Proyecto Patrimonio - 2008 | index | Waldemar Verdugo |
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LOS PRIMORDIALES DE CHILE.

Por Waldemar Verdugo.

Los chilenos hemos vivido convencidos durante años de que somos un pueblo casi sin pasado; o que, si éste existe, es pobre en historia. Solamente a finales del siglo XX los arqueólogos han extraído para nosotros, de las tierras frías del sur del país y de las arenas del desierto profundo del norte, ciudades, villorrios, artefactos inventados por nuestros antepasados, con sus huellas arqueológicas totalmente nítidas pese al transcurso de varios milenios, parte de un rico patrimonio. En el norte chileno se han rescatado momias únicas, cerámicas, fragmentos textiles, herramientas, que nos hablan de una cultura singular florecida hace milenios.

He visitado el oasis San Miguel de Azapa, ubicado en el camino que bordea el valle de Azapa camino al desierto de Tarapacá, a 12 kilómetros de la ciudad de Arica. En el oasis hay mucho que ver, pero dos cosas son imperdibles: comer las aceitunas famosas de Azapa, que son exquisitas, y visitar el Museo, que resguarda uno de los más importantes conjuntos patrimoniales relativos a la arqueología y antropología de Chile, evidenciando un desarrollo cultural de más de 10.000 años de historia: privilegiado con las favorables condiciones climáticas del oasis, está abierto durante el invierno de lunes a domingo entre las 10 y 18 horas, y durante el verano la jornada se extiende entre las 9 y 22 horas. En este Museo Arqueológico y Antropológico Miguel de Azapa, que sostiene la Universidad de Tarapacá, la exhibición comprende mas de 20 mil piezas que cuentan el desarrollo de la población del norte chileno, dividida en tres secciones que comprenden temáticas acerca de la tierra y el mar, costumbres y producción agrícola y artesanal, y el mundo mágico y religioso. Excepcionalmente se preservan restos arqueológicos de la cultura de los Chinchorro encontrados primero a seis kilómetros del lugar, en la Quebrada de Acha a la entrada del Valle, cuyas momias son las más antiguas de la humanidad y denuncian una de las sociedades más complejas del pasado conocido del hombre. Este Museo observa las normas éticas internacionales sobre exposición de restos humanos y culturales, de modo que no se muestran los rostros descubiertos de las momias. Asimismo, por razones de conservación de todo este delicado material, se prohíbe las fotografías con flash y las filmaciones con luz adicional. La gente Chinchorro habitaba la costa norte chilena, donde los afloramientos de agua dulce a orillas de los desiertos más secos del planeta facilitaron el poblamiento humano. Pese a su extrema aridez, esta zona es abundante en recursos marinos por efectos de la fría corriente de Humboldt. Además, las quebradas que llegan al mar, aportan agua dulce, así como especies animales y vegetales para diferentes necesidades de consumo. Los análisis con radiocarbono a los restos arqueológicos indican que unos nueve mil años atrás primitivos exploradores descubrieron la abundancia de vida a lo largo del litoral y, a medida que estos cazadores y recolectores comenzaron a asentarse, se fueron transformando en pescadores expertos. Eran un pueblo que veneraba los cuerpos momificados de sus ancestros, que consideraban entes poderosos con el poder de dar fertilidad, buenas cosechas y felicidad conectando el mundo real con el sobrenatural, siendo sus momias las más antiguas que se han descubierto en la humanidad, y que mientras estuvieron enterradas, las condiciones del desierto chileno preservaron extraordinariamente materiales como arcilla sin cocer, huesos, piel humana, troncos y fibras vegetales usados por sus creadores. Los restos se mantuvieron intactos en el desierto por miles de años, hasta su desentierro en la década de 1960, cuando sufrieron algunos deterioros en la conservación hasta su instalación en cámaras acondicionadas en el Museo Arqueológico de San Miguel de Azapa, donde el público puede ver gran parte de este testimonio del pasado humano, formado por cerca de 50 momias en buenas condiciones de un total de 132 pedazos de cuerpos.

