la Poesía Chilena

Por Luis González Zenteno
Publicado en La Nación, 27 de marzo de 1960


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¡Como me hubiera gustado haber conocido a Winet de Rokha, haber sentido su presencia física, haber charlado con ella, haber admirado su rostro puro, de suave dibujo, su mirada dulce y tierna, rebosante de bondad! No se pudo. O, mejor dicho, no se presentó la coyuntura favorable que estamos siempre aguardando. O el destino quería que me conformara con su copiosa iconografía que ahora tengo a la vista y con ese espejo de su alma que es su poesía y su prosa rutilante.

Pablo la ha esculpido también en su estilo amplio y profundo, en su llana y franca expresión de artista, que sin falsos dolores, pero con intenso amor y veneración, evoca cotidianamente a la gran compañera de su vida, la única, la imperecedera, la que alienta su fuego vital y moviliza la ósea armazón de su cuerpo de centauro.

Winet de Rokha viene a mí por distintos caminos, pero viene especialmente, por su actitud digna y valerosa, por la entereza con que afrontó la lucha por la existencia y su manera directa, sin eufemismos, de fijar sus pensamientos, sus conceptos sobre el problema general del arte, o quebrar lanzas en defensa de su ilustre marido, cuando era menester.

Espiguemos en este artículo de periódico, con que la poetisa desbarata errados conceptos del escritor polaco J. Gombrowicz, y el cual vio la luz pública en un diario de Córdoba —Argentina—, en 1946: “Los escritores que fuesen a otro país, no irían, si son poetas, a buscar un estilo en otro idioma, si tienen un estilo, pues cada cual tiene orgullo de manejar su estro en lengua original.”

“El que a alguien no le gusten los versos deja sin cuidado a la poesía universal,”

“Es lo más natural que los poetas escriban, principalmente, para los poetas. Los poetas de masas, Pablo de Rokha o Whitman, serán leídos y gustados por sus pueblos en un siglo más.”

“No es posible imaginar a un señor de melena, con piojos, sin afeitarse, escribir loas a la amada inmóvil o a la luna, cuando las muchedumbres aterradas de Europa y Asia van por los caminos como perros desterrados, hambrientos, esqueléticos, enfermos de dolor y de impotencia.”

“Los grandes poetas no desprecian elementos apoéticos, los utilizan.”

“La forma religiosa, en poesía, es la administración del yo, sirviéndole esa poesía de estallido y defensa propia.”

“El arte no puede ni debe descender a las masas. Esto sería despreciarlas. Son las masas las que deben ascender hacia el arte.”

“Las asonancias y consonancias son ya un motivo popular, elemental, que nadie toma en cuenta para nada.”

“La poesía pura es, en estos momentos, francamente estúpida. La versificación con ritmo es una forma arcaica que poco a poco tiene que desaparecer.”

“El niño ama a los poetas, no porque se les enseñe a amarlos, sino porque los poetas tienen el alma de los niños cuando son, puros.”

Lo subrayado es de Winet.

Estas afirmaciones rotundas demuestran que era una cabeza bien organizada, interesante por dentro y por fuera. No andaba a tientas, vacilando, sino guiada por el hilo conductor de una luz que brotaba de la entrañable madurez del conocimiento de las cosas, de la vida, del arte, de la ciencia, de la filosofía materialista.

“Al pan, pan, y al vino, vino”, parece que fue su norma de conducta. Cuando hay que tomar el toro por las astas lo coge sin vacilar y va derecho al grano, apartando el desperdicio. Memorable será su réplica a Humberto Díaz-Casanueva, escrita como quien dice a orillas de la muerte, pues un año después cerrará sus ojos para siempre. Leamos algunos fragmentos de esta tajante y fogosa “carta abierta”, ya que su transcripción total sería imposible dentro del margen de espacio periodístico:

“Resonancias de años le persiguen a usted para juzgarlo y se le hacen presente las antologías. Con tal material periodístico y con documento tan pobre, tan mezquino e inútil, no se puede escribir nada serio, y usted lo hace siendo un escritor importante.”

