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Tres poetas chilenos

Por Daniel Saldaña París
Publicado en Letras Libres, diciembre de 2012



.. .. .. .. ..

Es lugar común aquello de que Chile es país de poetas, pero hay que reconocer que es un lugar común con no pocos visos de verdad: desde la Mistral hasta nuestros días, pasando por Neruda, Huidobro, De Rokha, Teillier, Lihn, Parra, Zurita, Maquieira y muchos otros, la poesía chilena se ha caracterizado por un continuo cuestionamiento de los límites del género lírico y por una actitud de experimentación poco vista en otras tradiciones. Las nuevas generaciones de poetas chilenos, desde muy diversos supuestos estéticos, dan continuidad y actualidad a ese legado crítico. Para muestra, este botón: dos poemas de autores nacidos en la década de los setenta y uno más de una poeta de los ochenta, publicados aquí con la intención de que la presencia de Chile como país invitado en la FIL de Guadalajara sirva de pretexto para visitar esa región, inmensamente fértil, del paisaje poético contemporáneo.

 

 

 

Gladys González (Santiago, 1981)

Adiestramiento

todas las ciudades
son iguales
si haces el mismo ejercicio 

buscar una cama
encontrar alguien
en esa cama

construir una ciudad
dentro de otra ciudad
sin puertas
sin ventanas
sin salidas

dejar pasar el tiempo
con los ojos cerrados
como si todo
fuera familiar
como si los golpes
y los amigos muertos
no estuvieran
en frías bodegas
como fichas clínicas 

todas las ciudades
son iguales 

todas las ciudades
se provocan
en el mismo ejercicio
todas las ciudades
se queman
al cruzar la frontera 

 

 

 

Yanko González (Buin, Chile, 1971)


Gremio

. . . . . . . . . . . . . . . . . . a claudio b. & carles feixa

Fui donde Morgan y le dije:
dame este retrato mío que tienes en la cabeza.
No te enojes –me dijo–
ya te lo doy.
Se abrió la testa y me lo dio.
Después fui donde Taylor:
Edward ese retrato mío que tienes en la cabeza
dámelo
Estás enfermo –dijo–
Me impacienté le di un palo
le abrí el cráneo y saqué mi retrato. 

Boas escuchó el grito y vino corriendo:
pero hijo mío ¿qué has hecho?
Cayó otra víctima
Se lo abrí y saqué mi retrato.

Me visitó la Mead:
Maggie dame ese retrato mío que tienes en la cabeza.
Se abrió el cráneo y me lo dio.
Busqué a Ruth y mudo
le partí el cráneo con un fierro
le saqué mi fotografía blasfemando
Con el cráneo abierto
Como abierta le dejé la puerta de su casa.

(Se me cruzó Evans
Con su mismo rifle le destapé los sesos usurpándole mi imagen)

Volví y estaban todos almorzando 

Claude L. S. y el Polaco
Se levantaron y sin siquiera saludarme
se abrieron sendos cráneos y me dieron el retrato
haciéndome una venia. 

Partí a donde todos mis “amigos”. 

Se había corrido la voz y no tuve ningún inconveniente
Me saludaban amablemente
Mientras con la otra mano me daban mi retrato
Yo les decía al mismo tiempo “gracias”
Y les cerraba su cráneo con deferencia. 

Al séptimo día me fui a Ninguna Parte
Con mi bolso de cuero y lana repleto de fotografías
Me empiné como pude
Y las puse sobre una nube que pasaba y les prendí fuego. 

Volví de una carrera
Los busqué uno por uno 

Pero allí estaban todos 

Con ese otro retrato mío en la cabeza.

 

 

Cristián Gómez Olivares. (Santiago, 1971)

El jefe de obra o los misterios del horizonte
(demasiados anhelos de escribir en el pasado)

. . . . . .. Recuerdo, por ejemplo,
aquellas muchachas que alguna vez perseguimos
hasta sus casas, yo lo recuerdo, hoy son esas señoras
cargando con las bolsas del supermercado. 

Nosotros somos un caballero en bicicleta con una
cortadora de pasto, nosotros que las perseguíamos
hasta sus casas, muertos de un ataque al corazón
por las deudas impagas del misterio. 

Yo lo recuerdo si miro al horizonte. 

¿Era entonces en serio? 

Las muchachas que perseguimos hasta sus casas
hoy tejen chalecos en una casa de reposo
cobran el montepío en un número de cuenta que no es el nuestro
ni bañan sus espaldas con el aceite efímero de mis manos
para un sol que impertérrito nunca reparó en sus edades. 

Pero si vuelvo a mirar el horizonte las veo otra vez
enemigas de lo absoluto, eternas humoristas
cuando el sol parecía brillar para siempre
en la falda más hermosa y la más vieja
de aquellas muchachas de antaño
casadas con un buen partido del ayer
antes de que el futuro solo fuera esto. 

Yo lo recuerdo, señor capataz.
                Hoy soy esas señoras.
Cargando con las bolsas del supermercado.
Cada vez que miro al horizonte. 


* * *

 


Fotografía superior: SAN DIEGO, 1982, de Leonora Vicuña


 



 

 

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Por Daniel Saldaña París
Publicado en Letras Libres, diciembre de 2012