El nombre da la cultura Chinchorro deriva de la playa del mismo nombre en Arica, donde se encontraron por primera vez estos restos, lo que ha venido sucediendo hasta la altura de Antofagasta, donde se han rescatado, siendo la Universidad de Tarapacá de Arica (UTA) quien ha unido a sus investigadores para resguardar este patrimonio, a través de su Departamento de Antropología, dirigido por la Dra. Marietta Ortega Perrier, y del Instituto de Alta Investigación de la UTA; el primer investigador que sometió una muestra de una momia de gentes de Chinchorro a una prueba de radiocarbono fue Lautaro López A, del Instituto de Investigaciones Arqueológicas de la Universidad del Norte de Chile en 1965, de un rescate desenterrado entre la Quebrada Tana y Pisagua y obtuvo la fecha de 3270 años a.C. Otros investigadores que han verificado las fechas y se han ocupado de la cultura Chinchorro son Max Uhle, Marvin Allison, Juan Munizaga, Bente Bittmann, Vivien G. Standen, Mario Rivera, Russell A. Hapke... últimamente el doctor Bernardo T. Arriaza, profesor de Antropología Física de la UTA, la conservadora y arqueóloga Dra. Vicki Cassman y la conservadora Dra. Nancy Odegaard, ambas de la Universidad de Delaware, Estados Unidos; también Sandra Coppia, historiadora del arte del Centro Cultural Maison de Lalaing, Oudenaarde de Bélgica, Chris de Brer de la Universidad de California, y el Dr. Toby Raphael, experto de nivel mundial en conservación y manejo de medio ambiente, de la Comisión Fulbright, el Dr. Guillaume Boccara, antropólogo de la Universidad Católica del Norte, la Dra. Rossana Guber, antropóloga del Instituto Desarrollo Económico de Buenos Aires, el Dr. Felipe Bate, arqueólogo de la Escuela Nacional de Arqueología, México, la Dra. Fanny Moutarde, arqueóloga del Instituto Francés de Estudios Andinos (IFEA) de Lima y el Dr. Konrad De Munster, antropólogo de la Universidad de Gantes, Bélgica, quienes han declarado por diversos medios la necesidad de llamar la atención mundial solicitando que Chinchorro sea declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad para proteger esta cultura con mayores medios a través de los programas de la UNESCO.

El desarrollo artístico Chinchorro quedó plasmado, casi exclusivamente, en el delicado ajuar de las momias y en cierto sentido, en el elaborado tratamiento que recibían los difuntos. Contaban con turbantes de cuerdas de fibra vegetal o animal torcidas, adornados con cuentas de concha y malaquita, que cubrían la cabeza. Los rostros eran cubiertos por finas mascarillas de barro y los cuerpos envueltos con elaborados textiles de fibra animal y/o vegetal a modo de fajas y cordones. Estos combinan distintos colores según la época, primando los tonos crudos, ocres y terracotas. Algunas momias presentan faldas de totora. Los cuerpos descansan sobre esteras de fibra vegetal y sacos de piel animal. Muchas de las momias eran acompañadas también de láminas de cobre nativo o natural que iban dentro del conjunto funerario, que incluía artefactos de pesca y caza, que muestran una tecnología muy simple pero eficaz; en la muestra que se exhibe vemos que contaban con arpones hechos con puntas de piedra y cabezales desprendibles, cuchillos y lanza dardos (estólicas) y otros instrumentos que utilizaban para cazar lobos marinos, guanacos, y aves. Para pescar fabricaban anzuelos de conchas marinas y de las espinas de cactus. Los anzuelos los sumergían agregándoles pesas de piedra, pulidas en forma de un cigarrillo. Para mariscar empleaban desconchadores hechos de costillas de lobo marino y pequeñas bolsas manufacturadas con totora o junquillo que extraían de los pantanos en los deltas de los ríos. Las cuerdas o sedales las hacían de fibras vegetales y al parecer las reforzaban con cabellos humanos o pelos de animales. Además, la fibra vegetal la utilizaban para manufacturar diversos tejidos de malla, cestería, esteras y cobijas para abrigo y ropa para su uso personal. Estas poblaciones se organizaban en grupos pequeños de entre 30 y 50 personas aproximadamente, al parecer emparentadas entre sí.

El estudio y datación de los residuos dejados por estos primitivos chilenos indican que fueron esencialmente pescadores, que vivían inicialmente con recolección de recursos de orillas del mar entre las mareas y buceo, continúa con pesca de profundidad con anzuelos, que desarrollan en extensión con el invento de la balsa y los arpones para la caza de mamíferos marinos. La balsa la construían en base a cuero de lobo marino, cosido e inflado como un flotador. Se unían dos flotadores con varillas de madera, amarradas con cuerdas fabricadas de cuero. Sobre la estructura flotante iba una esterilla, construida de varillas delgadas, que recibía al remero y su carga. Para completar su dieta, intercambiaban productos agrícolas con las poblaciones del interior hacia la cercana cordillera de Los Andes, que llegaban en sus caravanas buscando pescado seco y guano de aves marinas, usado como abono.