“Las antologías en nuestro país han deformado, suprimido, silenciado, triturado, la obra de un creador chileno, medular, que rompió los moldes académicos, abrió el camino de lo desconocido, arremetió con crueldad tal vez el medio ambiente de su país y del continente y enfocó la realidad americana y mundial azotándola con látigo de fuego o exaltándola apasionadamente. No permitió al impostor invadir los sagrados recintos de la poesía.”

“Vino Pablo de Rokha de la provincia tétrica, pero es universalmente chileno, fortificado en el materialismo, jamás desvalido, con una vitalidad catastrófica. Su paisaje es fuerte y contundente, él es el paisaje vivo y tremante como en cualquiera imagen de su poesía múltiple. ¿Recuerda usted aquel “toro con la garganta repleta de uvas, atorándose?”

“Nunca escribió versos pensados.”

“Naturalmente que el leerlo agobia, ¿Acaso son dulces églogas las que deben aparecer en los tiempos del hambre y de la bomba atómica?”

“Humberto Díaz-Casanueva: Es demasiado grande Pablo de Rokha para que se le juzgue tan somera y distraídamente. Es un hombre de futuro, de tranco largo, como una de sus expresiones felices, y entre nosotros nadie espigará en su selva.”

Artista múltiple, la poesía, el ensayo, el artículo periodístico, la crónica, la novela, son greda dúctil en sus manos maravillosas, y cuando recuerda el paisaje sureño de Licantén —donde nació el vate insigne que el destino puso a su vera—, el Mataquito sonoro, encrespado a ratos, que culebrea por los viñedos de Curicó, sus palabras se llenan de pictóricas fragancias. Es la pupila amorosa que se regodea en el detalle de la vida pueblerina, del campo agreste y sus personajes, del cura rural, que “clama en la campana para los oficios religiosos” y del señor Alcalde, “don Melitón Pérez, a caballo en su caballejo rabicano, en traje de etiqueta.”

Y este dibujo repujado en oro, que es un daguerrotipo de ciudad antigua, calurosa, candorosa y patriarcal:

“Pocoa, pueblo de viñas y río. Partiéndolo, el tren que arranca al mar —Constitución—. Para el norte, el espinal, el Cerro de los Brujos, colinas y colinas melodiosas, en conjunto, áridas, ásperas o plantadas de viejos, pequeños viñedos, distanciándose; para el sur, el río y las islas, pescadores, redes, botes y uno que otro lanchón, que vino del Maule arriba, arrastrándose hasta Perales. Al centro, los viñedos, famosos en el país, las bodegas, la industria del vino del aguardiente, los fragantes lagares de ladrillo: “Curtiduría”. Todo medio derrumbado, agrietado, nervioso de lagartijas en el verano y entristecido de goterones, musgos y yerbas parasitarias en el invierno. Por las mañanas se percibe un aroma a leche quemada en todo el pueblo. Y a la oración, el Avemaría va rodando de colina en colina, haciendo resonar las hondonadas hasta la campana del Cerro de los Brujos, guarida de ladrones y supersticiones a la vera del camino real de Talca. Chilla el chuncho y es más penetrante el perfume de verano de la melosa. En agosto se divisan muy en lo lejano, de noche, lejos, las lámparas del caserío, y el caminante se ilumina.”

¿Puede darse una prosa más cristalina, más limpia y tersa, propicia al ojo que busca el detalle local y la amplitud del contorno?

Winet reinaba con señorío medio a medio de la riqueza idiomática del castellano, con toda la prestancia de una cultura en continuo crecimiento, sin dejar por eso de ser el ama de casa, preocupada de las aves, del huerto, de los condimentos, de la casa grande, chapada a la antigua, de la atención de su esposo y de sus hijos. Los quehaceres domésticos están compartidos, combinados con la creación artística, lo mismo que esa italiana genial, Grazia Deledda, Premio Nóbel de Literatura, de la cual ha dicho uno de sus biógrafos:

“Cuida a su casa, quiere a su marido y a sus hijos; ha escrito cuando era joven y escribe ahora y escribirá siempre, hasta que no pueda más. Y no hay más que decir. No fue nunca “dilettante”, ni profesional, es decir, no escribió jamás por pasatiempo ni por afán de lucro, sino que sirvió al arte con religiosidad.”

El tiempo vuela y el papel se acaba. Su poesía, su grandiosa poesía, se me ha quedado íntegramente en el tintero. Para otra vez será.



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