El sentimiento que primó entre los jóvenes que alcanzaban la veintena a la salida de la Gran Guerra fue entonces el del horror, desaliento sumo o rebelión. Los nacidos con el siglo no habían conocido de la vida otra cosa que el fango de las trincheras, la suciedad, los parásitos, el frío, la marcha bajo la lluvia, el temor, el fuego y la muerte ajena. Una vez terminada la pesadilla volvían al mundo civil en donde primaba el espíritu patriotero, el oportunismo de una propaganda extremista y fanática que buscaba continuar la guerra por vía de la humillación del vencido y el mercantilismo sin escrúpulos. Por un lado, los hogares moralmente destruidos, la miseria, el desempleo; en fin, la mediocridad que sucede a los momentos de exaltación. Por otro lado, las mejores plazas ocupadas por aquellos a quienes la guerra había alimentado: todo lo necesario para que estos jóvenes tomaran conciencia de la inutilidad y del absurdo de su sacrificio. De parte de muchos hubo resignación, tentativa de integrarse pese a todo a la nueva vida, depuración de sus recuerdos de guerra, aceptación de los slogans oficiales. Se agruparon en asociaciones de solidaridad retrospectiva que el poder político se las arreglaría siempre para controlar sin demasiado esfuerzo, y que utilizaría para mantenerse: "Con tal de promover, como un exutorio para la revuelta interior que amenazaba con extenderse como mancha de aceite —dice André Breton, en una entrevista de 1952—, el ceremonial de una oscura miseria, previendo la inauguración ininterrumpida de esos monumentos a los muertos que subsisten en nuestros días como testigos de una edad de vandalismo y el culto rendido en París, en la plaza de l'Étoile, al 'soldado desconocido"".
Otros, sin embargo, no llegan a encontrar un equilibrio personal para elegirse en esta 'posguerra'. Emplean lo que les queda de energía en un papel de juerguistas impenitentes, de dandis o de terroristas, o bien renuncian y mandan todo al diablo. Para otros, el momento había llegado de sacar cuentas —en todos los sentidos de la expresión. Cuatro años de sufrimientos y de mentiras, de muertos por millares, Europa exangüe y arruinada, todo para terminar en rectificaciones de fronteras, en el saqueo de las colonias ya exprimidas por siglos, en cláusulas de 'reparaciones' que no beneficiaban sino únicamente a las oligarquías.