La vida de los Chinchorro era técnicamente simple pero ideológicamente muy rica. La complejidad de sus momias contradice los postulados usuales de que las sociedades tempranas de la humanidad tenían una vida religiosa y socio-cultural simple. Estos restos arqueológicos chilenos quiebran el esquema de las llamadas "sociedades complejas", término que los estudiosos usan para indicar evolución social y material de las poblaciones. Es decir, Chinchorro rompe la visión tradicional y popular de que la evolución socio-cultural iría de lo simple a lo complejo. Es verdad que hoy en día, muchos investigadores ya no ven las culturas como una evolución jerárquica y secuencial que iría de menos a más, donde supuestamente debemos pasar por ciertas etapas de "progreso" hasta alcanzar un grado de "civilización". Aquí la evolución cultural y biológica no tiene dirección, sólo es o existe. Estas momias son representaciones artísticas de una población primitiva. La delicada manufactura, la elección de colores, los retoques de la cara y peluca plasman por un lado la habilidad manual del artesano-artista, y por otro nos llevan a ver las momias como iconos religiosos que transmiten un sentimiento colectivo. En el caso de los Egipcios los embalsamadores plasmaron su arte principalmente en los sarcófagos y no tanto en las momias. Los Chinchorro usaron el cuerpo como un elemento artístico, un medio humano, lo que significa que manejaban aspectos muy delicados del ser, propios de una sociedad sofisticada que momifica sus antepasados.

"La extrema aridez, la ausencia casi total de lluvias y la rápida desecación de los cuerpos por la salinidad de la tierra permitieron conservarlos bajo la superficie. En el lugar se creó un microclima que favoreció su preservación gracias al equilibrio de humedad, temperatura, flora y fauna macroscópica", explica Mariela Santos, conservadora del Museo. Narra que aún cuando las momias estuvieron miles de años enterradas en excelente estado, desde la década de 1960, al ser sacadas de su ambiente protegido, se inició un proceso de deterioro debido al impacto de la excavación, el traslado y el depósito en un lugar no acondicionado. Si bien cinco de ellas siempre han estado en exhibición para el público, el resto permaneció en bodegas y estanterías sólo accesibles a investigadores, pero sin las condiciones de conservación adecuadas. Para detener el deterioro y conservar los valiosos restos, a partir del año 2001 se comenzaron a construir en el museo bodegas climatizadas para depositarlas y se modificó el sistema de embalaje y estantería, un proceso de trabajo que necesita constante modernización.

Un primer nuevo depósito construido alberga a cerca del cincuenta por ciento de los cuerpos momificados de niños, neonatos y adultos. Mariela Santos explica que lo más importante es mantener equilibrada la humedad relativa en los depósitos: "Lo que más interesa controlar son las fluctuaciones ambientales, ya que mientras más estable sea el ambiente de almacenamiento o exhibición, mejor se preserva la muestra. En principio, entre las medidas para aislar el calor e impedir la contaminación de insectos, polvo y otros organismos, se dispuso un doble techo y el sellado del depósito. En la bóveda existe una cámara de amortiguación que evita cambios bruscos de humedad, y un sistema de ventilación se activa por 15 minutos dos veces al día para renovar el aire e impedir que aparezcan moho y otros organismos. Otro sistema de medición digital analiza los cambios de humedad y temperatura cada media hora. Los instrumentos están ubicados debajo de los cuerpos", aclara la experta.

Las momias de Chinchorro arrojan fechas decidoras: este pueblo usó durante más de tres mil años este complejo sistema funerario de momificar que aplicaban en la totalidad de sus muertos, sin importar edad o jerarquía social, con una antigüedad fechada en sus primeros indicios el año 7000 antes de nosotros; en su estilo de momias negras comienzan a tratar a sus muertos hacia el año 5000 antes de Jesucristo. En el 5500 antes de Jesucristo surge la civilización en Egipto, y hacia el 3000 antes de Jesucristo inician la momificación de sus muertos. En Chile el 2800 a.C. surge entre los Chinchorros el estilo de momias rojas, y hacia el 2000 a.C. surge entre ellos el estilo pátina de barro. Las momias negras eran cuerpos reensamblados casi como una estatua. es decir, un cuerpo rígido, con una estructura interna confeccionada con palos, cuerdas de totora y una pasta de ceniza para el modelado del cuerpo. A menudo la piel, era reemplazada con piel de lobo marino cuando la propia era insuficiente. Al final, los preparadores fúnebres pintaban el cuerpo con una pasta negra de manganeso, de allí su nombre de momia negra.

En comparación, las momias rojas se realizaban sin una gran destrucción del cuerpo. En general, los órganos eran removidos a través de incisiones. Para proveer rigidez al cuerpo se deslizaban maderos puntiagudos debajo de la piel y luego las cavidades eran rellenadas. También le añadían al cuerpo una larga peluca de pelo humano que aseguraban con un casquete de arcilla. Después de cerrar las incisiones el cuerpo era pintado con ocre rojo y a menudo la cara era pintada de negro. En algunos casos la piel era repuesta en forma de vendajes. Este estilo rojo aparece cerca de 4.000 años atrás y perdura por casi 500 años. Después del estilo rojo, las técnicas de momificación se simplifican, los cuerpos comienzan a ser simplemente, cubiertos con una pátina de barro, como cemento, lo cual ayudaba a prevenir la descomposición. Este estilo con pátina solo duró un par de siglos. En Egipto sus momias mejor conservadas datan entre el 1570 y 1075 a.C., y terminan la momificación de sus muertos hacia el año 1000 de nuestra era: dos mil años antes, hacia el 1000 antes de nosotros estos antiguos chilenos habían abandonado la momificación.

Los Chinchorro no desaparecieron misteriosamente, sus descendientes continuaron viviendo y floreciendo en la costa del Pacifico chileno, lo que cambió fue en la complejidad de su sociedad: en el sistema funerario los cuerpos comenzaron a ser enterrados en una posición flectada y se momificaban naturalmente debido a la acción desecante del desierto, hasta que acabó la práctica ritual. Luego se cree que los Chinchorro pudieron seguir el periplo humano de migración de norte a sur, integrándose a poblaciones llegadas desde la Polinesia o lograron bajar cruzando la cordillera de Los Andes, dando inicio con los siglos a grupos posteriores que poblaron el norte de Chile. En todo caso, la práctica de intercambio entre las poblaciones de la costa chilena y otras que llegaban desde la cordillera en caravanas era normal hasta el siglo XIX. En 1853 el naturalista Rodolfo Philippi acompañado por el explorador y catador Diego de Almeyda, recibieron el encargo del gobierno chileno de explorar el interior del desierto de Atacama. Fueron al norte en barco y en Chañaral encontraron una población sólo con mujeres, pues los hombres pescaban en el mar. Más adelante, en Paposo, encontraron otro grupo de personas semejantes en un poblado y una caravana de llamas conducida por mercaderes que habían bajado desde Los Andes trayendo harina de quinoa y hojas de coca para intercambiar por pescado seco. Guiados por la caravana, Philippi y Almeyda cruzaron hasta San Pedro de Atacama. Más que una extinción, se cree que los últimos Chinchorro fueron absorbidos por las nuevas comunidades portuarias establecidas en el norte para realizar el embarque de minerales. La balsa desapareció y fue reemplazada por los grandes "talachos" de madera que comenzaron a fabricarse en la ribera de los ríos.

Esta misma tesis del avance del hombre de norte a sur está reafirmada en diversas investigaciones. En las décadas de 1970 y 1980, un excepcional estudio genético evidenció parentesco directo de mapuches con poblaciones del interior de Arica y del extremo sur, y sin ningún parentesco con el ADN de los pobladores de nuestros países vecinos. Es decir, el Homo Chilensis proviene de una raíz común que lo hace diferente sustancialmente a los primeros habitantes de Perú, AltoPerú (hoy Bolivia) y de Argentina. En la búsqueda de los orígenes del chileno, otra investigación pionera al respecto se realizó en 1979, y levantó diversos comentarios acerca del hablar de "cultura chilena", la que necesariamente tiene que haber sido desarrollada por un grupo étnico llamado "chilenos". "Lo que estamos haciendo es averiguar qué validez tiene ese concepto", explicó el genetista de la Universidad de Chile Francisco J. Rothammer, doctor en Ciencia y jefe de una investigación iniciada en 1978 en torno a la evolución del chileno medio. Ha explicado el profesor Rothammer: "Dos metodologías diferentes han sido consideradas: la de la antropología física, que observa, mide y compara restos humanos del pasado con seres vivos, y el estudio del grupo sanguíneo de momias milenarias, entre ellas, las encontradas de la cultura Chinchorro y de poblaciones aborígenes actuales. Las comparaciones son hechas con hallazgos prehistóricos y poblaciones autóctonas del altiplano de Perú y Bolivia, la pampa argentina o el norte de Sudamérica. Esto, y el estudio sanguíneo de las momias, permite determinar qué movimientos migratorios se han producido en Sudamérica y, por tanto, de dónde vinieron los primeros "chilenos". Ambos métodos se complementan sorprendentemente bien para ser confirmados los resultados con los adelantos hasta el ADN, que en Chile se ha aplicado desde la década de 1990 cuando se masificó". Dice el profesor Rothammer que el estudio lo iniciaron cuatro personas: el mismo Rothammer, la antropóloga física Silvia Quevedo (del Museo Nacional de Historia Natural), el antropólogo físico argentino Alberto Cocilovo y la laboratorista hematóloga Elena Llop. Inicialmente, al financiamiento de la Universidad de Chile, la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica y el Museo de Quinta Normal, se agregó el aporte pecuniario y en investigadores de la Universidad de Hamburgo: "Tres profesores germanos inauguraron este intercambio participando en un trabajo de campo que se realizó con la comunidad nortina de Toconao. Al igual que los hallazgos arqueológicos de Quereo (Los Vilos), San Vicente de Tagua Tagua, y al sur en Monteverde o Cueva Fell, los resultados reafirman la tesis del poblamiento de América mediante el paso desde Asia a Alaska a través del estrecho de Bering. Generación tras generación, el hombre fue avanzando más y más hacia el sur hasta llegar a la Tierra del Fuego, a Chile donde más allá nada existe. De ese avance de Arica al Sur, de los que lograron llegar más lejos surge el gérmen de la nacionalidad chilena. Por ejemplo, el análisis de los cráneos que se han encontrado muestra que los mapuches del sur son genéticamente muy parecidos a las poblaciones andinas del norte chileno, pero muestra diferencias con las características de las otras poblaciones de Los Andes. Ello indica que llegaron del norte y que se quedaron iniciando su propio proceso evolutivo, incentivado por lo que encontró en tierra chilena. En el sur de Chile encontramos que todas las poblaciones que habitan Chiloé, las islas y archipiélagos más remotos antes de la Antártica, casi siempre tienen el mismo origen de los mapuches: los primeros chilenos continuaron su migración por vía terrestre y marítima hasta donde pudieron llegar. Antes, dejaron su huella en todo el país y se mezclaron con tribus perdidas que pudieron llegar del mar, porque las pruebas sanguíneas son contundentes, indicando algunos análisis que han detectado presencia polinesia coincidente con los habitantes de nuestra Isla de Pascua y la Polinesia chilena, lo que indicaría que pudieron ser grupos que llegaron desde el mar y no pudieron regresar a sus lugares de origen o fueron arrastrados por las corrientes marinas o premeditadamente eligieron el continente para vivir. Son posibilidades que no podemos descartar, pero hasta ahora podemos deducir que la población chilena viene de tierra adentro migrando de norte a sur como es, por lo que se sabe, el ciclo natural de migración humana en sus inicios y que en el caso de nuestro país, fue un proceso ocurrido en una de las épocas más tempranas de la humanidad".

A partir de esta enigmática cultura de primordiales chilenos en el norte del país, poblaron la zona otras no menos singulares, como los Atacameños, Diaguitas y Molle, todos quienes expresaron en diversas formas y en diversas épocas, aspectos de su vida, y los mejores documentos se encuentran en la piedra, donde su legado de inscripción rupestre es único, en que retrataron sus labores cotidianas talladas en la roca y señalada en los desiertos con técnica y arte. De ellos se han rescatado objetos de uso doméstico del más refinado y puro estilo también reproducido en sus cántaros de arcilla, pintados en sus tejidos y tallados en sus joyas de oro, plata y cobre, como es común en la joyería de los Atacameños, quienes desde antes de Cristo aprendieron a utilizarlo extrayendo el mineral desde Chuquicamata, hoy la mina de cobre a tajo abierto mayor del planeta.

Converso con el maestro Jorge Alfonso Alcalá Carales, nacido en Chiu-Chiu, poblado Atacameño, y uno de los poco hablantes de Kunza de Atacama, “la lengua de los primeros chilenos”, nos dice, encomendando nuestra estadía en la vida y la suya propia diciendo en su propia lengua: “Tikan Kunza Cun” (Dios con nosotros). Nos dice que el nombre que recibió su pueblo a la llegada de los españoles fue San Francisco de Chiu-Chiu, un vocablo kunza que significa “trino” de un pájaro local, siendo su gentilicio “tchiuchi” de leño, así el significado de su pueblo es “gentes de la zona de leños donde trina el pájaro chiu-chiu”. Su poblado está a 2525 metros sobre el nivel del mar, en la zona del Loa, más arriba del oasis de Calama. Nos dice: “Hay asentamientos atacameños anteriores a nuestra era, hacia el año 600 antes de nosotros. Los nombres de las aldeas hoy en día aún subsisten con sus voces originales en el idioma kunza, como el de Chiu-Chiu donde yo nací y los oasis de Quitor, Lasana, Turi, Topayin, Susques, Calama, Toconao, Antofagasta de la Sierra y uno de los más importantes y centro de la cultura atacameña, el oasis de San Pedro de Atacama. Hoy, en cada uno de ellos hay hablantes aún de kunza, algo que debe ser estudiado y rescatado, porque los jóvenes de los oasis cada vez menos lo hablan y mantienen apenas algunas palabras en el uso coloquial, aunque vulgarmente quien escucha cree que está oyendo lengua quechua. Hoy poco ha cambiado a pesar de la modernidad. El atacameño fue un pueblo agricultor y ganadero que tuvo la capacidad de aprovechar la escasa agua existente y obtener cosechas abundantes. Debido al escaso terreno agrícola, los alimentos de este origen no eran suficientes por lo cual se criaban las llamas y alpacas como animales de carga y también se alimentaban con su carne y se vestían con sus pieles y la lana que obtenían de ellas. Crearon un sistema de siembras en terrazas, con el fin de que el agua no escurriese y evitar el arrastre de la capa del suelo orgánico y fértil. Sus cultivos fueron variados, se alimentaban principalmente de verduras que ellos mismos sembraban y cosechaban calabazas, zapallo, ají, porotos, tabaco (usado principalmente con fines rituales), tunas, maíz y sobre todo papas y quinoa. Abonaban sus cultivos con el guano de las las aves de la costa, el que transportaban a lomo de llamas. También se alimentaban de carne pues criaban animales y de pescados y mariscos que intercambiaban con las comunidades asentadas en la costa, por medio de trueques, principalmente les intercambiaban su charqui (carne con sal resecada por el sol).”

Nos dice el maestro Jorge Alfonso que se dedicaron luego a la cerámica, desarrollando una importante artesanía, primero caracterizada por una alfarería roja pulida, por cántaros antropomorfos (con formas de hombre) y el uso de adornos y vasos de metales como el cobre y el oro. Luego aparece el empleo de una alfarería negra pulida, el empleo de las tabletas para aspirar alucinógenos, principalmente la corteza del árbol cebil y el cacto San Pedro o huanto, con figuras esculpidas de hombres, cóndores y felinos. Afirma: “El uso de alucinógenos o "enteógenos", como en todas las otras etnias originarias de América antes de la conquista europea, era ritual, es decir únicamente se podían consumir en muy específicas situaciones, por ejemplo cuando un chamán debía intentar hacer una adivinación poniéndose en contacto -según creían- con los dioses que habitan las cumbres de los volcanes. Ahora muchos jóvenes y extranjeros vienen en búsqueda de una experiencia con el San Pedro, pero nosotros mantenemos el uso ritual del cactus y el cebil, así como nuestras propias costumbres, a pesar de que entre el 1200 y el 1500 recibimos la influencia de la civilización incásica y española hasta ahora, cuando somos unos pocos cientos esparcidos en los oasis nombrados.”

En la costa y los desiertos del norte crecieron otras culturas singulares como la llamada de El Molle, que fueron grupos artesanales de la minería y el tallado en piedra y transformaron lugares en santuarios colectivos. Estos antiguos chilenos utilizaron el diálogo con imágenes ya sea pintadas, grabadas o raspadas sobre las rocas y las arenas; su arte rupestre es una expresión que surge para crear temáticas que reflejan la concepción ideológica del grupo y el grado de percepción que tienen entre sus propios sueños y la relación con el entorno natural que les envuelve. En nuestro país se dan todas las expresiones del arte rupestre: Geoglifos (grandes dibujos sobre la tierra que decoran las laderas de los cerros del desierto; pueden construirse mediante dos fórmulas: el raspado y la adición, que consiste en la acumulación de piedras); Petroglifos (son grabados en las rocas de superficies oxidadas por el tiempo y se encuentran asociados a centros aldeanos, cercanos a cementerios, a centros de culto en las inmediaciones de los senderos prehistóricos); y Pictografias (pinturas sobre rocas cuyos pigmentos eran obtenidos de minerales, mezclados con productos vegetales o animales, como la grasa o el aceite). Los colores utilizados eran preferentemente rojos, ocres, amarillos intensos, negros y blancos. En un posible circuito de arte rupestre, se puede ver una interesante muestra de Petroglifos en el patio de entrada misma al Museo de San Miguel de Azapa, que anuncian en el valle una ruta única: se pueden ver los Petroglifos Cerro Chuño y el sitio arqueológico de Acha, que inician una rica muestra del espíritu que animaba a los antiguos pobladores del desierto de Tarapacá; son creaciones hasta ahora indescifrables, por algunos interpretadas como guías de rutas de intercambio comercial; para otros perfectamente fantásticas porque siempre son mejor visibles desde el aire; otros postulan que pueden ser oraciones, es decir, rezos que los antiguos habitantes del valle hacían a los dioses a través de estos diseños que iban "leyendo" en el camino, porque lo que nadie duda es que es una clase de escritura de la que sabemos casi nada.

Los orígenes del sitio arqueológico de Acha datan del año 1000 al 3500 antes de Cristo, y debemos denunciar que muchas de estas figuras están siendo destruidas por vehículos de cuatro y dos ruedas que transitan por estos lugares únicos. He visto esta destrucción tanto en el Cerro Sombrero como en el panel llamado La Llama, surcados por huellas de neumáticos de vehículos, lo que es inaudito. Los geoglifos de Cerro Sombrero están conformados por figuras con formas de aves, serpientes, camélidos y de seres humanos, tienen una connotación profundamente ceremonial, mágico-religiosa: en los restos encontrados en un cementerio Chinchorro cercano, las momias estaban orientadas hacia estos geoglifos. La temática, en general, tiene que ver con caravanas, porque es común ver figuras de llamas enlazadas e indicando movimiento, con sus cabezas mirando hacia la costas, hacia el sur o el norte dependiendo de la orientación de los paneles, sin embargo, lo más singular es la corte de personajes que acompañan estas caravanas, cuya interpretación es un caudal de impresiones.

De la cultura El Molle también se pueden ver excelentes muestras en el mismo Museo Arqueológico San Miguel de Azapa, y siguiendo la ruta a Las Maitas se puede llegar a Pukará y ver los petroglifos San Lorenzo, desde ahí se puede llegar al Mirador Las Maitas y visitar el Geoglifo Cerro Sagrado. Con la ruta señalada en la carretera se pueden visitar aquí los petroglifos y pictografías Chamarcusiña, o entrar a la zona de Cerro Sombrero, donde se ve la escritura grabada en la piedra y trazada en el suelo por medio de la acumulación o extracción de rocas, como en la Aldea Cerro Sombrero, que especialmente necesita resguardo porque además de encontrarse expuesta a la acción de vándalos motorizados está asolada de saqueadores de sitios arqueológicos, según nos dice el arqueólogo Eusebio Luis Prado Ulloa, que nos ha servido de guía.

El arqueólogo Calogero Santero, académico de la Universidad de Tarapacá, destaca que los geoglifos -muchas veces ignorados por visitantes a la zona- tienen relevancia mundial, ya que son pocos los lugares en el mundo donde hay este tipo de manifestaciones: "Probablemente existieron en otros lugares, pero donde se pueden observar con claridad y en tanta cantidad, es en Nazca, Perú, y en el norte de Chile, específicamente en los desiertos", dice. Los arqueólogos Luis Briones e Iván Muñoz, en el ensayo "Pobladores, Rutas y Arte Rupestre Precolombinos de Arica", sostienen que existe una estrecha relación entre los petroglifos (especialmente grabados sobre piedras) y los poblados, los geoglifos con los senderos y las pictografías con el paisaje natural, indicando que "las manifestaciones de este arte del desierto chileno respondieron a una organización conceptual del espacio. Es interesante que siempre aparecen relacionados con rutas de intercambio comercial, es decir con senderos que conectan distintos espacios: costas, valles, oasis y el interior. La gente recorría esos lugares por dos mecanismo: tráfico de productos para intercambiarlos o búsqueda de productos que surgían en este entorno. Existen algunos geoglifos que podrían ser interpretados como imágenes motivas o rezos materializados. Es decir, la gente ruega a los dioses o los espíritus tutelares, que están de alguna manera interviniendo en sus vidas a través de estas formaciones rocosas", afirman.

Al interior de la aguada de El Médano, asentamiento importante de piedras talladas geométricamente entre la ciudad de Antofagasta y el oasis de Taltal, existe un sitio de culto donde se conservan bellas manifestaciones de arte rupestre, con ballenas, toninas, y lobos marinos. El panteón de las deidades costeras chilenas del norte, según un cronista del siglo XVI, estaba integrado por especies marinas, en especial la ballena, que también se ha encontrado en sitios arqueológicos en Huentelauquén (río Choapa) y La Chimba (Antofagasta). También atribuida a la cultura El Molle existe una verdadera reliquia: el Valle del Encanto, ubicado a pocos kilómetros de Ovalle; rodeado de cerros suaves, con quiscos gigantes, con un arroyo que apaga la sed del paraje, este valle ofrece múltiples alternativas, las que bien pueden considerarse como un "museo al aire libre": sugerentes piedras que juegan con el tiempo, aparecen sembrando una serie de siluetas que, naturalmente, tienen mucha realidad. En esas mismas piedras aparecen inscripciones de petroglifos, signos y figuras talladas en el granito aún sin transcripción. Miles de piedras cóncavas que son como tacitas esculpidas en las piedras, revelan que allí tuvieron un fin determinado, que es perfectamente desconocido. Posiblemente fueron incensarios, aunque se cree que tuvieron con seguridad un fin ritual. Formaron parte de un santuario, y hacían las veces de faroles, que Iluminaban todos los actos del rito religioso de los Molles. En efecto, las tacitas aparecen distribuidas en forma asimétrica y su profundidad no es mayor que unos 15 centímetros y un diámetro de ocho centímetros; mayormente ubicadas en la llamada "cabeza del indio" que es un monumento esculpido en pleno corazón del conjunto arqueológico. Inmediatamente debajo de la "Cabeza del Indio", aparece el más espectacular de los petroglifos que allí se encuentra, y es el llamado "Coronado de Socos". Esa figura tiene notables tallados minuciosos en detalles como la tiara. Los petroglifos aparecen en casi todas las piedras, representando escenas, como "El Cazador", que es como una fotografía milenaria. Hay muchas piedras talladas con escenas y cada una de ellas ofrece algo distinto, en que las rugosidades de esas moles de toneladas incalculables de roca andina tallada es siempre mirando hacia el sol. Como en el resto de Chile más antiguo, junto a los centros ceremoniales y viviendas de El Encanto no se encontraron restos humanos.

Entre los años 700 y 1000 estaba consolidada la Cultura Las Animas, población que habitaba preferentemente los valles y el litoral, y conservaba la movilidad pastoril en invierno y verano, siendo esencialmente agrícola y hábiles metalurgistas, se adornaban con aros, placas y brazaletes metálicos finos, practicaban también el hilado de lana de llamas, y recibieron un fuerte impulso con la domesticación de animales y el conocimiento de las plantas, y la creación de alfarería excepcional, que traspasarían a los Diaguitas, creadores de la alfarería más bella que se puede conocer, para alcanzar en la zona hacia el año 1460 un desarrollo cultural cerámico extraordinario, considerado uno de los más interesantes de los tiempos precolombinos. Poblaron principalmente los valles del Elqui y Limarí. Vivían en pequeñas aldeas construyendo moradas con el material disponible: barro y ramas o piedras y barro. Tenían una agricultura de alto rendimiento y también cultivaban el algodón para confeccionar textiles. Hablaban la lengua Kakan. La actividad pastoril proveía una fuente de charqui y lana para vestimenta que los pastores hilaban mientras cuidaban sus animales y creaban su obra de alfarería.

La cerámica de la cultura Diaguita está caracterizada por diseños geométricos aplicados en dos colores sobre una base de otro color. Este tipo de decoración se encuentra en vasijas de distintas formas (ollas, urnas, jarros-pato, cuencos y escudillas). Se caracteriza por diseños muy complejos, que han sido interpretados como probables representaciones de visiones chamánicas. Muchas veces estas vasijas presentan motivos felínicos o representan personajes con atributos de felinos, lo que sugiere un cierto culto a este animal, simbolizado en el puma chileno. Se piensa que ciertos diseños geométricos y motivos mascariformes del arte rupestre de la región, fueron realizados por los Diaguitas. La gran mayoría de las vasijas decoradas que han servido para caracterizar a esta cultura proviene de ajuares de tumbas. La forma más común de sarcófago era construida con cinco grandes lajas de piedra, formando una caja rectangular, donde era depositado el difunto. Le acompañaba un ajuar que podía consistir en aros, hachas, pinzas, cinceles de cobre, espátulas o cucharas de hueso finamente talladas y vasijas cerámicas. Existe una clara evolución en ciertas características de su cerámica: en un principio se caracteriza por tener color base rojo, con dibujos geométricos en blanco y negro, pintados al exterior y a veces interior. Los platos son profundos con paredes curvadas. Luego sus platos tienen fondo curvo y paredes rectas, y crean los "jarros patos" de paredes curvas con asas y formas animales perfectamente singulares.

Chile debe rescatar y conservar la riqueza arqueológica que posee el país. Es necesario un amplio plan de construcción de nuevos museos y modernos planes de protección de lo que brota cada día desde nuestro suelo. Porque cada ciudad de nuestro país necesita su museo principal, y en algunos casos, varios museos especializados por la cantidad de riqueza arqueológica que tenemos. Los dineros que se inviertan en museos realmente adecuados serán devueltos a corto plazo por el turismo, uno de los sectores más débiles, menos explotados y más ricos de nuestro país. Es necesario abandonar la idea de que en Chile el turismo es difícil por ser el "último rincón del mundo". Las comunicaciones aéreas lo han colocado al alcance de todas las naciones, en viajes seguros y breves. Pero se hace imprescindible prepararnos para poder mostrar sus bellezas naturales, el excelente clima, la extraordinaria hospitalidad, y también, la singularidad de nuestros antepasados, en un marco digno de ellos. Es necesario no sólo formar conciencia en los jóvenes de la importancia arqueológica de Chile; no sólo insistir ante las autoridades de la necesidad de un respaldo económico que apoye las investigaciones y resguardo de la riqueza de nuestro patrimonio arqueológico; sino alcanzar una legislación que lo proteja, comenzando por las escuelas donde los propios maestros no tienen conocimientos apropiados del tema para transmitir, porque, simplemente, en Chile nunca antes despertó interés este aspecto insólito del país. Sin duda el presente, mejor dicho, el futuro inmediato no necesita justificaciones para ser una preocupación general; pero del glorioso pasado chileno hay ejemplos arqueológicos contundentes. También lo pretérito tiene su vitalidad y sentido. Hacer comprender y vivir la condición de que esto constituye parte esencial de nuestra realidad es tarea de todos.

(C)Waldemar Verdugo Fuentes, septiembre de 2008.

 

 

 

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LOS PRIMORDIALES DE CHILE.
Por Waldemar Verdugo.